Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?

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humo

Hubo un tiempo en que traté de reescribir Pedro Páramo, de Juan Rulfo, usando banderitas post-it. Todos los días, antes de ponerme a trabajar en mi tesis, me sentaba en el suelo y empezaba a formar las letras.

Vine a Comala

porque me dijeron

que acá vivía mi Padre.

Luego de formar las palabras, venía la foto.

Un tal Pedro Páramo.

Debo reconocer que no llegué muy lejos, apenas un par de páginas. Luego, claro, había que escribir esa tesis. A veces dejaba las frases en el suelo durante todo el día y pasaba frente a ellas camino a la cocina y de vuelta al futón en el que trabajaba (nunca he sido muy amiga de los escritorios). Pero siempre se quedó conmigo la idea de que ese libro obligaba a lecturas distintas. O, en realidad, la idea de que los libros favoritos siempre exigen diferentes formas de habitarlos. En mi caso, nunca me bastó con solo leer Pedro Páramo. Vinieron las banderitas, sí, pero luego, cada vez que me ha tocado enseñarlo en clases, ha vuelto esa sensación. Así, he hecho que mis alumnos escuchen una grabación de las primeras páginas, con la luz apagada, y entonces llegue Juan Preciado a ellos, primero, como voz. En una novela sobre murmullos y confesiones terribles, empezar por el sonido. También, los he hecho transcribir los primeros párrafos. Que sientan lo que es poner sobre la página cada una de esas palabras. Que no sea solo la vista, o el oído, poner a trabajar las manos.

A veces les recito las primeras dos páginas, que me sé de memoria. Y a veces me quedan mirando como a una loca.

Por eso, leer Había mucha neblina o humo o no sé qué se siente tan familiar. Porque en él, en el estudio minucioso y creativo de Cristina Rivera Garza sobre la vida y obra de Juan Rulfo, se encuentra ese deseo de superar la lectura o bien de devolver la lectura al cuerpo y el deseo al trabajo académico. Como dice en una de sus primeras páginas: “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”.

Y también: “Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti.”

En el libro de Cristina Rivera Garza, Rulfo y su literatura se lleva al cuerpo, se lleva en el cuerpo. La autora recorre los lugares en los que vivió y trabajó Rulfo y con eso ensaya una forma de leer distinta (“…cuanto más sondeaba la topografía y tentaba los relieves de este sólido celeste, más entendía que los libros crean lazos de reciprocidad con el mundo que sólo pueden confirmarse en o a través del cuerpo”), una tarea que la escritora mexicana ya había comenzado antes, en su blog, Mi Rulfo mío de mí, en el que intervino la obra del escritor mexicano, con colores, con tachaduras.

Rivera Garza recupera al Juan Rulfo que viene antes, durante y después de la escritura. Un Rulfo mientras. Que escribe mientras se gana la vida, mientras su país, México, va cambiando y se asume como moderno. Que saca fotos y trabaja vendiendo neumáticos. Que sube cerros, que se mueve. Un Rulfo en movimiento. Porque, como comenta la autora: “Hay escritores que se sientan y hay escritores que caminan. Rulfo era de los segundos. Todos leen, de preferencia vorazmente, pero no todos leen el mundo con el cuerpo. Mejor dicho: con los pies. Hacerlo, darle valor a esa parte del cuerpo que perdió la batalla contra el prestigio de la mano, el intelecto y la posición erguida, nunca fue, como no sigue siendo, una elección arbitraria o inocente.”

Como propusiera alguna vez Ricardo Piglia, Rivera Garza intenta aquí una historia material de la literatura, de Rulfo. Ver de qué forma las condiciones materiales afectan la obra rulfiana porque, como comenta ella, “[e]n efecto, entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida.”O, como afirma en otro momento: “Lo que pasa es que yo trabajo, había dicho Rulfo, casi sin pensarlo, cuando trató de explicar cómo fue concibiendo y estructurando su obra. Tal vez en esa respuesta impensada, en esa respuesta casi automática, haya más verdad de la que hemos estado dispuestos a conceder.”

Y Juan Rulfo hizo y fue muchas cosas. Fue vendedor, fotógrafo. Fue turista y ayudó al turismo (“estuvo a cargo de reunir el material necesario para crear una de las primeras guías turísticas de carreteras del país.”); preocupado de ver y mostrar. De ayudar a mostrar (“Se trataba de publicaciones hechas no sólo para apoyar material e ideológicamente la construcción de carreteras, sino también, acaso sobre todo, para producir la idea misma de una nación.”). De acercarse también a la realidad indígena (“Lejos de detenerse en consideraciones esencialistas que tanto han privilegiado el ‘alma’ de los pueblos originarios o la diferencia inmanente del indígena, Rulfo se concentró en sus procesos de trabajo, especialmente el trabajo colectivo, también conocido como tequio, en tanto ‘formidable modo de producción’ y modo ‘solidario y orgánico’ de producir comunidad.”). Rulfo se fascinó con la idea del tequio, de los mixes, la idea del trabajo como algo que conecta a los humanos con la tierra y sus procesos.

Y frente a esta insistencia en la materialidad de Rivera Garza, también está el ojo experto, el oído atento, a la obra de Rulfo, especialmente Pedro Páramo. La autora se acerca a esta novela con atención pero también con intención creativa. Llega a habitarla y a abrir ventanas, para que circule el aire, para que vuelvan a oírse los murmullos. Como comenta en un momento: “El lector tendrá que oír los ecos de los idos justo de la misma manera en que atraviesan el cuerpo de Juan Preciado. El lector de Pedro Páramo tendrá que ser, en este sentido, también y, sobre todo, su personaje más sentido.”

Juan Rulfo nace en una pequeña localidad de Jalisco, queda huérfano y se va a vivir a la Ciudad de México. Y dice Rivera Garza: “Los textos rulfianos son, por decirlo así, urbanos. O mejor aún: los textos rulfianos son, sobre todo, textos en proceso de migración. Van como alma que lleva el diablo sobre las recién fundadas carreteras. Avanzan a una velocidad portentosa, así es. Escudriñan el territorio mientras lo fundan.” Y, un poco más adelante: “No por nada la primera frase de aquel texto fundacional incluye una indicación de movimiento y una indicación de procedencia. Vine. De un allá a un aquí. Vine a importa más que vine de. Los migrantes sabemos eso.”

Textos en proceso de migración sí, pero también textos con el corazón roto o a punto de romperse. Como afirma también la autora: “Toda historia es una historia de amor. Y toda historia de amor es, sobre todo, un amor a la historia. Pedro Páramo, la muy leída y muy interpretada novela que Juan Rulfo publicó en 1955, es una historia de amor: una historia rota y un amor no correspondido. Mejor decir: un amor no correspondido y una historia en forma de una interrupción.”

Y luego: “Una historia de amor imposible precisa de una enunciación imposible.”

Cristina Rivera Garza se detiene en todos los ecos. Como la forma en que Rulfo apuesta, tal vez, por una forma distinta de representar el género: “Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo no sólo consigue cuestionar cualquier entendimiento fijo o sedentario de lo que es la identidad en general, sino que también trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género.”

Estamos ya acostumbrados al concepto de escritura creativa (algo que siempre me ha llamado un poco la atención: ¿no es acaso toda escritura creativa?) y sus programas académicos. El libro de Cristina Rivera Garza trae consigo la propuesta de una lectura creativa, de una lectura o investigación académica creativa: encontrar temas nuevos para investigar, en lugar de recorrer los caminos de siempre; abrir nuevas ventanas, imaginar, sí, y con todos los sentidos. En sus palabras: “Tengo que confesarlo ya: mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto. Nada más; nada menos. Pero la lectura, como se sabe, es una relación horizontal y abierta, Aún más: la lectura es una relación de producción y no una de consumo. La lectura es imaginación, ciertamente, o no es. O no será.”

Dice Cristina Rivera Garza que “Rulfo se refirió varias veces a Pedro Páramo como ‘una novela de fantasmas que toma vida y después la vuelve a perder.” Y que “[s]u legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos.” Había mucha neblina o humo o no sé qué da nuevas vidas a un texto inmenso, da claves a misterios y propone otros nuevos. Termina con un capítulo escrito en mixe, un momento para sentirnos también, como lectores, extranjeros atentos al murmullo de una realidad extraña. Es un trabajo astuto y hermoso, que le devuelve al acto de lectura su capacidad de imaginar y cambiar las cosas, justo cuando ya pronto se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo.

Y, así, seguiremos viniendo a Comala.

Y vendremos “porque nos dijeron”.

Vendremos para ya no irnos más.

( “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”)

vine-a-comala

De mis tiempos de locura doctoral.

Síndrome Wakefield

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la-desaparicionEn uno de mis cuentos favoritos de la vida, “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne, un hombre decide perderse. Se trata de una desaparición simple: removerse de su vida, de su mujer de muchos años, para vivir a solo un par de cuadras de su casa. Wakefield, así, puede observar su vida desde afuera: la vida de lo que se desarma y de lo que se queda. Sin embargo, luego de muchos años, se decide a volver. El narrador lo deja en el momento en que abre la puerta de su casa, con la sonrisa de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero, por ese gesto, nos dice, por ese simple movimiento, Wakefield arriesga volverse un exiliado del universo.

En La Desaparición del paisaje, del escritor boliviano Maximiliano Barrientos, tenemos algo replicado el gesto de Wakefield solo que aquí se encuentra cargado por la presencia de la muerte. Vítor, el protagonista, se va a Estados Unidos por diez años, dejando atrás a Laura, su novia de entonces y a su padre que muere en el intertanto (y él ni siquiera entonces regresa). Cuando lo hace, el peso del pasado le pega de golpe en el rostro, un pasado que no se deja domar y que se queda guardado, en primera instancia, en los objetos.

Todo puede pasar pero los objetos quedan parece decirnos la novela de Barrientos; son los objetos los testigos de un pasado que los personajes humanos prefieren guardar en silencio. Así, por ejemplo, empieza la segunda parte de la historia: “Abracé a María y miré las sillas del living y me di cuenta de que fue en una de ésas: allí encontró muerto a mi padre una mañana de 2003.” Y la memoria se vuelve un inventario: “Su ropa y las botellas quedaron. Los zapatos que usó, las billeteras, los encendedores, la máquina con la que se afeitaba. Cosas que podían ser amontonadas, coleccionadas, metidas en un baúl. Lo mismo sucedió cuando mi madre murió en 1989, cuando yo tenía nueve y Fabia seis.”

Frente a esta memoria en objetos se opone una insistencia en lo sonoro como un repositorio de una memoria evanescente, espectral (“En el bar sonaban viejas canciones de los 80, canciones que cuando llegamos a ellas ya eran viejas, pertenecían a otra generación, pero las hicimos nuestras, las adoptamos como himnos de una guerra sosa que cada quien peleó a solas” (…) como si el bar, como si Santa Cruz entera, fuera un museo de canciones que en otra parte, en las ciudades de verdad, ya no escuchaba nadie.”) e incluso la madre es descrita como un sonido (“Mi madre muerta es bulla”) y un paisaje siempre a punto de desaparecer. De alguna forma, la insistencia en lo sonoro habla de otro tipo de presencia: una capaz de atravesar espacios y tiempos; voces del pasado que sobreviven en canciones que no cambian

El regreso a Santa Cruz trae consigo el reencuentro con el mejor amigo de la juventud, Alberto, y la reparación de un trauma (ambos fueron testigos de la violación de una compañera de escuela); así como también la oportunidad de retomar una relación con un viejo amor (con el que solo se quiere presente y nunca futuro).

Pero Vítor también es tajante para hablar de aquellos que se quedaron. Dice: “Se habían convertido en adultos, tenían heridas psicológicas, hipotecas, disfunciones sexuales, amantes dispersas, una mujer que producía hijos, un esposo que se ausentaba por viajes y llamaba tarde en la noche cuando se sentía culpable luego de cogerse a una puta cara. Todos estaban atontados por la bulla y el alcohol y la retórica de la pertenencia.” Aunque los que se van también están cargados de fantasmas, según el narrador: “En los lugares que estuve conocí a hombres que también se habían ido. Abandonaron a sus mujeres, a sus hijos. A veces, cuando estaban borrachos, sacaban viejas fotografías y las asentaban en la barra y contaban historias” (…) “La luz de los reflectores borraba las facciones de los jugadores y por momentos parecían fantasmas, siluetas hechas de electricidad y humo.”

Hay vidas invisibles que se tejen en el espacio de lo que no pasó. Y esos son otros fantasmas que quedan doliendo. Como los celos de Joaquín, el marido de Laura que, una vez enterado de la infidelidad de ella con Vítor, le da una golpiza a este último: “De pronto, Joaquín se mostró como lo que de verdad era, un sujeto triste, enamorado de una mujer inalcanzable en muchos sentidos, una mujer que arrastraba una soledad vieja. Me miraba como si quisiera encontrar lo que hubo antes entre Laura y yo, no sólo en aquellas semanas en las que nos convertimos en amantes, sino qué pasó cuando fuimos cortejos en el colegio, antes de que él la hubiera conocido, antes de que yo cometiera la locura de irme a Estados Unidos. Como si esa vida que yo tuve con su mujer siguiera en alguna parte, invisible, convertida en una música silenciosa que lo excluía. Como si con la golpiza que me habían dado pudiera erradicarla de mi cerebro para siempre”

Como el Juan Preciado de Rulfo, el protagonista de La desaparición del paisaje vive atormentado por los murmullos. Como si pertenecer – a un país, a la familia, a una pareja– fuera sintonizar una antena para llegar a esa canción que tal vez, sólo tal vez, pueda traer la tranquilidad. A Vítor, claro, no lo matan los murmullos. Aunque está cerca. Y Maximiliano Barrientos indaga con precisión y enorme belleza en todos los recovecos de ese rumor que parece repetir, una y otra vez, la misma imposibilidad del regreso.

La memoria como esa música que nunca se va.

 

Vida boquiabierta

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litvinova.jpg“Las aguas perturbadas de la memoria no se alisarán./Todos los días me iré de mi niñez./Regresaré sucia antes de que anochezca/ y me sentaré a la mesa”. Así comienza “Lienzo de la memoria’, uno de los poemas del libro Siguiente Vitalidad (Libros Tadeys, 2015) de Natalia Litvinova. Un poemario inquietante, que trae imágenes de cuentos de hadas, de princesas que escapan de noche y vuelven con los zapatos – y quién sabe si no los pies – rotos. Que conjuga frambuesas y ardillas con fábricas abandonadas a la orilla del parque y el recuerdo tremendo de la radiación (dice “Un día se inició el olvido”: “Las partículas de tu rostro/comenzaron a desintegrarse./Ahora todos los hombres/te retienen en sus rasgos./ Tus gorros roídos por las polillas/ y los guantes deformes/ por la ausencia de manos.”).

En Siguiente Vitalidad la memoria es una bestia imposible de domar. Que se resiste con arañazos y mordidas o a veces se deja contemplar desde lejos, con admirada belleza. Poemas que traen figuras que se quedan como fantasmas: personajes sin manos y sin guantes, madres obsesionadas por el orden de los objetos en el espacio, un abuelo taciturno que se queda ciego producto del desastre. Como en el poema Chernóbil: “Hay días blancos y días negros, /antes de mi nacimiento un día negro explotó,/ y mi abuelo no vio más colores. Los sobrevivientes/pudieron escribir su nombre en la ceniza y volver/a la oscuridad del hogar”.

Y es que el hogar aquí no es refugio sino una ruina oscura. Una ruina que fascina pues allí el corazón late más fuerte. Como se anuncia en el poema “El misterio de perder”: “Las ruinas me tranquilizan,/enamorada de las casas derrumbadas/y de las paredes con grietas/me escondo donde hay peligro./Es allí donde el corazón da sus latidos más fuertes.”

Siempre he sido fan de los epígrafes, especialmente cuando dan luces sobre lo que está por venir, proyectando raíces, constelaciones. En el caso de Siguiente Vitalidad, todo comienza con unos versos de Anne Michaels que dicen: “Cualquier momento dado-por muy trivial/que sea, por muy ordinario- posee una cierta/contención, está repleto de vida boquiabierta.” Y es exactamente eso lo que tenemos en las manos, esa vida boquiabierta producto de la sorpresa, del entusiasmo, pero también del dolor. Esa vida boquiabierta que es a veces grito y a ratos silencio y mudez. Esa vida boquiabierta que conecta los destinos de humanos, animales y plantas. Como en el poema “Doma”: “¿Qué hacen los hombres de mi pasado,/qué ciudades destruyen? Cuando un caballo sin jinete/atraviesa el campo, veo en su mirada que lo han domado./¿Qué hacen lejos de mí? ¿Y por qué los busco/ en los ojos de los animales?”

Los poemas de Litvinova se acercan al cuerpo con curiosidad y fascinación (“Percibo el olor de mi cuerpo/que desea huir pero se queda”): se detienen en rostros apasionados (“Yo llevo la sangre de las mujeres/ que vuelven a casa enrojecidas/como si ocultaran un amor.”); en cuerpos que van mutando y empequeñeciéndose producto de la enfermedad (“Después de años de planos trazados a la perfección,/mi madre terminó remendando ropa ajena./Un día llegó Juan con su leucemia./Trajo pantalones para achicar. Estaba perdiendo peso./Cada vez que venía, yo me tapaba la boca.”) o la experiencia traumática (“Mi abuelo caminaba arrastrando los pies, fue soldado/ y lo encerraron en un calabozo lleno de barro, los pies/ se le empezaron a pudrir./Mi padre no podía dejar de correr.”).

Siguiente Vitalidad es un conjunto de poemas que deslumbra desde su oscuridad. Que conjura imágenes de belleza perturbadora y que recuerda a las novelas de Agota Kristof, o las películas de Bela Tarr. Hay en ellos una luz rara, una forma distinta de acercarse a las palabras: como puentes, como precipicios, como ese “golpe justo” que “separa el pasado del futuro.”

Leer al lector

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edmundoEs rara la vida de los libros. La forma en que desaparecen y vuelven a aparecer a veces años, muchos años, después de su primera publicación, con inyecciones de sangre nueva gracias a traducciones, reediciones y reimpresiones. Pienso en el caso de Clarice Lispector y Lucia Berlin el año pasado en Estados Unidos. O lo que está pasando ahora con la novela Stoner.

La literatura como ese fantasma que nunca se va, que siempre vuelve, agitando cadenas. A la vez fantasma del pasado, presente y futuro.

Y el escritor boliviano, Edmundo Paz Soldán, es probablemente uno de los mejores cazafantasmas. Lector brillante, voraz y generoso, deslumbra otra vez en Segundas Oportunidades. Una colección de notas sobre autores (injustamente) olvidados combinadas con ensayos sobre géneros literarios “menores” y su importancia, así como también ensayos personales donde se reflexiona sobre el dolor, el desarraigo y el suicidio.

Leer Segundas Oportunidades es leer al Paz Soldán lector, acompañar su mirada sobre autores y temas, leer su biobibliografía, los libros que lo ayudaron a habitar años difíciles. Es, también, adentrarse al misterio del Paz Soldán escritor y su fascinación con la historia de los suicidas en una pequeña localidad del Upstate New York y también la sombra que se proyecta sobre sus días como profesor en Cornell, la pena de un matrimonio en proceso de disolución y todos los fantasmas que eso invita y trae consigo.

El libro comienza con tres ensayos. En “Mi segunda oportunidad”, nos paseamos por diversas anécdotas personales del autor: desde sus intentos por estudiar para ingeniero, su cambio de opinión y la segunda oportunidad que le dan sus padres, sus deambuleos por Argentina y luego Alabama, adonde llega a estudiar con una beca deportiva; desde sus inicios como escritor anotando historias detectivescas en un cuaderno que luego hacía circular entre sus compañeros de El Bosco, a su encuentro con José Donoso en la Feria del Libro en Buenos Aires, entre otras. Al terminar este ensayo, se nos anticipa el propósito del libro: “Había autores que necesitaban ser rescatados, que merecían una segunda oportunidad como yo la había tenido con mi vida. Quizá yo debía hacer eso en mis clases, en mis artículos, con mis influencias a la hora de escribir”. Para luego agregar: “Estas páginas son eso. Se trata de aquellas opciones que dejamos inicialmente de lado. De amores adolescentes que creíamos olvidados. De libros que no ocupan el lugar central de la discusión, pero quizás son tanto o más relevantes que los sospechosos de siempre.”

El segundo ensayo, “La biblioteca de mi padre”, cuenta las primeras fascinaciones, como lector, de Edmundo Paz Soldán. Las horas de lectura que le daban en la escuela y también el descubrimiento de los libros de Agatha Christie en la biblioteca de su padre. Dice el autor: “Los escritores inventamos nuestra biografía intelectual y nos creamos un linaje en el que solo están las cumbres. Mencionamos entre nuestros mentores a Vargas Llosa, a Naipaul, Woolf, Lispector, y nos olvidamos de esos otros libros ‘menores’ o populares que leímos y que quizás nos influyen de una manera más profunda que los grandes”.

El tercer ensayo, “Salir del túnel”, habla sobre la lectura de autores como Ernesto Sábato o Mario Benedetti y de qué manera lo ayudaron en distintos momentos de su vida. Dice de Sábato: “Abbadón es una novela apocalíptica pero yo la usé como un libro de autoayuda” . Así como también rescata al uruguayo: “Ahora que Benedetti no está, recuerdo que hubo un momento en que me llevé bien con el mundo gracias a sus poemas. Tendemos a valorar descubrimientos literarios de la edad adulta más que los de otras épocas más ingenuas. Pero los gozos de la infancia y la adolescencia no deberían ser desdeñados.” También se refiere a Paul Auster y su recepción en Latinoamérica, a la vez que enfatiza la importancia de las lecturas para acercarse a la propia memoria, al afirmar que “[r]eleer un autor implica releerse a sí mismo”.

A estos primeros ensayos, sigue la sección que le da su nombre al libro, “Segundas Oportunidades”, en la cual encontramos veintidós perfiles de escritores que merecen más atención, nuevas miradas, nuevas lecturas. Desde el escritor y pintor polaco Bruno Schulz (y que Jonathan Safran Foer también rescatara en Tree of Codes), pasando por la maestra del gótico estadounidense Shirley Jackson, la boliviana Hilda Mundy y su vanguardia pirotécnica, el chileno Gómez Morel y su retrato de la marginalidad (del que comenta; “[e]ste era un libro para leerlo con las luces encendidas por toda la casa”) o Emma Reyes y el testimonio de su vida en cartas. Autores a los que Paz Soldán se acerca, a veces, luego de mucho tiempo de tener sus libros en su propia biblioteca (“Faltan muchas maravillas por descubrir en mi propia casa: tiene algo de mágico saber que hay tesoros enterrados en el mismo espacio donde uno pasa la mayor parte de sus días”.).

Seguimos con “In Memoriam”, dedicada, como indica su nombre, a la memoria, vida y muerte, de doce escritores, entre ellos Clarice Lispector, Daniel Sada, Danilo Kîs, Salvador Benesdra, Mario Levrero.

Luego, en “Géneros Sumergidos”, Paz Soldán destaca la importancia de géneros como el cómic, la novela policial ( que, según el autor, “se ha renovado y convertido en la gran novela social del presente”) o la ciencia ficción para dar cuenta de la realidad latinoamericana. Sobre esta última comenta: “La ciencia ficción latinoamericana actúa como la carta robada de Poe: se halla escondida a la vista de todo el mundo.”

Luego vienen “Dos Ensayos”, uno dedicado a Vicente Huidobro (en el que rescata la relación de este autor con las tecnologías y el cine) y otro a Jaime Sáenz (escritor boliviano que le parece imprescindible y del que afirma que “[c]ualquier poema suyo es brillante; cualquiera”).

Y uno termina todas estas secciones con una lista enorme de pendientes. (Y yo deja sembradas cien mil banderitas – y es gracioso que en español le digamos ‘banderitas’ a los post-its, como afirmando pequeñas patrias, y de colores, en las lecturas – y escribo en los márgenes anotaciones como ‘buscar”, “leer”).

Porque leer Segundas Oportunidades es quedar con tarea para la casa.

Pero el libro no termina ahí.

Como las mejores lecturas, ésta nos ofrece, de pronto, un giro inesperado. Una caída a pique en una montaña rusa en la que vamos a oscuras. De pronto, volvemos a los ensayos personales, y unos cargados de dolor y de fantasmas. De la lectura gozosa de autores injustamente tratados, pasamos a la reflexión sobre la pérdida y los distintos niveles del dolor y la desesperación. Las historias que se quieren y no se pueden contar; las historias que están a punto de contarse y las que ya no pueden contarse más.

Todo esto en una sección de nombre “Las Oportunidades”.

En “Regreso a Río Fugitivo”, Paz Soldán se refiere al proceso de escritura de la novela de ese nombre y el impacto que tuvo en su colegio en Bolivia. Pero es en ‘Los Suicidas” donde se abre la caja de los fantasmas. De nuevos fantasmas: ya no los de la literatura sino los de la vida “real”; los fantasmas de los estudiantes suicidas de Cornell (universidad en la que trabaja el autor); los espectros de un matrimonio que se deshace, del cambio en la suerte y el rumbo, de idas y vueltas y de enfrentarse, por primera vez, con el prospecto del suicidio. El ensayo es doloroso. Y así como un lector trae siempre consigo sus fantasmas a todo lo que lee, así también, que tengan un lugar en este libro, que tanto indaga en el acto de lectura, es a la vez honesto y preciso.

Por último, “Ficción y verdad de Martín Ramírez”, ahonda en la fascinación del autor por la figura de este pintor (“En algunas ocasiones, en el vacío de mi casa de recién divorciado, lo veía dibujando con las rodillas apoyadas en el suelo”). Inmigrante ilegal que se dedicó a ayudar a la construcción de vías férreas y que se pasó casi toda la vida dibujando trenes en un manicomio, y sin decir una palabra. Como los buenos personajes y las buenas historias, ésta se va uniendo a otras (como la del “Railroad Killer”) y la literatura de Edmundo Paz Soldán, la nueva novela (que luego será Norte, una novela importante, valiente, inmensa), se convierte en esa lucecita que se ve del otro lado del túnel. Un túnel cuya oscuridad, a diferencia de la retratada por Ramírez, sí se acaba. Y para desembocar en una escritura brillante.

Libro de las horas (pasadas en un tren)

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materialResulta difícil clasificar un libro como Material Rodante de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2015). Un texto que se mueve (que viaja) entre el ensayo, la crónica, la novela. Que recuerda, que me recuerda, a la belleza que es A field guide to getting lost de Rebecca Solnit, pero también, a escritos más raros como los Libros de las horas, de la Edad Media, libros únicos e iluminados, que reunían todo tipo de materiales, para habitar las distintas horas del día. En ellos, el contenido es más religioso que otra cosa, pero hay algo de su espíritu en este material rodante, en este uso de esas horas en tránsito, en las que el narrador/protagonista se niega a dormir y observa y registra todo a su alrededor, para el deleite absoluto del lector. O quizás, la referencia podría ser otra: el Libro de la Almohada, con sus comentarios sobre el día a día, un libro para guardar bajo la almohada también, como el pijama, la prenda preciada del ocio y subversiva frente al quehacer del movimiento cotidiano, como explica el narrador en uno de sus traslados.

Pero, independiente de su clasificación, este es un libro sobre viajar. Sobre viajar entre dos ciudades europeas (de Holanda y Bélgica), en tren, para ir al trabajo. Y la experiencia de ser extranjero. De nunca pertenecer completamente, de deambular entre idiomas que no se manejan del todo. De perderse. De divagar, que es tal vez otra forma de trasladarse, más caótica, en medio de la higiénica y tranquila experiencia de viaje.

Se trata quizás de una etnografía del movimiento, de ese que atraviesa grandes distancias y e se, más pequeño, que se experimenta entre un vagón y otro. Movimiento que es de personas y de objetos: la mochila que casi se deja en uno de los asientos, los piñones que lleva un científico en uno de sus bolsillos y que consiguen que unas cuantas araucarias chilenas se queden de turistas permanentes en Europa. Una historia que va hilvanando anécdotas en su vaivén: desde el aviso de utilidad pública en el que el narrador cuenta en qué estación nadie revisa los boletos, pasando por citas a Walter Benjamin (que comentaba que con el desayuno se acaba el ayuno y comienza un nuevo día), reflexiones sobre el nuevo boom de los jardines comunitarios y esa felicidad tan verde que es a la vez propia, aunque pretenda ir en contra, del capitalismo.

Y como lectora, una se deja llevar, sin importar muy bien el destino, sin atisbar lo que se esconde en las próximas páginas, aunque siempre asomándose con asombro a cada pensamiento/estación. Como aquellos que apuestan por una cierta poética del ocio y/o el aburrimiento: “El aburrimiento merece más luces. Al menos en estos apuntes en donde cada espacio en blanco vale como un bostezo.”, o bien: “Descubro una novela. Una de la vida real.” Para luego afirmar:”Pero sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Maier explora las posibilidades que se esconden también en la falta de movimiento, los días de vacaciones pasados en pijama, una prenda que le parece subversiva pues “…el capitalismo no soporta algo que no sirva para nada.” La excepcionalidad del pijama queda también marcada por su lugar en el espacio doméstico:“Sin ir más lejos, la costumbre de guardar el pijama bajo la almohada y no junto al resto de la ropa, es reveladora y tal vez valga como síntoma de ese vicio que es salir a la calle. El pijama es una mala influencia. Les enrostra a los apóstoles del progreso que todas las torres que construyen no sirven para nada porque luego viene la noche, y la noche se parece mucho a la muerte.”

Junto al ocio y el aburrimiento, Maier también defiende el lugar de la espera, que él define como “un arte engañoso” y también un deporte: “Tal como el póquer y el ajedrez, la espera es un deporte psicológico y de largo aliento. Una gimnasia que requiere un entrenamiento especial y doloroso.”

Otra estación en la que se detiene esta obra es en las reflexiones sobre el viaje y el turismo. Dejo aquí algunas de ellas:

“…descubrí que los viajes esconden sorpresas que nunca tienen mucho que ver con el lugar que ansiamos visitar sino con nuestras propias fantasías”.

“…pero los viajes modernos y planificados, probados por periodistas que aseguran su eficacia, muy pronto aburren de lo excesivamente rápidos, higiénicos y estandarizados.”

“Tal vez el problema es que la industria del turismo, apenas se apoderó de ese gran botín que son los viajes, le extirpó el peligro, la posibilidad de que todo salga mal, la exquisita cuota de misterio que siempre supuso partir hacia un lugar extraño.”

“sobran turistas y falta un leve y elegante toque de miedo.”

En la experiencia de viaje central, que enmarca este libro (el viaje en tren entre dos ciudades europeas), se rescata su carácter repetitivo, rutinario, y los espacios de familiaridad que ofrece: “A la gente se la conoce así, de a poco y sin querer. Todos los martes en el tren que va de Malinas a Roosendal siempre figuran escondidas las mismas personas. Para descubrirlas únicamente basta entrenar el ojo, como cuando uno era chico y jugaba a encontrar a Wally en un suplemento que traía El Mercurio.” Aunque, a veces, estos rostros familiares, sorprendan al aparecérsele al narrador en su vida fuera del tren, al igual que otros rostros, un tanto más peligrosos.

Cada estación trae consigo la sorpresa, la astucia y una erudición que se asoma a la carcajada. También momentos de conmovedora belleza como cuando, en un instante de peligro durante el viaje, el narrador comenta:“A veces todo parece tan frágil que por las noches la abrazo como si fuera un gato de esos que tienen siete vidas.”, o también al referirse a sus amigos: “Nos conocimos como se conoce la gente de veintitantos años: sin saber muy bien cómo, escondiendo inseguridades, deseando no estar solos…”

Y el viaje, el lugar del etxranjero, va de la mano de las lecturas y su reflexión sobre ellas (“Leer en un idioma nuevo o desconocido es parecido a la curiosidad y el pánico que uno tenía cuando era muy chico y se paraba frente a la profesora – Tante Astrid, en mi caso, una muchacha alemana de poco más de veinte años, que hacía clases en Chile mientras buscaba experiencias místicas en el desierto – para leer una frase que escondía un mundo y que hoy suena muy tonta. Ella me enseñó a juntar letras con un silabario y a descifrar la vida. Casa. Perro. Mamá.”). Incluso se postula una ética de la mochila, en la cual los libros están más a gusto que en las bibliotecas (“Podría apostar a que si los libros tuvieran memoria, sus días más felices serían los que pasaron ahí adentro, moviéndose de un lugar a otro, a medio leer, rompiendo la rutina soporífera que los deja muy quietos y exhibiendo su lomo en un estante.”).

Quisiera citar todo de este libro inclasificable. Repetir, uno a uno, sus pasajes, con la alegría de los niños que quieren escuchar sus cuentos favoritos una y otra vez; con la sorpresa de los animales que esperan en el zoológico junto a una de las estaciones de trenes, con la felicidad de quien encuentra por fin a ese Wally diminuto entre la multitud.

Una obra, sin duda,  brillante, y que se descubre “sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Memoria polilla

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chileanelectricLa última novela de la escritora chilena Nona Fernández, Chilean Electric (2015) gira alrededor de una anécdota aparentemente inofensiva: la noche que se ilumina por primera vez la Plaza de Armas de la ciudad de Santiago. Una imagen hermosa, por cierto, hilvanada por las palabras de su abuela. Sin embargo, de la luz apacible que lo inunda todo, haciéndole trampa al tiempo, se desencadena una reflexión astuta, y no falta de chispazos y cotocircuitos, sobre la memoria, la violencia, el dolor y la oscuridad.

(Y los recuerdos se acercan, como polillas, atraídas por la luz, hipnotizadas, aunque arriesguen la vida en ello).

Porque lo cierto es que con nuevas luces, vienen también nuevas oscuridades, nuevas sombras. Y aquello que no se puede ver, a ratos lo atraviesa todo: como la voz de Allende, grabada y regrabada en casettes, y sus discursos transmitidos por malos amplificadores. O la voz de la abuela en una pieza oscura.  Y el mensaje que conjuran sus dedos, nerviosos, en una máquina de escribir invisible.

La luz trae visibilidad y promesas de bondad. Pero también trae vigilancia y control. Estamos acostumbrados a asociar luz con cosas buenas: hablamos de iluminaciones como revelaciones; usamos expresiones como “echar luz” sobre algo para referirnos a la claridad. Pero hay verdad en las sombras, como dijera Paul Celan, y Chilean Electric si bien se concentra en lo luminoso (que puede ser enceguecedor) deja entrar también a las sombras.

Al comienzo, así se describe la llegada de la luz: “La luz era mucho más brillante que la de las lámparas de mecha. Era una luz completa que no dejaba a nadie afuera. Intrusa y sorpresiva, hizo aparecer los rostros de la gente en plena noche. Los santiaguinos nunca se habían visto así.”

Y también: “La gente se acercaba a los faroles y sonreía bajo las ampolletas mirando sus propios cuerpos iluminados, exponiéndolos al resto como quien muestra un traje nuevo.”

Pero de ese primer júbilo luminoso, pasamos a otros registros en los que la luz se vuelve peligrosa: “La luz se expandió como una peste brillante iluminando todo a su alrededor, hipnotizando al público para generar necesidades antes desconocidas, encendiendo más y más ampolletas. El contagio fue tan vertiginoso que la luz ya no parecía buscar satisfacer las demandas de la gente, sino inventarlas para facilitar su uso continuo.”

Es Santiago que se transforma: “La luz entró por las ventanas a las casas, piezas y almohadas de los más afortunados, que quizá desde entonces empezaron a imaginar en sus torcidos sueños una ciudad delimitada por neones, por lucecitas de colores, por focos de seguridad. Una ciudad alerta, siempre encendida, la ciudad insomne.”

El juego de imágenes de Nona Fernández es delicado, preciso, elegante. De la luz en la Plaza de Armas pasamos a las débiles luces de las guirnaldas navideñas que articulan un “morse luminoso”, un circuito de la memoria y sus ficciones, y también al flash de las cámaras fotográficas que sacan fotos a niños en aburridos caballos de palo o bien las de los periodistas que capturan, morbosos, la imagen de un niño golpeado por carabineros y que ha perdido uno de sus ojos (“Un ojo ahorcado en la plaza pública.”). O la luz de las pantallas, en locales de la misma plaza, en las que se transmite un partido de fútbol entre Chile y Perú.

(Luces para iluminar, luces para desorientar).

Y paralelo a estas luces, a esta electricidad de la memoria y sus figuras de la historia nacional y personal, están las voces que se escuchan a oscuras: la de la abuela, en la noche, hablándole a los muertos, o bien contándole historias a la narradora para que se quede dormida; o la voz de Allende o de la propia nieta, que asume el rol de cuentacuentos la última noche que pasa junto a su abuela ya enferma (“Piensa que lo que te voy a contar no es una historia, le dije. Piensa que es una luz suavecita, una ampolleta pequeña de quince watts. Un farolito que espanta los miedos y ayuda a entrar en el sueño. Un espantacucos vigilando tu cama al dormir.”)

(La voz también es faro y salva de los naufragios).

Y la cuenta de la luz (que aparece en esta historia, que habla de desaparecidos, de cortes inminentes, de gastos y consumos) pasa a ser también el cuento de la luz.

Otra lucecita titilante. Como las luciérnagas de las que habla Pasolini, que desaparecen en Italia con la llegada del fascismo.

(Pero en la novela de Fernández lo que tenemos son polillas, que avanzan y que chocan contra ampolletas; que son las teclas algo cojas de la máquina de escribir heredada de la abuela y con la que se escribe la última parte de la novela. Una novela que vuelve a empezar y que se bautiza a sí misma como La Ceremonia de la Luz).

Nona Fernández articula con maestría una ciudad que se enciende desde una plaza que congrega pero también divide. Sus armas son las luces, los chispazos, los cortocircuitos (“Iluminar con la letra la temible oscuridad.”), la brillante lucidez, sí, pero también la espectralidad de la voz y esa memoria que es como una pieza oscura donde resuenan también las sombras.

Ojos que no ven

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Z33__Sangre-en-el-ojo-gComienzo este texto con una mentira o un título que miente: los ojos de Lina Meruane ven mejor que nadie. Pero el dicho sirve para cuestionar verdades, y siempre hay algo de verdad en la mentira. Siempre. Aunque sea una esquina de verdad.

Y aquí esa verdad son dos ojos que no ven. Dos ojos que explotan, que se inundan de sangre, en medio de una fiesta, dejando a Lina, o Lucina, con el mundo en suspenso. Y desde esas primeras líneas que no nos suelta el vértigo de no saber qué va a pasar con esos ojos que si bien dejan de ver nunca dejan de sentir, porque la verdad también es que, cerrados los ojos al mundo, el cuerpo entero se pone en tensión: y la ciudad de Nueva York con sus suciedades y ruidos impacta en el caminar y en los oídos; la relación incómoda con la madre se siente en el tacto de unas manos que descubren que ella le ha hecho su maleta sin pensar en sus necesidades; la ferocidad del amor se queda en los pies que se buscan de noche en una cama fría en Chile, de las espaldas o las caderas que vuelven a habitar el nuevo apartamento en los momentos de intimidad y desborde. Ojos que no ven, cuerpo que siente más que nunca (“Yo no podía distraerme, todo mi ser entero exigía una concentración multiplicada, una dedicación absoluta a la geografía de las cosas”.). Y un lenguaje que acompaña ese despertar y esa sorpresa, que no es nunca ingenua, que siempre se asoma a la violencia, de experimentar las consecuencias de la ceguera: los miedos de dejar de escribir, de convertirse en una carga, de ser otra.

Lucina, Lina, puede perder la vista pero nunca pierde de vista sus preocupaciones, si bien trata de anestesiarlas un poco, escuchando novelas grabadas. Frente al miedo, su vida se convierte a ratos en una caja de sonidos, una habitación de espectros que le recitan historias mientras ella no sabe si pueda (si quiera) volver a escribir. La novela entonces, escrita en capítulos breves y brillantes, sigue el trayecto y ramificaciones de la enfermedad: desde el diagnóstico y la forma en que impacta su nueva relación amorosa con Ignacio (“Pensar en ese médico torcido y refractario diciendo que yo llevaba adentro una bomba de tiempo acelerando su tictac”); la lentitud del tratamiento que siempre pide esperar un poco más, el viaje a Chile que también es tiempo de espera y de reencontrarse con culpas y dolores de antaño (“Hundida en otra silla de ruedas hubiera querido ser un espectro que retorna en secreto a cancelar viejas deudas y en lugar de chocar torpemente con el mundolo atraviesa sin sentirlo”.). La enfermedad también de ser extranjera, y de padecer una enfermedad siendo extranjera, en un país que no es el propio y la vulnerabilidad que eso trae. Son muchos los hilos que maneja esta historia. La forma en que se acerca a la realidad para olfatearla (“Hurgamos entre muebles de madera tersa y salvaje con olor a aves exóticas y a mandriles, a líquenes, a cantos africanos, y se levantan también los olores a maní confitado y a manzanas acarameladas, a pretzels, a bagels recién salidos del horno refrigerándose en nuestras narices”) para recibirla “toda oídos”.

Y es que, con o sin venas que inundan el ojo de sangre, los ojos de la extranjera absorben todo: “Al otro lado de los muros, sobre nuestros cuerpos y también debajo de nuestros pies, se agitaban todos esos gringos acostumbrados a madrugar con los calcetines puestos y los cordones ya anudados. Gringos que con la ropa interior impecable y la cara planchada se sientan cada mañana a desayunar leche fría con cereales.” Ser extranjera trae un primer ajuste en la mirada, a la vez que dejar de ver invita a nuevas oscuridades y rabias: “(Estoy viendo la sangre otra vez, la estoy viendo con mis ojos. (Quiero arrancarte los tuyos, meterlos dentro de los míos para que puedas ver la sangre.)” Porque “tener sangre en el ojo” es mirar la vida desde una esquina rabiosa (en inglés, recientemente tradujeron esta novela como “Seeing Red”) y acá la rabia a ratos lo salpica todo.

Una novela de escritura vertiginosa y afilada, con un final de carcajada monstruosa.

Ojos que brillan en la oscuridad.