Las vueltas de un mundo insomne

Estándar

lapartesonadaPara quienes seguimos de cerca la obra del escritor argentino Rodrigo Fresán (1963), leer La parte soñada se parece mucho a volver a casa después de un largo viaje. Abrir la puerta e ir de a poco encendiendo luces, reconociendo espacios, asombrándonos de todas las cosas que no recordábamos que teníamos y todo eso que – suspiramos aliviados – sigue ahí.

Y lo que sigue ahí son las referencias a un mundo que se expande y se contrae, sí, como un corazón. Ese que entre latido y latido se detiene, como indeciso de seguir. Y es en esa pausa, nos dice el narrador de esta novela, que se encuentra todo: el pasado, el presente y el futuro.

La parte soñada es la segunda entrega de una trilogía que comenzó hace ya dos años con La parte inventada (y que seguirá, dicen por ahí, con la publicación de La parte recordada en un par de años más). Un proyecto magnífico y enorme, de volúmenes inmensos y un recorrido alucinado por la literatura. Sí, porque leer a Fresán es siempre releer. Releer sus referencias y obsesiones bibliográficas, así como también sus temas de siempre.

Porque, una vez más, tenemos a la memoria como esa fascinación todopoderosa (dice el narrador en un momento, sobre el propósito de la novela: “Escribir de memoria y haciendo memoria”). La que se vislumbra en la atención de Fresán siempre puesta en Marcel Proust (desde Esperanto y sus canciones, pasando por Mantra y ese síndrome Combray que le va quitando los recuerdos a uno de sus protagonistas hasta dejarle uno solo) o en Citizen Kane y ese paseo por la memoria que incluye un trineo como el juguete roto que de alguna manera se encarna en Mr. Trip en La parte inventada (ese juguete de un hombre cargando una maleta, que camina siempre hacia atrás). También la familia como esa galaxia y dimensión desconocida, con sus versiones monumentales en el clan de los Mantra (en la novela del mismo nombre) y, en las dos partes de esta trilogía, en los Karma (¿Karmantra?) con su reinado de silencios y excesos en Abracadabra.

Y acá hay un detalle lindo: si en Mantra y Jardines de Kensington el énfasis estaba puesto en la infancia y el ser hijos; en La parte inventada la preocupación es de y por los padres; aquí, en La parte soñada, aparecen por primera vez – al menos con tanta intensidad, y vivos por un rato – los hermanos. Esa relación rara y compleja. La que lleva a competir y traicionarse a la dupla compuesta por Penélope, autora de sagas juveniles y absolutamente poseída por su lectura a muy temprana edad de Cumbres Borrascosas, y su mal hermano escritor, obsesionado con Nabokov (y ahí tenemos otro viaje por su vida, por sus cuentos (uno, también sobre hermanas, “The Vane Sisters”) y, en particular, por una de sus novelas: Transparent things), con la rivalidad con dos escritores faranduleros a los que denomina IKEA, y que masculla todo esto mientras sufre de insomnio (en otra noche larga que recuerda la de la confesión de Peter Hook al joven actor que interpretará al protagonista de su libro, Jimmy Yang, en Jardines de Kensington). Otro personaje que repasa su memoria en la oscuridad, no para echar luz sobre ella sino tal vez todo lo contrario: echar oscuridad sobre la luz de un secreto terrible que se esconde en algún lugar de esos párrafos como bloques que caracterizan la prosa de Fresán.

Ese secreto que puede ser despertado por un teléfono.

Pero volvamos a los hermanos.

Porque no solo son hermanos los protagonistas, como un espejo bizarro (ambos escritores, ambos repasando sus vidas desde un retiro extraño, ambos cargados de culpa por un secreto que no le han dicho a nadie, ambos marcados por unos padres demasiado bellos y demasiado ausentes) sino también una de las referencias literarias más importantes de esta novela. Así, si en La parte inventada teníamos Tender is the night, the F.S.Fitzgerald, como esa manivela que daba cuerda al mundo, y servía de correlato, de homenaje, de inspiración, de fuente de contagio, en La parte soñada está Cumbres Borrascosas, como esa novela imperfectamente perfecta o perfectamente imperfecta que vuelve a Penélope en lectora, alterando su vida para siempre. Como los mejores libros.

Y a esa novela la rodea una historia de hermanos. Las tres hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne), que escribieron con seudónimos masculinos, que cuando niñas corrían alrededor de la mesa para deshacerse de tanta energía, y su hermano Branwell, que poco y nada brilla, pero ahí está, acompañándolas mientras escriben pequeñas historias para que lean sus soldaditos (otros juguetes para hacer andar al mundo). Y es un gran paseo el que ofrece Fresán: el leer Cumbres Borrascosas, revisitarla, de la mano de su mejor lectora. Y así volver a caminar hasta la puerta de esa casa y dejarse contar la historia de una familia en desgracia por una testigo que lo escuchó todo. Y volver a mirar, desde adentro, o desde el otro lado de la ventana, esa historia de amor huracanado y terrible y lo que hace en la relación entre las hermanas. Y entonces: envidias, muertes tempranas, malos entendidos.

Leer a Fresán es releer porque en sus libros los personajes nunca están solos. O no realmente. Viene cada uno con su carga de libros, su propia y muy personal casa de fantasmas que les permite leer la realidad que les ha tocado vivir (o, como se dice en la novela: “Releer es como ver fantasmas verdaderos. Fantasmas generosos que creen en nosotros”). De aquellos que también, como Catherine, dicen eso de “déjame entrar”. Sus personajes son lectores y, como dije en otra reseña sobre la obra de Fresán, quieren a sus libros más que a sus familias, tal vez incluso más que a sí mismos. Son personajes infectados por historias: las propias y las de otros que sienten como propias. Porque al leer tal vez descubran que alguien los escribió mejor de lo que ellos se imaginaban. Porque si se aprenden su novela favorita de memoria tal vez el dolor y la culpa al fin los deje tranquilos.

[Dice el narrador: “Para bien o para mal, los escritores a solas nunca están solos: los acompañan otros escritores también a solas].

Y las historias que atraviesan La parte soñada son tantas. Como la de un hombre que, en medio de una epidemia que le ha quitado a la humanidad la capacidad para soñar, llamada la Peste Blanca, decide ir a un curioso lugar llamado Onirium a vender sus sueños. O en realidad un solo sueño, el único que le queda: el sueño con Ella. Una mujer “de sus sueños”, que aparece una y otra vez en ellos, y que él quiere dejar de ver allí pues sufre de un problema: tiene el poder de que sus sueños no se hagan realidad. Pero también está la historia de Penélope y su hermano escritor, ambos dejados abandonados por sus padres glamorosos que recorren el mundo en un yate y haciendo publicidad mientras sus hijos pasan temporadas más o menos largas con su tío Hey Walrus o sus abuelos de ascendencia rusa. Y estos dos hermanos escritores se encierran a ver pasar sus memorias (las hacen, las fabrican, para luego intentar deshacerlas): ella en una casa de retiro llamada Nuestra señora de nuestra señora de nuestra señora de… y él en una cama hecha de libros. Y también toman apuntes, como la libreta de biji, pequeños pensamientos o anotaciones, en la que se esbozan ideas para cuentos o novelas (como la del espía ruso que sigue al matrimonio Nabokov a todas partes), o máquinas del tiempo que en realidad tal vez no sean sino otra forma de decir Hijo.

Y entre medio de todos estos sueños, volvemos a las ficciones sospechosas de siempre. Esos cameos de nuestros personajes favoritos ahora en otra serie o en otra película. Y vuelven entonces los personajes y lugares de otros libros de Fresán: vuelve a caer al agua, una y otra vez, la terrorista de las piscinas, y vuelve el colegio de Martín Mantra y su foto de curso, y las grabaciones de los Beatles, y los episodios de La Dimensión Desconocida e incluso las canciones de Anorexia y sus flaquitas. Para no olvidar la postal de turno, el Wish you were here, desde Canciones Tristes, la ciudad capital dislocada de los libros de este autor argentino, también conocida como Sad Songs, Chansons Tristes, Rancheras Nostálgicas y, en esta nueva novela, Cánticos sombríos.

Casi al llegar al final de esta novela, el narrador afirma que la memoria se compone de tres partes: la parte inventada, la parte soñada y la parte recordada. Rodrigo Fresán ha logrado, con estas primeras dos entregas, algo inmenso: una historia que trae tras de sí esa ola enorme que es la literatura, las películas, las canciones, esas Variaciones Goldberg que nos hacen sentir en casa, esas ficciones que nos transforman para siempre (y dice el narrador: “Un libro que era todos los libros que ese libro podía llegar a ser.” Y también: “El libro trataba sobre el leer y el escribir. Sobre los modales cada vez más infames y enfermizos del leer y el escribir”). Una reflexión, llena de fuerza y belleza, un Huracán Heathcliff, acerca de la importancia de los sueños para mantener el mundo a flote, de todas esas formas en las que la literatura sueña, nos deja sin poder cerrar los ojos o a veces, porqué no, ayuda a volver nuestros sueños realidad. Todo contado por un narrador insomne, ese que se queda para contarla, aunque sea desde una habitación en un edificio en llamas.

Pensaba terminar este comentario diciendo que los libros, nuestros libros favoritos, son el hogar al que siempre volvemos (y “vuelta” es una palabra tan rara: es regreso y fin de viaje pero también volver a girar). Pero la obra de Fresán demuestra lo contrario: sí bien puede ser casa, puede ser refugio, a veces las casas también son carnívoras, como la de Cumbres Borrascosas o arden en llamas hasta consumirse. Y entonces tal vez los mejores libros no sean esos a los que nos llevan los zapatos (rojo rubí en la película, de plata en la novela) cuando decimos eso de “No hay lugar como el hogar” sino aquellos que nos sorprenden y transforman convirtiéndose en Kansas, Oz, y el tornado ( números musicales y paso al technicolor incluidos) todo al mismo tiempo. Como esa canción favorita del insomnio: “All together now”. Como una caminata larga que no queremos que se acabe nunca.

(Esta reseña fue publicada originalmente en Paniko.cl en julio de 2017)

Anuncios

“Deseo las cosas que terminarán destruyéndome”

Estándar

DIARIOS-COMPLETOS-PLATHTodos conocemos el final de la historia.

La bandeja con los vasos de leche, listos para el desayuno de los niños.

El horno encendido.

Y un grito.

(O varios).

Conocemos los poemas y los rumores. Hemos visto las fotos de Sylvia en bikini, en la playa, en uno de sus muchos trabajos como babysitter en el verano (“Si no se presta atención, todo lo que se ve al pasar es a una muchacha bronceada, de piernas largas…”). Y aquellas con Ted Hughes, su marido, y sus hijos. Las fotos de sonrisa perfecta y ese rostro, algo más enigmático, de la foto que adorna la portada de este libro. Y, sin embargo, sumergirse en los Diarios Completos de la poeta norteamericana Sylvia Plath (1932-1963) es una sorpresa que no se acaba nunca. Porque ahí están tantas de sus facetas, y su camino de crecimiento como escritora, como mujer.

Esa mujer que fue una adolescente perfeccionista y sobreexigente – en inglés podríamos decir overachiever — y la acompañamos mientra sufre porque quiere escribir y tiene que estudiar para así conservar sus becas, o quiere salir y tiene que estudiar, o quiere dormir y, ya saben, tiene que estudiar.

Plath se hunde en sus pensamientos, al parecer, sin descriminar. Puede dedicar amplios párrafos a sus lecturas o a sus dudas respecto de lo que el matrimonio – el camino obvio a seguir, en su opinión – puede hacerle a su creatividad y sus posibilidades como poeta (Dice Plath: “Sin duda el matrimonio es una forma de expresarse, pero ojalá que mi arte, mis textos, no sean simplemente una sublimación de mis deseos sexuales, porque en ese caso se agotarán en cuanto me case. Ojalá lo encontrara…”)

La vemos sufrir cuando llegan los sobres cargados de rechazos, cuando sus poemas no se publican, cuando no gana las becas que quiere. O desesperarse cuando cree no estar a las alturas de las expectativas.(Dice en otro pasaje: “Por el momento lo que he escrito es más bien pobre y bastante poco convincente, es el producto de una muchacha sin imaginación, preocupada por sí misma, chapoteando siempre en las aguas poco profundas de su pensamiento limitado.” Y también, más adelante: “Me falta originalidad. Demasiada adoración ciega a los poetas modernos, y poco análisis y práctica.”)

Hay un dolor inmenso en estos diarios, sí. Hay una reflexión compleja, imbricada, desafiante. No es fácil leerlos. Aquí está el diario que debió permanecer cerrado hasta la muerte de Ted Hughes, ese que escribe para su psicoanalista y donde se da permiso para odiar, furiosa, venenosamente, y como gritando a todos los vientos, a su madre (Su padre muere cuando tenía ocho años. Ese padre a quien le dedica esos poemas inmensos que son “Daddy” y “The Colossus”). Esa a la que le escribiera tantas cartas – recogidas en el volumen Cartas a mi madre – y en las que no vemos , para nada, asomarse esta oscuridad. Porque en Plath la oscuridad se esconde, se afirma, se contiene en las páginas de sus diarios y sus poemas,hasta que el desborde se vuelve inevitable. Y así lo que vemos en este diario también, más que nada, es una joven, y luego una mujer, ansiosa, furiosa, hambrienta, por vivir (y, se lee en una de sus primeras anotaciones: “Los buenos momentos son como flashes que queman, vienen y se van, como incesantes arenas movedizas. Y no quiero morir.” O también: “El simple hecho de escribir en este cuaderno, de sostener la pluma, prueba, espero, mi capacidad de seguir viviendo.”))

Y cuando llega Ted Hughes, poeta británico, a su vida, parece que, al fin, Sylvia Plath, lo tiene todo. Y ella lo anota en su diario. Al principio, como un comentario casual en su entrada del 16 de abril de 1956, donde escribe: “Asunto: Ted. Has aceptado su existencia…”

Y, luego de casarse, ese deslumbramiento que dura por algunas páginas, por algunos años, en anotaciones como:“Vivir con él es como estar escuchando un cuento eternamente renovado: tiene la inteligencia más asombrosa e imaginativa que he conocido. Podría vivir siempre en los innumerables lugares que él crea. También yo siento un nuevo impulso en mi trabajo y espero que esta semana se rompa el maleficio que pesa sobre mis cuentos…”O también: “Nunca había disfrutado de condiciones tan propicias: un marido brillante e increíblemente guapo (por fin pasaron los días exasperantes de pobre satisfacción egocéntrica por conquistar a hombres insignificantes y cada vez más fáciles), una casa tranquila y amplia donde nada me perturba, ni el teléfono ni las visitas; el mar al cabo de la calle, las montañas a nuestro alrededor. Un pleno bienestar mental y físico. Cada día nos sentimos más fuertes y más vivos.”

Y es difícil leer esto, ahora, a la distancia, sabiendo cómo termina la historia. Leerla y querer advertirle, leerla y poder contener primero ese dolor que se avecina. (O hacer sonar la alarma cuando la leemos decir: “Es peligroso estar tan pegada a Ted de la mañana a la noche. Si no tengo una vida aparte de él es muy probable que termine convirtiéndome en un apéndice.”)Querer reconfortarla cuando parece, por instantes, dirigirse precisamente a nosotros: “¿Lo entiendes? ¿Quienquiera que seas, dondequiera que estés, puedes entenderme un poco, quererme un poco?”

Sí, todos conocemos la historia. Y Ted es infiel, y Sylvia escucha sin querer una conversación por teléfono que la destroza y que luego inmortaliza en uno de sus poemas (“Words heard, by accident, over the phone”, en el que dice “Now the room is ahiss. The instrument/Withdraws its tentacle./ But the spawn percolate in my heart. They are fertile.”).

Y Ted se va y ella se queda con los hijos. Y hace frío en Londres, el invierno más frío en años.

Y el horno, y la bandeja con el desayuno.

Y los niños durmiendo.

Y por eso también la experiencia de lectura de estos diarios es importante. Porque no están editados para solo dejarnos las reflexiones profundas de Sylvia Plath sobre la literatura. Porque acá hay espacio para eso y también para las preocupaciones de Plath sobre ese deseo que la abre en dos (y, así, asegura:”Deseo las cosas que terminarán destruyéndome”), y la frustración de tener el closet lleno de ropa que no combina.

Plath se queja de las clases aburridas, y de sus vecinos en el campo, y de lo mal que se siente cuando se resfría (“La sinusitis me sume en la depresión maníaca”). Hay días en que no quiere levantarse y hay otros en que cree que un poco de sol le basta para ser feliz.Y así empieza, de hecho, este diario. Un día 1 de julio de 1950: “Tal vez nunca sea feliz, pero esta noche estoy satisfecha. Basta una casa vacía, la fatiga difusa y cálida tras pasar el día acodando los estolones de las fresas al sol, un vaso de leche fría con azúcar y un platito de arándanos con nata.”

Leer los Diarios Completos de Sylvia Plath es saber, también, que no lo están. Y lo sabemos desde esa primera nota introductoria. Sabemos de ese diario que se perdió y ese otro, con entradas que llegaban hasta poco antes del suicidio, y que Ted Hughes decidió destruir. Ese mismo Ted Hughes que escribiera, años después de la muerte de Plath, un libro precioso y triste rememorando su vida con ella y llamado Cartas de Cumpleaños. Ese mismo Ted Hughes que también perderá a su segunda esposa, y a su hija, quienes decidirán quitarse la vida algunos años después.

Y no se puede volver atrás pero acá están estos diarios. Estas entradas en las que Plath anota, aunque sea por momentos, que la vida parece que va a ponerse mejor.

Jugar con agua

Estándar

adauiSe nos suele pedir, de niños, que tengamos cuidado con el fuego. También de grandes. Se nos advierte sobre jugar con él y se nos recuerda, ya adultos, que “donde hubo fuego, cenizas quedan”. En Aquí hay icebergs, recién estrenada colección de cuentos de la escritora peruana Katya Adaui, el peligro y la revelación, en cambio, están en el agua. Agua que es hielo, agua que es un juego infantil que se torna abusivo y peligroso, agua que es el mar o la piscina en la que una de las protagonistas nada y nada. Agua que son también las lágrimas que se derraman abiertamente o se ocultan con los dientes apretados. Agua que es recuerdo de limpieza y también la posibilidad siempre presente de ahogarse. De hundirse. Agua, por cierto, que trae consigo sus movimientos: la fluidez líquida de la memoria, el empantanamiento de la amargura en una relación madre-hija, las mareas y oleajes del deseo y el amor furioso.

Desborde.

Son doce cuentos que exploran, en su mayoría, las dinámicas familiares. O tal vez sería más acertado decir: el momento exacto en que lo familiar se vuelve extraño, en que vemos una sombra nueva, un tono de voz distinto. Doloroso.

En el primer relato, “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”, nos enfrentamos a una familia en una cuenta regresiva, en fragmentos numerados desde el 68. Cada viñeta trae consigo un recuerdo, un trauma, un silencio. Comienza con: “Mi madre me trae ofrendas los domingos. El pasado vuelve en acontecimientos. Ella insiste en instalarme recuerdos nuevos, los suyos.” Los fragmentos van revelando, de a poco, la sensibilidad de la narradora. Dice, en un momento: “Después de correr, luego de almorzar, leo sobre mi cama. Leo un libro al día. Leo de todo. Tengo varias familias.” La lectura permite el desdoblamiento y el sentirse menos encerrada en la familia que le tocó. Una en la que su padre amenaza con el suicidio y la madre le recomienda a ella y su hermana:“Cuídense de los hombres, ellos siempre te ven como un hueco. Su padre siempre me vio como un hueco.”

En “Si algo nos pasa”, una mujer viaja son su hermana, el marido y el hijo de ella a la playa. El inicio es brutal y te obliga a seguir su voz a todas partes: “Contra todo pronóstico, sobrevivimos a la Nochebuena.” El paseo le recuerda a la narradora otros realizados en la infancia junto a su padre. Así, comenta: “Mi padre, en otra playa a cientos de kilómetros de aquí, con una hija en cada mano, nos decía: El mar lo cura todo.” Para luego agregar, desencantada: “El mar lo cura todo. No es verdad. Cada ola me soltó de los brazos de mis padres y me dejó más a la intemperie.”

El cuento ahonda en esa figura rara de la tía, su amor desmedido por el sobrino, de quien sabe se va a perder sus primeras palabras y tantos otros momentos. Comenta: “Muy lindo su niño, me dice el policía del matamoscas. Quiero responder que soy la tía. Que es mucho mejor ser la tía que ser la madre. Por supuesto, no digo nada.”

“El color del hielo” relata el paseo de un grupo de amigos que se torna repentinamente violento y perverso. Son jóvenes en un auto (“Era una época en que llorábamos poco y sentíamos mucho.”), con una pistola y cervezas. El narrador le ha robado a su madre el dinero que guarda en un frasco de jabones, dinero que “huele a limpio”. Es ella quien le dice al narrador:“Superar la infancia es sobrevivir al peor de los tsunamis.”

En “Alaska” se encuentra el origen del título de este volumen. Dice al comenzar: “Antiguos cartógrafos escribían en sus mapas, refiriéndose a territorios inexplorados: Aquí hay leones. De ser cartógrafo reescribiría un detalle del mapa familiar: Aquí hay leones icebergs.” Es un cuento que articula un palimpsesto de épocas, de familias que se encuentran y desencuentran en la violencia, una memoria que permanece, como la del hielo (“En las regiones polares, el permafrost –tal es el nombre del hielo perenne – impide los entierros. Al mismo tiempo, nada se pudre. Si alguien desea buscar las cepas de la gripe que mató a la mitad del mundo en 1918, allí están, en la memoria del hielo.”).

“Ese caballo” cuenta el paseo de una niña al campo con sus padres y el sacrificio de un animal que le devuelve la mirada por última vez. “Donde tienen lugar las cacerías”, lleva a una familia a situación de encierro y desborde. Las paredes de su casa, en el campo, comienzan a ser atacadas por frutas y aparecen llenas de manchas. La familia le pide ayuda a especialistas y debe resignarse a no salir para no entorpecer la investigación. Comenta el narrador: “Cada uno se agenció su divertimento, su rutina. Asumieron la vida como una obra de teatro dentro de un zoológico.” Y también: “La casa se había convertido en una embajada, en un país peligroso, en una frontera, en una zona de exclusión.” El cuento recuerda al terror de Horacio Quiroga, uno que se vive entre silencios y ladridos. Brillante.

En “Este es el hombre” dos primos juegan con agua mientras su abuela los cuida pero no los escucha. El juego es doblemente secreto pues a la madre del narrador le aterra el despilfarro: “Es un acto de egoísmo mantener grifos abiertos por gusto, sobre todo cuando me lavaba los dientes dejando correr el agua, porque la mitad del mundo tenía sed.”Los niños se preocupan de trapear el suelo, pero las cosas toman otro vuelco. El narrador cuenta todo desde el futuro, uno donde el dolor permanece. Dice: “La adultez es una playa artificial que la mente prolonga.”

En “Puertas” un hombre que ha dejado una relación de años, se hospeda con una amiga mientras decide qué hacer. Un día se equivoca de apartamento y, al intentar girar la llave, deja atascada la puerta y al vecino encerrado en su apartamento. Mientras llega el cerrajero, los hombres conversan, se cuentan el día y a ratos también enmudecen. Como dice el narrador: “Del silencio pasamos a una mudez sonora. La de una piedra estrellándose contra el fondo de una piscina. Solo quienes están zambullidos la escuchan.”

“Agapornis”, trae una nota de humor a este libro tan cargado—inundado– de tristeza. El cuento muestra la llegada de una nueva vecina al edificio, de la que se dice:“Luisa detenía el tránsito, detenía todo.” Son solo instantes, pero se agradecen. “Los gemelos hamberes” retrata el dolor de dos hermanos gemelos que van quedándose ciegos, mientras “Jardinería” muestra a un político estafador que se dedica a cultivar pinos en la cárcel “por que tapan las vistas indeseadas.”

Por último “Siete olas” cierra el libro de forma magistral. Se trata del encuentro de una mujer y su madre. El relato articula el diálogo como un torrente feroz, uno que golpea, a su paso, tanto a la madre como a la hija. Dos momentos: “Dejar, tu padre siempre fue bueno dejando. ¿Y mi dolor? Eres joven. A los jóvenes no les duele nada, quizás el exceso de vida.” Y luego: “Cada siete olas se puede confiar en ti. Y cada siete olas me aloco. ¿Y qué? Así son las rachas y los nadadores bien que se acostumbran.”

El libro termina con la lluvia. Más agua de esa que lava las heridas pero también una que enfría, que se acumula, que no perdona. Katya Adaui ha construido, en Aquí hay icebergs, un mundo inundado, uno donde los ruidos y las conversaciones se escuchan como desde el fondo de una piscina, conjurando intuiciones sobre la naturaleza de la pérdida, del dolor y del abandono. Su escritura va alternando ritmos de pausa y de arrebato, despierta al lector con sus diálogos feroces, con sus reflexiones tristes. Como cuando uno de los narradores dice: “Siempre he sabido cuál es mi lugar. Soy quien observa todo desde el asiento de atrás.” Y también “A veces leer me tranquiliza. Pero siempre un libro se termina.”

Aquí hay icebergs se termina, sí, pero deja las ganas inmensas de volver a visitarlo, de habitarlo, de sumergirse en él.

Una coleccion, sin duda, conmovedora. A la vez vulnerable y furiosa.

(Reseña publicada originalmente en Punto y coma, el 11 de junio de 2017)

Nadie sabe nada nunca

Estándar

1481662407-imposible-salir-de-la-tierraComienza con una muchacha “muy pero muy loca” y termina con una mujer que enciende las luces casi al llegar al final de la página. Nos regala paseos por hospitales en los que se espera la muerte o donde, de frentón, ya no se quiere estar. Viajes que cruzan cordilleras o llegan hasta Japón solo para encontrar más muerte. Pasos cansados, y también pasos rápidos, hacia un futuro que se cree luminoso pero que recibe a los personajes con un letrero de clausurado. Una colección de cuentos que, si bien aplasta, no alcanza a quitarte del todo la sonrisa. Porque la amargura inmensa que se concentra en estos relatos – de tantas muertes, de padres y madres que se quitan la vida o mueren por accidente, de hermanas que no se sienten del todo parte de este mundo, de asfixias e incendios– es una amargura como con una ventana bien abierta al fondo, una ventana que deja entrar el aire y hace circular ese lenguaje liviano con el que Costamagna va hilvanando sus historias.

No es tarea fácil: lograr esa amargura que no hunde, conjurar esa luz que se esconde en palabras que brillan a pesar (y a raíz) del naufragio.

Imposible salir de la tierra – volumen de relatos de la escritora chilena Alejandra Costamagna, recientemente publicada por la editorial Estruendomudo- se compone de diez cuentos (o bien nueve cuentos y una novelita corta (“Naturalezas muertas”)). El primero, “La epidemia de Traiguén” trata de Victoria Melis quien “ha llegado a Japón como llegan los desaconsejados, los que andan un poco perdidos: siguiendo un hombre.” El viaje – del despecho, de la fascinación que bordea la locura– la lleva desde una fábrica de pollos donde trabaja como secretaria, a Kamakura, persiguiendo a su jefe, con quien sostuvo un affaire de corta duración. Ella tiene una frase atragantada que quiere decirle: “me has sacado, me has saqueado.”

(Imposible salir de la tierra, imposible escapar del corazón roto).

Es el primer cuento pero ya anuncia el tono de este libro. Pone a dar vueltas a esa aguja de brújula algo averiada que nunca marca el norte, o que marca un norte al que se llega como al borde de un camino frente al cual solo queda dar la vuelta. O saltar.

En “Cachipún” dos hermanas se ilusionan con un trabajo que las hará billonarias y para el que tienen que llegar “culiaditas y comiditas”.“Imposible salir de la tierra” cuenta la historia de otras dos hermanas que han quedado huérfanas y juegan a tener catalepsia porque, si bien “no sabían bien qué era la catalepsia, …les parecía que no estaban cien por ciento vivas.”. Julieta está enferma y debe someterse a una operación. No quiere pero su hermana, Raquel, insiste. Y la descripción de esta última es gloriosa: “Raquel no es una mala persona: se come las uñas, estornuda igual que un gato, anda dando las gracias todo el tiempo. Hasta cuando la ignoran dice oh, muchas gracias.”

La muerte se contempla en primera persona, como una posibilidad, como una lista de las últimas cosas, pero también como testigo. En “Are you ready?” una mujer viaja a Argentina, en lugar de su madre, para ver morir a uno de sus tíos. Nuevamente llega la muerte y la observamos desde las palabras. Así, comenta la narradora: “Les dicen restos, como si fueran las sobras de un pan desmigajado.” Y también: “Les dicen cuerpos. De un minuto a otro dejan de ser personas y pasan a ser cuerpos.” Pero es también la atención al lenguaje la que trae esos momentos de frescura, que se agradecen en medio de tanta muerte: “Entonces ella era una niña y confundía las palabras. Solsticio con solcito (no entendía que hubiera un día preciso que marcara el inicio del solcito de verano, si el sol estaba siempre ahí en los meses calurosos). O súbdito con hábito. Ella tenía dos malos súbditos: se comía las uñas y odiaba los aviones.”

Hay historias de malentendidos más cotidianos como “Gorilas en el congo” o “El olor de los claveles”. En este último, la historia arranca con esa belleza despeinada de Costamagna: “Tenía cerca de veinte años, pero no aparentaba más de dieciséis. A Gómez, de buenas a primeras, no le pareció linda. Véanla: una cicatriz en el mentón, los pómulos hundidos como calavera, el pelo negro colgando disparejo, la mirada perdida…”.

Véanla.

El narrador insiste (“véanla”), nos agarra de un brazo. Nos hace tambalear por los pensamientos de Gómez y sus cambios de opinión respecto de la muchacha: “Quiso que fuera su hija, su hermana, su amiga. Para qué nos engañamos: quiso que fuera su amante. Quiso tenerla muy cerca; esa muchacha lo había encandilado.”

Siguen tres cuentos como chispazos, relatos breves –a veces demasiado breves – que juegan con imágenes más cercanas a la poesía. En “Agujas de reloj” se muestra la instantánea de la celebración de un padre y su hija (“Estarán solos: eso y nada más será la felicidad,”). “Cielo raso” conjura una extraña dinámica entre una niña y su profesora y, nuevamente, las palabras se escapan, no son lo suficientemente precisas (“Se siente tan pequeña, tan poca cosa. Aunque pequeña en realidad no es la palabra”).Por último, “Cuadrar las cosas” cierra este tríptico de un lenguaje más onírico con una mujer que se quita la cabeza para tener un hijo (y luego el cuello no vuelve a encajar en su lugar).

El último cuento, “Naturalezas muertas”, un relato largo, de ritmo pausado, en el que se va acumulando la decepción y la violencia, trae de regreso a la muerte y también a esos personajes “desaconsejados, un poco perdidos” de los que se habla al comienzo de la colección.

Ahora quien persigue es un hombre (Martín) a una mujer más joven (Alia) que trabaja en un cine.

Y el viaje no es a Japón sino a Retiro.

La relación pasa de las primeras ilusiones a los malos entendidos (Martín tiene celos, tiene sospechas, siente agujas en la cabeza y el corazón) y, en un momento, un personaje le recitará que “nadie sabe nada nunca.”

Imposible salir de la tierra, imposible soltar estos cuentos. De muertes y pasos cansados pero también de ojos y oídos llenos de maravilla frente a las palabras alborotadas, los detalles que conmueven (o traen de vuelta la sonrisa) y que configuran ese paisaje tan único de Alejandra Costamagna.

(Sí: véanla).

(Esta reseña fue publicada originalmente en Paniko.cl en septiembre de 2016)

La disciplina y el veneno

Estándar

buenaalumnaYa es casi lugar común decir que la educación abre puertas. Así lo escucha también, y de boca de su padre, la protagonista de Buena Alumna (Minúscula, 2016), primera novela de la argentina Paula Porroni. Solo que, en esta historia, esa expresión saca garras. Porque sí, puertas se abren, y muchas: de casas desordenadas en las que se arrienda una pieza por temporadas más o menos cortas, de cuartos de hotel donde un extranjero la deja sintiéndose como el asco, de departamentos de desconocidos y semi conocidos que quizás ya consiguieron algo que ella todavía está buscando.

Pero, ¿qué es lo que está buscando?

La protagonista de esta novela, de la que nunca sabemos su nombre, escapa de una Argentina en crisis económica, y de años de una existencia incómoda con su madre, para volver a Inglaterra, país en el que alguna vez cursó una licenciatura en Historia del Arte. Su ojo es clínico, sobre todo con ella misma, y su afán de perfeccionarse la lleva a contorsiones masoquistas. La idea es buscar trabajo, o quizás algo nuevo para estudiar, mientras va drenando de a poquito la cuenta corriente y la tarjeta de crédito de su madre que ha enviudado hace un tiempo. Mientras eso pasa, la narradora disciplina el cuerpo de muchas formas. Una de ellas: corriendo. Así, comenta a poco empezar: “Espero algunas semanas antes de iniciar la verdadera búsqueda de empleo. Quiero extirpar de mí todo resto de vacilación. Mientras tanto, corro. Me entreno. Corriendo ejercito este cuerpo que aún no triunfó.”

Hay una amargura en la narradora que no se va nunca. Ni siquiera la experiencia de revisitar el lugar le trae algo de alegría. Si bien afirma , convencida, que evita el metro “porque solo caminando se conoce una ciudad” al poco rato vuelve la atención al dolor: “Y mientras camino, los nuevos zapatos me van despellejando los talones, a cada paso me van arrancando la piel, y un gusto ácido y dulce me sube a la boca.” Y es que su relación con el mundo parece estar siempre filtrada por el odio y el dolor. Correr es dolerse, caminar por la ciudad, asumir sus fracasos y decepciones es analizarse con minucia y sin nunca perdonarse: “Examino mi cara y después me pregunto en cuál de mis huesos, en qué espacio oscuro, se aloja todo el veneno. Del cajón de la cómoda, saco el encendedor. Me desvisto. Abro una horquilla de pelo y caliento un lado de la L. Inhalo y rápidamente presiono el metal a un costado de la panza. Entonces todo se abre, un cielo se despeja. Y el dolor es alucinante. Como una estrella, tiene mil puntas de luz.”

Hay un murmullo, eso sí, bajo estos ejercicios. Una especial melodía. Un querer desligarse de la madre que es, a la vez, desligarse de la lengua materna. Hablar sin acento como una forma de cortar raíces y borrar memoria. Algo que, también, se puede hacer disciplinadamente porque, según dice la narradora, “Un idioma no es más que una larga canción. Basta con estudiar la música y la letra. Suprimir los errores. Imito a la profesora, primero, y después a Anna. Y, de haber podido, habría dejado que la nueva lengua royera a la vieja. Como un ácido que desintegra.” Y también: “Madre e hija, ella y yo, estamos otra vez en la misma sintonía. Nuestra sintonía del rencor.”

(En otro momento, la narradora comete errores gramaticales al hacer una pregunta en ese idioma en el que parece querer sumergirse. La observación es inmisericorde: “Y yo me lleno de odio por haberme equivocado al hacer la pregunta. Como si fuese una de esas mendigas borrachas o una inmigrante que aún no aprendió a hablar inglés.”).

La música, sin embargo, nunca se convierte en refugio sino, por el contrario, acaba por volverse otro mecanismo para infligir dolor: “Subo el volumen al máximo, hasta convertir la canción, toda la extensa línea sonora, en una aguja muy fina, de plata, que me perfora el oído.”

El tiempo pasa y las cosas no resultan tan bien como la narradora esperaba. Y ella sigue pidiendo más plazos (su madre solo le ha dado un año de “subsidio familiar”) y posando de lo que no es frente a su amiga Anna, quien la recibe en su casa y finalmente le consigue la posibilidad de una beca para seguir estudios de postgrado en una universidad de poco prestigio. A ella postula con un proyecto de investigación sobre las naturalezas muertas, que en su inglés “still life” le recuerdan la expresión para referirse al niño muerto al nacer(stillborn).

Pero me parece que el gesto va más allá. Porque la naturaleza muerta lo que hace, de cierta forma, es poner el mundo en orden. El caos de la naturaleza se ve, por un segundo, detenido. Quieto. Bajo control. Como el dolor en el que la protagonista se refugia y controla en pequeñas dosis (“Cierro los puños. Junto el odio en las manos, todo el veneno, y martillo mis muslos a golpes. Golpeo. Golpeo con todas mis fuerzas. Mañana, sin excusas, voy a levantarme más temprano.”) Ese cerco electrificado que impide que, como lectores, nos acerquemos más y que le permite a ella no ser desbordada ni por el mundo ni por sus emociones.

Sin embargo, este orden es también, muy a su pesar, una herencia de familia, una raíz que carga consigo a todas partes: “Pregunto por Mirta, el perro, el jardín. Porque estos son nuestros temas. Los temas que madre e hija comparten. Madre e hija, guardianas del orden de la casa.” Y también: “Porque mamá siempre está al acecho, esperando el paso en falso. Espera, como toda madre, el tropiezo de su hija. Mamá olfatea mis rastros, cada una de mis huellas, en el resumen de compras de la la tarjeta (…) Una extraña correspondencia entre madre e hija. Cartas más bien anónimas. Impersonales. Mamá espera el momento ideal para obligarme a volver a su lado, para que nos resequemos juntas, en el interior de su casa perfecta. Inmaculada.”

El filósofo Gastón Bachelard postula, en su Poética del espacio, que podríamos contar nuestra historia haciendo un inventario de las puertas que atravesamos durante la vida. Las que se abrieron, las que se cerraron. Tal vez algo románticamente, Bachelard creía que esos cruces, y esas puertas que inauguraban nuevos espacios, decían algo de nosotros mismos. En el caso de la novela de Porroni, las puertas no alcanzan a contar esa historia o bien desarman la ilusión de ese espejo. La protagonista de Buena Alumna atraviesa espacios sin dejar nada de sí en ellos. Revisa las redes sociales de sus amigos, la falsa felicidad de sus fotos, pero nunca tenemos acceso a las suyas. Inspecciona refrigeradores, juega con consoladores y ropitas de bebé de sus anfitriones para luego seguir de largo. A otra puerta. A otro portazo. Y es triste y brutal que no exista el consuelo de ese inventario (en las maletas de la narradora, ¿qué hay?¿ Qué lleva?) Sin embargo, sí hay una conexión peculiar entre la protagnista y la naturaleza que la rodea. No es nunca solo paisaje – nada de naturaleza muerta aquí — sino una realidad que la impregna e interpela: “El camino se estrecha. Surgen enormes arbustos de retamo florecido. Flores amarillas y espinas, donde se concentra todo el odio de la naturaleza.” O, en otro momento: “Pero yo siento la sombra del bosque rodeándome, infiltrándose. Una sombra que baja desde las ramas, se suelta de la corteza gris de los árboles y se mete por los riñones y los intestinos, como un parásito.”

Paula Porroni escribe con una pericia que deja sin aire, con frases que van soltando con maestría su veneno. Su ferocidad recuerda a la de su compatriota Ariana Harwicz (Precoz, La débil mental pero, sobre todo, Matate, amor), a los ejercicios para no sentir dolor de los hermanos de El gran cuaderno de la escritora húngara Agota Kristof (solo que aquí la guerra para la que defenderse se encuentra en la cabeza de la protagonista) y su retrato de la relación madre e hija hace eco de la retratada por María Gainza en El nervio óptico y de ese cuento brillante de Liliana Colanzi, “El ojo”, en el que la hija, otra “buena alumna” es conminada por una de sus profesoras a que aprenda, por fin, a desobedecer.

La escritora mexicana Valeria Luiselli, en su libro de ensayos, Papeles Falsos, sugiere que “para destruir la lengua materna hace falta llegar al corazón mismo de las palabras y sembrar ahí una música distinta.” La protagonista de Buena Alumna, si bien intenta bombardear esas raíces, acaba por sabotear sus impulsos tal vez porque se empecina (y engolosina) en la sintonía del rencor y de la rabia, algo que la enreda aún más en ese orden familiar que tanto quiere dejar atrás. Y si bien esa melodía no nos deja acercanos más al corazón de la narradora, lo cierto es que todos necesitamos de vez en cuando una canción furiosa para apagar el mundo.

Y la de Porroni es perfecta.

(Reseña publicada originalmente en Paniko en febrero, 2017)

“Llegar nunca es llegar”: las respuestas de un mapa triste

Estándar

Valeria-LuiselliHay una oración que rezan los que cruzan a Estados Unidos: La Oración del Migrante. “Partir es un poco morir/ llegar nunca es llegar definitivo.” Es de las cosas que le cuentan los niños a Valeria Luiselli, mientras ella intenta que contesten un cuestionario de cuarenta preguntas, preparado por el gobierno de Estados Unidos.

No es un cuestionario cualquiera. Las respuestas a estas preguntas tienen el poder de dejarlos en el país o bien cerrarles la puerta en sus narices.

Son niños y están perdidos en un lugar que no conocen pero al que están desesperados por pertenecer. Niños que cruzaron la frontera solos, bajo gran peligro, y que, contra lo que uno podría pensar, en cuanto pisan territorio estadounidense, buscan entregarse a la justicia.

No hacerlo sería demasiado peligroso.

En ésta, su cuarta obra, la escritora mexicana Valeria Luiselli vuelve a la inteligencia y sensibilidad de su primer libro de ensayos, Papeles falsos, solo que ahora con un tono que se acerca más a la rabia y al dolor. Ya no se trata de lecturas, o paseos por hoteles y cementerios, sino de niños que le dicen que no saben dónde están sus familiares, que le confiesan la persecución a la que son sometidos por las pandillas y le muestran un papel arrugado, guardado con furia en un bolsillo, con la notificación de una denuncia a la policía de sus países y que nunca jamás fue atendida.

Porque sí, la vida de estos niños está llena de “nunca jamases”. Y entonces el título del libro se vuelve feroz, al recordar a Peter Pan y su grupo de amigos. Hay un barniz infantil que apenas logra cubrir el horror de esa soledad triste y esa sentencia tremenda del Nunca Jamás. Y es que uno quisiera regalarle a estos niños un “Hasta siempre”, un “Y vivieron felices”. Pero Luiselli sentencia: “Las historias de los niños perdidos son la historia de una infancia perdida. Los niños perdidos son niños a quienes les quitaron el derecho a la niñez. Sus historias no tienen final.”

La autora explora con astucia, con paciencia, los recovecos del problema y las ramificaciones del dolor. Ella misma una extranjera en Estados Unidos, comienza su relato contando de unas vacaciones familiares en las cuales no pudo salir del país puesto que se encontraba en trámite su green card. En uno de estos paseos en auto son detenidos por la policía para un chequeo de rigor y, al preguntarles el oficial, algo socarronamente, si andan buscando inspiración en los paisajes estadounidenses – ella y su marido ya le han contado que son escritores y le responden, nerviosos, que sí – la reflexión es la siguiente: “¿Porque cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad? Cómo decir: No, no encontramos ninguna inspiración aquí; encontramos un país tan hermoso como roto, y dado que estamos viviendo en él, estamos igualmente un poco rotos y avergonzados, y quizás buscamos algún tipo de explicación, o de justificación, para estar aquí.”

Es esa mezcla de rabia y claridad la que impregna estas páginas. La urgencia también de contar estas historias terribles. Como se indica en otro momento: “Las cifras cuentan historias de terror, pero quizá las historias de verdadero terror, las inimaginables, sean aquellas para las cuales todavía no hay números, para las cuales no existe ninguna posible rendición de cuentas, ninguna palabra jamás pronunciada ni escrita por nadie. Y, quizá, la única manera de empezar a entender estos años tan oscuros para los migrantes que cruzan las fronteras de Centroamérica, México y Estados Unidos sea registrar la mayor cantidad de historias individuales posibles. Escucharlas, una y otra vez. Escribirlas, una y otra vez. Para que no sean olvidadas, para que queden en los anales de nuestra historia compartida y en lo hondo de nuestra conciencia, y regresen, siempre, a perseguirnos en las noches, a llenarnos de espanto y de vergüenza.”

Luiselli se detiene en cada paso del proceso. El historial de violencia que persigue a los niños que, desesperados, arriesgan su vida para cruzar; de qué forma son atrapados y dejados en “la hielera”, un edificio a temperaturas heladísimas en la que los niños son alimentados con sandwiches congelados que ellos se niegan a comer porque es como “comer tristeza” y el proceso de entrevista y respuesta de cada una de las cuarenta preguntas que simulan querer entender su situación. Todo, claro, con el problema de la traducción de por medio. Dice Luiselli: “El proceso mediante el cual un niño es entrevistado en su primera visita a la corte se llama, en inglés, ‘screening’, y se traduciría de forma literal como ‘proyección’ – un término que me sigue pareciendo tan cínico como, quizá, en el fondo, apropiado. Proyección: el niño o la niña, un carrete con metraje; el intérprete, un aparato algo obsoleto para canalizar ese metraje; el sistema legal, una especie de pantalla en la cual se proyecta todo – una pantalla tan deslucida que lo que se proyecta en ella carece de claridad y de detalle. Todas las historias que se traducen en la corte acaban siendo generalizaciones de los relatos personales, distorsiones; toda traducción de las historias de los niños es una imagen fuera de foco.”

La palabra traducir quiere decir, entre muchas cosas, trasladar, mover, guiar a otro lugar. Algo que se recuerda con impotencia al leer estas páginas. Porque las palabras se mueven, sí, mientras los niños se encuentran empantanados en el sistema. Incluso, en las mejores circunstancias, vale decir, cuando son autorizados para quedarse en Estados Unidos, muchas veces caen en vecindarios y escuelas en las que vuelven a quedar bajo el acoso de las pandillas. Comenta Luiselli: “Los más pequeños te miran con una mezcla de desconcierto y diversión si dices ‘bandas del crimen organizado’, quizá porque asocian ‘banda’ con las bandas musicales. Pero la mayoría, incluso los muy chicos, conoce las palabras ‘ganga’ o ‘pandillero’, y decirlas es como apretar el botón de una máquina que produce pesadillas.”

Los niños cuentan historias mientras Luiselli relata sus propios problemas con el sistema de inmigración. Sus papeles se demoran y ella queda incapacitada legalmente para trabajar. Debe dejar sus clases en la universidad y se dedica, de voluntaria, a traducir a los niños perdidos. Se entera de abuelas que, al no lograr que sus nietas se aprendan el número de teléfono de una tía en Estados Unidos, se lo bordan a vestidos que tienen prohibido quitarse durante el cruce; de familias desmigajadas (“El árbol genealógico de los que migran siempre se parte en dos mitades: los que se fueron y los que se quedaron.”), de recorridos que van marcando un mapa lleno de dolor, violencia y desesperanza. Dice Luiselli: “Todos los niños llegan de lugares distintos, de vidas singulares, de experiencias únicas, pero una vez que registramos sus historias, éstas se encadenan unas a otras, y cuentan la misma historia espeluznante. Si alguien dibujara un mapa del hemisferio y trazara la historia de un niño y su ruta migratoria individual, y luego la de otro y otro niño, y luego las de decenas de otros, y después la de los cientos y miles que los preceden y vendrán después, el mapa se colapsaría en una sola línea – una grieta, una fisura, la larga cicatriz continental.”

La autora lee entre líneas, entre los intersticios que van dejando las preguntas y sus respuestas.Va de una en una, las mira de frente. Así, reflexiona en un momento: ‘¿Quiénes eran las personas con quienes vivías?’Me imagino que en la mente de muchos de los niños que emigran, el mundo es un lugar en donde no se vive en realidad con nadie.” Para luego agregar: “Las respuestas de los niños varían, pero al final siempre dan cuenta de un mismo hecho: vivimos en un continente en donde está desapareciendo, o quizá desapareció ya, la noción de la comunidad.”

Valeria Luiselli logra, en este libro, articular la difícil situación de la inmigración a Estados Unidos, de adultos y niños, de familias e individuos, con preguntas más grandes respecto de la solidaridad, la generosidad y lo que significa ser responsable. Un llamado – un grito, un aullido- a dejar de lado una postura “volunturista” y seguir contando y escuchando historias. O, en sus palabras:“Mientras tanto, mientras la historia no termine, lo único que se puede hacer es contarla y volverla a contar, a medida que se sigue desarrollando, bifurcando y complicando. Pero tiene que contarse, porque las historias difíciles necesitan ser narradas muchas veces, por muchas mentes, siempre con palabras diferentes y desde ángulos muy distintos. Se lo he tenido que preguntar a tanta gente: ‘¿Por qué viniste?’ A veces me lo pregunto yo también. Pero no tengo una respuesta.”

Para terminar, un detalle: en la versión en inglés de este libro, el título es distinto. Se llama Tell me how it ends, o dime cómo termina, frase con la cual la hija de Luiselli enfrentaba los relatos que su madre le hacía al regresar de su trabajo.

Hay en ese título también un dolor y una urgencia: dime cómo. Dime cuándo. Pero, sobre todo: dime que termina.

[Esta reseña fue originalmente publicada en Paniko en junio, 2017)

Una tristeza salvaje

Estándar

tapa-matate-altaEn Matate, amor, primera novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, una mujer, su esposo y su hijo viven en una casa perdida en el bosque. Eso, a primera vista. Solo tres figuras en medio de la naturaleza.

Es entonces que aparece el cuarto personaje: la rabia. Leemos: “Nada nos distingue a unos de otros. Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par.”

Porque ese es el tono de esta novela, que avanza con la velocidad de la furia, de un odio oscuro e incorrecto.

Volvamos pues, al comienzo. Una mujer, su esposo y su hijo en medio del bosque. Afinemos el ojo, alertemos los oídos. Y ahí llega, como un golpe: una novela que trata de una mujer incómoda en su relación de pareja, asqueada de la rutina e insoportablemente adicta a ella a la vez, enojada por el sexo triste, por esas conversaciones que no son conversaciones, por ese amor que se desgasta. Una novela también sobre ser madre y arrepentirse, no una vez en un momento de crisis, sino a cada paso, a cada llanto, a cada portazo. Una madre que no quiso ser madre, que lo es y ahí está, haciéndolo como puede (y la escuchamos decir:“…pienso en ese animal monstruoso, en ese parásito que es un hijo, en eso de llevar tu corazón con el otro, para siempre.”). Entre ensoñaciones con el vecino o sus intentos de espiar las vidas ocultas de los demás, con un desdén corrosivo por la familia de su marido, especialmente su suegra, que enviuda y no es capaz de encontrarse un espacio propio en esa vida donde ahora hay tanto, tantísimo, lugar (dice la narradora: “Algo como una segunda muerte diaria vivía mi suegra que seguía poniendo en el lavarropas los pantalones sucios de su marido.”)

Esta narradora sin nombre no cuenta: escupe, patalea, grita. Matate, amor es una novela sucia, en la que las ramas de los árboles se meten por todos lados, la luz molesta en la cara y los mosquitos aletean entre los aullidos de un perro que se queja de dolor. Y la familia no puede echar raíces porque el territorio es inhóspito. Porque tal vez la propia palabra familia sea un problema (dice la narradora: “Una familia normal es lo más siniestro.”)

Esta novela trata de una familia y sin embargo no hay nada de hogareño aquí. O sí, si volvemos a la etimología de la palabra y recordamos que hogar y hoguera comparten historia y significado. Matate, amor es una novela que quema. Y que, si se lee junto al resto de la trilogía involuntaria de Harwicz (compuesta por La débil mental y Precoz), desata un incendio que ya no se apaga más. En todas ellas está esa rabia que corre bajo las palabras, y ese deseo que no se logra satisfacer nunca, un deseo que va más allá de la satisfacción sexual, o el goce, que desborda el cuerpo, que desborda el mundo, que es un exceso doloroso e imposible. En Matate, amor, por ejemplo, estas son las reflexiones de la narradora luego de un encuentro algo prohibido: “Cuántas veces el deseo rozó lo insoportable, la boca de un caimán abierta a más no poder. El río me arrastró y fui una rama seca. Pedaleé los veinte kilómetros hasta mi casa queriendo vomitar. Pedaleé y pedaleé sin separarme de su gusto en mi saliva. El deseo me siguió a lo largo de toda la carretera, pegajoso, maloliente y servil. Quiero un tratamiento agresivo con láser para olvidar su mandíbula, para deshacerme de su frente.”. O, en otro momento: “Desear es un caramelo pegado al cuello, al cuero cabelludo, a la yugular.”

En todas ellas la relación madre-hija o madre-hijo forman un núcleo pegajoso, hecho de amor, sí, pero también de sangre, de sudor, de besos y asco. Y frente a eso Harwicz pone la urgencia enorme de contar y de contarse (“Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién.”). Son personajes que se abren hasta romperse, que confiesan lo oscuro, que se revuelcan en una tristeza salvaje. Personajes muchas veces extranjeros, en contextos de violencia, o en la violencia que se esconde tras todo paisaje apacible.

Harwicz no escribe: rasguña.

Y leerla es una experiencia incómoda que sorprende. Porque en esta rabia hay maestría, en este desbarrancarse hay un cuidado con las palabras hasta sacarles todo el filo. Hasta que lo más cotidiano se vuelve cuchillo. Así, en un momento, dice la narradora: “Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra ‘amor’ hasta cuando se detestan; amor, no quiero volverte a ver.”

Leer Matate, amor es zambullirse en la cabeza de una mujer intensa, llena de contradicciones, que ama con violencia, se desborda, y a veces quiere cerrar la puerta y olvidarse del mundo. Que siente asco por lo cotidiano y todo lo que tiene de seguridad y certeza; que reacciona con desesperación frente al aburrimiento (“Hay gente que necesita ver el mar. Yo necesito ver un arma, aunque esté quieta, sucia, descargada.”).

Esta narradora se interpela. Se mira al espejo y no le gusta lo que ve (“Y soy una mujer que se dejó estar y tiene caries y ya no lee. Leé idiota, me digo. Leéte una frase de corrido.”). Fantasea con atravesar un ventanal y cortarse entera y a veces, para entretenerse, se ríe a costa del sufrimiento de sus vecinos. Nos cuenta: “Los días que mi marido sale de viaje pongo un bebé plástico en el asiento trasero del auto, en pleno verano. Me divierte ver la cantidad de vecinos y empleados estatales que se alarman.” El matrimonio se complica, se derrumba, se vuelve a armar; se describe como un vínculo lleno de euforias y miserias. Dice, sobre su marido: “Eso veía de mí. Una mujer que debía calmarse. Volverse una ameba. Irse a un lugar de sábanas y paredes blancas, bajo la lengua, pastillitas, pildoritas, comprimidos.” Y también: “Cuando mi marido se va de viaje, a cada segundo de silencio le sigue una horda de demonios colándose por mi cerebro.”

Ariana Harwicz es, a mi juicio, una de las voces más impresionantes de la literatura latinoamericana actual. En sus historias la anécdota suele ser simple, girar claustrofóbicamente en torno a un par de personajes, siempre con el mismo resultado: hundirse hasta el fondo del deseo, dejar el corazón a la intemperie y aullar bien fuerte, esperando la llegada de los lobos.

(Reseña originalmente publicada en Punto y Coma (Perú) en julio 2017)