Archivos Mensuales: mayo 2014

El único final feliz para una historia de amor es un accidente

Estándar

el unico finalCuando uno se encuentra con un título tan genial como éste, no puede ni intentar buscar uno nuevo para titular la reseña. Sobre todo, cuando también la novela es absoluta y deliciosamente delirante. De esas novelas que te dan ganas de ir en peregrinación a la casa del autor para darle las gracias. Un delirio perfecto. Una novela caleidoscopio donde cada cosa cambia con solo un movimiento. Elementos que se repiten y transforman en cada variación. Gloriosa.

El título viene del comentario de uno de los personajes: ” el único final feliz para una historia de amor es un accidente”. Para luego agregar: sin sobrevivientes.

(Aplausos para J.P.Cuenca)

La historia trata de la vigilancia pero, sobre todo, las formas de mirar y de mirarse. De qué manera al mirar hacemos ficción, querámoslo o no. El ojo no solo decodifica algo que está allá afuera; el ojo modifica, el ojo cuenta historias. Shunsuke, luego de terminar con su novia Misako, se enamora/fascina/obsesiona con una camarera extranjera: Iulana Romiszowska (obsesionada a su vez porque alguien pueda pronunciar bien su nombre y de quien se dice: “Siguiendo las líneas de su cuerpo, hay un contorno plateado, como si la mujer que va a suceder a Misako estuviese despegada del mundo.”). Este romance será vigilado y grabado por el periscopio de un curioso submarino, comandado por el padre de Shunsuke, Atsuo Okuda, quien ya ha grabado cada uno de los gestos y experiencias de su hijo en el pasado. Okuda, como personaje, es también un mundo, una galaxia: muerta su esposa, construye a Yoshiko, una muñeca perfecta y de tamaño real para que la remplace (guardando sus cenizas en ella) y corte con rigor experto los peces globo (o fugu, pez brutalmente venenoso) que a él le gusta comer (dice Shunsuke sobre su padre: “A él le gustaba el fugu porque es el único pez que cierra los ojos cuando es cortado vivo.”). Okuda es también un poeta galardonado que decide retirarse del mundo y dedicarse a mirar a todos (mientras su muñeca Yoshiko lo mira a él, mientras su hijo tantas veces desvía la mirada). Todo esto rodeado por una Tokio irreal (“El infierno de Tokio llega a todas partes”; y también: “la ciudad asimétrica que carga en sí misma todas las otras ciudades y ninguna de ellas.”)), de luces e invisibilidades, donde el tiempo parece repetirse una y otra vez, y donde incluso los lugares se vuelven una ficción más: un local que imita un Dunkin Donuts, trenes de metro que invocan el desastre.

Dice Shumsuke: “Eso es lo que aprendí durante toda la vida con mi padre, el señor Atsuo Okuda: a mirar. Mirar y ser invisible.” Para eso, se inventa identidades (un nombre y una vida nueva para cada mujer con la que está) y desconfía de todo. “Para mí, una foto familiar es una aberración. No tengo fotos de nadie en mi casa. Nunca guardé fotos de ningún ser humano.” Y, si bien puede parecer fría a ratos, la historia parece propulsada por un deseo incandescente que consume a los personajes a pesar de sus exteriores engañosamente apáticos. En un momento, Iulana comenta (o el narrador comenta sobre ella):” Hay una gran diferencia entre desear algo y poder desear algo.” Los personajes de El único final están como incendiados o, más precisamente, pasan de un estado de congelamiento casi criogénico al incendio, la catástrofe y la destrucción (“Lo que ella cree sentir por la bailarina Kazumi está a medio camino entre la admiración de una niña por su hermana mayor y un deseo de posesión total.”)

En medio de tanto delirio, uno de los mejores momentos, es el de la descripción de los fugu o peces globos, su manera distanciada de procesar la vida y su capacidad inocente de matar al menos treinta personas cada uno con su veneno (“En los intervalos de su intermitente existencia, que se repiten cientos de miles de veces por día, el fugu no es ninguna cosa. Ni siquiera es instinto. Él no busca nada – él no tendría, al menos, nada que confesar-. Es cuando más envidio al fugu”).  Y la relación entre Shunsuke y Iulana es diseccionada con la misma pericia con la que se buscan y reconocen los venenos del fugu: “La pareja gana intimidad. Pasamos a tratarnos, en días pares, como si fuésemos nuestros padres: yo el de ella, el diplomático melómano; y ella mi madre, tímida y muerta.” Es tal la obsesión de él con ella que usa guantes plásticos para que no se vaya el aroma de Iulana de sus dedos (“Protejo mis manos porque entre la carne de mis dedos y mis uñas hay una batalla silenciosa entre las partículas de Iulana Romiszowska y las del planeta Tierra”).

El único final feliz para una historia de amor es un accidente (y sin sobrevivientes) es un delirio que lleva las posibilidades de la ficción al límite. Una novela sobre observar que se observa a sí misma, que se explora, a ratos desactivando bombas, a ratos dejando una que otra olvidada por ahí para que exploten en el medio de la lectura. En tan solo 149 páginas conjura galaxias y constelaciones, un universo urbano lleno de luces y cuchillos.

Anuncios

El mes más cruel

Estándar

Ando con ElioImagent revoloteándome la cabeza. Se me aparecieron sus imágenes de la Tierra Baldía mientras leía a Pron la semana pasada
y ahora recuerdo aquello del mes más cruel (que para él era Abril, el tiempo de las primaveras que no llegan) mientras me pierdo en el mundo de Romina Paula en Agosto. Me pierdo y me muero un poco en él, la verdad. Agosto es de esas novelas en las que sientes que alguien te saca el corazón (y de una manera bien gore, de videojuegos casi), lo pone sobre una mesa y lo va rompiendo de a pedacitos. Y no es tanto por la historia (
de por sí triste: una chica va al sur de Argentina a esparcir las cenizas de una amiga muerta junto a su familia, en el viaje se encuentra con el ex novio que ahora está casado y tiene hijos) sino por la forma de contarla: con una honestidad brutal, con descripciones/confesiones que bordean el desasosiego y una como resignación cansada y venenosa.

“Ramiro dice que cada vez que hay algún problema, por más pequeño que sea, en lugar de pensar como resolverlo, me quiero ir”, dice la narradora casi al comienzo. El viaje al sur le permite evadir los conflictos con Manuel, su pareja, pero la pone de frente con tantos otros que quedaron guardados en sus barrios de infancia y juventud (dice: “Quiero poder soltar Buenos Aires para ver qué me pasa allá”). Ella le habla a su amiga muerta y, como tal, habla con una confianza infinita (“mi vida no es lo que se dice heroica”, o: “Hoy no quería ponerme mi ropa, hoy quería usar ropa de otra persona, otra cosa. “)

La protagonista de Agosto está perdida y va diseccionando ese estado, a ratos con pausa, a ratos con furia. En un momento, el ex novio se despide con un “Cuidate” y la reacción es brutal: “Cuidate, me dice, ¿qué mierda significa eso? Ni siquiera un nos vemos o un qué bueno verte o te veo por ahí o siquiera un nos vemos o por lo menos un che, prefiero que no nos veamos, no, cuidate me dice y a mí en ese momento me resulta igual de ofensivo que si me estuviera diciendo matate. Es eso lo que escucho, matate.”

Y también: “Ahora mi vida allá en Buenos Aires me da pánico. Manuel, la facultad, el trabajo, Bogotá: no veo para qué. Puedo cambiar el canal, siento que podría hacerlo y dejar todo atrás, como una película sin final, en cable, que no acaparó la atención lo suficiente como para querer conocer el desenlace. El problema es que en los otros canales tampoco están dando gran cosa, pero por lo menos son otros, hay potencialidad, todavía existe la posibilidad de que algo suceda.”

Agosto es una novela que explota esos dolores agudos que se esconden en todos los pliegues de lo cotidiano: en una inflexión de voz, en ropa que ya no queremos vestir porque está cargada de recuerdos, en esos monstruos que se esconden en todos los corazones: 

“Decirle, mirá Manuel, yo a vos te adoro y de verdad que te quiero mucho mucho y a lo mejor hasta esta cosa tan cálida y hogareña que me hacés sentir, que me ofrecés, sea el amor, podría ser, eso no lo puedo saber, cómo podría saberlo? Pero bueno, hay esta otra cosa también de la que quería hablarte, una cosa otra que tenía oculta, que estaba ocultando, una que casi estaba encerrada en un armario, en una bolsa de arpillera, sanguinolienta, como un bulto que se mueve, que se agita, que se convulsiona en ambientes, en mono ambientes saturados y de colores grasientos, rojo oscuro, verde oscuro, bordó, así, así como eso, oscuro y misterioso, mortecino, denso, tengo yo cosas adentro que se mueven. Y cuando les presto un poco de atención se convulsionan y despiertan y piden justicia, piden que se las recuerde.”

Agosto es el mes más cruel. Una novela de la que no se sale intacta.

 

La violencia del sinsentido

Estándar

ImagenEn su famosa The Waste Land, T.S.Eliot refleja el desencanto posterior a la Primera Guerra Mundial, entrelazando catástrofes y desilusiones de distintas épocas. Por la “ciudad irreal” que es Londres van caminando tantos muertos en vida, tantos que pelearon en tantas guerras sin sentido y el poeta anuncia: “nunca hubiera creído que la muerte deshiciera a tantos./Exhalaban suspiros, infrecuentes y breves,/y cada cual llevaba la vista fija ante sus pies.” Una sensación parecida evoca Nosotros caminamos en sueños, de Patricio Pron. Soldados desencantados que pelean en las Malvinas como peleando en todas las guerras a la vez (deshaciéndose en todas ellas, también). Los nombres de los soldados arrastran consigo distintos tiempos y asociaciones: nacionalidades diferentes, guiños a Pantaleón y las Visitadoras y su curioso sistema de “prestaciones” que le otorga a la guerra la lógica de un intercambio perverso (en un momento se dice: “Este no es el ejército burocrático del tiempo de sus abuelos. Este es un ejército moderno que busca la optimización de sus recursos pero elude cualquier clase de traba burocrática: somos una empresa capitalista de exterminio masivo que no escapa a la necesidad de optimizar sus recursos como cualquier otra empresa”.)

Hay en esta novela ecos de El Castillo de Kafka, de muchas obras de Beckett y ese lenguaje que, también, parece deshacerse: con palabras que dejan de significar (un personaje confunde palabras por su sonido y dice cosas como:«Vaya inmediatamente a cortarse el camello». o “un bar de peces” queriendo decir “un par de veces”), con frases que se repiten sin sentido (¡Dejen de robar!, se escucha en múltiples oportunidades), con preguntas sin respuesta (“Un soldado que no pertenecía a nuestra compañía se acercó y me preguntó: «¿ Eres de los nuestros?». «¿ Quiénes son los nuestros?», pregunté yo a mi turno, pero, antes de poder responderme, el soldado cayó sobre mí”)

Hay una violencia contenida en esta novela y que te explota en la cara cuando menos te lo esperas. No es la violencia de descripciones cruentas de la muerte, sino la del sinsentido de la guerra que queda subrayada por el absurdo del lenguaje, por la suspensión de toda lógica, por ese estado de inmovilidad tensa simbolizada tan bella y brillantemente por la de una bomba que queda detenida sobre las cabezas de nuestros personajes, amenazante, sin nunca terminar de caer del todo. La violencia de no poder confiar en un principio y un final y quedarse atascado en un “por mientras”, en un “por ahora”, y sin saber muy bien por qué.

La portada de la novela muestra a unos soldaditos de juguete, de plástico y la imagen, que antes de leer la novela parece simplemente bella, alcanza ribetes terribles a medida que avanza la historia. La guerra que describe Nosotros caminamos en sueños es la del tiempo detenido en un juego que no se entiende; un niño que dejó sus soldaditos allí tirados, detenidos en su propia historia, sin saber hacia dónde moverse. Lo mismo pasa con el título: Nosotros caminamos en sueños también juega con la ambigüedad de los tiempos: “caminamos” puede referirse tanto a un presente como a un pasado; o a un pasado que se confunde con el presente.

Los soldados de esta novela no saben por qué están peleando, nadie parece siquiera saber dónde se encuentran esas Islas Malvinas (“parecía evidente que Dios no solía pasar mucho tiempo en aquellas islas y posiblemente tampoco él supiera dónde quedaban”), y el heroísmo se vuelve una nueva forma de locura (“O’Brien gritó: «¡ Es tan imbécil que podría pasar por un héroe!»..). Los soldados comen carne de pingüino o mueren de hambre, los generales inventan un sistema de dar por muertos a once soldados cada día y reportárselo a la prensa para así inflamar al patriotismo, quienes mueren nunca dejan de morir e incluso arman una empresa de turismo que ofrece el horror real de la guerra a turistas japoneses que no dudan en fotografiar cadáveres y miembros mutilados.

La novela de Pron es brutal y hay frases que quedan sobrevolando como ecos, o como esa bomba por siempre detenida (“Clemente S nos había dicho un tiempo atrás que los soldados no gritaban por miedo, sino porque sabían que los muertos no gritan y querían comprobar para sí mismos que aún estaban vivos…”). La violencia y el sinsentido, y la violencia del sinsentido, hacen explotar el lenguaje en mil pedazos, sacando chispas que brillan incandescentes (y hay tantas descripciones brillantes en esta historia!: “El ayudante era un tipo delgado y amarillento, de aspecto nervioso, que parecía a punto de romper algo y tenía la mirada de quien ya lo ha roto”) pero que también dejan al lector brutalmente golpeado y conmovido.

Una monstruosidad cosmopolita

Estándar

los bosques tienenHay días en que el mundo debiera ser escrito por Carlos Yushimito. Serían buenos días, días sorprendentes. Días en los cuales recordar el valor de contar historias, días en los que puede pasar cualquier cosa y  en los cuales hasta el gesto más cotidiano adquiere un nuevo brillo. Pero como con todo en el universo de Yushimito, hay que tener mucho cuidado con los monstruos. No solo aquellos que se esconden donde menos te lo esperas, no solo aquellos que anuncian fines de mundo, sino aquellos que, como todo monstruo, nos terminan por mostrar nuestras, a veces, aún más monstruosas caras.

Los bosques tienen sus propias puertas (y ya ese sólo título merece una ovación de pie) viene a confirmar (y con fuegos artificiales) el inmenso talento narrativo del escritor peruano Carlos Yushimito. Me considero bien fan de sus Lecciones para un niño que llega tarde y, sin embargo, el mundo de Los bosques es francamente deslumbrante. Fascinante. Se trata de seis historias, cada una un mundo, cada una localizada en una parte distinta del mundo – Estados Unidos, Perú, Brasil-, en las que hay que recordarse eso de que los bosques también tienen puertas, que en algún lado están, porque a ratos solo vemos el bosque. Y nos perdemos. (Aunque es una delicia perderse).

En el primero, “Flechado por Tocantins”, una actriz secundaria entabla una extraña relación con el admirador secreto (y grotesco) de la actriz principal de una telenovela brasileña. El mundo frívolo de la historia en pantalla se entrelaza con el de la realidad que se muestra como brutal e incluso inmisericorde. Comenta uno de los personajes: “Somos lo que las personas normales siempre han querido ser y nunca podrán ser.” Yushimito se detiene en momentos en los que otros escritores deslizarían un par de descripciones a la rápida y le saca destellos a situaciones tan banales como ponerse unas gafas de sol: “Se ponía las gafas de sol como si fueran, en realidad, dos tapones en los oídos. Así: ‘me tapo los ojos para no oírte’.

En “Los climas extraños”, el narrador, pareja ya mayor de una chica más joven, ve su rostro transformarse frente al espejo, aunque nadie más lo pueda ver. El personaje desespera porque su mujer, Claudine, se fija demasiado en la apariencia física y sus detalles y él teme perderla. Nuevamente, la descripción de la relación está llena de momentos brillantes: “…Claudine parecía tener los pensamientos en otros lados y yo los veía treparse por las paredes con sus patitas quebradizas.”

En “75, Calle Prince Edward”, la monstruosidad propia del universo de Yushimito (que algo se asomaba en el primer cuento) comienza a impregnarlo todo paulatinamente. Charlie, un hombre de paso, que “quisiera estar muerto por dos o tres días”,  actúa y observa sin que sepamos muy bien por qué.  Hay gestos y decisiones perturbadoras, y un silencio ahogado y terrible, como el de una mano que cubriera nuestras bocas, impidiéndonos el grito. Y ese grito llega en el siguiente cuento, “Rizoma”, un cuento de plaga, de infección, de fin de mundo y que comienza con la simplicidad de un escritor de crítica gastronómica y la inauguración de Canibalia, un restaurant de moda. Las reflexiones del periodista son brutales: “‘En el mundo de hoy’, escribí, ‘podrían estar sucediendo cosas grandes. La educación universal. La sanidad pública. La eliminación global del hambre. Sin embargo, esas cosas grandes no suceden. Ocurren, en su lugar, cosas pequeñas. Por ejemplo, devoramos con absoluta creatividad que puso Dios sobre la tierra.” En otro momento, un chef comenta, cuando ya se desencadena la tragedia: “Es curioso como uno siempre busca la altura para salvarse. (…) Se le parece mucho a subirse a una cama y taparse con las sábanas. ¿No lo hacías tú de niño? Ahora pienso que es como si le tuviéramos todo el tiempo miedo a la tierra que estamos pisando. Como si algo estuviera a punto de nacer de ella y, en el fondo, lo supiéramos todo el tiempo.”

El cuarto relato, “En que da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo con un ciego traficante de historias y de los infortunios que con él pasó”, recuerda la tradición de la novela picaresca con un genial giro literario: el amo de Lázaro se dedica a vender historias, o la ficción, como una poderosísima droga que debe suministrarse en pequeñas y cuidadosas cantidades.

Por último, en “Los bosques tienen sus propias puertas”, Zoe y Laura hacen un roadtrip, Zoe recuerda a su hermano (J.C) que, al volver de la guerra, se obsesiona con una colección de cajas de fósforos (“pequeñas catástrofes cotidianas” en potencia)  y se termina enamorando de un tipo que no le conviene. Todas sus vidas se entremezclan, todos sus sueños se superponen en el relato más onírico de la colección.  En un momento reflexiona: “Quizá debía adaptarse a la vida que estaba empezando a vivir. Solo eso.  El problema estaba tal vez en que todas las vidas que identificaba en ella ahora se le trenzaban a las piernas como si estuviera a la entrada de un bosque, y esas vidas no fueran más que un grupo de niñas asustadizas que no quisieran abandonarla ni seguir avanzando con ella.”

Sí, hay días en que el mundo debiera ser escrito por Carlos Yushimito. Serían buenos días. Tal vez a veces algo tristes y perturbadores pero, ciertamente, magistralmente escritos.

La ferocidad de lo cotidiano

Estándar

Imagen“Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros, sin embargo, cualquier cosa les queda bien, uno tira una o dos sílabas y se les quedan pegadas con velcro …”, para luego rematar: “los nombres rebotan como el agua sobre los pelos del gato.”

Así comienza la última novela de la dominicana Rita Indiana: Nombres y Animales. Menos estridente que su anterior, Papi (una verdadera montaña rusa, efervescente de referencias pop y delirio narrativo), algo más pausada en su andar, pero no por eso menos magistral.

Perderse en el universo de Indiana es siempre una delicia. En esta oportunidad es el universo de una joven narradora que debe trabajar en la clínica veterinaria/hotel para mascotas de sus tíos (Fin y Celia) mientras sus padres se encuentran de vacaciones en Europa. Mientras trabaja,la chica se obsesiona con encontrarle un nombre a uno de los gatos que pululan por el lugar, anotándolos en una libreta que lleva a todas partes, como un intento de ponerle algo de orden al mundo.

A su alrededor, su familia anda a los tropezones: su abuela cuenta una y otra vez las mismas historias a quien se le pase por delante (historias de submarinos nazis, de travestis que llegan a casa a buscar trabajo), su tío tiene una pena honda a la que bautiza “el hoyo” que parece llevárselo cada día más lejos, su tía tiene letreros luminosos en la cabeza que le dicen que es un fracaso (“Y vi en aquel humito hediondo el combustible de todos los letreros que Tía Celia tenía encendidos en su cabeza día y noche, el que decía ‘tu mamá es un cuero’, el que decía ‘tu papá no te quiere’ y el que decía ‘ningún hombre te querrá.”) , su primo tiene a una madre loca.

Como en Papi, también abundan figuras paternas algo espectrales, de esas que vuelven a dejar un cheque y se van o que se confunden con personajes de la cultura pop (en Papi eran Jason y Freddy Krueger, aquí es Lionel Ritchie: “Uriel, que nunca había visto a su papá, se lo imaginaba como Lionel Ritchie, y cada vez que en Teleantillas ponían el vide de ‘USA for Africa’ él aplaudía y saltaba sin que nadie supiera por qué). Y, mientras eso pasa, la narradora observa y observa, con la brutal minuciosidad de un escalpelo y lo cotidiano adquiere otros brillos, otras intensidades: “La voz de Radamés es como un jarabe para la tos”; o bien, “…a Tía Celia no hay quien la ayude porque en su mente el mundo es un gran inodoro sucio y ella es el único estropajo con la fibra necesaria para limpiarlo.”. O, al referirse a las habilidades de Derecho, un costurero: “leía a la gente como nunca pudo leer un libro, viendo el patrón y las tijeras con que habían sido cortados, así como por donde se descoserían cuando les llegara la hora.”

La de Indiana es una cotidianeidad que te clava los dientes cuando menos te lo esperas. Aunque a veces también ronronea o se acerca trayendo reflexiones de belleza tranquila (“Él sonrió y había tanto espacio allí que me dieron ganas de mudarme en su boca…”). El suyo es un mundo en el que la vida se siente con intensidad feroz (hasta la locura, con celos que carcomen los huesos, con dolores que se instalan en los cuerpos y parecen no querer irse más), con ferocidad furiosa de animales atrapados o la desolación de un abandono terrible. Probablemente una de las voces más geniales de la literatura actual.

Una caja de espectros, una colección de ausencias

Estándar

ImagenEl mes de julio se llena de días vacíos (“Hace un mes que todo me parece lo mismo. Me cansa la clínica. No se puede hacer nada porque no hay nada que se pueda hacer” (11)) La novia del protagonista está en el hospital, él cuida de su hijo pequeño, y su departamento se llena de todos los miembros de la familia de ella. Él compra un erizo, se va quedando sin espacio, lee revistas. No siente nada. O alguien pierde a su novia y vuelve a verla para su cumpleaños. Unos chilenos reciben a gringos en sus casas y un gringo (de Düsseldorf, en realidad) se pierde sin perderse en su estadía en Chile. Una familia se queda sin madre y la rutina se llena de larvas y un padre que se desmorona. Una chica repasa sus historias amorosas como un palimpsesto de heridas que se superponen. Una perra muere. Una madre muere. La vida se llena de moretones.

Uno sale de Reinos, primera colección de cuentos de Romina Reyes, con frío, algo entumecida. Como volver a casa después de llevar mucho tiempo caminando bajo la lluvia. Esa lluvia que, al principio, ni sentías, que se acumulaba en tu chaqueta, en tu pelo, que podías olvidar mientras caminabas de prisa bajo ella, pero que luego se convierte en lo único que puedes pensar. Frío. Más frío. Son relatos que quedan doliendo, que van cambiando de color (del rojo al morado, del dolor punzante al recordatorio molesto), como los de la protagonista de “Reinos”. Cuentos en los cuales la desolación (a ratos contenida, a ratos a punto de desbordar el vaso) se mezcla con el sarcasmo y el humor (así, en un momento, un chileno le comenta al “gringo” del cuento “Geert Lehmann/Los gringos”: “A Düsseldorf lo conozco porque unos chilenos ganaron ahí un torneo de dobles, te acordai? El 2003 parece que fue. Da lo mismo, es un torneo de mierda, pero cuando no hai ganao guerras ni hai ganao mundiales ni hai ganao olimpiadas ni hai ganao un Oscar y no le hai ganao a nadie, cualquier hueá sirve.”(49)) Reflexiones escritas con belleza, pero también con púas. Como la del protagonista de “Larvas”: “A veces siento como si nada bueno me fuera a pasar nunca, lo que no significa que esté triste ni que la pase mal. A veces pienso en esas cosas. Pero vuelvo y me digo: hay un momento en que todo comenzó a irse a la mierda. Y ese momento fue cuando mi abuelo se vino a Santiago. Y ese momento fue cuando mi mamá llenó unas bolsas con nuestra ropa y dijo que se iba, que ahora sí que se iba. Y ese momento fue cuando comenzaron a caer larvas del techo y a llenarse de moscas las paredes.” (66) O la de la narradora de “Ana y el resto”:“Miro sus manos como si fueran dos piedras gigantes y de pronto pienso en Víctor con ternura, en sus manos pequeñas como si la niñez nunca las hubiera abandonado. Me pregunto cuánto más durará eso, cuánto tiempo nos seguiremos acompañando como un par de viejos que se sienta a ver cómo va cambiando la luz del día.” (93)

En este último cuento, alguien le pregunta a la protagonista:“- Y qué pasa en tu historia?. A lo que ella responde: “Alguien se va y la otra persona se queda esperando. Eso es todo.” En Reinos la ausencia tiene un carácter espectral, algo que sigue allí aunque no se entienda muy bien cómo ni porqué. Algo que se niega a irse. Como dice el narrador de “La Karen”:“En mi ventana todavía estaban las cortinas de la Karen, y en la ducha aún flotaban sus pelos. También tenía el cepillo de dientes que saqué de su cartera y que puse en el vaso del baño, el vaso del baño de una casa que tenía más cepillos que personas.” (35). Personajes a los que le faltan pedazos (porque perdieron a una madre, porque perdieron la paciencia, o la esperanza), y que queda graficado punzantemente en el cuento “Reinos” en el que una perra muerde a una de las protagonistas, frente a lo que ella reflexiona:“Yo cojeaba y pensaba que ella se había llevado una parte de mí, un pedacito. Pero siempre pensé que algún día me lo iba a devolver. Que lo escupiría entre su comida o yo se lo podría sacar de los dientes y entonces podría recogerlo y volver a ponérmelo.” (97). O bien personajes que se escudan/esconden/pierden en rutinas, en mínimos rituales cotidianos que les entregan algo de orden: “Alejandra siempre llevaba una mochila llena de ropa para lavar. Se la ponía sobre las piernas y la abrazaba mientras dormía en el bus. No era que no pudiera lavar la ropa en Santiago, pero sentía que tenía que llegar a Rancagua a renovarse, a lavarse, a ponerse detergente.” (101)

Los cuentos de Reinos son mundos pequeños, miniaturas en las que todo es sorpresa y todo duele. Una colección precisa de ausencias.

 

Las canciones que no se van nunca

Estándar

Imagen“Cada familia tiene su canción, la canción que canta todos los días. Una canción hecha de pequeños gestos que les permite vivir juntos, dejar pasar el tiempo, no pensar. Mientras se canta esa canción, el fuego arderá en alguna parte. Y si la canción se calla, la familia explota como una gran bomba y sus miembros son esparcidos como esquirlas en cualquier dirección. Por eso cantamos todos los días lo mismo: para permanecer juntos. Para que el fuego siga encendido.”

Probablemente sea éste el párrafo-corazón del cuento “La canción que cantábamos todos los días”, parte del genial libro de cuentos de Luciano Lamberti: El loro que podía adivinar el futuro.  Un corazón que late como el corazón delator de Poe, bajo el piso, algo oculto, enigmático, completamente perturbador también. Tan perturbador como el cuento al cual le da vida: una familia (papá, mamá, dos hijos) va un día de paseo y sufre de un curioso accidente. Uno de los chicos ya no es el mismo de antes, aunque nadie sabe explicar muy bien porqué. La madre se pone nerviosa en su presencia, los amigos ya no quieren visitarlo. El narrador intenta no desesperar. Mantener la calma. Juntar los pedazos de la familia.

Lo extraño abunda en estos cuentos de Lamberti. Se cuela por todas las rendijas, entre puntos y comas, sorprende cuando uno menos se lo espera. Así, en “Pequeños Accidentes Ridículos”, un chico que puede mover objetos con la mente, o eso creen sus padres, cuenta anécdotas de infancia: el susto que le daba la máquina de moler carne de la carnicería familiar o los palitos con los que se obsesiona uno de sus amigos luego de salir de una rehabilitación y que acaba por matarse de un escopetazo y con un pie descalzo. En “Algunas notas sobre el país de los gigantes” se nos cuenta con paciencia y distancia de antropólogo acerca de los curiosos gigantes que se pueden conocer al cruzar alguno de los misteriosos portales que comienzan a aparecer por la ciudad. En “La vida es buena bajo el mar” un psicólogo se dedica a tratar a miembros de los Residentes, curiosos personajes que son capaces de estar en muchos lugares a la vez o “dislocarse”. Comenta el narrador: “Sus colegas hablaban de ellos en la cena de los viernes. Están obsesionados con el mar, decían, tienen un complejo de pérdida en relación al mar, lloran cubriéndose la cara con las manos y sienten que el mar los habita y que con sólo cerrar los ojos pueden volver a él”. Al poco tiempo, la gente se da cuenta de que algunos residentes o “dadores” pueden compartir por instantes su habilidad de “dislocarse” y el psicólogo cae en una brutal adicción.

“La Feria Integral de Oklahoma” tiene por protagonistas a un joven y su abuelo que puede hablar con los animales. Un día, lo invitan a un circo – la Feria a la que se refiere el título- para tratar la depresión de uno de sus osos. Por último, “El Loro que podía adivinar el futuro”, muestra los efectos que un loro que habla tiene en sus amos, quienes comienzan a obedecerlo de las más extrañas formas. El cuento termina de una manera simple que queda haciendo eco, que no se va, como las mejores canciones (o aquellas terribles que vuelven siempre a acosarnos): “El loro tiene planes para mí, para vos, para tus amigos y los amigos de tus amigos. A veces es un loro y a veces otra cosa, por lo que no siempre es fácil reconocer lo que necesita de nosotros. En los pueblos, se dice: “Tiene el loro”, cuando alguien enloquece, y “Viene el loro”, cuando se aproximan tiempos difíciles.  La gente de los pueblos sabe de lo que habla”.

Los cuentos de Lamberti están narrados en un lenguaje simple, pulcro, pero fulminante. Sus historias introducen elementos extraños en la realidad que, de a poquito, van haciendo ruido, siempre latiendo bajo nuestros pies.

Magistrales.