Archivos Mensuales: octubre 2012

Memorias de la que se queda

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Todos se van es una novela de la escritora cubana Wendy Guerra.

Es simple. Es triste. Uno la termina y se queda como con un fondo de pena, que no se va.

Cuenta la vida de Nieve Guerra, una chica que, desde los ocho a los veinte años, escribe un diario. Como lectores voyeuristas, tenemos acceso a esos diarios, que son, en muchos niveles, los diarios de un encierro (es a lo que alude también el epígrafe de la novela, sacado de los Diarios de Anna Frank). El encierro de los deseos y pensamientos de la niña, frente a unos padres bastante especiales, el encierro de ella en sí misma, cuando adolescente, no pudiendo expresarse en una Cuba en la que parece no calzar del todo, siempre incómoda, un encierro de ella en su soledad frente a tantos que la dejan atrás: padrastros, amigos, amantes.

Todos se van. De su vida, de la isla.

Todos se quedan, en realidad, en su diario, como fantasmas.

Si bien hay partes en las que la narración se vuelve demasiado endulcorada/empalagosa y dan ganas de diluirla un poco en agua, lo cierto es que la novela conmueve con esa honestidad descarnada que tiene para hablar de dolores de infancia, de la relación incómoda con la política y de la creación de una identidad que va siempre cambiando, siempre, también, mintiéndose a sí misma.

En un momento, la propia narradora se pregunta: de qué sirve un diario que miente?

Y, en otro momento: “Se rompe la coherencia cuando uno tiene que inventarse historias para defenderse. Como si no bastara con la realidad. Nos obligaron a combinar la verdad con la mentira.”

O, más adelante: “Yo le comenté que lo más raro de mi infancia es el ropero. Si aún lo abro y reviso el vestuario que he usado, cuento la historia de toda mi vida y la de mis amigos. Uno a uno me han ido dejando algo para vestir”.

Pero las palabras de Guerra quedan. Y quedan doliendo.

 

 

 

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“El tiempo es un cuervo que aletea”

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Oscuro bosque oscuro de Jorge Volpi me dejó sin palabras.

De esos libros que cierras y, al levantar la vista de sus páginas, te sorprende y estremece que el mundo “allá afuera” siga igual. Como siempre. (A pesar del horror y el espanto).

Se trata de una novela terrible, aterradora, impresionante, fantástica, conmovedora, aguda, inteligente, fulminante…tantas cosas.

Una historia que trata del terror más oscuro, ése que se deja vislumbrar en los cuentos de hadas que nos contaron cuando chicos (con villanos que son castigados, con brujas que quieren comerse a los niños, con esa violencia que a penas logra contenerse en ese “y vivieron felices para siempre” de sus finales) y que sobrevive en la Historia en episodios como los de las matanzas de las Guerras Mundiales o el horror imposible del Holocausto.

Una novela contada en verso que pone al lector como primer cómplice del horror. Un lector que va entre las filas del batallón 303, conformado por civiles normales y corrientes, que deben dedicarse a exterminar…insectos. Insectos frágiles, pálidos, rubios o pelirrojos, insectos niños…como niños perdidos para siempre en el bosque.

La repetición de los asesinatos, de la violencia del exterminio que se entrelaza de forma espeluznante con las historias de Blancanieves, Caperucita, Hansel y Gretel y tantas otras, van golpeando al lector en cada página. Una y otra vez. Como estrategia de repetición compulsiva como única reacción frente al trauma, por cierto, pero también como esas historias que sí, sobreviven, para repetirse, para contarse, una y otra vez.

Si le gusta, lea Escenario de Guerra de Andrea Jeftanovic, o El Gran Cuaderno de Agota Kristof. También vaya a por MAUS, la novela gráfica Art Spiegelman.

(y después se va a comprar un pegamento bien-bien poderoso, para volver a armarse el corazón)

 

 

La belleza de cambiar de opinión

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Ayer fui a ver a Zadie Smith. Presentaba su novela NW en DC.

“Fui a ver” no llega ni a los talones de la experiencia. Para mí ir a ver a Zadie Smith equivalía a una verdadera peregrinación literaria. Un viaje en el espacio y en el tiempo también. Porque la verdad es que yo no quería ver tanto a la Zadie Smith de NW (una novela que hasta el momento me ha parecido presuntuosa y medio intragable) sino que a la de Dientes Blancos, la chica de 28 años que terminó esa grandiosa primera novela mientras estudiaba para su exámenes (y una de mis role models de la vida).

Me encontré, claro, con la escritora de NW, una mujer guapísima pero no muy amable con su público (mejor dicho: fanaticada), alguien que contestaba a las preguntas medio con desgana. Me fui del lugar, con autógrafo y todo, algo decepcionada. Eso, hasta que llegué a mi casa, y me puse a leer Changing my Mind, Occasional Essays, una colección de sus ensayos publicados en la New York Review of Books, y otros de sus textos críticos y discursos ofrecidos en universidades.

Para aplaudirla, la verdad. El ojo lector de Smith es de una sensibilidad maravillosa, tanto cuando se refiere a sus experiencias como lectora (y sus ensayos van sobre novelas relativamente recientes como Netherland  así como también sobre figuras como Kafka o E.M.Forster) como cuando se detiene en su oficio de escritora.

En una oportunidad, Zadie Smith al preguntársele sobre el tema dijo: “No hay que romantizar la tarea del escritor. Se trata de ser capaz de escribir buenas oraciones, una tras otra, nada más”. Ayer, en la charla, una chica osó preguntarle por su “inspiración”, por sus personajes, si ellos “le hablaban”…y Zadie, con la sonrisa más irónica de la vida, le dijo que ella no se “inspiraba”, que sus personajes no eran personas (ergo, no le “hablaban”), que ella se sentaba a escribir y punto.

En esta colección de ensayos, su disección del trabajo del escritor no es tan brutal y frío (algo de eso hay igual), pero sí grandiosamente iluminador y eficiente. Es más, ya sólo por ese ensayo sobre escribir (“That Crafty Feeling”) vale la pena comprar este libro. Allí, hace la distinción entre los, según ella, dos tipos de escritores: macro planners y micro managers. Los macro planners son quienes investigan toman notas, hacen esquemas infinitos, antes de escribir una sola palabra; los micro managers son quienes van palabra a palabra, adornando cada detalle antes de avanzar al siguiente, escribiendo de largo, sin detenerse. Ella es del segundo tipo y todos sus consejos hacen/hicieron tanto pero tanto sentido.

Una grande Zadie. NW o no.

Si le gusta y quiere seguir con ensayos, lea How to be alone de Jonathan Franzen.

Con los dientes apretados

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Un niño viaja con su padre al Norte, con una lista y la boca llena de sangre.

Un joven viaja con su padre a Buenos Aires, con otra lista y aún más preguntas en su cabeza.

Camanchaca, la novela de Diego Zúñiga, hoy reeditada por Random House, se construye como un preciso inventario de ecos, de voces (inquietudes, dolores, traumas) que resuenan de un viaje a otro que el protagonista realiza con su padre y su nueva familia. Voces que también suenan como fantasmas, como las palabras que el joven captura en su grabadora, en alguna de las muchas entrevistas (tristes, descarnadas) que le hace a su madre.

Son personajes adoloridos. Machucados, incluso, como se diría en buen chileno. Como los dientes que le sagran en la boca al protagonista, dejando ese sabor metálico en todo lo que come, en todo lo que dice.

Personajes que se construyen en intermitencias, en los intersticios de lo no dicho.

Una novela que se va apagando de a poco y dueña de una belleza triste, frágil, precaria, que sorprende y conmueve al mismo tiempo.

Si le gusta, me parece que la novela-hermana de Camanchaca, la compañera de viaje perfecta, es sin duda Hablar Solos de Andrés Neuman.

Cuentos Fulminantes

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¿Por qué nadie me había OBLIGADO a leer a Samanta Schweblin?

Ése fue mi pensamiento recurrente mientras leía/me maravillaba/gozaba con/ su libro de cuentos Pájaros en la Boca (en una edición de Almadía bella-bellísima también).

(Bueno, esé y: Wow!)

Se trata de cuentos que mezclan esa cotidianeidad cercana a lo perverso y lo extraño de Kafka, con la ironía e inocencia bizarra/lúcida de Amelie Nothomb o Miranda July.

Relatos que hablan de los niños de un pueblo que se pierden en un pozo, de una muchacha que comienza a volver loca a su madre (y luego a su padre) al adquirir la costumbre de comer pájaros, de una mujer embarazada para quien la hija no llega en buen momento y se somete a una extraña terapia energética para retroceder el embarazo y “guardarlo” para mejores tiempos, de un niño que ve cómo su familia se desmorona pero está feliz de que Papá Noel vaya a dormir en su casa en Navidad, de una familia que hace lo imposible por “sanar” a un pariente que sufre de una horrible depresión, entre otras cosas.

Cuentos increíbles todos. Una colección imprescindible.

Si le gusta, vaya a por las chicas ya mencionadas. Con la película Me, you and everyone we know de Miranda July o La Biografía del Hambre de Amelie Nothomb.

Un viaje breve que dura toda la vida

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Señales que precederán al fin del mundo es una novela engañosamente sencilla, que habla en palabras simples, limpias.

Una historia que cuenta del viaje de la joven Makina en busca de su hermano; un viaje que atraviesa fronteras y se convierte en frontera también. Que transforma al personaje como arrancándole la piel a jirones.

Es eso y es tanto más.

Es un viaje por la frontera de México y también un viaje por la lengua, las lenguas, que abundan en ella. Un recorrido por la memoria, una relectura de mitos, un adentrarse en el desamparo y en las hilachas (que quedan, que resisten) de la esperanza,

La escritura de Yuri Herrera recuerda la precisión magistral de Rulfo, esas líneas tersas donde ninguna palabra está de más, donde todo suena y resuena con el compás preciso; así como también hace eco de esa cotidianeidad desamparada que cultiva también Alejandro Zambra en sus ficciones breves.

En un momento dice el narrador:

“Al usar en una lengua la palabra que sirve para eso en la otra, resuenan los atributos de una y de la otra: si uno dice Dame fuego cuando ellos dicen Dame una luz, ¿qué no se aprende sobre el fuego, la luz y sobre el acto de dar? No es que sea otra manera de hablar de las cosas: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente, advierte Makina: prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos. Quién sabe si durarán, quién sabe si sus nombres serán aceptados por todos, piensa, pero ahí están, dando guerra”

Una novela bellísima.

Si le gusta, relea los cuentos de Rulfo en El Llano en Llamas, o Bonsai o La Vida privada de los árboles de Zambra.

Las salpicaduras de la memoria

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Los vivos y los muertos (de Edmundo Paz Soldán) es otro de esos libros que empiezas una tarde y terminas a la mañana siguiente y como con cargo de conciencia por haber dormido.

Así de bueno es. Así de bien escrito también.

Cuenta la historia de un pueblito en el cual comienzan a suceder cosas extrañas, especialmente alrededor de los estudiantes de la escuela Madison High: accidentes de auto, suicidios, deseos y enamoramientos que se apoderan de los personajes, dejando desastre tras desastre. Se trata de una novela salpicada de sangre (y qué bien elegida que está esa portada, por Dios!) pero también salpicada de reflexiones acerca de la muerte, el dolor, las (im)posibilidades de convivir con la pérdida y hacer sentido de la memoria.

Cada capítulo es contado desde la perspectiva de uno de los vecinos de este pueblo, todos con cierta cercanía a los hechos terribles allí ocurridos y sus autores: niños pequeños que conviven con amigos imaginarios/fantasmas, cheerleaders intentando convivir con la cotidianeidad de la muerte, periodistas que se sobreponen a separaciones dolorosas, esposas que no quieren creer que lo peor no sólo no está lejos de sus vidas sino que, precisamente, les acaba de ocurrir.

En un momento, una de las voces dice:

“La memoria es como una farmacia, escribió alguien. Y yo soy una farmacéutica irresponsable, abro los frascos sin tomar precauciones y a veces encuentro una pócima salvífica y otras veneno”.

Y, si esta novela funciona como la memoria, definitivamente se trata de una pócima. Y una bien-bien increíble.

Si le gusta, siga con Norte de Paz Soldán o bien con Zombie o Rockabilly de Mike Wilson.