Archivos Mensuales: agosto 2014

La infancia atravesada

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La edad del perro.jpg“Estoy sobre el techo de mi casa, en cuclillas, trabajando junto a mi abuelo, que martilla arrodillado. Es un lugar oscuro y transparente, cubierto por nubes rojas y negras. Aparte de eso, no pasa nada. Las historias suelen ocurrir en las casas, no sobre ellas.” Así comienza La edad del perro, primera novela del poeta chileno Leonardo Sanhueza: con un niño junto a su abuelo, en un techo, tratando de repararlo para así no quedar tan expuestos. Y sin embargo esta novela es todo menos protección y resguardo: la infancia del protagonista (que escribe desde el futuro refugiándose en una perspectiva de niño, diciendo: “[s]ólo sé que ese niño soy yo y que me necesita para recordarme”) es una infancia vivida a la intemperie, a merced de los elementos y la historia con mayúsculas, una infancia donde el techo y las paredes de la casa no parecen nunca cerrarse del todo, dejando pasar la lluvia, las ratas, los ladrones (“Todas las casas a punto de colapsar, sus fundaciones roídas, sus paredes, sus techos, todo convertido en cartón, en papel comido.”). Recuerdos vulnerables de un tiempo vulnerable en que lo único que piensa el narrador es en el fin del mundo, el año dos mil, en que todo será arrasado por una lluvia de estrellas.

Y reparar el techo es intentar lo imposible, intentar proteger lo improtegible, cuidar los recuerdos de un pasado triste y contradictorio: con un padre que no está presente, un abuelo, carabinero en retiro, que cumple el rol de padre (y que a ratos parece un “vikingo invulnerable” y, en otros, alguien a punto de quebrarse) una abuela obsesionada por el Apocalipsis y que teje y teje como forma de poner el mundo en orden, una madre que trabaja en lo que se puede.

Si bien nos movemos entre el pasado, el presente y el futuro del narrador, la sensación es de un presente continuo y frágil en los años 80, una cotidianeidad amenazada en la que reinan las versiones encontradas y los silencios. Así, comenta el narrador:“Dice mi mamá que uno nunca sabe bien cómo son las cosas. Lo único seguro es que estamos en pleno invierno.”

Y, sobre ese presente, o bien, atravesando ese presente, está el fantasma del padre, alguien en una posición incómoda, o, como cuenta el narrador:“Pero mi recuerdo no está ahí, sino en una foto mental, una sola: la imagen congelada de mi papá asomado en la puerta sin que se sepa si está entrando o saliendo, si saluda o se despide para siempre.”. El niño, de nueve años, la edad del perro que da el título al libro, guarda como máximo tesoro una maleta llena de libros que el padre extrajera del allanamiento de la editorial Quimantú, libros misteriosos para un episodio misterioso en el que no se sabe qué participación tuvo el padre (más silencios, más versiones encontradas)(“También me recordaron a esos libros que, en las películas de detectives o de misterio, sirven para guardar pistolas o pócimas letales; libros que no son libros, sino cajas para esconder el último recurso.”).

La historia va avanzando despacio como el relato de una cotidianeidad observada, en Temuco, como la historia de un niño que pareciera no crecer sino ir perdiéndose cada vez más en su interior, en sus reflexiones, como si la imaginación fuera el único territorio posible de proteger y el verdadero fin de mundo no fuera más que esa imposibilidad de acabarse, esa urgencia de seguir avanzando, a pesar de todo. Aún a pesar de todo.

Una belleza de novela.

Voces / latidos / ruidos

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voces menos 30Hay mucho más que voces en esta antología. Hay gruñidos, rugidos, latidos; hay ritmos acelerados de ciudad, hay escenas rurales. Hay animales que dicen más de los personajes y sus historias que lo que ellos mismos alcanzan a verbalizar. Hay frases y diálogos conjurados con tanta belleza.  Hay cuentos que brillan más que otros, como en toda antología, pero en general el resultado es fascinante: el coro de voces orquestado por Claudia Apablaza suena bien en sus momentos de sutileza y dulzura, así como también en aquellos de dolor furioso en que solo queda andar a los gritos.

Dentro de la selección (que realmente trata de darle un lugar a exponentes de cada país de América Latina) destacan los relatos de Valeria Luiselli – que con prolija erudición y agudeza entremezcla las minucias de un viaje en avión con distintos destinos amorosos en “Fictio Legis” -, Diego Zúñiga (que en su cuento, “Niños Héroes”, va acumulando tensión y tristeza en una historia sobre pérdidas y desapariciones), Rodrigo Fuentes (cuyo relato, “De repente, Perla” es un gozo absoluto, una historia de animales que quieren ser otra cosa y personas a las que tal vez solo le queda o bien maravillarse o bien comportarse como animales, todo narrado con una musicalidad deliciosa), Valeria Tentoni (quien en su muy breve “Lo otro y la furia” logra imponer a una voz narradora de niña que hace al mundo estremecerse) Jennifer Thorndike (su “Moscas” retrata la pejagosa decadencia en que se ve sumida una pareja que no se decide a ser del todo) o Daniel Saldaña Paris ( que retrata con balanceada ironía la historia de una estafa y decepción familiar que hace al protagonista reflexionar que ” el universo era, esencialmente,un lugar no Montessori”).

Se agradece particularmente la inclusión de escritores brasileros (la originalidad de “La breve historia de Charles Mankuviac” de Antonio Xerxenesky, en la cual un escritor brasilero queda reducido por la capacidad de síntesis de un crítico norteamericano, o la belleza simple de “Feliz Cumpleaños: de Luisa Geisler)

Las historias de Voces -30 (sus gruñidos, sus gritos, sus susurros, sus silencios) hablan de fugas, de exilios, de movimientos, como apunta Apablaza en su introducción al conjunto. Movimientos en el mapa, entre territorios, pero también movimientos entre cuerpos, entre recuerdos, entre ficciones. Historias, también, que se niegan a avanzar o moverse, que en su estancamiento parecen desafiar la velocidad de un “allá afuera” (con sus tecnologías, con su virtualidad rápida) para imponer un paso distinto, un ritmo diferente. Cuentos, muchos de ellos, que dejan el corazón sobre la página, que dejan al lector con el cuerpo pesado o la sangre circulando un poco más espesa.

Si, como afirma la narradora de “El misterio del Mortecina” (cuento de la ecuatoriana Diana Varas Rodríguez), “[l]a imaginación puede darnos pistas de fragmentos del otro mundo paralelo que nos espía”, el mundo que nos espía desde las páginas de Voces -30 es uno complejo y maravilloso a la vez, en el cual no hay miedo a decir las cosas por su nombre, aunque sea a borbotones, aunque sea rompiendo todo a su paso.

Una buenísima antología.

El inventario de una espera

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cuadernoHace poco leí en El Mercurio una reseña de Fernando Iwasaki a Cuaderno Ideal de Brenda Lozano. En ella, se refería a la novela como una especialmente diseñada para los amantes de los lápices, los cuadernos, la papelería. No necesité más elogio – aunque en la crítica de Iwasaki quedan dudas de si el comentario iba con aplausos o ceño fruncido – y corrí a por ella. Y, la verdad, Cuaderno Ideal es tanto pero tantísimo más. Si bien está el elogio a los cuadernos y demases – que se agradece, que es una mirada fresca, una deliciosa atención al detalle – la escritura de Lozano, la historia de la espera, es una que se engolosina y refugia en los cambios de escala y en la materialidad de las palabras.

La protagonista espera a Jonás que debe volver desde el fondo de su particular ballena (la tristeza por la muerte de su madre, en busca de cuyo recuerdo viaja a España) y su cuaderno se convierte en la más perfecta sala de espera. Desde allí, entrelaza reflexiones sobre la literatura, con episodios cotidianos extraños, como el encuentro con enanos, o el ser despertada de un accidente mortal con una canción de Shakira.

Durante la espera, la narradora salta de un pensamiento a otro, a veces sin mucha conexión. Una escritura a chispazos que, la mayoría de las veces, brillan incandescentes: “Leí las intersecciones de las calles como si fueran galletas chinas”, o, dos de mis favoritos: “Cuando niña pensaba que el sacapuntas eléctrico era lo que me separaba de la vida adulta. Entre el sacapuntas de plástico azul y el sacapuntas eléctrico —en la oficina de mi padre o en el escritorio de la maestra— estaba la distancia entre la infancia y la vida adulta”; y “…la gente que no lee cree que leer es un descanso.”

Hay frases que se repiten y que, a cada vuelta, van adquiriendo nuevas profundidades: “No busco respuestas, me gustan más las preguntas.” o “Es más importante desconocerse que conocerse.” La comparación con Penélope es evidente (la narradora comenta cómo el mundo se divide entre quienes prefieren la Odisea y quiénes la Iliada), pero, en el caso de Lozano, más que lo que se teje, pareciera importar lo que se desteje y deshace: las certezas, la escritura que se desmigaja en fragmentos, los recuerdos que se concentran cada vez en lo más pequeño pues, como dice la narradora: “Algo mínimo puede cambiar el rumbo de cualquier historia.” y “Todas las historias son mar profundo y charco a la vez”, todo con el soundtrack de “Wild is the wind” como atmósfera a ratos frágil, a ratos pantanosa.

Cuaderno Ideal reflexiona sobre la espera como un cambio de escala, un proceso en el que los objetos más diminutos (un lápiz, un cuaderno) adquieren proporciones y sombras insospechadas; en que mirarse de afuera se vuelve todo un viaje (“La tercera persona a veces es un lugar al que hay que viajar.”) y un “modo de verbalizar la cicatriz”. Una mirada que sorprende y conmueve; que no apuesta a grandes revelaciones sino al continuo arme y desarme de la belleza que se esconde en lo cotidiano.