Archivos Mensuales: septiembre 2013

Una biografía a chispazos

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ImagenÉste es un típico caso de “no juzgue al libro por su tapa”. Y ni siquiera por el título. Ábralo en la primera página y lea: “En el Cementerio Protestante de Roma, en la tumba de Percy B.Shelley, hay una lápida que dice ‘Corazón de Corazones’, pero falta el corazón. El corazón de Shelley está enterrado con Mary Shelley, su mujer, a cientos de kilómetros, en la ciudad costera de Bornemouth, Inglaterra. Así que en una tumba hay una urna con cenizas incompletas y en la otra hay un corazón de más.”

De ahí en más, siga leyendo, siga leyendo. Porque esta es una historia que se construye a chispazos, a descargas eléctricas que sorprenden al lector, llevándolo de los datos biográficos de Mary Shelley (su infancia paseando cerca de la tumba de su madre, Mary Wollstonecraft, la famosa apuesta nocturna para escribir Frankenstein, las expectativas infinitas de su padre sobre ella, la figura esquiva de Percy y su muerte a bordo del barco Don Juan – porque la vida tiene un humor cruel a veces – y el corazón que guarda consigo envuelto en un poema hasta el momento de su muerte) a las particularidades de una época en la que los cadáveres eran robados todas las noches de los cementerios para ser comprados por científicos y doctores (había quienes, por precaución, compraban ataúdes con llave), en que asesinos se dedicaban a matar a prostitutas e indigentes con el fin de suplir la misma demanda del mercado de la muerte. Todo confluye para darle fuerza a la labor literaria de Mary Shelley. Los apuntes, los fragmentos sacados de diarios de vida y novelas de la época. La escritora argentina Esther Cross arma con pericia una historia donde se distinguen distintas corrientes subterráneas; párrafos precisos y mínimos para dejar insinuados los avatares de muchas vidas.

Dice en un momento sobre Mary Shelley:

“Escribe la historia de un cuerpo hecho de partes ensambladas por medio de suturas, sobre cuerpos trastornados y transplantes. La escritora une en su escritorio lo que el hombre ha desunido en las mesas de Anatomía. Los cirujanos abren y cortan, el doctor Frankenstein cose. Percy B.Shelley corrige los borradores”.

O, en otro momento: “Leer y comunicarse con los muertos eran trances similares: entendimiento con personas ausentes (el muerto, el autor), transportaciones a otros mundos.”

Mi corazón de lectora, y gran admiradora de Mary Shelley (hace tres años que estoy escribiendo una novela con ella como uno de los personajes), se deja llevar feliz y encantada por las páginas de esta historia. Se engolosina con los detalles; respeta los silencios. Mi corazón de académica en cambio, quiere más, pide más: busca sin encontrar una bibliografía al final del volumen, se inquieta cuando ve el fragmento de algún diario citado sin la pertinente referencia al pie de página.

La mujer que escribió Frankenstein es tanto, pero tanto más que cualquier libro que intente contenerla. Y Esther Cross lo sabe. Su libro es un homenaje cuidado a una autora y su época. Una biografía en instantáneas que deja con ganas de más.

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Fragmentos de un universo inolvidable

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ImagenUna hermana literata que adopta a los mellizos Kuhn, unos niños sin brazos ni piernas que son abandonados cerca de unos acantilados. Un escritor que es invitado a una residencia en Estados Unidos. Un lugar llamado ciudadela final a la que van los enfermos a pasar sus últimos días. Un abuelo que cuenta historias de su pasado quechua, personajes ciegos, manos ortopédicas, sueños que se cuentan uno detrás de otro, la escritora Margo Glantz y los problemas con su perra Lola, que es tentada por la comida que una vecina deja siempre en sus cercanías; un traductor y sus dificultades. Las historias que contiene este libro, en 243 fragmentos, son como un camino de piedras en medio de un río tumultuoso. El lector va saltando, de piedra en piedra, de historia en historia, cada vez un poquito más alucinado, fascinado, envuelto en la imaginación prodigiosa de Mario Bellatin.

Lecciones para una liebre muerta es toda una experiencia de gozo, sorpresa y equilibrio. Saltamos de una historia a otra, esperando no caer, pero sin intentar nunca imponerle una lógica a lo que se está contando. Algunos fragmentos sí conectan con otros, dando coherencia, continuidad; otros, van haciendo explotar historias, recuerdos, conjuran imágenes, que vuelven el viaje más rico e inolvidable.

En un fragmento se lee: “La hermana literata afirmaba que esa característica, la existencia de una serie de monstruos, era normal en determinadas etapas de la evolución de cualquier sociedad”. Y hay mucho de monstruosidad en esta historia, o, más que monstruosidad cargada de un signo negativo, una maravilla de la forma, que se deleita en construir fragmentos perfectos, que se detiene en las particularidades de los cuerpos de los personajes o las singulares cartografías de sus deseos, sus anhelos, sus confusiones.

El universo de Bellatin es de las mejores cosas que le han pasado a la literatura. No queda más que rendirse a su encanto y leer todos sus libros, uno tras otro.

Observar la muerte desde un globo aerostático

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ImageAntes de que mi blog me demande por abandono vuelvo a retomarlo. Porque he estado leyendo mucho. Porque la Academia es generosa, o el Planeta Tesis Doctoral ha sido lo suficientemente magnánimo para dejarme leer compulsivamente durante la semana.

Vuelvo también porque Levels of Life de Julian Barnes ha sido una tremenda sorpresa. Hace tiempo que le había perdido la pista a Barnes. Me pasó que estuve un tiempo muy fanática de los Fantastic Four ingleses (Amis, McEwan, Ishiguro, Barnes), y luego me la ganaron las lecturas made in USA y latinoamericanas.

Debo decir que no tenía idea de qué se trataba este libro. Abrí su primera página en una librería y leí: “Yo put together two things that have not been put together before. And the world is changed. People may not notice at the time, but that doesn’t matter. The world has been changed nonetheless”.

El libro se quedó pegado en mis manos. No pude soltarlo. No pude dejar de leerlo hasta que se terminó.

El libro se construye en base a repeticiones, de frases (lo de juntar dos cosas distintas), de imágenes (un globo aerostático, la danza, la fotografía), de temas (el amor, el duelo). Barnes es un gran narrador y uno se pasea por sus descripciones, por sus viñetas de historias de viajes en globo y cómo se parece al amor, que nunca sigue un curso definido, que lo mueven los vientos, que siempre es capaz de estrellarse o ir a dar al mar helado. Dice Barnes: “Every love story is a potential grief story”. Y, como en un globo, una como lectora se deja llevar de viñeta en viñeta, de diálogo en diálogo, de reflexión sobre el genio y la ambición a reflexiones sobre el matrimonio. Los capítulos, también, tienen relación con el motivo del vuelo y del mirar: “The sin of height”, “On the level”, “The loss of depth” y uno se deleita, se deja llevar.

Hasta que llegas a la página 73, al comienzo del tercer capítulo, y la historia te rompe el corazón. De un mazazo. Porque nunca viste venir a ese tren que te atropelló (y al que le seguía una tropa de hombres en moto, una procesión religiosa y un desfile de animales de circo). La muerte llega, a este libro y a esta experiencia de lectura, sin avisar. Fulminante. Y nos deja doblados en dos.

Porque el libro de Barnes duele. No se lee. Duele en los huesos. Uno lo termina de leer y todo cuesta: caminar, respirar, sonreír.

Uno debería poder pedir licencia médica – y faltar al trabajo, y quedarse en cama, convaleciente – después de leer libros como éste. No les cuento más porque creo que esta historia debe leerse un poco así, con esa feliz ignorancia y deleite de quien no sabe qué lo espera a la vuelta del camino.

Y tenía razón Barnes: Uno junta dos cosas diferentes y el mundo cambia. Un lector absorbe una historia y el mundo es otro.