Archivos Mensuales: octubre 2013

Simplemente perfecta

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ImageUna de las cosas que me gustan de Junot Díaz (y son TANTAS) es su generosidad para ofrecer recomendaciones de libros. Es algo que parece desbordarlo: en cada entrevista que he leído, o lecturas a las que he asistido, siempre tiene un momento para alabar el trabajo de otros autores. Y son siempre las mejores recomendaciones de la vida. Gracias a Junot Díaz llegué a los poemas de Aracelis Girmay (la recomendación de Díaz fue eufórica: “uno la lee y se gana una vida extra”…¿así quién no corre a comprarlo?), a los cuentos de Yoko Ogawa , a la maravilla que es Tania James en Aereogrammes y, ahora, a una novelita gráfica lindísima: Empire State, a love story (or not).

La historia recuerda un poco a la propia novela de Díaz The Brief Wondrous Life of Oscar Wao. En su historia, Jason Shiga cuenta la historia de dos amigos algo nerds, Jimmy y Sara, en Oakland. Ambos trabajan en una biblioteca hasta que ella decide ir a probar suerte a Nueva York. Al principio, Jimmy no la entiende: porqué atravesar todo el país para ir a vivir a una ciudad cara y sucia, se pregunta, pero Sara es ambiciosa y no lo piensa dos veces. Una vez lejos, a Jimmy también se le despiertan las ambiciones y el romanticismo y viaja (en bus, porque es más romántico…o eso es lo que él ingenuamente cree) a verla.

La historia conmueve por esa simplicidad que apunta directo al corazón de las cosas. Con pocos recuadros en cada página, y una escritura bastante contemplativa, donde abundan las miradas por la ventana, las caminatas en soledad y sin diálogo, Shiga construye una historia de amor que hace sonreír en su torpeza. Jimmy, que se ha pasado la vida aprendiendo a programar, no es capaz de hacerlo en la vida real o, al intentarlo, la realidad le responde con un porrazo. El viaje en bus es incómodo, lo que encuentra en Nueva York no es lo que él esperaba. En un momento, al ver nieve, hace una bola y se la lanza a Sara, quien termina con el ojo morado. La reacción de Jimmy lo refleja perfectamente: “pensé que la nieve se iba a sentir suave como el algodón”.

snowball

Hay que seguir leyendo a Shiga. Compulsivamente. Porque caídas y corazones rotos hemos tenido todos. Porque sigue doliendo. Porque esta novela gráfica es simplemente perfecta.

Dulce compañía

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ImageNo creo en manuales para escritores. Tan difícil y tan simple a la vez, poner una palabra después de otra no puede enseñarse. No se puede delinear el camino a seguir. Aunque sí se puede acompañar en él.

Esa es la mayor virtud de Still Writing, de Dani Shapiro. Un conjunto de consejos, vivencias, testimonios, de su carrera como escritora. De lo mucho que cuesta hacerse una rutina, de los peligros del camino, de las falsas justificaciones. Shapiro comparte su acercamiento a la escritura y, con ello, se convierte en muy buena compañía: “everything you need to know about life can be learned from a genuine and ongoing attempt to write”.

Shapiro no se cree el cuento de “nacer escritor”; se anda pegando portazos con la vida, se frustra frente a las descripciones que no resultan o el volver a fallar una y otra vez. Y esa honestidad queda. Y ayuda. Insisto: no creo en los manuales de escritores. Pero sí sé que, en este oficio tan solitario, se agradece tener una buena compañía.

Los capítulos de Still writing son breves, una anécdota personal que ilumina algún aspecto de la artesanía: de la obsesión con los puzzles Shapiro extrae una lección acerca de “empezar por una esquina” cuando se trata de escribir una novela u otro proyecto largo. Simple, preciso.

Shapiro no cree en escritores genios que saltan de una vez a la fama. Más que talento, importa la paciencia y esa voluntad inquebrantable para seguirse equivocando: “Sometimes we may think that we’re in charge, or that we have things figured out. Life is usually right there, though, ready to knock us over when we get too sure of ourselves”.

Los consejos de Shapiro son atinados. Ni grandes revelaciones ni tan básicos. Más que instrucciones, son recordatorios. Como escuchar esa vocecita en la cabeza que nos quiere frente al computador: Here’s a short list of what not to do when you sit down to write. Don’t answer the phone. Don’t look at e-mail. Don’t go on the Internet for any reason, including checking the spelling of some obscure word, or for what you might think of as research but is really a fancy form of procrastination.

Still writing: the pleasures and perils of a creative life no es un libro indispensable. Ni para quienes escriben ni para quienes no. Pero, si se le da una oportunidad a esta serie de breves chispazos, la compañía es afortunada. Y la experiencia trae más de una sonrisa.

Una clase magistral. Un concierto impecable.

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ImageSiempre me ha gustado ir a conciertos. Tengo una fascinación por escuchar a mis grupos y cantantes favoritos en vivo; saber cómo interactúan con el público, sentir ese cosquilleo curioso frente a la selección de canciones (cuáles incluyen, en qué orden, con qué modificaciones). Hay una energía poderosa en los conciertos y para mí siempre ha sido y es una experiencia favorita.

Los Cuentos Completos de Grace Paley son un concierto perfecto. Como ir a escuchar a tu artista preferido, ése a quien llevas años esperando ver en vivo. Así se siente pasar de cuento a cuento, leerlos todos como una experiencia nueva, deleitarse con las descripciones tristes de Paley, asombrarse con los comentarios irónicos, despertarse a a golpe con los párrafos finales casi siempre brutales.  (Leer como una experiencie eufórica).

[ Nota aparte: Mi edición de los Cuentos Completos me llegó de regalo: estaba en la basura de mi vecino y, para mi sorpresa, la copia venía autografiada. De ahí que me experiencia-lectora, mi concierto magnífico, fuera aún más brillante ]

No hay efectos especiales aquí. Si fuera un concierto, sería uno íntimo y unplugged. Las palabras de Paley suenan con la textura exacta, con el brillo preciso, iluminando apenas con un fósforo una habitación a oscuras o bien encandilando como los faros de un automóvil al cruzar la calle. Un automóvil que a veces también (y tan bien) nos pasa por encima, como en el cuento “An irrevocable diameter” en el que un hombre es obligado a casarse con una adolescente con la cual ha tenido algún tipo de intimidad (no queda claro qué) y que termina con “It is my opinion that she will be a marvelous woman in six or seven years. I wish her luck; by then we will be strangers”.

Las historias de Grace Paley son perfectas. Quiero encontrar otro adjetivo para describirlas pero lo cierto es que cualquier otro calificativo queda corto. Hay brutalidad, dolor, belleza, una honestidad que duele como patada, pero también hay inocencia (una a punto de quebrarse, pero la hay) e incluso humor, como cuando el protagonista de “The Contest” comenta: “Well, why do you think she liked me? All you little psychoanalyzed people, now say it at once, in a chorus: ‘Because she is a masochist and you are a sadist”.

Leer a Grace Paley es una experiencia tremenda. Como lector te muestra un mundo en el cual la atención al detalle es de joyería, y cada cuento brilla con tantas luces, tantas sombras; como escritor, leerla es deleitarse con una clase magistral en el arte de contar historias.

Una belleza perturbadora

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ImageSoy fan absoluta de Yoko Ogawa y hoy caí en la tentación de leer su último libro. No el último libro publicado por ella sino el último libro de su autoría que a mí me faltaba por leer. No pude evitarlo. Ya llegaba a soñar con la portada de Hotel Iris. Hoy lo termino con el corazón apretado y con la necesidad imperiosa de encontrar algo que esté a la altura – y rápido – para no terminar el embrujo. Para seguir leyendo.

Yoko Ogawa es capaz de hacer brillar una historia, aparentemente simple, de amor y familia en The Housekeeper and the Professor  así como también de adentrarse de cabeza en las profundidades más oscuras, viscosas – y fascinantes también – del ser humano, como en su colección de cuentos (magistral, tremenda) Revenge o aquí en su breve y perturbadora novela Hotel Iris.

Mari es una adolescente que ayuda a su madre viuda a manejar un pequeño hotel. Una noche, ve salir a una prostituta de una de las habitaciones, mientras una voz de hombre – la voz más hermosa que ella jamás haya escuchado- la persigue de escalón en escalón, de grito en grito. El hombre y Mari vuelven a encontrarse y entre ellos se desarrolla una relación que explora cada una de las alturas de Ogawa: las declaraciones de amor más sublimes y románticas en bellísimas cartas, las profundidades más oscuras en los secretos, las mentiras y la intimidad violenta que ejerce el hombre – y al que conocemos como “el traductor “- y la muchacha.

Monstruosamente maravilloso.

La sorpresa de lo común

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ImageCuando me propuse empezar este blog, la idea era recomendar buenos libros, libros que me encantaran. Acá no se trataba de hacer crítica sino de repartir flores. Es una tarea complicada y, a ratos, hacía que mi blog se quedara de lo más mudo: no todo lo que leo es bueno, no todo lo que leo me da ganas de cantarlo a todos los vientos.

Una de las cosas tristes que sucede con un blog así es que pasa un poco lo de Pedrito y el Lobo; como todo lo que escribo aquí son flores y fuegos artificiales, supongo que debe costar a veces creerme. Usted me lee y debe pensar qué tan bueno puede ser; a ella le gusta todo.

No es verdad, como acabo de explicar. No todo lo que leo me gusta; todos los libros sobre los que escribo en este blog, sí. Claramente. Y es un desafío, por cierto, lograr transmitir la emoción de leer algo realmente increíble.

Pero aquí vamos otra vez.

The Color Master de Aimee Bender es una colección de cuentos absurdamente magnífica. Soy de las que subrayo libros (con lápiz a mina, claro) y este libro me lo subrayé todo. No sólo porque Bender se manda unas descripciones para aplaudir de pie, con historias que son siniestras y bellas, absolutamente desquiciadas o tranquilas como mirar un lago por una ventana, sino porque cada una de las palabras que usa parece haber sido escogida con el equilibrio perfecto, la tonalidad precisa, como una verdadera maestra del color, como indica el título.

Y ya que estamos, partamos por ese cuento, el que le da el nombre al libro, en el que se nos habla de un pueblo remoto en el que artesanos especializados trabajan confeccionando vestidos y trajes de sol, de luna, de roca y, para ello, reciben la ayuda de una mujer que es capaz de hacer las combinaciones de colores perfectas, usando tonos, a primera vista, muy claros, muy oscuros, casi equivocados.

Los cuentos de hadas son una vibración constante en este conjunto de relatos: de historias más normales como una chica en un college norteamericano que se aburre mientras su roommate la pasa bien en su cuarto con su novio a historias de mujeres feas que se casan con ogros que comen humanos, una joven que es contratada para coser las rayas de un tigre, o una chica que no come manzanas y que es contemplada con odio por los que sí las comen.

Pero a veces la magia, lo inusual, aparece como un detalle que desestabiliza por momentos o para siempre a los personajes: como una familia que empieza a recibir curiosos regalos (comida, toallas, productos de limpieza que aparecen por todos los rincones y que le recuerdan a la familia todas esas carencias que tratan de no ver), un hombre bellísimo cuyo rostro es tan simétrico que la gente le tiene desconfianza y está obsesionado con deformárselo; un niño que sufre una enfermedad que le impide reconocer rostros o una mujer, desencantada con su matrimonio, que empieza a cobrarle a su marido cada vez que tienen sexo, y usa ese dinero para comprar las respuestas de extraños a sus también extrañas preguntas.

Hace tiempo que no me pasaba que iba leyendo una página y cada giro de la historia, cada pequeño desvío para hacer una aclaración (“‘Time for bed, honey’, she said cheerfully, which was code for Don’t touch me.) o descripción (“Her hair is so long and wheatlike you could bake it into bread”) me traía una sonrisa al rostro y ese pensamiento constante de: wow, qué inmensa es la imaginación de Bender.

No había leído nada de ella y ahora quiero leerlo todo. Quisiera dejar el doctorado en pausa sólo para deleitarme con el talento de Bender.

Se suele decir que las cosas buenas son “una joya” pero acá la metáfora es otra, se saborea. Los cuentos de Bender son como comer algo delicioso con los ojos cerrados: admirando así, intensamente, con sorpresa, felicidad y tanto placer, cada uno de los sabores y texturas.

De los mejores descubrimientos literarios de mi 2013.

Consuma ironía

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Image Una de las primeras cosas que llaman la atención de El azar y los héroes, el último libro de cuentos del escritor argentino Diego Fonseca, es la preponderancia que tiene el consumo, la deuda, los nombres de productos (caramelos de omega 3 GMC, las hamburguesas de Five Guys, las sopas Campbell’s) en cada una de las historias (incluso los personajes son descritos en esos términos, como la chica que es “rechoncha y transparente como una Ziploc). Eso, y una prosa impecable que va acomodando la velocidad de los relatos con pericia: desde la lentitud observadora en “Una buena y sana sopa de pollo” o la tensión creciente y que bordea el absurdo en “El azar y los héroes”, a la vertiginosidad que alcanzan historias como “Powerpuff Girls” o “El último comunista de Miami”, pasando por esos ritmos perfectos en “Caramelos de omega 3 (South Beach)”.

El ojo económico se agradece y sorprende. Las pequeñas minucias de una etiqueta en una lata de sopa que tarda más de la cuenta en ser leída puede ocasionar desastres de proporciones monumentales, o ballenescas, si es que seguimos las reflexiones del protagonista de ‘Una buena y sana sopa de pollo” que, junto con ver caer al suelo a toda una familia de obesos mórbidos, pone a contraluz toda una serie de prejuicios y ese miedo tan americano a la denuncia por parte del consumidor (“No sé si se dan cuenta, pero este país se ha convertido en una caterva de minorías con derechos minúsculos. Cuidado con hacer algo y ofender a un pedacito de América, protesta en silencio el Sr. O’Reilly”.)

Los narradores de los cuentos suelen llevar sus reflexiones al límite de la ironía, o la carcajada activada por el humor más negro. En “Powerpuff Girls” un hombre en un vagón de metro observa la conducta de unas adolescentes superficiales que van del sexo y el embarazo a Bob Esponja y las Chicas Superpoderosas, sin escalas.

En mi cuento favorito, “Caramelos de Omega 3” una pareja se pone a dieta para bajar el colesterol mientras el futuro les sonríe en Estados Unidos y la madre de uno de ellos condimenta la soledad haciendo mil y un cambios a las tuberías de su casa, ganándose la consiguiente simpatía del plomero. La economía tambalea y del sueño americano se despierta de golpe en el suelo y con la cuchara enterrada en el tarro de mantequilla de maní, mientras la madre hace amistades con una viuda y deja mensajes eternos en la contestadora de su hijo.

En “El Último comunista de Miami” la tragedia viene de la mano de las empresas que ofrecen créditos, al parecer, a todo el mundo. La verdadera democracia es la deuda y los personajes van alcanzando distintos y peligrosos niveles de desesperación. Comenta el narrador en un momento: “La gente sorprende y confirma que a veces en los peores momentos se toman las mejores decisiones”.

Mucho de azar, o franca mala suerte, y una falta brutal de heroísmo (que no sea la resignación o el salir corriendo) abundan en estos relatos. Uno termina de leer y dan ganas de ir a revisar la letra chica de nuestros contratos o monitorear inquietos los flujos de nuestras cuentas bancarias.

Pero la sonrisa no se borra.

Aunque sea irónica; ahí se queda.