Archivos Mensuales: junio 2014

Todo lo que brilla

Estándar

portada oroNo  todo lo que brilla es oro, dicen. Y Oro de Ileana Elordi (escritora chilena, nacida en 1990) brilla de tantas maneras. Brilla como una gota de agua a la que le llega el sol, pero también como un cuchillo dejado en medio de la cocina. Brilla con alegría efervescente, con reflexiones llenas de vida, pero también con chispazos de la rabia más pura.

Se trata de 48 emails que la narradora le escribe a su ex novio pero que se envía a sí misma. Los “asuntos” son simples, lo que le cuenta también. No simple en un mal sentido, sino en la honestidad brutal de atreverse a decir las cosas por su nombre. Aunque a veces no tengan sentido. Aunque a veces sean cursi. Aunque a veces no estén tan bien escritas. La misma narradora comenta, en su viaje de regreso a Chile, que relee cada uno de los emails y planea enviárselos al novio como una compilación, sin editarle una coma. Sin tratar de quedar bien con nadie. Ni siquiera con ella misma. Y esa honestidad brutal y virtual se agradecen y le dan al texto una vitalidad y una enormidad que sorprenden. A la narradora le rompieron el corazón de un mazazo y a ratos le duele todo. Y ese dolor no tiene porqué ser lindo. No tiene porqué ser escrito en oraciones perfectas para subrayarlas y enmarcarlas.

Porque antes que todo, o antes que nada, esta novela es profundamente conmovedora. Porque la voz que nos guía por sus recuerdos está partida en trescientos pedazos pero sigue en pie. Porque está perdida, lo sabe y sigue caminando. Sin filosofar demasiado, sin esconder los momentos de odio y rabia. Un personaje tan vulnerable al que escucharíamos por horas, por cientos de páginas más (Oro no llega a las cien páginas).

“He tomado varios libros de mi casa para copiar sus inicios y comenzar a escribirte, pero ninguno me sirve”. Así comienza la novela en ese primer email que se titula “Aquí”. Para continuar con “Siempre me han gustado todo tipo de charcos de agua. Son como vacíos en medio de las cosas”.  Podría copiarles tantos pasajes de la novela (se las transcribiría completa!), pero me gusta detenerme en este comienzo porque refleja tan bien esta historia. Esa voluntad de la narradora de escribirse, de escribir y de escribir a otros. De copiar a otros para entenderse a sí misma, de escribirle al novio con frases robadas de los libros que escribe su padre por las noches (“Total, la literatura es una realidad virtual que se comparte y te hace caer en cuenta de que lo que a ti te pasa también le pasó a otro, y que no eres tan único, ni estás tan solo”) Y también esos ojos que ven el mundo con tanto detalle. Con una atención microscópica a los detalles, especialmente si se trata de la naturaleza: de la manera en que los niños dibujan al sol, los charcos de agua, los colores del cielo o la forma en que cae la lluvia (“[m]e tumbo a mirar el cielo y siento que la lluvia es como un llanto al revés, un llanto que se recibe”). Una atención maravillada y tranquila, aunque a ratos también se inunde de pena: “El seguir escribiéndote será mi manera de mantenerte vivo. Te alimentaré por medio de mis cartas y así lograré que nuestra historia continúe vibrando. Serás como el pez que me regalaste para mi cumpleaños: vive dentro de su acuario sin poder escapar y depende totalmente de mi cuidado.”

Oro se llama el pez dorado regalado por el novio a la narradora. Un pez que ella cuida, lleva a la universidad e incluye en sus proyectos de arte. Un pez que depende de ella y que no puede escapar, y en esa descripción se desliza tal vez toda esa violencia del desamor y el miedo a nadar en círculos. En un momento, comenta: “nada tiene más sentido que esas invenciones que son sólo para uno” y la invención de este intercambio epistolar con el ex novio le otorga a la narradora sentido aunque sea por un rato. Sin esperar grandes revelaciones ni redenciones. Un gesto valiente y triste.

No todo lo que brilla es oro. Oro, de Ileana Elordi brilla incandescente. Una bellísima novela.

El tiempo de las flores

Estándar

flores nuevasSiempre me ha parecido extraño lo multifacéticas que son las flores. Cómo son el regalo apropiado para ocasiones felices (flores para la novia, flores de regalo) así como también para momentos tristes o francamente desoladores (funerales, regalos de visita de hospital). Flores Nuevas, el reciente libro de Federico Falco publicado por Montacerdos, trae también consigo esa multiplicidad de registros o, mejor dicho, esa ambigüedad en los registros: historias con títulos felices o neutros que sorprenden al lector con oleadas de desolación, o bien historias con un centro aparentemente terrible que se difumina para asumir otros viajes, otros caminos.

Así, por ejemplo, en “Asiático”, el narrador comienza contando del cáncer de su padre y, como lectora, una se apronta a esa historia: narrativa de hospital, de recuperaciones y recaídas, de la tristeza y desesperación del hijo. Y sin embargo el cuento se desvía de ese tránsito, como se desvía el protagonista del trayecto a la escuela o la universidad para ir a dormir al sillón de un amigo en el cual tiene “los sueños más extraños” de su vida. El padre se entera, vuelve a internarse en el hospital, y el narrador se marcha una vez más, esta vez al sur de Argentina, en busca de una comunidad a la que se ha marchado también su amigo Aníbal. El narrador va de pueblo en pueblo, conoce gente, ese primer atisbo de historia de hospital difuminándose cada vez más para el lector, quedando como un eco suave de tristeza que acompaña al personaje como un halo. El narrador sueña con una chica japonesa llamada Kaioto. El cuento avanza cada vez más lejos.

En “Un hombre feliz”, en momento de bonanza económica, Joaquín se cambia de sucursal de banco, conoce a una chica y la deja embarazada. Joaquín desespera, toma veneno para ratas, no quiere saber nada de ese hijo. Su vida continúa. Se pierde y nos perdemos con él. Esa historia comienza a borrarse, hasta que Joaquín y su hijo retoman contacto luego de muchos años; hay accidentes horribles de por medio, hay cartas que no se quieren escribir, nos dejamos llevar por relaciones humanas complejas en las cuales la palabra “feliz” puede significar cualquier cosa.

En “Historia de ave fénix”, una multitud se reúne en torno a la quema de un ave fénix, esperando verla resucitar de las cenizas. El cuento es breve y no quiero arruinárselos, pero digamos que, como todo en los cuentos de Falco el tiempo se entromete, el tiempo hace cosas raras. Ese tiempo de las flores también: breve, de ocasiones felices o terribles (o felizmente tristes, tristemente felices).

En “El Cementerio Perfecto”, alguien llega a un pueblo a construir el cementerio perfecto para poder enterrar (por fin) a un hombre que parece no querer dejarse morir. En “Flores Nuevas”, cuento terrible (y mi favorito de la colección), una niña se lanza a las vías del tren porque ha quedado embarazada de uno de sus compañeros de escuela. El pueblo se espanta, los encargados de las locomotoras son avisados de tener extra precaución. La historia del embarazo se repite con el narrador y su novia de catorce años, Belkys, quien promete no lanzarse al tren y quien sufre porque ya no va a poder tener celebración de quinceañera. Ella sueña con su vestido, con sus flores, con poder participar de todos los ritos y su novio la escucha, a ratos apenado, a ratos con verdadero desencanto. Hay chicos que manejan sin permiso los autos de sus padres, hay accidentes, gente que muere en un pueblo que es un infierno grande. Parece que se acaba el mundo, para uno, para todos los personajes, y luego ese mundo se resiste a acabar y lo más duro de enfrentar se vuelve, precisamente, que continúe exactamente como si nada hubiera pasado. El tiempo que se niega, el tiempo que no pasa. Flores de plástico en un jarrón.

Por último, en “Cuento de Navidad”, se entremezclan en pequeñas viñetas y fragmentos la celebración familiar de navidad con la muerte de la Nona y otros parientes. Los fragmentos dibujan pequeñas rutinas, gestos que hacen de este grupo de personas una familia: “Mi tía Mary regala a cada uno de sus sobrinos, para sus respectivos cumpleaños, una torta de coco. No es una receta familiar. La aprendió de la televisión. Hace años.” Se mezclan los tiempos, con sus felicidades y traumas, con sus desconciertos, violencias y muertes, todo reunido en un terreno cotidiano: las flores que se roban de un jarrón luego de una cena familiar para ser dejadas a los pies de una tumba.

Flores nuevas es una colección de cuentos inquietante y que desorienta al lector de la mejor de las maneras. Cuentos que invitan a deleitarse, sí, pero también a perderse, a contener la respiración, a ser leídos con los dientes apretados.

Magistral.