Archivos Mensuales: diciembre 2014

Cuentos furiosos para bailar

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heroina-gabriela-bejerman-mansalva-17543-MLA20140701680_082014-FLeer Heroína, colección de cuentos de la argentina Gabriela Bejerman, es como ir a la mejor fiesta de tu vida. De esas en las que bailas hasta que te duelen los pies y pesan los párpados, en que llegas a casa con un cansancio feliz, satisfecho y en la que cantaste a los gritos (y con gestos, con coreografías, con voz cada vez más afónica) cada una de las canciones. Esas fiestas que te hacen creer que el mundo es un mejor lugar, que tal vez las cosas no están tan mal después de todo.

Son dieciseis cuentos en los que Bejerman se maneja con una pericia de francotiradora. Sus protagonistas son siempre mujeres algo incómodas con sus vidas, siempre en movimiento y pensando cien mil cosas a la vez. Y si bien hay historias amargas siempre están narradas con una cuota de humor, aunque sea virulento, aunque sea ácido y quede quemando todo a su alrededor. Es difícil pasearse por todos, pero hay dos que resaltan con gloria en esta colección: “Espejismos” y “Mi amigo Carlitos”. En el primero, una chica que no tiene planes para el verano y cuya relación amorosa va medio a los tumbos, es invitada por un amigo “ que se había pasado del marxismo al snobismo sin culpas” a una casa en la playa muy lujosa. Si bien acepta la invitación, desde el comienzo de la estadía se aprecia una como picazón frente a tanta diferencia de realidades y de historias. En un momento comenta: “…yo los veía como una empleada doméstica que está en el living con los invitados, y aunque no tenga uniforme se nota que la está pasando tan bien como los demás deberían estar pasándola.” Y también: “No podía abandonar el rol de la shikse, me ponía a lavar los platos apenas veía algo sucio en la cocina.” La estadía en la playa la ayuda a examinar sus recuerdos y proyecciones, y de paso odiar “a ese maldito estúpido que yo había dejado en Buenos Aires a ver si se decidía a amarme bien, cosa que nunca pasó, porque me amó, me amó como una bestia, pero sólo me amó mal.”

En “Mi amigo Carlitos”, que si fuera una canción sería de esas que se cantan en modalidad ritual catártico, la narradora, luego de un quiebre amoroso, empieza una relación ambigua con uno de sus amigos, de puro sola y desesperada: “Yo me dejaba hacer, pero no lo tocaba, porque ahí me daba cuenta de que esa piel no era lo que yo quería, ni se sentía como algo íntimo. Al contrario, si lo tocaba me ponía a pensar.” El relato fluye con rabia, con energía furiosa (“…yo era presa de una ofuscación violenta y cuando trajeron la morcilla me pareció que era el reflejo de la mala sangre que me hacía, negra y embutida en un vestido de cuero.”), hasta llegar a un final también furiosamente perfecto.

Los personajes de Bejerman son enormes y veloces (“Se aferraba a la noche con las garras de la música, no estaba dispuesta a soltarla.”), cabe el mundo en ellos, se mueven por la vida como en una autopista, o una montaña rusa. O, como dice la narradora de “Cuando te quedes sin nafta”: “Traía el gesto de alguien que cree que el mundo está puesto ahí sólo para pisarlo y avanzar.” Sin embargo, en medio del vértigo, tenemos a ratos una descripción delicada y perfecta, un momento de calma como el de “Querida”: “Suena el teléfono y sos vos, estás tan cerca que las palabras serían pura torpeza. Pongo el teléfono al aire para que escuches el río Mapocho, se oye? Sí, se oye, tu vocecita emocionada me da calor, lloro contenta, porque te conocí, porque las aventuras de la vida son intensas y sabias, no dudo y me entrego, somos voces quebradizas en un río que no para de fluir, lloramos un poco, reímos mucho, y a veces nos vienen las palabras como ríos…”

Los cuentos de Bejerman van de la intimidad de una relación amorosa a la violencia del desamor, la insolencia de los prejuicios y la ferocidad de la vida. Relatos donde animales, objetos y música se coordinan en una coreografía intensa alrededor de los personajes.

Y solo nos queda bailar.

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El fin de un lenguaje

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dept of speculation copyCuando se desarma una relación, se desarma también el lenguaje que la contiene, que la sostiene, que le da sentido. Dept. of Speculation, segunda novela de Jenny Offill (y por lejos la mejor novela que leí este 2014), se interna en la zona de desastre de un matrimonio, remueve escombros y conjura un relato tan cargado de belleza, tan insoportablemente conmovedor, que es imposible que el libro no tiemble en las manos cada tanto durante la lectura.

El nombre de la novela viene del propio universo de la pareja que se desarma. Cuando jóvenes, nos enteramos, ellos se enviaban cartas cuyo remitente era siempre ése: Department of Speculation. Eran cartas para ir armando un mundo y un lenguaje. Para contarse cosas, para imaginar futuros. Dice la narradora en la primera página: “Memories are microscopic. Tiny particles that swarm together and apart.” Y así se configura esta novela: de fragmento en fragmento, saltando de presente a pasado, de una cita a Kafka o a un artículo de periódico para luego detenernos en una reflexión de esas que quedan doliendo en el cuerpo entero. La honestidad es brutal y se pasea por sueños de juventud y relaciones pasadas. Transmite desde la zona de derrumbe. Transmite cosas como éstas:

“My plan was to never get married. I was going to be an art monster instead. Women almost never become art monsters because art monsters only concern themselves with art, never mundane things. Nabokov didn’t even fold his own umbrella. Vera licked his stamps for him.”

Y también:

“That one was so beautiful I used to watch him sleep. If I had to sum up what he did to me, I’d say it was this: he made me sing along to all the bad songs on the radio. Both when he loved me and when he didn’t.”

Pero la chica sí se casa y tiene una hija. De Monstruo del Arte pasa a ser una mujer de reflexiones amargas:”And that phrase – “sleeping like a baby”. Some blonde said it blithely on the subway the other day. I wanted to lie down next to her and scream for five hours in her ear.” Son pequeñas catástrofes cotidianas: las clases ya no le son satisfactorias, el mundo se hace pesado. Y la narradora sigue escribiendo, tratando de juntar las piezas de una memoria que se desarma:

“Sometimes at night I conduct interviews with myself.

What do you want?

I don’t know.

What do you want?

I don’t know.

What seems to be the problem?

Just leave me alone.”

La palabra especulación nos habla de hacer planes, de suponer, de apostar y arriesgar, pero también de reflejarnos como en un espejo. Y ese juego va hilando las reflexiones de la narradora: apostando a revelar, a salvarse (aunque sea un poco) a través de esa mirada al pasado, de detenerse y escribir el presente. Aunque duela:

“There is still such crookedness in my heart. I had thought loving two people so much would straighten it.”

Y también:”Some nights in bed the wife can feel herself floating up towards the ceiling. Help me, she thinks, help me, but he sleeps and sleeps.”

Offill navega con destreza los restos del naufragio. Y en medio del dolor también encuentra tesoros:”The thing is this: Even if the husband leaves her in this awful craven way, she will still have to count it as a miracle, all of those happy years she spent with him.”

No les cuento más porque corro el riesgo de transcribirles la novela completa. Porque si cada relación tiene su lenguaje y perderlo es parte importante de la catástrofe, la memoria y el arte también tienen el suyo, aunque esté en peligro:”What Rilke said: Surely all art is the result of one’s having been in danger, of having gone through an experience all the way to the end, to where no one can go any further.”

 

 

Belleza Oscura

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BEAUT_DARK_cover-fullBeautiful Darkness es , sin duda, el libro más perturbador que leí este año. Un cuento ilustrado de princesas de ojos grandes y preguntas lindas que salen del interior del cuerpo de una niña que acaba de ser asesinada en el bosque. Así, desde la primera página. Sin anestesia.

De la niña no sabremos mucho más – aunque todos los seres mágicos jueguen con sus cuadernos y hagan campamentos entre sus botas o dentro de sus ojos – y ni la princesa y el príncipe se comportarán como esperamos, ni los animalitos del bosque (porque acá los animales no llegan a cantar ni a ayudar precisamente…los animales son, bueno, eso: animales. Para bien o para mal). Cada página es más hermosa que la anterior, hasta llegar a un final que es para que la Tierra deje de girar un rato. Se trata de un relato incómodo, que pone al lector en una posición difícil: ¿dejarse embelesar por las acuarelas? ¿horrorizarse por la historia que se insinúa en ese cuerpo que no dice mucho? ¿cerrar el libro?

aurora BDBeautiful Dakness retoma la tradición de oscuridad que rodea desde siempre a los cuentos de hadas, con villanos que mueren de las formas más terribles, con héroes que sufren toda clase de dolores e injusticias, solo que aquí no hay lugar para las explicaciones y los castigos llegan con una brutalidad perturbadora. No hay más enseñanza o moraleja que la de enseñar a leer un libro incómodo, desafiando horizontes de lectura y expectativas. Enseñar a leer otra vez, empezar de cero.

Que no me parece poca cosa.

El universo en una esquina

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bronerDani Shapiro, en Still Writing -una de esas guías para escritores en las que una cae a veces – cuenta que, para empezar a escribir algo, es importante comenzar por una esquina, un rincón. Como en los puzzles. Encontrar esas piezas de bordes estrictos y desde allí adentrarse en el mundo del puzzle: con sus lagos y sus reflejos, sus edificios y sombras. Los cuentos de Abundancia de Cielo, de la escritora argentino-venezolana Martina Broner hacen algo parecido y distinto a la vez: si bien ofrecen un rinconcito de vida, una mirada de esquina, en ella se concentra todo el universo.

Se trata de trece cuentos, la mayoría muy breves, en los que cada palabra queda latiendo. En uno, “En el banquito del Jardín Botánico”, el narrador -un joven con un padre enfermo y que tiene como un bolsillito de felicidad el encuentro con una chica en un vagón de metro – comenta sobre su madre: “Pero a mamá siempre le confortaron los excesos, por eso en casa había dos de todo, para que nunca faltara nada: dos frascos de Mendicrim, dos paquetes de yerba, dos sifones en la mesa, dos hijos infelices.”(13) [No sé ustedes, pero yo leo una frase como esa y le pongo una nota mental de Do Not Disturb a la puerta de mi día y ahí me quedo leyendo hasta que termino].

Son cuentos de momentos, de instantes. En “Cuidados Personales” presenciamos la cotidianeidad de Belén, que trabaja depilando a mujeres. En “Abundancia de Cielo”, Carla y Felipe vuelven encontrarse, sin saber muy bien porqué, después de dos años sin verse. La reflexión es triste: “La distancia es una cosa curiosa. Felipe pensaba eso mientras manejaba hacia el pueblo de Carla. La distancia permite que las cosas terminen sin un final.” Y los personajes de Broner se mueven, a veces con facilidad, a veces con torpeza, por esos espacios sin final: atrapados en relaciones incómodas o con una confesión importante en la punta de la lengua, aterrados y fascinados a la vez por la posibilidad de la muerte, aprovechando de construir mundos y mentiras con la ayuda de la tecnología (en “Milú en la nieve”, el personaje principal deambula por distintos lugares de Nueva York sin estar (ni sentirse) nunca en casa, llamando a sus padres por Skype, preocupándose eso sí de recrear siempre el mismo escenario de fondo: “Cuesta mentirles. Pero peor sería que se preocuparan. Prefiero que piensen que sigo en Jersey, que sigo estudiando inglés.”).

Martina Broner conjura mundos con destreza. Su abundancia de cielo es también la abundancia del silencio de todo lo que no se dice, de la desesperación que puede esconderse en la conversación tensa dentro de un auto, o en las caminatas nocturnas por una ciudad que se odia con el alma.