Archivos Mensuales: abril 2015

Voraz

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trenmarinoEl Tren Marino, la nueva novela del escritor chileno Daniel Villalobos, es un libro chúcaro. Incómodo. No se sale indiferente de su lectura. Todo lo contrario: se termina machucada, adolorida de intentar la ilusa tarea de cerrar los ojos frente a la violencia inmensa y a la vez querer tanto seguir leyendo (me confieso una lectora cobarde frente a tanta sangre, tortura y explosiones); y conmovida frente a los gestos de generosidad de algunos de los personajes; una generosidad que nunca es totalmente feliz sino siempre rodeada de oscuridad. Y es que se trata de una historia de una generosidad oscura. Y la inquietud inmensa que queda de esa oscuridad sin moraleja. Al menos, no una que deje dormir muy tranquila.

(Advertencia: yo que ustedes, leo El Tren Marino de día).

La historia es escalofriante, aunque con momentos de humor que a ratos te hacen sentir culpable de reír en medio de tanta tragedia (en un momento de incendio y explosiones, una de las protagonistas recuerda la canción de Jerry Lee Lewis, “Great balls of fire” y ya no puede sacársela de la cabeza). Una historia de un libro que se traga niños (El Tren Marino), y una ilustradora (Helena) y una niña (Catalina) que quieren detenerlo y para ello viajan al sur. Pero también – pero sobre todo – es la historia de un país violento, que se remece producto de los recuerdos de su historial de violencia y dolor y que sin embargo se levanta y se levanta y se levanta, mientras el tren marino ruge circulando furioso por su interior. Como se comenta en la novela: “Chile era un país estrecho y perdido, un paredón de ajusticiamiento flanqueado por los muros de piedra viva de la cordillera y el mar oscuro y picado que jamás entregaba a sus muertos.” Y también: “Chile podía entonces y puede hoy ser recorrido de norte a sur siguiendo las huellas de la violencia.”

Siempre leemos con los ojos cargados de otros libros, de otras películas, oídos agobiados por canciones, y leer El Tren Marino, para mí, fue recordar The Babadook (la terrible y tremenda película australiana), así como también ese tren incesante y perturbador de Snowpiercer (con guiños a Tarantino en sus mejores momentos). El Tren Marino es como un Flautista de Hamelin en versión rock opera, con los niños siendo engullidos vorazmente por libro y máquina (que es a veces tren, a veces barco), niños que se pierden y se olvidan ( y que hacen eco de obras como Av. 10 de Julio Huamachuco de Nona Fernández o La Cruzada de los Niños de la Calle, de José Sanchís Sinisterra, solo que aquí, esa cruzada con raíces en el relato medieval, no es muestra de rebeldía sino todo lo contrario).

(“A lo largo del país, los niños despertaron en mitad de la noche  atacados por un terror nocturno. Y a lo largo del país, los padres encendieron las luces, mecieron cunas, entonaron canciones, inventaron cuentos y a veces incluso repartieron uno que otro correazo en el culo.”)

Y el libro ruge, vibra, explota entre los dedos. El libro duele.

Porque en medio de explosiones, tentáculos y cuerpos heridos, está la historia de Helena y su hijo Manuel. Y esa historia brilla con una luz extraña, como la de un metal brillando bajo el agua. Sumergida. Y esa historia recuerda – y el recuerdo molesta, incomoda, nos gustaría tanto apartar la vista – que el dolor de muchos a veces se olvida fácil; que el dolor de muchos a veces lo cargan unos pocos. Valientes, sí, pero atormentados (y con el papel como la única posibilidad de registrar otros futuros más amables).

La pesadilla en El Tren Marino es la violencia, pero también la memoria y la mala memoria de esa “pequeña pandilla de pueblerinos de memoria corta que se llaman a sí mismos los chilenos.” Porque, a fin de cuentas, como dice esta historia: Todos somos el barco.

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