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Ojos que miran al sol de frente

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animales

Para una niña que no es feliz, todos los días son el fin del mundo. O eso parece mostrar, con delicadeza y astucia, esta primera novela de la escritora colombiana Gloria Susana Esquivel. Inés, de seis años, escucha la radio y los rumores, ve la televisión, y todo parece augurar el fin de las cosas (“Pero acá nadie se tomaba en serio los rumores del Apocalipsis, pues había otras urgencias.) Hay profetas y mentiras, hay eclipses y una familia que funciona como un bestiario.

La niña misma busca conectarse con su propia animalidad para sobrevivir a las decepciones, la soledad, incluso la violencia. Así, dice cosas como:“Era Inés planta ornamental. Inés mascota. Inés animal de porcelana, perdida entre los infinitos rincones de la casa y sus silencios.” O, más adelante:“Era Inés pájaro clandestino. Inés estratega, Inés pico de cuervo invencible quien, junto con la fuerza de la pantera, derribaría la puerta prohibida.”

Las heridas de la narradora no vienen del odio sino de ese amor extremo que es a ratos la familia. El epígrafe que abre la novela, de Zacarías, dice: “Si alguien pregunta: ‘¿Qué son estas heridas que traes en el pecho?’, la respuesta será: ‘Son las heridas que me hicieron en la casa de quienes me aman.’” Y quienes la aman aquí son sus abuelos, con quienes vive junto a su madre, su padre que parece ir transformándose en algo distinto con cada visita, y María, la hija de la mujer que se encarga de la limpieza de la casa. Comenta al respecto: “Vivía con mi madre en la casa de los abuelos. Una confusa caja china en donde maté las horas infinitas de la infancia jugando a las escondidas conmigo misma.”

Porque es Inés quien cuenta la historia, desde esa extraña omnisciencia que puede tener una niña invisible que espía por los agujeros de las puertas, que se mueve por la oscuridad en silencio, convirtiéndose así en testigo de pasiones y secretos. Una niña que decide no hablar porque “Desde el momento en el que había aprendido a hablar, también había resuelto ahorrarme la mayor cantidad de conversaciones posibles.”

Hay en esta novela una particular claustrofobia. La niña le teme al mundo allá afuera y recorre y recorre la casa familiar como si fuera un museo: “Reconquisté esos territorios por los que los abuelos rara vez pasaban y que más bien parecían un cementerio de muebles incompletos.” Con cada recorrido, descubre nuevos miedos y violencias: como la escopeta que guarda su abuelo tras una puerta siempre cerrada, o el mismo abuelo, un hombre brusco a quien apoda “la bestia”. Aunque también hay otro miedo que realmente la aterra. En palabras de la narradora: “Lo que más miedo me daba era pensar que, así como cada uno de esos cuartos era una copia deslucida del salón principal, en la casa también existieran distintas copias de mí.”

Pero un día, otra tarde más que parece anunciar el fin del mundo, llega María a la vida de Inés y, con esto, la casa renuncia a su mutismo. Junto a ella Inés aprende un nuevo compañerismo pero también nuevas violencias, sensualidad y envidia. En un momento afirma: “Parecemos la ilustración de un libro de lengua extranjera que quiere enseñar lo que son los opuestos.” Con María practican dar besos en sus manos, intentan derribar la puerta de un armario y luego cuentan sus moretones, así como también juegan a disfrazarse de pájaros, de curiosas criaturas. Dice así: “Cuando nos poníamos esos disfraces éramos otras.” Para pronto agregar: “Junto a ella me sentía poderosa revoloteando libre por la planta baja. Ya no le temía a la casa.”

Frente a esta reconquista de los espacios, esa Inés que va mutando de planta ornamental a pájaro y luego a tiburón martillo y pantera, se opone el mundo de los adultos que nunca logra entender del todo la protagonista. Con una madre que vive con ella en un ambiente tenso e intenta rehacer su vida casi como un accidente, un padre que la adora y decepciona brutalmente al mismo tiempo, y unos abuelos que parecen tener como objetivo minar las confianzas y seguridades de todos a su cargo.

Dos momentos en que Inés describe a sus padres: “Mi padre era un animal noctámbulo y, durante el tiempo que pasé en su casa, tuve que aprender a adaptarme a las extrañas rutinas que hacían que su jornada transcurriera como si estuviera en otro huso horario.” Y también: “Mi madre, convertida en imponente accidente geológico, se mantenía indiferente al curso del agua que bordeaba las líneas de su cuerpo y continuaba entonando canciones de mujeres que prometían no volverse a enamorar o que se quedaban maullando bajo la lluvia.”

Animales del fin del mundo (2017) es una novela de anécdota sencilla en la que la bestialidad de los afectos sale a relucir con cada frase, cada imagen. Una historia que comienza con una protagonista que, en sus propias palabras, “[t]enía seis años y había perdido dos dientes.”, una criatura frágil a punto de quebrarse, para irse transformando, con paciencia y dolor, como todas las transformaciones realmente importantes, en una niña que saca garras, muestra colmillos y puede mirar enrabiada al sol de frente.

Con sumo placer

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unidasHace un par de años leí El Matrimonio, de Marina Mariasch, y quedé deslumbrada. Era una novela mínima, delgadita, que ya en su primera página te recibía con los dientes afilados Se trataba de una escena en la cual nos enterábamos, de todo lo que andaba mal en un matrimonio, por medio de la descripción de la rutina del lavado de ropa. Genia total. Luego leí su poesía y, el año pasado, después de mucho buscar, por fin pude leer Estamos Unidas.

Llevo meses queriendo escribir esta reseña.

Hace un tiempo me pidieron que escribiera una columna recomendando escritoras y hablé de este libro como un libro de cuentos. Luego leí, en entrevistas a la autora y otras reseñas, que se trata de una novela. No me arrepiento de mi etiqueta, en todo caso: si Estamos Unidas es una novela, se trata de una delirante novela en cuentos, en que cada uno de los relatos funciona como una unidad perfecta, un instante, una canción.

Escribo Estamos Unidas y el corrector quiere cambiarme a “Estados Unidos”. Es buena la equivocación y sirve de entrada a este particular libro. Porque Estados Unidos está en todas partes: como un paraíso plástico donde la gente se “brota”, el lugar del consumo y de la proyección de todos los sueños (americanos o no), y también pueblitos donde nieva todo el tiempo o bancos a los que va la abuela de la protagonista a sacar su plata en momentos en que la economía en Argentina no va nada de bien.

Son diez instantáneas en la vida de una familia en derrumbe. Dos hermanas, una madre, un padre que las abandona, y una abuela. Una de las hermanas es la encargada de contar todas las historias con un ojo despiadado, aunque como sin darse cuenta, con un humor que se entremezcla con lo políticamente incorrecto y lo francamente doloroso.

El primero, “Un reloj piromaníaco” abre con un gran comienzo. “¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran? En África hay cementerios de elefantes que solo ellos conocen donde se juntan a morir hasta que sus huesos forman trepadoras gigantes. ¿Habrá un cementerio para los caminos de hierro en espiral? Tal vez el Samba está en Santiago del Estero, las tazas en algún lugar de Itapúai, el barco y el pulpo en Necochea…

Ya eran los 90 pero todavía no lo sabíamos.”

En el cuento se entrelazan las vivencias de la protagonista, sus visitas al parque de diversiones, con las cartas que le envía su hermana desde un pueblito en Estados Unidos, muy cerca de Canadá – el lugar donde David Lynch filmaba Twin Peaks – a donde se ha ido de intercambio.

La anécdota del parque de diversiones sirve para meternos en la cabeza de la narradora. Así, dice de uno de los juegos: “Adentro era todo negro, como el futuro de casi todos nosotros, pero todavía no lo sabíamos, y agitábamos los brazos en el aire como si fuéramos libres.” O también: “Al final, el Laberinto del Terror era eso: encontrarte vos solo con tu propia soledad, tu cuerpo de carne y ropa tres talles más grande o más chica, tu incomodidad, como en la noche cerrada de un campo sin estrellas.”

El cuerpo es una constante fuente de ansiedad, tanto para la protagonista como para su hermana y su madre. En este cuento, por ejemplo, la narradora comenta: “Nos probábamos las ropas de las otras para medirnos el cuerpo. Entrábamos en el cuerpo de las otras. Mi hermana esta perdida en la nieve.” E Incluso, cuando la hermana por fin vuelve, se menciona que llega gorda y por ello no le avisa a sus amigas que regresó hasta que baja de peso vía dieta, ejercicio desesperado y laxantes.

Todo este contraste entre las hermanas es rodeado por la situación económica de argentina, que parece filtrarse entre sus vidas como esa canción que nadie escuchar. Así, oímos lo siguiente:“En Buenos Aires la hiperinflación era una bola gigante que recorría las calles rompiendo las vidrieras, aplastando los autos y las personas.”

El segundo cuento, “Propaganda” ya trae de lleno el tema del abandono y sus efectos en la vida de estas chicas. También en la madre: “Estaba mucho tiempo en el teléfono y tenía el cajón de la mesita de luz con miguitas de pastillas. Eran cuartitos de planetas chatos que se acumulaban en un rincón de la madera. Marte para la guerra, Venus para el amor, Libra para el equilibrio, Géminis para ser otra.” En otro cuento, más adelante, también se vuelve sobre el impacto del divorcio en la madre (“El nombre de un pájaro”): “Se pasaba horas en el teléfono con las amigas hablando mal de papá. Decía cosas terribles que yo había creído que solo pasaban en las novelas malas de canal nueve libertad. No se preocupaba porque no escucháramos, y circulaba al baño o a la cocina con los ojos de mapache.”

Frente a esto, las hermanas salen (“Mi hermana y yo empezamos a salir de noche. Estar en casa era más oscuro que la calle.”), se refugian en relaciones más o menos felices, más o menos plásticas, intentan domar sus cuerpos, aferrándose a la posibilidad del amor o la belleza como un salvavidas. Dice la narradora en un momento: “Un día decidí probar lo de los besos sólo por la emoción de probar. Empecé con un chico del colegio y enseguida noté el efecto químico que provocaba en mi cuerpo, y que el otro no tenía nada que ver con eso.” Y luego: “Lo del amor, falso o no, era una droga potente.”

Otros cuentos ponen el foco en la abuela. Así la describe la narradora en el relato “Atención al fenómeno”: “La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano.” En él, las niñas viajan junto a sus padres y abuela a Estados Unidos a recuperar unas platas guardadas para tiempos de emergencia. Dice la narradora: “Ahí entendí que los Estados Unidos eran un parque temático del mundo y que el tema era el entretenimiento. O la distracción, o la comida, o los demás países adentro de ellos, ellos mismos.”.

Hay cuentos que pasan rápido, canciones más livianas en medio de este disco, que sirven para aliviar el peso de momentos más brutales. Como en “Autoconocimiento” en que se muestra el plan de vender drogas en la escuela de dos amigos; o “Artes marciales” en que se cuenta la relación que la protagonista tiene con un compañero nazi llamado Adolfo. En este relato, sin embargo, la anécdota amorosa da pie para reflexiones sobre la política y el consumo como la siguiente: “La política había terminado, se había quedado atrás con su leyenda y su mito de chicos armados y valientes. A nosotros nos tocaba esto, consumir las mieles de la conquista, consumir. Éramos eso, consumistas de pop barato y ni siquiera la marihuana era nuestra porque se la habían fumado nuestros padres.”

El cuento “Mintió” comienza con: “Una temporada de cambio favorable vino con un verano en Brasil.” Lo que sigue son escenas de un verano con el padre y su nueva novia pero otra vez tenemos esa realidad económica que sigue a esta familia por todas partes, la posibilidad de cambio no como algo real, una transformación, sino como los vaivenes de la la economía, las fluctuaciones de ese cambio. O en “Agua de alibour”, también de un comienzo brutal (“Los que se iban eran los padres. La de los nuestros era la primera generación de padres que no había soportado la promesa del matrimonio”) se ven las consecuencias del abandono del padre en términos de dinero: “Las cosas trataban de seguir su curso habitual, las clases de inglés particular y psicoanálisis después del colegio. Pero la profesora y la psicóloga me empezaban a preguntar cuándo les iba a pagar”. El cuento sigue con los intentos de la protagonista por encontrar un trabajo de babysitter que se parezca a los de la tele.

Los dos últimos relatos vuelven al consumo y la atención a la madre, respectivamente. En “Escuela de shopping”, las dos hermanas y el novio de una de ellas, van a un centro comercial a hacer hora mientras esperan viajar a la nieve (su vuelo se ha retrasado). La reflexión es triste, el espacio de consumo se siente hogareño: “Estábamos muy lejos de casa, en un espacio que podía replicarse en cualquier lugar del mundo y hacernos sentir igual.”

Por último, “Las dependencias”, recuerda la cena de las hermanas y la madre en un restaurant japonés en Estados Unidos. Luego, años después, cuando uno parecido se pone en Buenos Aires, las hermanas insisten en ir con la madre sola, como una manera, piensan ellas, de mantener las formas, mantener a la familia unida. Pero no hay caso y el comentario de la narradora parece como arrastrar los pies al tratar de avanzar: “Quería que se arreglara más, que quedara de este lado de la reja. Pero mamá estaba en la bisagra de los 40 dando a entender que había llegado la hora de la siesta. Estaba cansada, o deprimida, un efecto parecido, y estábamos de viaje pero no se brotó. Simplemente se vistió cómoda y fea y salió así a la vereda de la vida, para que todos supieran que ella ya no peleaba ninguna guerra.”

Estamos Unidas es una novela en cuentos brevísima, que se lee con la velocidad de esos juegos de parques de diversiones por los que se pregunta la narradora. Un disco de canciones pop, de colores flúor que alivianan la carga pesada de ciertas historias y sentimientos, de escenas hermosas y una narradora astuta que parece estar siempre buscando algo que no sabe si va a algún día encontrar. La prosa de Marina Mariasch es un deleite, hace que lo cotidiano brille, duela, conmueva y sorprenda.

Un bestiario triste

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hienasAbundan las escenas animales en Hienas (2016), primer libro de cuentos del escritor chileno Eduardo Plaza (1982). Y digo animales y no de animales porque esa animalidad impregna también las interacciones de los personajes humanos. Así como hay gatos torturados por niños y luego lanzados en una bolsa al mar, hienas que devoran a un búfalo que aún está vivo o akitas que se comen a una niña de tres mascadas, también hay madres que acarician a sus hijos “como animales de compañía” o hermanos mayores que toman al menor por el cuello “como si fuera un conejo”.

Eso o mujeres que huyen de sus matrimonios “como perros atropellados” o que imaginan fantasmas de animales e insectos en una casa algo precaria.

Esta conexión se ve también resaltada por los títulos de los relatos que llevan ya sea el nombre de un personaje humano (“Teresa”, “Carolina Fellay”), su mascota (“Mariposa”), o hace alusión a alguno de los animales mencionados en la historia (“Hienas”, “Animales de compañía”).

Se trata de cuentos protagonizados por niños, en su mayoría. Hombres niños, muchas veces, que no tienen trabajo y se dedican a jugar videojuegos; a conversar con una ex en la cocina, dejando en paréntesis la vida del otro lado de la puerta (con una mujer y una hija pequeña).Cuentos de niños invisibles que miran el mundo arder. Niños que dejan de ir a clases y se dedican a deambular por la ciudad contando los pasos que demarcan los límites de sus mundos. Cuentos tristes donde no se asoma casi nunca el humor. Y, cuando llega la risa, es como un desgarro. Animal.

Niños que se equivocan, como el protagonista del cuento “Federici cree ser emperador” que, en un momento, le grita a su tío, que por ser el primero de diez hermanos no pudo terminar cuarto básico, que no sabe leer. Y si bien la cachetada que le dan al protagonista duele, la culpa y la vergüenza duelen mucho más.

Se trata de historias de una tristeza en volumen bajo, una que sigue al lector de relato en relato como uno de los animales de compañía mencionados en el libro. Cuentos que no terminan, se desvanecen, o bien le dan un giro brusco a sus finales, fuera de todas las expectativas.

Cuentos de niños que no saben lo que tienen.

O que lo que más tienen es miedo.

Eduardo Plaza crea mundos precarios, de frases breves. Lo animal llega como interrupción y correlato, como un recuerdo de la violencia que yace siempre agazapada en algún rincon. Como en el cuento “Mariposa” en el que Eni, una niña amiga del narrador, recibe de su padre una caja llena de pastillas que ella guarda para usar en caso de emergencia.

Con detalles precisos, Plaza pinta el paisaje del norte, con sus colores y decepciones. Así, dice de Tongoy, en el cuento “Teresa”:“El ostión, que prometió sacarlos de la pobreza, que pintó sus casas y compró a sus hijos zapatillas nuevas, se marchó dejando las balsas vacías y al pueblo juntando huiros.” O, en el cuento “Mariposa”: “Desde los cerros, la pesquera dejaba escapar el aliento podrido que nos siguió a mamá, a Camila y a mí. Lo llevábamos a todas partes, se quedaba con nosotros y nos abrazaba cuando queríamos dormir.”Y luego: “Se metía por debajo de las puertas, entre las fibras de las cortinas. Lo respirabas por la nariz, llegaba a tus pulmones y salía lentamente por tu boca y los ojos. El recordatorio. Vas a terminar acá, te gritaba ese olor, vas a terminar acá manejando estas máquinas, aprendiendo estas rutinas.”

Esa atención al olor va a ser una constante en estos relatos. Como si los mismos narradores confiaran más en el olfato que en la vista, un giro que también subraya lo animal, lo primitivo. Así, por ejemplo, en el cuento “Federici…” se lee lo siguiente: “En la calle de Avenida Ossandón 60 no había agua potable y tomábamos baños al interior de un estanque azul plástico, a cuyo olor, con los años, me volví deliciosamente adicto. A eso y al cuero gastado de los asientos de los colectivos.” O, en “Hienas”: “Yo le contaba que desde chico tenía una fijación con el olor a combustible. Ella, por el olor del agua del estanque de baño. A ambos nos gustaba el sonido que hacían las piedras al chocar contra el agua antes de hundirse.”

Son ocho cuentos que arman un mundo, que hilvanan una melodía melancólica. En “Teresa” un hombre joven comparte la casa de playa de su novia con la tía de ésta y sus amigas. La convivencia, que podría haber sido solo anecdótida, se enrarece producto de una instancia de violencia que lleva a una escena tristísima de silencio. En “Federici cree ser emperador” un niño recuerda el último almuerzo que compartió con su tío. El niño simula que sabe leer y el tío lo encara para terminar en un diálogo terrible. “Carolina Fellay” es una historia mínima, de una espera en un consultorio de una niña con su abuelo y un narrador que está perdiendo la vista antes de tiempo.

“Hienas”, probablemente el cuento más potente de la colección, cuenta la historia de Miguel Rodewald, un compañero de infancia del narrador quien muere muy joven, dejando a una viuda, Beatriz, de solo veinticinco años. Ambos se acompañan en el dolor. Como dice el narrador:“Conversaba con ella porque era imposible conversar con un muerto.” Sin embargo, la tensión que se va acumulando, con escenas que vuelven insistentemente sobre el pasado, acaban por sacar el cuento de eje, desafiando las expectativas del lector en un final de una belleza conmovedora.

En “Mariposa” tenemos a otro fingidor. El protagonista decide dejar de ir a clases y deambular por la ciudad, contando sus pasos (“Fueron meses de dormir y simular.”) y armando también una trayectoria que habla de decepción y desesperanza. Un mundo donde la tele se escucha clarito y los sueños con interferencia.

“Animales de compañía” es otra historia brevísima, casi una instantánea. Un hermano mayor que un día desaparece. Y el narrador se queda solo en una pieza de dos camas y las sábanas de rayas se sienten como serpientes. Lo mismo pasa con “A ti nadie te obliga” en que un niño prueba su suerte en un partido de fútbol y carga una bolsa de monedas que va tirando al río sin saber su valor.

Por último “Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel” vuelve a un narrador adulto que recuerda una frase común que tenía con su ex: “Con Paula teníamos un dicho en común, una frase que nos gustaba y repetíamos mucho: la armonía es un pacto.” La frase les sirve para reírse de las terapias de pareja, para dejarse notas, armarse y desarmarse, y va a ser esa frase la que los reúna en una conversación de cocina muchos años después.

Hienas es un libro áspero, triste, de relatos que imrpovisan mundos prontos a desvanecerse. Como dice en un momento uno de los narradores: “Supongo que asumía que si ella estaba sola, yo también lo estaba. Después de todo, ambos habíamos tomado esta ciudad prestada. Santiago. Y yo seguía habituado a que los amores y los amigos no tardaban mucho tiempo en desaparecer.”

Realismo brujo

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temporadaTodo libro impone, en mayor o menor medida, un ritmo de lectura. Si bien la decisión final es del lector, hay historias que conjuran una particular cadencia, a ratos una contemplación lenta, a ratos una narración vertiginosa. Temporada de huracanes (2017), segunda novela de la escritora mexicana Fernanda Melchor (1982), se lee con ritmo de avalancha. Desde sus primeras escenas, que nos muestran a unos niños que se encuentran el cadáver de La Bruja, ya carcomido y como sonriendo en un canal de aguas turbias, la historia adquiere velocidad de derrumbe, hilando puntos de vistas que se entrelazan, sucios, viscosos, llevándoselo todo a su paso.

En este tornado no hay Dorothy. No hay Oz ni el consuelo de que, a veces, no hay lugar como el hogar. Hay un coro de voces, sí, huracanado, de confesiones atolondradas, de plegarias donde la rabia se cruza con el deseo, la vulnerabilidad con el odio más oscuro. Familias que se desmigajan y se pegotean, un cuerpo que llama a otros cuerpos.

Tanto dolor, tanto miedo.

Así nos vamos enterando, en un caleidoscopio angustiado, de los hombres que se llevaron a La Bruja, personaje del pueblo algo misterioso que realizaba fiestas desatadas en su casa (“una construcción tan fea y repelente que a Brando le parecía el caparazón de una tortuga muerta mal sepultada en la tierra”) y ayudaba a las mujeres del lugar, especialmente a las prostitutas, a curarse de distintos males por medio de hechizos y ungüentos. También de los testigos de la escena, de las familias que rodean sus destinos, de las mujeres que se esfuerzan por sobrevivir en un escenario saturado de violencia.

Bajo todo esto hay un miedo profundo a lo desconocido, que está en los demás pero también es sentido por cada uno de los personajes (Luismi, Norma, Brando y tantos más), especialmente en relación con el sexo y el deseo. La Bruja se vuelve, así, ese monstruo que muestra todo lo que hay de horrible en los demás. Los secretos escondidos de los distintos habitantes, las murmuraciones, las formas de evadirse del sufrimiento por medio de las pastillas, el alcohol o la autodestrucción (“Qué chiste le veía el chamaco a esas porquerías era algo que el Munra nunca pudo entender: cómo era posible que alguien quisiera estar así como idiota todo el santo día, con la lemgua pegada al paladar y la mente en blanco como una televisión sin señal…”); familias que son retratadas como bestiales, mujeres que nunca quisieron hijos, mujeres que hacen de madres de otras mujeres, mujeres que se casan con hombres que no aceptan su homosexualidad y no entienden hasta dónde puede llegar el abuso. Pero sobre todo mujeres con una fuerza descomunal, animales en su forma de habitar sus cuerpos, de sentimientos y sensaciones desbordadas, extremas. Feroces.

(Escuchemos a una: “Este mundo es de los vivos, pontificó; y si te apendejas, te aplastan. Así que tienes que exigirle a ese chamaco cabrón que te compre ropa. No te me apendejes, que así son todos los hombres: unos pinches huevones aprovechados a los que hay que andar arreando pa’ que hagan algo de provecho, y lo mismo ese pinche chamaco; o te pones verga o si no el dinero se lo va a gastar en pura droga, y al rato de pendeja te quedas tú manteniéndolo, Clarita.”)

Temporada de huracanes es un libro doloroso. Su prosa golpea, con violencia, insultando a los personajes y salpicando de amargura para todos lados, dando la impresión de un ambiente condenado, sin lugar para ningún tipo de luz, hasta que alcanzamos las últimas páginas en las que algo se puede entrever: un resplador tímido. Y es que la muerte, las muertes, que retrata esta novela, son muertes que no significan el fin de nada. A lo más una pausa, un instante para tomar aire, antes de seguir despeñándose. Como se afirma en un momento: “Dicen que la plaza anda caliente, que ya no tardan en mandar a los marinos a poner orden en la comarca. Dicen que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados, embolsados que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades. Muertos por balaceras y choques de auto y venganzas entre clanes de rancheros; violaciones, suicidios, crimenes pasionales como dicen los periodistas. Como aquel chamaco de doce años que mató a la novia embarazada del padre, por celos, allá en San Pedro Potrillo. O el campesino que mató al hijo aprovechando que andaban de cacería y le dijo a la policía que lo confundió con un tejón, pero ya se sabía desde antes que el viejo quería quedarse con la mujer del hijo y que hasta se entendía a escondidas con ella.”

Una novela que a ratos recuerda esa oscuridad alucinada de David Lynch, un coro delirante de Furias, un cuerpo que desea y se rompe.

Brillante.

Un futuro incómodo

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los cuerpos

Es bueno tener otra vez cuerpo, aunque sea este cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere, y salir a caminar por la vereda para sentir la rugosidad del mundo.”

Así comienza Los cuerpos del verano (2012), primera novela del escritor argentino Martín Felipe Castagnet (1986).

Quien narra es Ramiro, un hombre que ha muerto hace ya varios años y que decide volver a un cuerpo luego de un largo tiempo en “estado de flotación”. Es en este nuevo cuerpo de mujer que vuelve a su vida, una en la que su esposa se casó con otro y tuvo una familia, una de sus hijas, Vera, sigue en estado de flotación en internet, y su hijo, Teo, ha envejecido y ha decidido morir. También está Gales, su nieto, su mujer, Septiembre, y sus bisnietos que parecen dedicar todo el tiempo a jugar sofisticados torneos de realidad virtual.

Ramiro, o Rama, forma parte de las primeras generaciones que decidieron dejar de morir, algo que lo vuelve casi una reliquia en los tiempos que corren. Dice el narrador: “Crecí cuando todos los viejos se morían; cuando estaba por morir, me convencieron de que podía no hacerlo; cuando regresé a la vida me regresaron la juventud. Ahora me resulta imposible aceptar que alguien pueda desaparecer y que esa persona sea mi hijo.”

El protagonista tiene un plan muy concreto: quiere conocer a la familia de su ex mujer y vengarse de un viejo amigo, aunque, según él mismo afirme, tal vez ya la venganza no tenga sentido en un mundo donde no existe la muerte. Con esfuerzo, logra encontrar a una de las nietas de la segunda familia de su ex, una joven llamada Azafrán que está obsesionada con los árboles genealógicos, y a su amigo de antaño, quien ahora se dedica a traficar órganos en una hielera inmunda.

Castagnet delinea con pericia este mundo extraño. Es una novela breve donde no hay mucho espacio para descripciones innecesarias o exceso de ambiente. Los distintos personajes están o no quieren estar en sus cuerpos y eso ya es suficiente miseria. Y de la libertad, o aparente libertad de no poder morir y tener la posibilidad de cambiar de cuerpo, pasamos al mercado negro donde se venden órganos en mal estado, el costo altísimo de los cuerpos (los más caros: los de mujeres jóvenes) e incluso una clase de personas que siguen vivos en cuerpos muertos, denominados “panchamas”.

Castagnet configura una realidad bizarra de reglas firmes, inmisericordes, en la que los muertos son “quemados” en cuerpos nuevos mientras los cementerios van quedando en las ciudades como museos. Dice el narrador: “Cada cuerpo puede tener una vida útil de hasta tres habitantes en promedio hasta que se deshace; recién entonces se creman. También hay quienes se comen los restos. La única condición legal es ser pariente directo del muerto y que haya sido autorizado en el testamento vital. Supongo que esto es el futuro.”

También hay problemas de “uso” y nuevas consideraciones del lujo. Sigue el narrador: “La regla general sostiene que a mayor ingreso por año existe menor respeto por el cuerpo. Los millonarios que se prenden fuego a lo bonzo solo para que nadie pueda reutilizar sus cuerpos parecen haber creado una tradición tan sólida como el caviar.”

Los cuerpos pueden acceder a sus muertos, otras personas en estado de flotación a través de internet. Una nueva comunidad en la que “[e]xiste una empatía(…)así como la puede haber entre sordos, entre científicos de la misma rama, entre fanáticos de una misma película; somos veteranos de una guerra que se extiende durante una guerra infinita”. Todo esto en medio de escenas en las cuales aparecen animales insólitos en el baño (Gales es veterinario), los bisnietos matan al bisabuelo, una y otra vez, en sus escenarios virtuales, y Rama avanza de habitación en habitación cargando una batería incómoda. Un mundo en el que Teo, con la mente ya ida, no puede entender que su padre sea una mujer y luego un hombre de raza negra.

En esta novela, los cambios de cuerpo ponen en jaque no solo la idea de individuo sino también la de familia. Si la mente ya no muere nunca, ¿qué tanto puede decir o no de nosotros la materialidad de los cuerpos? Así, afirma el narrador respecto de sus bisnietos: “No entienden muy bien quién es abuelo, quién tío, quién bisabuelo; las viejas etiquetas les deben parecer espesas e imprecisas. Son la última generación; en adelante no habrá generaciones sino multiplicaciones, hacia arriba y hacia abajo, hacia una nueva estructura lateral.”

La muerte sigue existiendo en este mundo, pero la vida se deforma. Hay gente que se suicida para probar otros cuerpos, el amor muta de forma animal. En un momento el narrador comenta: “La muerte continúa existiendo; lo que desapareció fue la certeza de que todo termina más tarde o más temprano. Hay tiempo para raparse y para mantener las canas, para embarazarse y para torturar, para salir campeón del mundo y para reescribir la enciclopedia. Con paciencia, una única persona podría construir una pirámide; con perseverancia, otra única persona podría derribarla. Supongo que eso también es el amor.”

Martín Felipe Castagnet se asoma a los límites de lo animal, lo humano, lo tecnológico con una prosa afilada. Internet es descrito como una medusa, un ser “traslúcido, inestable, viscoso”; la tecnología como un caballo (“La tecnología no es racional; con suerte, es un caballo desbocado que echa espuma por la boca e intenta desbarrancarse cada vez que puede. Nuestro problema es que la cultura está enganchada a ese caballo.”) y, en un giro astuto e inesperado, los cuerpos del verano dejan de reducirse solo a las personas. Como menciona ya casi al final Moisés, uno de los personajes: “Quizás haya personas que siempre debieron ser pulpos; quizás cada uno tenga inscripto en sus genes el verdadero animal que uno debería ser, y el humano es una opción más entre tantas otras.”

Sin duda una novela brillante.

Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?

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humo

Hubo un tiempo en que traté de reescribir Pedro Páramo, de Juan Rulfo, usando banderitas post-it. Todos los días, antes de ponerme a trabajar en mi tesis, me sentaba en el suelo y empezaba a formar las letras.

Vine a Comala

porque me dijeron

que acá vivía mi Padre.

Luego de formar las palabras, venía la foto.

Un tal Pedro Páramo.

Debo reconocer que no llegué muy lejos, apenas un par de páginas. Luego, claro, había que escribir esa tesis. A veces dejaba las frases en el suelo durante todo el día y pasaba frente a ellas camino a la cocina y de vuelta al futón en el que trabajaba (nunca he sido muy amiga de los escritorios). Pero siempre se quedó conmigo la idea de que ese libro obligaba a lecturas distintas. O, en realidad, la idea de que los libros favoritos siempre exigen diferentes formas de habitarlos. En mi caso, nunca me bastó con solo leer Pedro Páramo. Vinieron las banderitas, sí, pero luego, cada vez que me ha tocado enseñarlo en clases, ha vuelto esa sensación. Así, he hecho que mis alumnos escuchen una grabación de las primeras páginas, con la luz apagada, y entonces llegue Juan Preciado a ellos, primero, como voz. En una novela sobre murmullos y confesiones terribles, empezar por el sonido. También, los he hecho transcribir los primeros párrafos. Que sientan lo que es poner sobre la página cada una de esas palabras. Que no sea solo la vista, o el oído, poner a trabajar las manos.

A veces les recito las primeras dos páginas, que me sé de memoria. Y a veces me quedan mirando como a una loca.

Por eso, leer Había mucha neblina o humo o no sé qué se siente tan familiar. Porque en él, en el estudio minucioso y creativo de Cristina Rivera Garza sobre la vida y obra de Juan Rulfo, se encuentra ese deseo de superar la lectura o bien de devolver la lectura al cuerpo y el deseo al trabajo académico. Como dice en una de sus primeras páginas: “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”.

Y también: “Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti.”

En el libro de Cristina Rivera Garza, Rulfo y su literatura se lleva al cuerpo, se lleva en el cuerpo. La autora recorre los lugares en los que vivió y trabajó Rulfo y con eso ensaya una forma de leer distinta (“…cuanto más sondeaba la topografía y tentaba los relieves de este sólido celeste, más entendía que los libros crean lazos de reciprocidad con el mundo que sólo pueden confirmarse en o a través del cuerpo”), una tarea que la escritora mexicana ya había comenzado antes, en su blog, Mi Rulfo mío de mí, en el que intervino la obra del escritor mexicano, con colores, con tachaduras.

Rivera Garza recupera al Juan Rulfo que viene antes, durante y después de la escritura. Un Rulfo mientras. Que escribe mientras se gana la vida, mientras su país, México, va cambiando y se asume como moderno. Que saca fotos y trabaja vendiendo neumáticos. Que sube cerros, que se mueve. Un Rulfo en movimiento. Porque, como comenta la autora: “Hay escritores que se sientan y hay escritores que caminan. Rulfo era de los segundos. Todos leen, de preferencia vorazmente, pero no todos leen el mundo con el cuerpo. Mejor dicho: con los pies. Hacerlo, darle valor a esa parte del cuerpo que perdió la batalla contra el prestigio de la mano, el intelecto y la posición erguida, nunca fue, como no sigue siendo, una elección arbitraria o inocente.”

Como propusiera alguna vez Ricardo Piglia, Rivera Garza intenta aquí una historia material de la literatura, de Rulfo. Ver de qué forma las condiciones materiales afectan la obra rulfiana porque, como comenta ella, “[e]n efecto, entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida.”O, como afirma en otro momento: “Lo que pasa es que yo trabajo, había dicho Rulfo, casi sin pensarlo, cuando trató de explicar cómo fue concibiendo y estructurando su obra. Tal vez en esa respuesta impensada, en esa respuesta casi automática, haya más verdad de la que hemos estado dispuestos a conceder.”

Y Juan Rulfo hizo y fue muchas cosas. Fue vendedor, fotógrafo. Fue turista y ayudó al turismo (“estuvo a cargo de reunir el material necesario para crear una de las primeras guías turísticas de carreteras del país.”); preocupado de ver y mostrar. De ayudar a mostrar (“Se trataba de publicaciones hechas no sólo para apoyar material e ideológicamente la construcción de carreteras, sino también, acaso sobre todo, para producir la idea misma de una nación.”). De acercarse también a la realidad indígena (“Lejos de detenerse en consideraciones esencialistas que tanto han privilegiado el ‘alma’ de los pueblos originarios o la diferencia inmanente del indígena, Rulfo se concentró en sus procesos de trabajo, especialmente el trabajo colectivo, también conocido como tequio, en tanto ‘formidable modo de producción’ y modo ‘solidario y orgánico’ de producir comunidad.”). Rulfo se fascinó con la idea del tequio, de los mixes, la idea del trabajo como algo que conecta a los humanos con la tierra y sus procesos.

Y frente a esta insistencia en la materialidad de Rivera Garza, también está el ojo experto, el oído atento, a la obra de Rulfo, especialmente Pedro Páramo. La autora se acerca a esta novela con atención pero también con intención creativa. Llega a habitarla y a abrir ventanas, para que circule el aire, para que vuelvan a oírse los murmullos. Como comenta en un momento: “El lector tendrá que oír los ecos de los idos justo de la misma manera en que atraviesan el cuerpo de Juan Preciado. El lector de Pedro Páramo tendrá que ser, en este sentido, también y, sobre todo, su personaje más sentido.”

Juan Rulfo nace en una pequeña localidad de Jalisco, queda huérfano y se va a vivir a la Ciudad de México. Y dice Rivera Garza: “Los textos rulfianos son, por decirlo así, urbanos. O mejor aún: los textos rulfianos son, sobre todo, textos en proceso de migración. Van como alma que lleva el diablo sobre las recién fundadas carreteras. Avanzan a una velocidad portentosa, así es. Escudriñan el territorio mientras lo fundan.” Y, un poco más adelante: “No por nada la primera frase de aquel texto fundacional incluye una indicación de movimiento y una indicación de procedencia. Vine. De un allá a un aquí. Vine a importa más que vine de. Los migrantes sabemos eso.”

Textos en proceso de migración sí, pero también textos con el corazón roto o a punto de romperse. Como afirma también la autora: “Toda historia es una historia de amor. Y toda historia de amor es, sobre todo, un amor a la historia. Pedro Páramo, la muy leída y muy interpretada novela que Juan Rulfo publicó en 1955, es una historia de amor: una historia rota y un amor no correspondido. Mejor decir: un amor no correspondido y una historia en forma de una interrupción.”

Y luego: “Una historia de amor imposible precisa de una enunciación imposible.”

Cristina Rivera Garza se detiene en todos los ecos. Como la forma en que Rulfo apuesta, tal vez, por una forma distinta de representar el género: “Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo no sólo consigue cuestionar cualquier entendimiento fijo o sedentario de lo que es la identidad en general, sino que también trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género.”

Estamos ya acostumbrados al concepto de escritura creativa (algo que siempre me ha llamado un poco la atención: ¿no es acaso toda escritura creativa?) y sus programas académicos. El libro de Cristina Rivera Garza trae consigo la propuesta de una lectura creativa, de una lectura o investigación académica creativa: encontrar temas nuevos para investigar, en lugar de recorrer los caminos de siempre; abrir nuevas ventanas, imaginar, sí, y con todos los sentidos. En sus palabras: “Tengo que confesarlo ya: mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto. Nada más; nada menos. Pero la lectura, como se sabe, es una relación horizontal y abierta, Aún más: la lectura es una relación de producción y no una de consumo. La lectura es imaginación, ciertamente, o no es. O no será.”

Dice Cristina Rivera Garza que “Rulfo se refirió varias veces a Pedro Páramo como ‘una novela de fantasmas que toma vida y después la vuelve a perder.” Y que “[s]u legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos.” Había mucha neblina o humo o no sé qué da nuevas vidas a un texto inmenso, da claves a misterios y propone otros nuevos. Termina con un capítulo escrito en mixe, un momento para sentirnos también, como lectores, extranjeros atentos al murmullo de una realidad extraña. Es un trabajo astuto y hermoso, que le devuelve al acto de lectura su capacidad de imaginar y cambiar las cosas, justo cuando ya pronto se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo.

Y, así, seguiremos viniendo a Comala.

Y vendremos “porque nos dijeron”.

Vendremos para ya no irnos más.

( “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”)

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De mis tiempos de locura doctoral.

Síndrome Wakefield

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la-desaparicionEn uno de mis cuentos favoritos de la vida, “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne, un hombre decide perderse. Se trata de una desaparición simple: removerse de su vida, de su mujer de muchos años, para vivir a solo un par de cuadras de su casa. Wakefield, así, puede observar su vida desde afuera: la vida de lo que se desarma y de lo que se queda. Sin embargo, luego de muchos años, se decide a volver. El narrador lo deja en el momento en que abre la puerta de su casa, con la sonrisa de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero, por ese gesto, nos dice, por ese simple movimiento, Wakefield arriesga volverse un exiliado del universo.

En La Desaparición del paisaje, del escritor boliviano Maximiliano Barrientos, tenemos algo replicado el gesto de Wakefield solo que aquí se encuentra cargado por la presencia de la muerte. Vítor, el protagonista, se va a Estados Unidos por diez años, dejando atrás a Laura, su novia de entonces y a su padre que muere en el intertanto (y él ni siquiera entonces regresa). Cuando lo hace, el peso del pasado le pega de golpe en el rostro, un pasado que no se deja domar y que se queda guardado, en primera instancia, en los objetos.

Todo puede pasar pero los objetos quedan parece decirnos la novela de Barrientos; son los objetos los testigos de un pasado que los personajes humanos prefieren guardar en silencio. Así, por ejemplo, empieza la segunda parte de la historia: “Abracé a María y miré las sillas del living y me di cuenta de que fue en una de ésas: allí encontró muerto a mi padre una mañana de 2003.” Y la memoria se vuelve un inventario: “Su ropa y las botellas quedaron. Los zapatos que usó, las billeteras, los encendedores, la máquina con la que se afeitaba. Cosas que podían ser amontonadas, coleccionadas, metidas en un baúl. Lo mismo sucedió cuando mi madre murió en 1989, cuando yo tenía nueve y Fabia seis.”

Frente a esta memoria en objetos se opone una insistencia en lo sonoro como un repositorio de una memoria evanescente, espectral (“En el bar sonaban viejas canciones de los 80, canciones que cuando llegamos a ellas ya eran viejas, pertenecían a otra generación, pero las hicimos nuestras, las adoptamos como himnos de una guerra sosa que cada quien peleó a solas” (…) como si el bar, como si Santa Cruz entera, fuera un museo de canciones que en otra parte, en las ciudades de verdad, ya no escuchaba nadie.”) e incluso la madre es descrita como un sonido (“Mi madre muerta es bulla”) y un paisaje siempre a punto de desaparecer. De alguna forma, la insistencia en lo sonoro habla de otro tipo de presencia: una capaz de atravesar espacios y tiempos; voces del pasado que sobreviven en canciones que no cambian

El regreso a Santa Cruz trae consigo el reencuentro con el mejor amigo de la juventud, Alberto, y la reparación de un trauma (ambos fueron testigos de la violación de una compañera de escuela); así como también la oportunidad de retomar una relación con un viejo amor (con el que solo se quiere presente y nunca futuro).

Pero Vítor también es tajante para hablar de aquellos que se quedaron. Dice: “Se habían convertido en adultos, tenían heridas psicológicas, hipotecas, disfunciones sexuales, amantes dispersas, una mujer que producía hijos, un esposo que se ausentaba por viajes y llamaba tarde en la noche cuando se sentía culpable luego de cogerse a una puta cara. Todos estaban atontados por la bulla y el alcohol y la retórica de la pertenencia.” Aunque los que se van también están cargados de fantasmas, según el narrador: “En los lugares que estuve conocí a hombres que también se habían ido. Abandonaron a sus mujeres, a sus hijos. A veces, cuando estaban borrachos, sacaban viejas fotografías y las asentaban en la barra y contaban historias” (…) “La luz de los reflectores borraba las facciones de los jugadores y por momentos parecían fantasmas, siluetas hechas de electricidad y humo.”

Hay vidas invisibles que se tejen en el espacio de lo que no pasó. Y esos son otros fantasmas que quedan doliendo. Como los celos de Joaquín, el marido de Laura que, una vez enterado de la infidelidad de ella con Vítor, le da una golpiza a este último: “De pronto, Joaquín se mostró como lo que de verdad era, un sujeto triste, enamorado de una mujer inalcanzable en muchos sentidos, una mujer que arrastraba una soledad vieja. Me miraba como si quisiera encontrar lo que hubo antes entre Laura y yo, no sólo en aquellas semanas en las que nos convertimos en amantes, sino qué pasó cuando fuimos cortejos en el colegio, antes de que él la hubiera conocido, antes de que yo cometiera la locura de irme a Estados Unidos. Como si esa vida que yo tuve con su mujer siguiera en alguna parte, invisible, convertida en una música silenciosa que lo excluía. Como si con la golpiza que me habían dado pudiera erradicarla de mi cerebro para siempre”

Como el Juan Preciado de Rulfo, el protagonista de La desaparición del paisaje vive atormentado por los murmullos. Como si pertenecer – a un país, a la familia, a una pareja– fuera sintonizar una antena para llegar a esa canción que tal vez, sólo tal vez, pueda traer la tranquilidad. A Vítor, claro, no lo matan los murmullos. Aunque está cerca. Y Maximiliano Barrientos indaga con precisión y enorme belleza en todos los recovecos de ese rumor que parece repetir, una y otra vez, la misma imposibilidad del regreso.

La memoria como esa música que nunca se va.