Archivos Mensuales: septiembre 2014

Cuentos para habitar

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la olaUno se va a vivir, por temporadas más o menos largas, a los libros que lee. Uno se acurruca en frases, se arropa con descripciones, se sienta a tomar una taza de té a la sombra de algún diálogo. En un libro de cuentos, por muy maravilloso que sea, siempre tenemos – o yo, al menos tengo- una actitud de Ricitos de Oro, buscando la cama apropiada que nos abrigue perfectamente, la silla que nos contenga, la sopa que nos reconforte (o tal vez nos despierte, quemándonos la lengua).

(Un buen libro de cuentos nos invita a habitarlo).

En La Ola, nueva colección de cuentos de la escritora boliviana Liliana Colanzi, esto me pasó con “El Ojo”, “La Ola” y “Vacaciones Permanentes”: cuentos para quedarse a vivir, para explorar con asombro o franco terror, relatos para deslumbrarse. En el primero, una chica “que no sabe desobedecer” sufre las continuas invasiones de su madre en su mundo privado (“Quería graduarse con honores para después postular a un doctorado en el extranjero y así alejarse para siempre de la estricta vigilancia de su madre, de su Ojo que lo abarcaba todo.” (41)). En “La Ola” el pueblo de Ithaca, en Estados Unidos, es visto por la protagonista como siendo devorado por una ola que tiene a los estudiantes saltando de los puentes o abrazándose a los frascos de pastillas, mientras ella lidia con sus propios demonios. Comenta la narradora: “La Ola llegaba siempre de la misma manera: sin anunciarse. Las parejas se peleaban, los psicópatas esperaban en los callejones, los estudiantes más jovenes se dejaban arrastrar por las voces que les susurraban espirales en los oídos. ¿Qué les dirían? No estarás nunca a la altura de este lugar. Serás la vergüenza de tu familia. Ese tipo de cosas. La ciudad estaba poseída por una vibración extraña.” (105). “La Ola” es una maravilla de cajas chinas o muñecas rusas, una historia que guarda muchas historias, de aparecidos, de venganzas, de infancia.

En “Vacaciones Permanentes” una joven se va con su mejor amigo de vacaciones a su propia ciudad. Se registran en un hotel y pasan así un par de días (“Se acostaban en la misma cama, de espaldas y un poco avergonzados, como un matrimonio viejo.” (50)).Pero Analía tiene un secreto y estará en él tratar de encontrar una solución.

El resto de los cuentos también brilla en medio de estas tres geniales estaciones de lectura. “Alfredito” cuenta la historia de la muerte de un amigo de la narradora, un niño que se aparece a una de sus compañeras asegurando que va a volver y generando expectativa entre sus amigos: “La muerte de Alfredito nos daba un aire de suspenso y algo parecido al entusiasmo, como si esperáramos la sorpresa en una fiesta de cumpleaños. Había algo chocante y raro en estar reunidos un día de semana a esa hora, vestidos como para una fiesta, rodeados de adultos y crucifijos, y por causa de Alfredito.”(17)

En “Retrato de Familia”, un fotógrafo intenta sacar una foto familiar antes de que muera la matriarca, mientras, como lectores, nos vemos enfrentados a un entrecruzamiento de voces que hablan de la maldad de esta madre (que amarraba las manos de su hijo para que no se tocara por las noches) y un nieto cargado de resentimiento. En “Meteorito” nuevamente un personaje enfermo trae consigo profecías de regreso y fin de mundo, mientras el protagonista trata de pasar sus noches de insomnio distrayéndose en maniobras de limpieza. “Eso sí, su mujer no sabía de sus vagabundeos nocturnos, de las noches en que la energía mala era tan intensa que empezaba a barrer el piso o se tiraba a hacer lagartijas en el suelo hasta que el alba lo encontraba con el corazón enloquecido.” (72)

En “Banbury Road” volvemos al personaje de Analía, quien ahora trabaja en un restaurante y se siente incómoda en su vida, como vistiendo una talla menos de la que le corresponde (“No se puede dejar todo de un día para otro, contesta bruscamente, y su propia vehemencia la toma por sorpresa. ¿Qué es todo?, dice el rubio, pero ella no lo entiende. ¿Qué es todo lo que tienes que dejar?, repite. Ella se sonroja y no sabe qué decir.” (90)). Junto a ella está su novio Paul, quien no se atreve a hacer preguntas porque “tiene miedo de escarbar, de enterarse de detalles que podrían hacer trizas la imagen de esa Analía, su Analía, la única que conoce y quiere conocer.” (96)

El talento (inmenso) de Colanzi está en ese ojo que, a diferencia del que da nombre a uno de sus relatos, observa la vida con inteligencia y gentileza a la vez, no dejándose engañar por apariencias sino que desnudando a sus personajes de a poco, con curiosidad y confianza, mostrando a ratos sus luces, a ratos sus sombras y miedos. Se trata de personajes complejos, de historias que exploran el lugar de lo siniestro en lo cotidiano y los chispazos de belleza presentes en la rebeldía y la locura, o bien personajes enfermos y otros que se sienten “fallados” o como poseídos por una energía mala (dice la protagonista de “La Ola”: “Sin embargo, algo malo debió habérseme metido esa noche, porque desde entonces comencé a sentir que mi cuerpo no estaba bien plantado sobre la tierra.” (114)). Padres y madres que o bien están ausentes y no preguntan nada o se convierten en un Ojo tóxico que todo lo ve e invade. Un ojo que examina dinámicas familiares venenosas, que entiende el poder de las expectativas y del pasado en personajes que van a los tumbos pero que se caen para levantarse una y otra vez. Con las rodillas más o menos ensangrentadas.

Una ola avasalladora.

Decisiones tomadas en un zoológico

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Captura de pantalla 2014-07-28 a la(s) 20.49.28Una mujer se sienta en la banca de un zoológico para tomar decisiones. Es lo que siempre hace: correr a refugiarse entre las jaulas de los animales como una forma de combatir lo que ella llama su “resaca existencial” (“….siempre vengo acá cuando veo que todo se desencaja y que no hay quien lo entienda”.). En esta oportunidad, la decisión involucra dejar su ciudad, Buenos Aires, para irse con su pareja a Entre Ríos. Por un lado, dejar la ciudad la complica, por otro, ya casi no puede dormir por las noches pues una pareja de vecinos se dedica a tener sexo todos los días, puntualmente, a las tres de la mañana. La ida al zoológico se convierte entonces no solo en una oportunidad para pensar sino también para dormir. En realidad, para la narradora, todo últimamente se ha vuelto una oportunidad para dormir. Y así comienza esta novela: “Últimamente duermo cuando y donde puedo: veinticinco minutos en un viaje en subte, hora y cuarto en un colectivo; cuarenta minutos en la mesa esquinera de un bar…”

Desubicados, novela de la argentina María Sonia Cristoff recientemente publicada por la editorial Laurel explora esa sensación de estar incómodo en el propio lugar (sea la casa, la ciudad, o la propia vida), de sentirse en el lugar equivocado o, al menos, cuestionárselo, con la brújula que apunta a todas partes o ninguna. O que, en el caso de la protagonista, al menos, cada cierto tiempo, apunta hacia el zoológico. Desubicados también como un insulto, alguien que desborda su lugar, que se sale de sus casillas, que no sabe estar/mantenerse en su lugar (como los vecinos que, con su intimidad tan puntual están al borde de enloquecer a la narradora) o como los mismos animales del zoológico, tan fuera de lugar, fuera de hábitat, en sus jaulas en medio de la ciudad.

La novela es breve y avanza con ritmo apacible. Si bien las reflexiones de la narradora son intensas, profundas y se van degustando de a poco, no faltan en ellas también los chispazos de violencia, como esos tigres o leones que un día, de improviso, reciben la mano de sus guardianes con un mordisco. El mundo de los animales (como la historia de la protagonista) no es un mundo para la contemplación tranquila (por mucho que la novela evoque esa imagen con la narradora muy sentadita en su banca), es un mundo que duele, en el que la erudición literaria (con referencias a Coetzee, Kafka, Highsmith y  algunos relatos de otros escritores sobre animales) da paso a las reflexiones punzantes o imágenes francamente brutales (¿bestiales?) de ciervos con los cráneos destrozados de tanto azotarse de desesperación producto del ruido de la vida de ciudad al que no están acostumbrados.

El mundo animal (y las instituciones que los contienen y estudian)sirve también como fuente de imágenes para las reflexiones de la narradora. Así describe el momento en que ella, su pareja, y un ingeniero (al que le piden soluciones para disminuir el ruido) esperan que comiencen los gemidos de las tres de la mañana: “De pronto nos vi a los tres ahí, como esos fotógrafos subvencionados por la National Geographic que tienen que pasarse días y días detrás de un árbol esperando el momento exacto en que el cocodrilo abre la boca para comerse al antílope que justo fue a tomar agua.”

Mientras baraja sus opciones y piensa en la decisión por tomar, la narradora se pasea por teorías del calentamiento global e inundaciones; el desajuste que hay entre los animales retratados en los dibujos animados y su referente real (ella queda traumatizada por lo poco que se parecen los demonios de Tasmania al Taz de los dibujos), la falta de autenticidad de la experiencia turística (en la que ya es imposible conectarse con los lugares: otra dislocación/desubicación) y la relación que otras personas mantienen con los animales. En un momento, repite las palabras de un cuidador acerca de las jirafas:

“Ellas lo miran a uno desde debajo de esas pestañas y esa mirada, me dice sin exagerar, le alcanza a uno para soportar después tanta canallada que anda suelta por el mundo. Basta acurrucarse bajo esas pestañas para verlo todo menos áspero.”

Desubicados es una novela breve, de reflexiones y lenguaje preciso que se degusta en cada capítulo, que no apunta a grandes revelaciones sino que explora y contempla lo cotidiano con paciencia, aunque siempre esperando capturar ese mordisco, ese zarpazo, que nos despierte.

El amor: instrucciones de uso

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blue_pills_frederik_peetersEn mi experiencia, las novelas gráficas han tenido una conmovedora manera de acercarse al mundo de la enfermedad. El retrato en Epileptic del hermano de David B. cuyo enfrentamiento con su condición es a ratos heroico, a ratos terrible, a ratos una mezcla de ambos; o la exploración del desorden bipolar en Marbles (de Ellen Forney), en la cual el humor sirve como contrapartida para episodios que nos dejan con ganas de apagar el mundo, son dos claros ejemplos de esto.

En Blue Pills, Frederik Peeters cuenta la historia con su novia, Cati, una chica a la que se encuentra en varios momentos de la vida hasta que finalmente se alinean los planetas y es tiempo de estar juntos. La mujer es encantadora, perfecta para Peeters, aunque hay un detalle de su historia del que hay que hacerse cargo: tanto ella como su hijo de tres años son portadores del virus del sida.

La novela es honesta y brutal en su retrato de la cotidianeidad de esta pareja, los miedos que rodean su deseo y su intimidad, el dolor de ver al niño volver una y otra vez al hospital, la necesidad y temor de contarle a los padres acerca de la situación y las reacciones de todos. El proceso de aprendizaje que es siempre estar con alguien se intensifica con ese otro aprendizaje de la enfermedad y sus dinámicas, algo que a ratos amenaza con eclipsar los sentimientos del protagonista pero que acaba por enseñarle más de una cosa sobre sí mismo. Como indica el título: Blue Pills es una historia de amor. No una crónica o manual sobre el Sida, no una novela sobre la enfermedad. Es la exhibición de una relación de pareja, tan compleja como tantas otras, en la cual la enfermedad si bien resalta ciertas aprehensiones también pone de manifiesto, y con intensidad incandescente, las profundidades de una familia.

Uno termina Blue Pills y queda con la sensación de que para esto es la literatura: para iluminar historias que nos afecten y conmuevan, que nos fuercen a abrir los ojos, los oídos, el corazón, a personajes que nos acerquen a realidades que desconocíamos, sufrimientos que habíamos decidido no ver, felicidades que ponen el mundo en perspectiva. Una historia hermosa y enorme.

Canciones para escuchar mientras todo se consume

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fotos-tuyas-cuando-empiezas-a-envejecer1En un momento de “Los adioses” el narrador, desde una nota al pie que desarma o desnuda el relato central, se pregunta qué canciones elegiría su amante escuchar en el momento en que todo se consume. Son notas al pie corrosivas, que van mordiendo la historia, poniendo de manifiesto el dolor brutal – mezclado con euforia, con desencanto, con incerteza – de una pareja. Notas al pie como el “corazón delator” de Poe, que hacen vibrar cada una de las palabras, que nos inquietan, que nos desarman.

Los cinco cuentos que componen el genial volumen Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer – y qué grandioso título, por Dios – no se olvidan fácilmente. Se quedan ahí sobrevolando, acompañando, doliendo. Como esas canciones que se escuchan una vez y ya no se olvidan más. Esas canciones a las que volvemos siempre para que nos ordenen el mundo (o bien lo rompan de una buena vez y de un mazazo).

Son cinco relatos que se degustan lento, que resuenan unos con otros, que están narrados con una precisión para aplaudirla de pie, que toman recursos del cine, el video o las fotografías para contar las soledades de sus personajes que, tal vez, si por un momento, pudieran verse desde afuera, tal vez harían las cosas de otra manera.

Así, por ejemplo, en “Primeras canciones” (una belleza de historia, de esas que habría que poner en exhibición en un improbable Museo del Cuento), dos chicos, Claudia y Saúl, son presentados al lector como desde el ojo de una cámara. Dice: “Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño.” La cámara de seguridad, con su punto fijo, con su mirada desde las alturas, vaticina dolores, pero también permite observar el paso del tiempo y jugar con sus texturas:“Adelanta las partes devastadoras porque esta clase de videos sirve para demostrar que las vidas se hacen pedazos a diferentes velocidades. Que las personas que amamos dejan de ser jóvenes. Se quedan calladas en el teléfono y besan a otros y les cortan el pelo y les dicen que son felices en momentos de euforia, mientras bailan en una discoteca, mientras caminan de vuelta a casa.” El narrador se pasea por las vidas de los personajes como una cinta que puede adelantarse, retrocederse o fijarse a destajo, mientras los protagonistas de la misma sólo pueden dejarse llevar por un tiempo que no conocen, por el que se deslizan como perdidos. Saúl escribe canciones y, para él, “La canción trata de vidas que transcurren en lugares de paso, vidas compartidas con personas a las que no se quiere de veras.”

Y es cosa de cambiar la palabra canción por “estos cuentos” y tenemos una descripción perfecta de este libro que habla de esos espacios transitorios, de esas relaciones que no llevan a ninguna parte, de todos esos errores que se ven tan claro a solo unos pasos de distancia.

En “Suerte” somos testigos de otra relación que se difumina, se evapora. Nada terrible, ningún fin de mundo, solo el tránsito, el cambio hacia otra cosa. Dolores intensos que luego ya no duelen más. En “Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer” se nos cuenta la historia de Ingrid, una chica a la que le cuesta lidiar con la enfermedad y muerte de su padre y que decide cambiar de nombre y, con ello, de pasado, de historia, para tratar de salir adelante. La historia la cuenta un amigo de la muchacha, alguien que logra ver detrás de esa máscara y detrás de todas esas sonrisas falsas con la que ella aparece en cada una de sus fotografías.

En “Los adioses”, un hombre escribe un cuento basado en su tortuosa relación con una mujer casada (“Raquel es una infancia que dura segundos, que se hace pedazos de a poco. Un montón de hermosas imágenes que se derriten. Películas en mi cabeza a las que alguien prende fuego.”) a la vez que complica nuestra lectura de él por medio de dolorosas notas a pie de página ( “La ficción como una casa poco sólida, una casa que cualquier viento puede derrumbar.”).

Por último, en “Las Horas”, Raquel, la mujer protagonista del cuento anterior, cuenta la historia de un día de celebración. Lo cuenta desde la estabilidad de un matrimonio con alguien que no la conoce, con un hijo en camino y una hija que cada vez más va construyendo su mundo propio lejos de ella. Todo con el “soundtrack” de Las Horas como la novela que lee Raquel y que hace contrapunto, tensiona, el relato. El libro queda sobre una silla de playa pero, al igual que las notas al pie antes mencionadas, su sola presencia sirve para hacer temblar el cuento, para sentir ese corazón palpitando en los oídos.

Los cuentos de Maximiliano Barrientos son canciones inquietantes de las que no se sale indemne. Canciones para cambiar la temperatura de los días o para arropar una mala noche. Canciones que no se pueden dejar de escuchar (o que, citando uno de los cuentos del volumen: “Entran y salen de la vida de otras personas a distintas velocidades produciendo todo tipo de heridas, pero ahora están donde deberían estar.”).