Archivos Mensuales: noviembre 2014

La pena es un planeta desierto

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geologíaUn padre aparece en la casa de su hijo. La novia se está duchando. El hijo abre la puerta luego de escuchar tres golpes. El padre lleva diez años muerto.
No hay mayores explicaciones y no las echamos de menos. Geología de un Planeta Desierto, la galardonada novela de Patricio Jara, va entregando la información de a gotas y ahí estamos todos esperando con la lengua afuera. Sedientos. Porque el padre aparece y la historia se refracta: por un lado, el presente de la visita del padre, un día largo y raro, sin explicaciones ni grandes revelaciones. Por otro, el pasado del padre, su alcoholismo, su enfermedad, las dinámicas familiares. Y, más allá, las historias de este hijo geólogo que habla solo mientras conduce para no volverse loco (“Te rayas fácil en el desierto. Por eso es bueno hablar. Yo hablo harto. Sobre todo si vas manejando El desierto te mete cosas en la cabeza.” (96)) que escucha canciones y lee libros para no empezar a ver rostros en las rocas del desierto y a quien escuchamos también, sedientos, degustando cada breve capítulo en que nos cuenta de sus viajes por el mundo trabajando en distintas minas y proyectos, o la historia de cómo conoció a Magaly, su novia.
“El desierto no es tan desierto como se cree. Los que más se llenan la boca con eso son los que menos saben de estos peladeros hechos de tierra caliente y aire seco.” (16)
El narrador nos va mostrando de a poco las distintas capas que componen su particular geografía y geología; los rincones de su vida, los espacios abiertos, los silencios, las posibilidades: “A medida que envejeces, los vestigios de la niñez y de la adolescencia, esos mundos alguna vez gigantes e inabarcables, se reducen tanto que bien caben en una caja de zapatos.” (41)Y en todos esos espacios pulula la locura como incógnita:“Irse por tanto tiempo no es muy distinto a encerrarse por tanto tiempo en un departamento o en un sótano. Comienzas a rebotar, empiezas a mirarte en el espejo más de la cuenta. Entonces te hablas y aquello es una señal de que es hora de salir, de regresar.” (29) Y también:“Te lo dicen cada vez que pueden: si en los ratos libres en el desierto no ocupas la cabeza en algo, comienzas a rayarte; comienzas a creer que los cerros tienen caras humanas, rostros de familiares o de exparejas que te miran con rencor. Aquella locura muchas veces te acompaña a la ciudad.” (64)

Hablar del desierto es hablar, sobre todo, de la memoria y sus transformaciones. De ese espacio que preserva pero también borra los rastros; que es seco pero es capaz de alimentar tantas vidas e historias: como la de los niños que son obligados a aprender de memoria “La Higuera”, el poema de Juana de Ibarbourou, sin lograr entender ni imaginar los frutos de los que habla porque:“Lo único que los niños del barrio sabíamos distinguir era los tipos de tierra y los tonos de la arena. El desierto, a fin de cuentas, poco a poco se iba metiendo en el barrio sin que nadie entonces se diera cuenta.” (104) Y también la ansiedad sobre lo que dejaremos tras nuestro paso por la tierra:“La minería es un animal que se alimenta de su propia cola. En el próximo siglo, más que vestigios, más que ruinas para ser estudiadas, los investigadores que exploten Chuquicamata encontrarán un enorme basurero y, debajo, poblaciones completas, hospitales, escuelas, plazas y multicanchas de cemento.” (96)
El desierto trae también consigo todo lo que no se puede explicar; trae voces, ecos. El narrador cuenta que el infierno lo encontraron los rusos en Siberia, que se escuchaba voces salir desde el centro de la tierra. Nos dice también, en una frase que resuena e impregna a toda la novela, que “la pena es un planeta desierto.”Y en medio de la sequedad del desierto, en medio de la inmensidad de la pena, se esconde el miedo, la intimidad, la familia. Escenas en las que el protagonista y su novia hablan en la cama hasta quedarse dormidos, reconociendo anécdotas familiares en la oscuridad o momentos en los que se asoma el miedo a una nueva pérdida: “Yo aún no soy capaz de decirle que se quede, que nunca se vaya, que las cosas han ido rapidísimo, lo sé, más aún luego de la aparición de mi papá. Aunque como me dijo el propio Charly alguna vez, no somos pacos del tránsito para estar midiendo la velocidad en que ocurren las cosas.” (51).

Geología de un planeta desierto es una novela que conmueve por medio de una descripción contenida que apunta directo al corazón de las cosas. Porque a veces lo que más duele se escribe con el lenguaje más simple.

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