Archivos Mensuales: marzo 2013

La Ciudad Feliz

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ImageDa gusto perderse en La Ciudad Feliz.  El título, que en realidad es el nombre de un restaurante de comida china, corresponde a una bellísima novela de la española Elvira Navarro. De alguna manera, sigo con mis lecturas territoriales, luego de mi atención en Bolivia, pongo el ojo ahora en España.

La Ciudad Feliz cuenta dos historias. En la primera, nos enteramos de la vida de Chi-Huei, un niño chino que llega a vivir a España junto a sus padres, su hermano y sus abuelos. La familia instala un negocio de comida, primero asando pollos, luego agregando al menú elementos de su cocina como los arrollados primavera y otros platos. Bajo el nombre y techo de Ciudad Feliz se esconde una familia a los tropezones, con un padre que fue torturado en la guerra y que ya no sabe comunicarse (aunque comienza a sentirse, de a poco, más cómodo hablando en español) y que causa la vergüenza y resentimiento del abuelo, una madre manipuladora de los sentimientos de su hijo menor y dos chicos obligados a ser estudiantes de excelencia en su nueva escuela y nuevo idioma.  La segunda historia cuenta la vida de una niña del barrio, amiga de Chi-Huei, que comienza a sentirse fascinada por un mendigo que parece seguirla por las calles y con el que establece una extraña relación.

Son dos historias sutiles y complejas a la vez, narradas desde la perspectiva de dos niños que intentan encontrar su lugar en una ciudad que, la verdad, dista mucho de ser feliz.

PD: Elvira Navarro tiene un interés en lo urbano e intenta acercarse a ello desde la literatura y también desde su blog Periferia, en el que cuenta las historias, a través de crónicas, que se esconden en la periferia madrileña. Vale mucho la pena.

“Mi muñeca me habló”

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ImageLa Nueva Taxidermia de Mercedes Cebrián (escritora española) es de esos libros que me dan ganas de poder viajar en el tiempo. Esos libros que me da algo de rabia haber encontrado tan tarde y no llevar ya varios años como lectora fan de Cebrián.

Porque: WOW.

Qué libro más genial.

La Nueva Taxidermia está compuesto de dos novelitas cortas o nouvelles; ambas giran alrededor de la idea de detener el tiempo, de replicar un instante, de manipular la vida. En la primera, “Qué Inmortal he sido”, una mujer se obsesiona con hacer réplicas exactas del pasado: recrear en su apartamento el cuarto de su novio de adolescencia (con los mismos muebles e incluso los mismos olores) o bien una fiesta que ocurrió hace cinco años y que ella recuerda con particular afán. En la segunda, “Voz de dar malas noticias”, Belinda, una mujer de cuarenta y un años que pudo haber tenido un buen futuro como cantante pero cuya timidez le impidió hacerlo, luego de un incidente en el que no se atreve a decirle a un conductor de autobus que le ha aprisionado la pierna con la puerta de éste y está a punto de cercenársela, decide fabricar tres muñecos con distintas personalidades cada uno, para, a manera de ventrílocuo, sacar personalidad y, a la vez, perder la voz en ellos.

Ambas están contadas con un tono frío, neutro, que a ratos se acerca al humor más negro, a ratos a la desesperación.

Un gran-gran libro.

Y los muchachos del barrio le llamaban Loca

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ImageVuelvo por un ratito a mis lecturas gringas. Estoy tratando de llevar una “dieta” literaria más balanceada, incluyendo autores en español y de otros países que no sean mi planeta USA, pero bueno, me toca volver.

Y a una novela gráfica esta vez. Unas memorias gráficas. Y memorias sobre la “locura”.

A Ellen Forney (autora y dibujante de esta historia) le diagnosticaron con un trastorno o desorden bipolar al cumplir treinta años. Si bien el diagnóstico le hace sentido (ahora entiende la euforia de los días buenos y la inundada tristeza de los días malos), Forney teme que empezar a tratarse (especialmente con un gigantesco cóctel de medicamentos) vaya a arruinar su creatividad, disminuya su talento y le quite lo que la hace más feliz y más “ella misma”: su arte.

La novela se pasea por los primeros años de su tratamiento, con caídas, recaídas y más caídas, usando un humor maravilloso, visceral, desesperado. Fornay medita y reflexiona sobre su condición a la vez que se informa y estudia más sobre ella: leyendo manuales de psicología, biografías de escritores que admira y que también lo padecieron (tantos, muchos!), intentando entender la conexión entre los desórdenes mentales y la creatividad.

Hace tiempo que no me reía tanto con una novela gráfica. Una lectura genial.

Les dejo un par de páginas:

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La Vida interior de las Plantas de Interior

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ImageÉste es otro de esos libros cuyos títulos me gustan tanto que no puedo titular mi post de reseña de otro modo. Un libro que contiene, como un tesoro, uno de los mejores cuentos que he leído en la vida, de ésos que yo pondría detrás de una vitrina en un museo (si es que existiera tal cosa como un Museo de los Grandes Cuentos) y me pondría frente a él, cual guía, para cantar sus alabanzas y luego pedirle a ustedes, querido público presente, lindos visitantes del museo, que por favor, si van a tomar fotos, éstas sean sin flash.

Ese cuento se llama “El Cerco”. Y es magnífico.

Pron es un escritor argentino que vive en España.  Y su talento es desquiciante. Sus cuentos tratan de acontecimientos extraordinarios en medio de lo mundano, o acontecimientos mundanos que se convierten en extraordinarios, todo rodeado de una velocidad que logra conectar, como con hilos invisibles, lo trivial, lo fugaz…

En “El Cerco” distintos personajes que no se conocen, comparten una misma historia. Sus anécdotas se van tocando mínimamente; entre dos personajes que se conocen por accidente y que ambos han leído a una escritora que va justo volando en un avión por sobre la escena y que recuerda un momento que la conecta a otros personajes y así. En otra, una mujer que trabaja en una florería, vendiendo plantas, construye toda una constelación, toda una vida, a partir de una billetera dejada olvidada por allí; o en otro, un escritor de provincia se inspira en los ruidos que emite un Gran Escritor Argentino Vivo que se ha mudado al piso de arriba. Los objetos cuentan historias en esta obra; así, por ejemplo, una descuidada peluca sirve como máquina del tiempo que conecta distintos momentos, personajes y, también, violencias.

Brutales, conmovedores, maravillosos, cada relato de La Vida Interior de las Plantas de Interior inaugura una velocidad distinta.

Un grande, Patricio Pron.

Un paseo en bicicleta con Luiselli

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ImageHace un tiempo leí Los Ingrávidos de la joven escritora mexicana Valeria Luiselli y quedé fascinada. Escribí una reseña, recomendé el libro a medio mundo.

Recién hoy pude hacerme de su primera obra, Papeles Falsos, una colección de ensayos maravillosa. Y me pasé la tarde entera tuiteando pequeños pasajes de ella. Se trata de ensayos breves, a ratos coqueteando con la ficción, a ratos pequeñas viñetas, a ratos más cercanos a la filosofía.

Luiselli se refiere a andar en bibicleta como una forma especial de acercarse a la realidad. Tal vez podría proponerse que, más que la caminata desinteresada o distraída del flaneur, es el ritmo de la bicicleta, que permite velocidad vertiginosa y pausa, lo que  probablemente más se acerca también a la sensación de imaginar y poner por escrito.

Papeles Falsos es el mejor de los paseos en bicicleta. Un paseo que se detiene en edificios en ruinas del DF, en la obsesión de las personas por recorrer apartamentos vacíos e imaginar cómo llenarían esos espacios, que baja la velocidad cuando se trata de hablar de poesía o traducción, que aumenta el ritmo cuando se apasiona en reflexiones sobre la lectura, la nostalgia, o las mudanzas.

Valeria Luiselli es gran lectora ( de literatura, de la ciudad, de la experiencia del viaje) y una escritora francamente excepcional.

Les dejo algunos pasajes favoritos; verdaderas joyas/ delicias (use la metáfora-feliz que más le convenga):

“Desde arriba, el mundo es inmenso pero asequible, como si fuera un mapa de sí mismo, una analogía más liviana y más fácil de aprehender”

“Un niño que adquiere una palabra nueva adquiere un puente hacia el mundo, pero sólo en compensación de la sima que se abre en su interior en el momento en que ésta se imprime allí. Aprender a hablar es darse cuenta, poco a poco, de que no podemos decir nada sobre nada”.

“Se ha comparado muchas veces a las ciudades con el lenguaje: se puede leer una ciudad, se dice, como se lee un libro. Pero la metáfora se puede invertir. Los paseos que hacemos a lo largo de las lecturas, trazan los espacios que habitamos en la intimidad”.

“Un libro abierto no puede callar ninguna evidencia. En su interior están los vestigios concretos de nuestro paso a través de él, todas nuestras huellas, las sábanas después del amor”.

Les transcribiría el libro completo, así de lindo es, pero mejor dejo que lo descubran ustedes.

Va una última cita de despedida:

“Volver a un libro se parece a volver a las ciudades que creímos nuestras, pero que en realidad hemos y nos han olvidado. En una ciudad, en un libro, recorremos en vano los mismos caminos, buscando nostalgias que ya no nos pertenecen. No se puede volver a encontrar un lugar tal como se dejó.

Las Variaciones Colanzi

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ImageSi tuviera que quedarme con un solo disco en la vida, serían Las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por Glenn Gould. Los que me conocen saben que mis gustos van por el camino (y derechito al barranco) del pop, pero si tuviera que salvar a un solo disco, iría a por Glenn. Y su interpretación maravillosa, y esos susurros que a veces apenas se escuchan.

Vacaciones Permanentes de Liliana Colanzi (de casualidad mis lecturas han estado de lo más asentadas en Bolivia últimamente: Colanzi, Hasbún, Paz Soldán…) funciona como unas perfectas variaciones musicales. (Por un segundo incluso llegué a confundir el título; de “Vacaciones Permanentes” a “Variaciones Permanentes”).

Siete cuentos, a ratos brutales, a ratos sutiles, que van mostrando los distintos ángulos (los secretos oscuros, los miedos, las inseguridades, las pequeñas esperanzas) de una familia, siempre con la atención puesta en un personaje – Analía –  que parece refractar todas las dinámicas a su alrededor. El último cuento tiene como centro a Elina, personaje que aparece antes en otro cuento y así, los relatos van subiendo la intensidad de ciertos personajes, ciertos matices, variando poco o mucho cada vez.

La forma de escribir de Colanzi es precisa y preciosa. Nada sobra, nada falta; hay como una economía fulminante en sus historias. La justa dosis de diálogo, las reflexiones (tristes, dolorosas, tremendas) que van haciendo brillar a los distintos personajes.

Hay algo de Cristina Peri Rossi en estos cuentos, ecos de los relatos de La Rebelión de los Niños, de esa cotidianeidad que se acerca a lo perverso, de esos detalles que se magnifican hasta la monstruosidad y o que desestabilizan un precario orden, como en “Rezo por Vos” en el que una pareja que decide casarse de improviso ve su entusiasmo, su relación (su comunicación) interrumpida por un pequeño accidente en el camino; o en “El Fin de Semana estaré bien”, cuento brevísimo, en el que todo lo que no se dice va impregnando venenosamente un encuentro aparentemente banal de una pareja en un motel. Una narrativa de instantes, que se detiene en esos momentos de la vida de los personajes en que ya comienza a perfilarse la cuesta abajo. Así, por ejemplo, en “1997”, la protagonista comenta: “Los tiempos estaban cambiando velozmente, solo que entonces no nos dábamos cuenta y yo no entendía que el mundo de mis padres podía ser mi mundo, que sus pérdidas también serían las mías”; o en “Vacaciones Permanentes” (historia en la que una pareja de amigos decide pasarse una semana en un hotel, olvidándose de las clases y otras obligaciones; una semana que termina con una revelación del secreto de ella y sus repercusiones en la vida de él): “Claro, contestó, convencido de que ya nada iba a ser igual que antes pero confiando en que quizás, si lo ignoraban, el fin de todo podría esperar un tiempo más”.

Se trata también de las versiones (variaciones) que nos hacemos de otras personas, las versiones que queremos creer y se desarman. Así, reflexiona el personaje de “Banbury Road”: “… tiene miedo de escarbar, de enterarse de detalles que podrían hacer trizas la imagen de esa Analía, su Analía, la única que conoce y quiere conocer. Uno no debería ver llorar a nadie. Uno debería ser siempre la misma persona. Uno no debería pensar tanto”.

Yo agregaría: Uno debería leer a Colanzi.

Los Días Más Felices

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ImageMe leí este libro de Rodrigo Hasbún escuchando una sola canción en modalidad on repeat. “Stubborn love” de The Lumineers. Pasó por casualidad, sonaba en el shuffle de mi computador mientras comenzaba a leer, y ahí la dejé, porque calzaba perfecto con el ritmo de estos cuentos (que yo leí convenciéndome de que se trataba de una novela), con las evocaciones que traía, con las tristezas que acarreaba, con la euforia también, una euforia que no alcanza a desbordar del todo el contorno de estos relatos. Lo digo a modo de disclaimer, ya que mi lectura de este libro está absoluta y profundamente ligada a este soundtrack. Lo digo también como sugerencia: funciona MUY bien.

Se trata de un paseo por la vida. Antes de que cierre indignado esta página por mi exceso de cursilería, me explico. Esa es la sensación que queda, un pasearse por experiencias de adolescencia, por primeras decepciones; de esas que se van luego acumulando con los años, con miedos, terribles o pasajeros, a la muerte, a la vejez, a la maternidad, a quedarse solo, a quedarse acompañado… No hay respuestas en estos relatos y esa sensación a ratos asfixia y a ratos parece una verdadera cachetada de la honestidad más brutal. Sí abundan las preguntas. Sí abundan las reflexiones precisas que se quedan en el aire como presencias fantasmales, que van impregnando o visitando al resto de los cuentos.

Cuentos de chicos en sus viajes de estudio, viajes de conocimiento y desconocimiento, de aprendizajes a la fuerza; o la historia de una chica embarazada que aún no le cuenta ni a su novio ni a su padre de su “estado”, un grupo de jóvenes artistas cuya performance es improvisar desmayos en la vía pública, para luego sacar a los transeúntes, los curiosos, de su error y demostrarles que la vida se acaba en cualquier momento, que hay que aprovecharla; cuentos de abuelos enfermos, como símbolos o reflejos de familias que van a los tropezones, infidelidades insípidas o de un amor desgarrado, visceral (“Y pienso en Julia, por supuesto. Julia con la lengua afuera, transformándose. Julia desnuda y lejos y sola. Julia haciendo daño a todos los que tiene alrededor”), hermanos que intentan comunicarse y nunca lo logran del todo (“No saben cuándo volverán a estar juntos, seguro ya habrá niños entonces, niños y mujeres para siempre y quizá, entre ellos, una distancia insalvable”)

Los Días más felices, más que una afirmación, es una duda. Constante. Dolorosa. ¿Son estos nuestros días más felices? ¿Estos? ¿Seguro?

A modo de respuesta, una cita del cuento “Calle, Concierto, Ciudad” que se pasea por dos personajes, un él y un ella algo borrosos:

“Ha cumplido veinticuatro años hace poco. Pudo haber cumplido treinta o cuarenta y hubera sido lo mismo, ya se siente de cualquier edad”.

O después, en el mismo cuento: “Todas las noches ve tele antes de dormir. Son las mejores horas de su día, las que menos le cuesta atravesar”.

Y, más tarde sobre “ella”: “Tiene veinte años y se ha prometido que hará como si los tuviera siempre, que nunca envejecerá, que no se dejará vencer. Tiene veinte años y se obliga a pensar que todos los días son el mejor día de su vida”.

PD:  A manera de postdata, dejo otras dos citas favoritas. Porque me gustan mucho y no lo puedo evitar. Gran libro Los Días Más Felices; habrá que seguir leyendo a Rodrigo Hasbún.

“Casi nunca decía nada y eso me enamoró, su distancia, la manera en que se movía alrededor de las cosas y de las palabras, que parecían cosas cuando ella estaba cerca. Y también su tristeza. Como si estuviera recordando siempre una casa que luego fue demolida”. (del cuento “Huida”)

“El tiempo es otra cosa cuando uno está solo. Se alarga, se detiene, deja de estar, y lo único que cambia es el color del cielo, la oscuridad que llega con la noche”. (del cuento “En la Selva”)