Archivos Mensuales: enero 2015

La vida privada de las formas

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FacsímilHace un tiempo leí un libro de antropología de Hirokazu Miyazaki, Arbitraging Japan, en el cual se estudiaba la vida y los sueños de un grupo de altos ejecutivos japoneses. El estudio era interesante, se detenía, por ejemplo, en las bibliotecas de estos personajes (qué tipos de libros compraban/leían y porqué, tratando de improvisar una suerte de “biobibliografía”) pero el momento más impresionante era cuando se contaban los efectos de la crisis financiera del 2008 en sus vidas. Además de lo tal vez esperable (caída en las drogas y el alcohol, incluso la adhesión a una secta y la obsesión por las abducciones y los ovnis), uno de los ejecutivos se dedicaba a repensar y reflexionar sobre su vida usando planillas excel, presentaciones powerpoint y elaborando planes de negocio. No un diario de vida, no emails o cartas catárticas: planes de negocio. Era la única forma en que sabía poner las cosas por escrito, los únicos formatos con los que se sentía cómodo.

Fácsimil (Hueders, 2014) de Alejandro Zambra, también se encarga de estirar las formas, de llenarlas con contenidos insospechados. Haciendo uso del formato clásico de la Prueba de Aptitud Académica chilena (la parte verbal), va reflexionando acerca de la educación en Chile, los tiempos de la dictadura, la relación padre-hijo y los límites del lenguaje, y, al hacerlo, muestra la vida privada de un formato, las maneras en que una forma puede deformar la realidad e, incluso, mentir. Porque hay mucho de tristeza y resignación en esa falta de alternativas de una prueba de alternativas. Hay una violencia sutil y extraña en determinar un término excluido o eliminar una oración por “innecesaria” (determinar qué pertenece y qué no, a quién cerrarle la puerta, a quién borrar). La forma de preguntar anticipa respuestas que le quitan al lenguaje toda su belleza y lo convierten en una máquina de una eficacia gris. De un lenguaje que no dice nada. Entonces Zambra, en Facsímil, le devuelve la curiosidad al formato, la posibilidad de juego, de belleza y también de dolor. Y, por primera vez, el formato está vivo (it’s alive, it’s alive!).

En uno de los poemas de Kingdom Animalia, Aracelis Girmay escribe “I want to know what to do/ with the dead things we carry.” Ella se refiere a células muertas, a pelos y a historias acabadas, pero la reflexión resuena como un encantamiento mientras releo Facsímil. Porque arrastramos formas y formatos que no funcionan, que no explican nada, que no demuestran ninguna “aptitud”. Que vienen cargados de historias de muerte y que diseccionan todo con un ojo clínico que sabe excluir y seleccionar pero que jamás sabe leer. O, como comenta un profesor en uno de los textos de “Comprensión de lectura”: “a ustedes no los educaron, los entrenaron.”

termino excluidoFacsímil es un curioso artefacto, una forma desbordada, a ratos más cerca de la poesía, a ratos deleitándose en el fragmento o la narrativa breve. Un artefacto que juega con, y reflexiona sobre, el tiempo: el tiempo y la eficacia que toma contestar una prueba como ésta (siempre, y otra vez con un guiño a la violencia, “contra” el tiempo), el tiempo que se demora en salir una ley en Chile (“…Chile es una inmensa sala de espera y vamos a morir esperando el número”), los recovecos del éxito o el fracaso de dos hermanos, o bien la posibilidad de inventar un control remoto para que un hijo pueda, tal vez, perdonar a su padre al acelerar o, al menos, enmudecer, muchos de los sinsabores de su relación.

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Lo opuesto de la soledad, los ecos de un talento.

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Opposite-LonelinessDebo reconocer que compré y leí The Opposite of Loneliness con bastante vergüenza. Me sentía voyeurista, morbosa, de querer leer los cuentos y ensayos de Marina Keegan, una joven estudiante de Yale, ayudante de Harold Bloom, y con promisorio futuro en The New Yorker, que murió en un accidente de auto el 2012. The Opposite of Loneliness – comentaba la portada, que se me quedó como pegada a los dedos, con los ojos de Marina mirándome – es la recopilación de los textos que alcanzó a escribir durante su vida. El título es del ensayo que leyera para el día de su graduación, un texto que, si bien tiene récord de visitas en internet, no cumple su propósito, no logra el hechizo. Y ahí quedan un poco las ganas de seguir leyendo.

Pero hay que seguir leyendo.

Porque Keegan te despierta de una cachetada con sus cuentos. Ahí está la chispa, ahí está la insolencia de ser joven y también una mirada aguda y una prosa que explora todos los pliegues de las experiencias más cotidianas sin miedo y sin nunca rendirse. Las de Keegan no son historias grandes, no son historias que intenten adentrarse en experiencias adultas que desconoce a sus veintidos años. Las de Keegan son las historias de los pequeños gestos y los objetos que a veces pueden cambiarlo todo con su presencia. El ojo de la miniatura, el oído atento a los murmullos. La hospitalidad frente a los fantasmas.

En “Cold Pastoral” una joven estudiante pierde, no a su novio, sino a un chico con el que recién está saliendo. Los preparativos del funeral la ponen en una situación incómoda. Los padres le piden que escriba algo – a ella, que recién comenzaba a conocer al muchacho – y la tarea se le vuelve imposible hasta que la ex novia de él le comenta de un diario de vida que él llevaba y que es necesario destruir antes de que lo lean los padres. La narradora roba el diario y lo usa a modo de inspiración para su discurso, solo para encontrar que el casi novio era una persona aún más compleja y desconocida de lo que ella imaginaba. En un momento, la chica va a una fiesta a tratar de sacudirse tanta tristeza y conoce a alguien de quien dice: “Marshall was handsome. Smart, And suddenly, more than anything I’d ever wanted in my life, I wanted him to love me. I stayed out there with him for nearly an hour and we talked about a lot of things and moved closer and closer together. Eventually, we were both shivering and he asked if I wanted to go back to his apartment with him. I did. I’d never wanted anything more. But as I watched him smile back at me and zip his coat, I saw everything in the world build up and then everything in the world fall down again.”

En “Winter Break”, una estudiante vuelve a casa para las vacaciones, a reencontrarse con su novio. No hay más anécdota y, sin embargo, Keegan hace de una trivialidad un mundo. La relación de la chica sirve para reflejar el desamparo amoroso en que se encuentran sus padres, que sobreviven, infelices, cada uno en un piso distinto de la casa.

Otros cuentos se alejan del imaginario de la universidad y sus dinámicas: como “Reading Aloud” en el cual una mujer mayor, y con tendencia a la hipocondría, se hace voluntaria en un centro de lectura para ciegos o en “The Emerald City” en que un joven, enlistado en el ejército de Estados Unidos, le escribe a una amiga distintos emails como forma de hacer sentido de lo que le toca vivir. Uno de los más logrados es, también, el más breve: “Baggage Claim”. En él, una pareja va a una venta de bodega de maletas abandonadas en aeropuertos. Lo simple del argumento, sin embargo, saca a flote las tensiones entre lo dicho y lo no dicho, con un final que es como para aplaudirlo de pie.

Pero The Opposite of Loneliness también recopila textos de no ficción como “Against the Grain” en el que Keegan habla de su intolerancia al gluten (y el texto se queda como fantasma, como escalofríos, cuando lees la preocupación de Keegan por comer bien, pensando en el futuro, cuando le toque ser madre).

Los textos de no ficción también son irregulares (si bien siempre están bien escritos, siempre hay un par de observaciones que quedan sobrevolando, son pocos los realmente memorables) pero, con Keegan, siempre también hay que seguir leyendo. Porque si no lo hiciéramos no leeríamos el ensayo final de la colección, “Song for the Special”, nuevamente, uno de los momentos gloriosos/luminosos del libro. En él, Marina Keegan se queja de internet y el exceso de información que hace tan patente la necesidad de ser especiales, de destacarse (y abundan los perfiles de jóvenes genios, de novelistas precoces), de andar siempre con una tarjeta de presentación por la vida (y ojalá una bien impresionante). El ensayo es breve y astuto, y cuando ya empiezas a ver que se acaba el libro, que llegan las páginas en blanco, Keegan lo remata con esto: “I read somewhere that radio waves just keep traveling outward, flying into the universe with eternal vibrations. Sometime before I die I think I’ll find a microphone and climb to the top of a radio tower. I’ll take a deep breath and close my eyes because it will start to rain right when I reach the top. Hello, I’ll say to outer space, this is my card.”

(Y qué buena tarjeta que es).