Archivos Mensuales: marzo 2015

Todo lo que nos salva

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portada-nunca-sabre-lo-que-entiendoMe confieso cleptómana en mis lecturas. Nada me hace más feliz, al leer, que llevarme una frase, un párrafo, de recuerdo. Soy de las que anotan citas en libretas, que tuitean las líneas de novelas y cuentos que no me atrevo – pero fantaseo, y mucho- con tatuarme. No todos los libros me permiten esta felicidad. Hay novelas preciosas, brillantes, que se construyen como una arquitectura precisa pero que no permite llevarse nada. Historias que funcionan, y funcionan demencialmente bien, pero que no tienen ni una sola frase que valga la pena subrayar. No es grave esto, por cierto. O no lo es para todos los lectores. Para lectoras cleptómanas como yo, sin embargo, que leen con los ojos y un lápiz siempre a mano, es una pena.

Nunca sabré lo que entiendo, la más reciente novela de la escritora peruana Katya Adaui, es de una generosidad infinita. La leo y releo con felicidad golosa, como si alguien me dejara en una librería y dijera: toma todo lo que quieras. Y así fue que me adentré en la historia de una mujer compleja, con una imaginación llena de recovecos y acantilados, que hace un viaje en tren que la aleja – y para siempre, o esa es su convicción – de la vida que ha llevado hasta el momento. La protagonista fue feliz, tuvo una relación plena con Tomás, hasta que llegó el plan de los hijos y luego la imposibilidad de este. Dos creadores que no pueden crear, así lo siente ella. Sus comentarios, al respecto son brutales: “Un hijo que se desea y que nunca nacerá también está muerto.” El fracaso a la vez le pesa y la impulsa. Comenta: “Busco un deseo. El deseo es movimiento puro.” Y como lectores la acompañamos, nos sentamos cerca y la vemos observar por la ventana, inventarse historias sobre su compañero de asiento, hablar con la madre cuya presencia la persigue (“No, madre, los viajes jamás enferman. Debilitan, como las guerras, como las mudanzas.”). Hay muchas preguntas – de la protagonista, de nosotros, como lectores – y muchas de ellas se quedan sin respuesta. El viaje es la pregunta. El viaje no es respuesta. Y tampoco hay posibilidad de volver atrás porque, como explica la narradora, “Hay lugares adonde no se puede volver ni siquiera volviendo” (mi frase amuleto, mi souvenir de cleptómana).

El viaje pone sus recuerdos en vaivén: pasamos de su infancia y la madre, la pena por la muerte de su padre en un accidente, a reflexiones sobre su abuela europea, obligada a cavar tumbas durante la Segunda Guerra Mundial. Los dolores de su familia se reflejan unos en otros, se entretejen y enredan, también. Tomás, en cambio, en los recuerdos de su mujer, figura como un arquitecto que puede también guardar su duelo en el espacio. Dice la protagonista: “Sin duda, los arquitectos más inspirados se construyen casas interiores donde hacerse fuertes. Tomás es fuerte. Esconden sus tristezas en los cuartos del depósito. Allí almacenan cajas y cintas de embalaje. Son previsores para los cambios; planifican una habitación sobrante para resguardarse a sí mismos.”

Nunca sabré lo que entiendo tiene 66 páginas pero en ellas se esconde el mundo. Un mundo que en medio de dolores y culpas deja entrever chispazos de una belleza que encandila y que propone, como Scherezade, el ejercicio de contar historias como única forma de salvarnos. O, en palabras de la propia novela: “Somos animales narrativos. Cada vez que no podemos contar algo, inventamos una historia.”

El silencio estridente

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Cristoff-altaHay muchas formas de decir el silencio en Inclúyanme afuera, la más reciente novela de la escritora argentina María Sonia Cristoff. Muchas y muy bellas. Y es que si bien Mara, la protagonista e intérprete simultánea, se hastía de su trabajo (o mejor dicho: lo autosabotea) y decide dedicarse a vivir un año en silencio en un pueblo apartado, todo en su actuar logra hacer hablar ese silencio a los gritos.

Mara se emplea como guardia de museo (ocupación perfecta para su nuevo plan de vida) y en su tiempo libre se dedica a escribir un manual de retórica sobre el silencio y a cultivar un pequeño jardín (usando también manuales de otras épocas y latitudes). El manual es brillante y bastaría para sostener la novela, con sus interrupciones precisas que dicen cosas como “ callar es también una disciplina del cuerpo” y “callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”. También tenemos acceso a un cuaderno de notas, en el cual Mara comenta sus lecturas, otros manuales, nuevas instrucciones: “Manuales para impulsar la inmovilidad, la observación y el silencio. La cantidad de cosas que pueden llegar a escucharse, a pensarse, si uno se queda quieto, quieto y solo, quieto y en silencio. Otro tipo de zumbido.”

Y es en esta apreciación del zumbido que el plan de Mara se ve interrumpido, al pedirle su jefa que trabaje de asistente para un experto en taxidermia que se encuentra reparando unos caballos, figuras centrales del museo. Y con la interrupción viene un nuevo plan y una nueva violencia.

Inclúyanme afuera es un libro raro, un sonograma de los espacios interiores, una reflexión sobre el lenguaje y sus muchos tránsitos y la figura del traductor que es a la vez barca que facilita el movimiento y ancla incómoda. En un momento la protagonista comenta que lo más importante para una intérprete no es su conocimiento de idiomas sino la rapidez para determinar lo que el otro quiere decir. En esta novela, si bien la velocidad se cambia por la calma y la pausa, el ejercicio de interpretación se mantiene: la interpretación simultánea del silencio, la exploración en sus muchos matices y mutaciones: el silencio de museo y también el silencio de un animal embalsamado que ya no puede gritar ni aullar, el silencio congelado de un testigo de la Historia que ya no hablará más.

La geografía de la lengua y los multisabores del duelo

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umamiUmami es la primera novela de la escritora mexicana Laia Jufresa y es también el quinto sabor, un sabor difícil de clasificar, a veces dulce, a veces salado (dice uno de los personajes: “Umami es el quinto sabor que perciben nuestras papilas gustativas; hay dulce, salado, amargo, ácido, ésos son los cuatro que todos conocemos, y luego está el umami, es más o menos reciente que los occidentales lo conozcamos, cosa de un siglo, es una palabra japonesa, significa delicioso”.).Y es ciertamente el sentido del gusto el que más abunda en esta historia, no solo porque uno de los personajes, Alfonso, se dedica a estudiar los sabores en la cocina hispanoamericana sino que todo en esta novela se degusta, se paladea, se devora (un ejemplo: “Alrededor de la alberca hay racimos de niñas platicando, como uvas que hablan”.).Las palabras adquieren nuevas consistencias, como cuando Marina, una artista joven que llega a una de las casas de la comunidad, comienza a inventar colores que funden sensaciones: colores como el néctrico (el negro eléctrico de las ciudades), el griste (gris triste), el blansible (el blanco de lo posible), el resentirrojo o el rostra ( que “es el rosa clarito que queda abajo de una costra que te arrancas”). Todo reunido en una comunidad de casas diseñada por Alfonso y que sigue el esquema de la lengua y los lugares en los que se perciben los distintos sabores: y así tenemos Casa Dulce, Casa Amargo, Casa Salado, etc.

Son todas historias marcadas por un duelo y ausencia que se explora de una forma viva. La muerte de la mujer de Alfonso, el accidente de Luz (hermana de Ana, también bautizada “Agatha Christie” por Alfonso, hija de una familia de gringos músicos), la desaparición de la madre de Pina, la ausencia explota e impregna, se esparce, por todas las reflexiones. Una pena que se siente con el cuerpo entero, que queda molestando en los dedos, duele en la cabeza, se enmaraña en los insomnios, inunda todas las experiencias cotidianas. O, como explica una de las narradoras: “Desde que Luz se ahogó, hay algo siempre ahogándose en la casa”.

Frente a esto la alternativa es no quedarse quietos: los personajes de Umami buscan proyectos, Ana, la niña que pierde a su hermana, se obsesiona con cultivar una milpa, a pesar de los suelos contaminados del DF, Marina se obsesiona con aprender inglés “para entender las canciones que ya canta” y Alfonso, viudo de Noelia Vargas Vargas, cuida de dos muñecas como hijas, a pesar de lo que nadie pueda opinar. La vida sigue, y es terrible que siga, y es importante que siga. Todo al mismo tiempo.

Mención aparte merecen las reflexiones de algunos personajes sobre la traducción y el inglés que son una verdadera belleza: “Traducir simplifica, esquematiza: algo que parecía complejo baja a ser, simplemente, un dibujito. Esta ley de gravedad de lo bilingüe le confirma a Marina su sospecha de siempre: los gringos son como un dibujo en plumón”. Y también: “Papá entiende inglés pero lo pronuncia fatal. Según él, por principio hay que desconfiar de un idioma en el que libre se dice igual que gratis”. El inglés abunda como una presencia incómoda frente a lo mexicano, no realmente nociva, jamás verdaderamente feliz. México queda a ratos retratado como un país donde abunda la gente “que ve la tele gringa cuando regresa de trabajar para sacarse a México de encima, como en una versión siglo xxi del manual de Carreño: “Apéese de su México antes de pasar al comedor”.

La lengua pronuncia, degusta, canta y traduce en esta novela.

Leerla es una delicia.