Archivos Mensuales: febrero 2016

Ojos que no ven

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Z33__Sangre-en-el-ojo-gComienzo este texto con una mentira o un título que miente: los ojos de Lina Meruane ven mejor que nadie. Pero el dicho sirve para cuestionar verdades, y siempre hay algo de verdad en la mentira. Siempre. Aunque sea una esquina de verdad.

Y aquí esa verdad son dos ojos que no ven. Dos ojos que explotan, que se inundan de sangre, en medio de una fiesta, dejando a Lina, o Lucina, con el mundo en suspenso. Y desde esas primeras líneas que no nos suelta el vértigo de no saber qué va a pasar con esos ojos que si bien dejan de ver nunca dejan de sentir, porque la verdad también es que, cerrados los ojos al mundo, el cuerpo entero se pone en tensión: y la ciudad de Nueva York con sus suciedades y ruidos impacta en el caminar y en los oídos; la relación incómoda con la madre se siente en el tacto de unas manos que descubren que ella le ha hecho su maleta sin pensar en sus necesidades; la ferocidad del amor se queda en los pies que se buscan de noche en una cama fría en Chile, de las espaldas o las caderas que vuelven a habitar el nuevo apartamento en los momentos de intimidad y desborde. Ojos que no ven, cuerpo que siente más que nunca (“Yo no podía distraerme, todo mi ser entero exigía una concentración multiplicada, una dedicación absoluta a la geografía de las cosas”.). Y un lenguaje que acompaña ese despertar y esa sorpresa, que no es nunca ingenua, que siempre se asoma a la violencia, de experimentar las consecuencias de la ceguera: los miedos de dejar de escribir, de convertirse en una carga, de ser otra.

Lucina, Lina, puede perder la vista pero nunca pierde de vista sus preocupaciones, si bien trata de anestesiarlas un poco, escuchando novelas grabadas. Frente al miedo, su vida se convierte a ratos en una caja de sonidos, una habitación de espectros que le recitan historias mientras ella no sabe si pueda (si quiera) volver a escribir. La novela entonces, escrita en capítulos breves y brillantes, sigue el trayecto y ramificaciones de la enfermedad: desde el diagnóstico y la forma en que impacta su nueva relación amorosa con Ignacio (“Pensar en ese médico torcido y refractario diciendo que yo llevaba adentro una bomba de tiempo acelerando su tictac”); la lentitud del tratamiento que siempre pide esperar un poco más, el viaje a Chile que también es tiempo de espera y de reencontrarse con culpas y dolores de antaño (“Hundida en otra silla de ruedas hubiera querido ser un espectro que retorna en secreto a cancelar viejas deudas y en lugar de chocar torpemente con el mundolo atraviesa sin sentirlo”.). La enfermedad también de ser extranjera, y de padecer una enfermedad siendo extranjera, en un país que no es el propio y la vulnerabilidad que eso trae. Son muchos los hilos que maneja esta historia. La forma en que se acerca a la realidad para olfatearla (“Hurgamos entre muebles de madera tersa y salvaje con olor a aves exóticas y a mandriles, a líquenes, a cantos africanos, y se levantan también los olores a maní confitado y a manzanas acarameladas, a pretzels, a bagels recién salidos del horno refrigerándose en nuestras narices”) para recibirla “toda oídos”.

Y es que, con o sin venas que inundan el ojo de sangre, los ojos de la extranjera absorben todo: “Al otro lado de los muros, sobre nuestros cuerpos y también debajo de nuestros pies, se agitaban todos esos gringos acostumbrados a madrugar con los calcetines puestos y los cordones ya anudados. Gringos que con la ropa interior impecable y la cara planchada se sientan cada mañana a desayunar leche fría con cereales.” Ser extranjera trae un primer ajuste en la mirada, a la vez que dejar de ver invita a nuevas oscuridades y rabias: “(Estoy viendo la sangre otra vez, la estoy viendo con mis ojos. (Quiero arrancarte los tuyos, meterlos dentro de los míos para que puedas ver la sangre.)” Porque “tener sangre en el ojo” es mirar la vida desde una esquina rabiosa (en inglés, recientemente tradujeron esta novela como “Seeing Red”) y acá la rabia a ratos lo salpica todo.

Una novela de escritura vertiginosa y afilada, con un final de carcajada monstruosa.

Ojos que brillan en la oscuridad.

Quién dijo miedo

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enriquez

Siempre me ha llamado la atención un momento particular del texto de Sigmund Freud sobre lo siniestro (o unheimlich). Tan dado a tomar ejemplos de la literatura, Freud aquí utiliza también una referencia personal a una situación al parecer bastante anodina: la de perderse en una ciudad que se cree conocida. Freud narra la desesperación de recorrer una y otra vez las calles de una pequeña ciudad italiana, sin poder nunca encontrar su camino. Lo siniestro comienza con la desorientación, el perder de vista las miguitas de pan que marcaban el camino y que fueron devoradas por los pájaros.

Los cuentos de Mariana Enríquez en Las cosas que perdimos en el fuego se asoman todos a lo siniestro. Todos toman de la mano al lector para luego dejarlo abandonado en el medio del bosque. Te das vuelta y ya no hay nadie. Crees que el cuento va por un camino y siempre hay sorpresas, incluso algunas te llevan al grito. Como en el cuento ‘Fin de curso” en el que la narradora nos comenta, con aparente inocencia, e incluso aburrimiento, acerca de una compañera de clases que se llama Marcela y en la que nadie se fija. La descripción es malvada (sobre todo para una que comparte uno de los nombres intercambiables): “Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque uno las ve todos los días em el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre.” Para luego agregar: “ Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija”.

Hay una tranquilidad en la lecura. Vamos a leer sobre esta chica a la que nadie estima. Dos segundos más tarde, sin embargo, la tal Marcela tiene a todas sus compañeritas chillando (y a esta lectora con ganas de cerrar los ojos) al empezar a sacarse una a una las uñas de sus manos.

Mariana Enríquez escribe sus cuentos en la esquina donde la normalidad más aburrida se junta con el horror. Logra que dé escalofríos leer sobre un chico que se encierra en un baño a hablar por chat con una amiga. Nunca dieron tanto miedo los colores.

Se trata de doce cuentos brutales en los que la oscuridad se oculta en la pobreza, en la falta de comunicación, en el desamor. Cuentos de la deformidad y la violencia.

En “El chico sucio” una mujer se queda a vivir en la casa de sus abuelos en una zona de la ciudad que se ha vuelto peligrosa. Dice la narradora: “Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes – especialmente si son delincuentes -, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.”

Frente a su casa, un niño con su madre, mendigan a los transeúntes (“Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerle la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento”). Un día, la madre se ausenta y el chico llega a donde la narradora, quien lo lleva a tomar helado. Un par de párrafos más tarde, el mundo entero se sale de control: desaparece el niño y aparece un niño muerto; la narradora confronta a la madre: “La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química.”

En “La Hostería”, unas niñas buscando venganza se encuentran con el pasado horroroso de una hostería en tiempos de dictadura. En “Los años intoxicados” un grupo de amigas intentan acercarse, por medio de juegos y otros rituales, a los bordes de la muerte. En uno de ellos, las chicas viajan en la parte trasera de una camioneta mientras el novio de una de ellas conduce a toda velocidad: “Nosotras gritábamos y nos caíamos una encima de la otra; era mejor que la montaña rusa y que el alcohol. Despatarradas en la oscuridad, sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último y a veces, cuando el novio de Andrea tenía que parar porque lo detenía alguna luz roja, nos buscábamos en la oscuridad para comprobar si todavía estábamos vivas”. Las ganas de desaparecer también se ven en el dejar de comer: “La falta de comida era buena: nos habíamos prometido comer lo menos posible. Queríamos ser livianas y pálidas como chicas muertas. No queremos dejar huellas en la nieve, decíamos, aunque en nuestra ciudad jamás nevaba.”

En “La Casa de Adela” volvemos a otra casa embrujada. Esta vez, una casa abandonada a la que van a jugar una pareja de hermanos y una amiga de ellos, Adela, quien no tiene un brazo. La casa, que es cáscara, que es máscara, que le cuenta historias a Adela que nadie más puede escuchar, acaba por interrumpir la inocencia de este trío de formas perturbadoras.

“Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo” saca a los monstruos de los espacios privados para sacarlos a pasear por la ciudad. El relato cuenta la historia de un guía turístico que lleva alos visitantes de Buenos Aires en un tour por lugares donde han sido cometidos asesinatos y crímenes. Es el tour más popular de la compañía y el personaje que más fascinación provoca es el Petiso Orejudo: “ Un asesino de niños y animales pequeños. Un asesino que no sabía leer ni sumar, que no distinguía los días de la semana y que guardaba una caja llena de pájaros muertos debajo de su cama.”

El horror se contextualiza, en los cuentos de Enríquez la pobreza, las fluctuaciones de la economía y sus repercusiones en las vidas de las personas son otro fantasma más, y uno bastante poderoso: “se les explicaba a los turistas las condiciones de vida de aquellos inmigrantes recién llegados que escapaban de la pobreza europea: hacinados en inquilinatos húmedos, sucios, ruidosos, promiscuos, sin ventilación. El ambiente ideal para los crímenes del Petiso, porque la incomodidad y el desorden acababan por mandar a los niños a la calle: vivir en aquellas habitaciones era tan insoportable que la gente se la pasaba en la vereda, especialmente los hijos, que correteaban por ahí.”

Y el tour del horror también impregna la vida del protagonista, que vive con su mujer que está obsesionada con la posible muerte de su hijo, otro fantasma: “Pablo caminó hasta la habitación que él mismo había decorado para su hijo antes de que naciera. Estaba tan vacía que le dio frío. La cuna inmóvil estaba oscura. Parecía el cuarto de un chico muerto, conservado intacto para una familia en duelo.”

En “Tela de araña” lo siniestro es la amargura de un matrimonio frío y un viaje tenso hasta Paraguay. En “Fin de curso”, que comenté al comienzo de esta reseña, la chica en la que nadie se fija finalmente saca las garras (literal y dolorosamente).

“Nada de carne sobre nosotras” vuelve al tema de la anorexia, del dejar de comer, solo que esta vez es para que la narradora pueda parecerse más a una calavera (a la que bautiza: Vera) que ha encontrado en la calle y que desordena para siempre la vida con su pareja: “Él no tiene nada que ver con la belleza etérea de los huesos desnudos, él los tiene cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras de tierra sobre los huesos. Esqueletos huecos y bailarines. Nada de carne sobre nosotras.”

En “El patio del vecino” vuelven los fantasmas a una casa que se acaba de alquilar y, como siempre, los fantasmas hacen recuerdos de otros fantasmas, otros recuerdos dolorosos del pasado, causando estragos en una relación de pareja. “Bajo el agua negra” habla del horror de los excesos de la policía en un barrio marginal que queda junto a agua estancada y que produce mutaciones extrañas en los habitantes.

“Verde rojo anaranjado” hace por primera vez alusión a las tecnologías y sus formas de generar nuevos espectros. Marco, el amigo de la protagonista, se va hundiendo en una depresión viscosa hasta que decide encerrarse en un baño y no volver a salir más, teniendo como única forma de contacto la computadora y sus chats. La mujer encuentra un nombre para esto: hikikomori, personas que, en Japón, deciden cerrarse al mundo. Marco se obsesiona por la internet profunda o deep web, aquella donde se contratan asesinos y se da rienda suelta a los deseos más violentos. La mirada sobre la tecnología permite una reflexión sobre los fantasmas y las clasificaciones que hacen de ellos los japoneses. Los fantasmas, en los cuentos de Enríquez, siempre llaman a otros fantasmas.

Por último, “Las cosas que perdimos en el fuego” le da un giro poderoso a las historias de violencia contra las mujeres que han sido quemadas por sus parejas. De a poco, se empieza a formar un grupo que organiza hogueras en las cuales las mujeres se sumergen por voluntad propia, intentando crear así “una belleza nueva”.

Mariana Enríquez es una escritora que deslumbra y desorienta en cuentos que son como cajas chinas, donde una caja es una casa, y una plagada de fantasmas. Es sin duda una belleza nueva, y una que no se pierde en el fuego sino que saca fuerza de él.

Yo digo miedo.

Con altura de montaña

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la composicion“Así como la sal es capaz de derretir el hielo y diluirse en los mares sin perder su identidad, así como la sal multiplica el ardor de una herida y, quemándola, la sutura de sí y la sana. Así como, en reposo, se expresa irreprochable en un cristal plateado, la sal, pura y venenosa, así se comporta la bella escritura de Magela Baudoin”.

Así introduce la escritora boliviana, Giovanna Rivero, la colección de cuentos de su compatriota Magela Baudoin, La composición de la sal. Una colección a la que me acerqué con expectativas enormes, luego de leer entrevistas a la autora y artículos sobre su obra, después de que su libro de cuentos ganara el prestigioso Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015. La introducción de Rivero se titula “La sal es como el tiempo” y hay algo clave ahí, pues los cuentos de Baudoin ofrecen un acercamiento sutil al tiempo y sus recovecos: son cuentos de esperas, de tiempos de malas decisiones y expectativas, de viajes que no son nunca experiencias triunfales sino quebradizas, vulnerables. Y la experiencia de lectura es una especial también. Un paisaje que se va insinuando despacio, como ir subiendo una montaña, apreciando de a poco los detalles, la vegetación o falta de ella, hasta que de pronto llegas a la cima y entonces la vista es conmovedora. Y la cima en este libro es el cuento que le da el nombre a la colección, un cuento tan breve y preciso en su belleza que dan ganas de leerlo en voz alta, de transcribirlo completo, de traducirlo a todos los idiomas que uno conoce. Un cuento en el cual un hombre ya viejo comienza a llorar por todo. Un hombre que nunca acostumbró a llorar, que ni siquiera lloró la muerte de su hijo, y ahora comienza a inundarse. Dice el narrador: “Llorar no era posible entonces, llorar era como sembrar algas en un mar de sal helado que terminaría ahogándolos, uno a uno, y él no podía permitirlo. Llorar era, estaba seguro, como hundir a su niño en un agua turbia y anclarlo a una roca en lo profundo sólo para poder verlo con los ojos abiertos, allí abajo”.

Su mujer incluso llega a decirle que tiene “ojos de mar” y el narrador los describe entonces con nobleza: “Ambos habían construido en su corazón una fortaleza medieval, adornada de austeridad y de valor, no sin voluntad, no sin amor, no sin culpa y menos sin tristeza. Por eso podían acometer la vida con rigor, pero nunca entregados plenamente al goce. Eran así, un poco tristes, un poco quiméricos, un poco restringidos en su capacidad de recibir”.

Pero para llegar a esa cima pasamos por cinco relatos en los cuales la vida se va desmigajando. Cuentos en los que, como dice Rivero, “la procesión va por dentro”.

En “Amor a primera vista” una joven se enamora de un apartamento en Paris que no puede pagar. Su solución es invitar a su novio a vivir con ella, quien reflexiona: “qué tal si te mudas conmigo? No era una declaración de amor precisamente; no eras tú del tipo que quisiera casarse ni hacer planes; no era ella ni la sombra de una mujer ideal, pero no pudiste decir que no”. A él no le gusta el apartamento (“demasiado posado para ser un lugar habitable”) pero acepta un poco sin saber porqué. Ese será el inicio de una serie de decisiones importantes que el hombre toma por inercia y que ironizan el título, como si el único amor posible fuera el que se la ofrece a los objetos y los espacios.

En “La cinta roja” dos hermanas (Natalia y la narradora) se encuentran en un bar. Natalia está escribiendo sobre un crimen: el asesinato de Rebeca, una reina de pueblo. El cuento entrelaza la tragedia sobre la que hablan todos (“Sólo en una raza como la nuestra era posible esa curiosidad científica, acaso morbosa, con la que podíamos hablar de una violación, de una muerte, y sin perder el apetito (…)”) con un dolor de la narradora que se va insinuando con verdadera elegancia. La narradora se compara con Rebeca: “Es verdad que no era precisamente una niña; lo mío era, en realidad, una adolescencia añiñada de pueblo que yo padecía como una enfermedad.” Pero en sus reflexiones se anuncian chispazos de lo que viene: “Sí, los demonios no se los debo a nadie. No hay más responsable que yo en todo esto.” El cuento es una reflexión potente sobre las distintas sombras de la violencia y la culpa.

En “La chica” un grupo de amigos, en Barcelona, cuestiona las decisiones amorosas de su amigo, Blas, quien decide casarse con una mujer que ellos desaprueban. Es interesante que la describen como alguien que “tiene más mundo que cualquiera en esta mesa”, mientras que de Blas se dice que “no era un tipo experimentado. Para Eda ese era el problema: que Blas no tenía “calle”, que cualquiera podía engañarlo (…)”. La chica lo lleva a la selva amazónica a probar ayahuasca y al regresar a España comienza a padecer de terribles dolores de cabeza que empiezan a afearla a ojos de su marido (“-Tengo un enjambre en la cabeza! – lloraba la chica con Blas. – Un sonido del demonio que va subiendo de volumen, como los bichos de la selva.”). En un momento de disputa, ella le grita y la descripción es deslumbrante: “Traidor!- gimió, sacando toda la lluvia de un huracán, toda el agua de una tormenta, todo el líquido del río de su cuerpo hasta dejarlo en la esterilidad de una sequía que continuó doliéndole en la cabeza”

“Algo para cenar” cambia el tono de los cuentos de pareja a uno íntimo y familiar. Una mujer cuenta la historia de un incidente familiar entre su hermano y su madre. La madre es enfermera y se esfuerza por mantener a sus seis hijos. En una fiesta de fin de año del hospital (“Mami se presentaba con nosotros, aunque seis hijos hacíamos mucho ruido. Seis hijos éramos difíciles de alimentar y de tener a raya”), su único hijo hombre le cuenta a los hijos de los jefes de su madre que ella los golpea. La vergüenza es oscura y pegajosa y parece no limpiarse con nada. Los problemas con el hijo continúan porque “[l]a maldad puede ser infinitamente pura a los once años” y “[s]ólo una madre puede convertir en ternura las maldades de su hijo”.

En “La noche del estreno” un hombre que trabaja en una tintorería, se entretiene jugando con una réplica de un teatro en la que monta la ópera Carmen. Su obsesión por esa obra es enorme sobre todo porque una de las cantantes que trabajara en ella lo besó durante su juventud. Una tarde, llegan a dejar un “frac” para que lo reparen, justo en el tiempo en que vuelve a estrenarse Carmen en Buenos Aires, y el mundo se sale de curso por un momento. El hombre además está obsesionado con cómo viste la gente: “Las vestiduras caracterizaban pues a los cuerpos. Esto es lo que el lavandero creía, consciente él mismo de que su propia vestimenta, cada día más anodina, indescifrable y gris, lo describía.” Y también: “Por esto, le gustaba adivinar la vida de las personas tras sus tenidas.”

Entonces llegamos al sexto cuento, “La composición de la sal” y la vista desde las alturas es sobrecogedora. Un cielo sin nubes, un viento helado que se te mete en los huesos. Aire fresco.

Luego viene el descenso (y no lo digo en sentido peyorativo”. Son ocho cuentos de notas más breves, de miradas fijas en los instantes. En “Moebia” una mujer periodista se interna en la cárcel para encontrar el horror pero también una nueva belleza. En “Gourmet” una pareja logra sobrevivir a un día más en el precario equilibrio de una cena. En “Dragones dormidos” una joven a quien le acaban de romper el corazón se va de viaje con un grupo que va a filmar un documental. El inicio es hermoso: “Aquí las circunstancias próximas a este relato: yo era una chica semi extranjera y triste comenzando un viaje (…) Mi único propósito era desaparecer y si me pagaban, tanto mejor”. En “Un verdadero milagro” una niña que acaba de perder a su madre, va en viaje en bus con su tía y su prima. La situación la alegra pues ella quisiera pertenecer a esa familia. Comenta el narrador: “¡Ay! Si papá supiera que lo que a ella le gustaba no era jugar con Alejandra, sino estar en su apartamento y hacer como si fuera parte de su familia”. Para luego agregar: “A ella le gustaba el volumen de sus risas y que no hubiera eco. Ahora en la casa de Catalina todo tenía eco, especialmente los zapatos de papá.” El viaje en bus (como casi todos los viajes en esta colección) no es un viaje fácil y uno llega al final del relato con un nudo de angustia.

“Sueño vertical” es una exploración en el tema del espacio y las formas de habitar, todo desde la observación de una ventana. En “Borrasca” una abuela intenta acercarse a su nieta con el regalo de un libro (Cumbres Borrascosas) y las historias que lo rodean. “Sonata de verano porteño” vuelve a las relaciones de pareja en estado de tensión y penumbra: una mujer, que ha sobrevivido a un cáncer, viaja a Buenos Aires para hacer un curso de escritura y huir por un tiempo de su novia, Elene. Sus reflexiones son brutales: “Quizás sea mejor convencerme de la verdad: vine para ‘terminar’ de sanar, dice Elene. Pero, ¿quién puede sanar sin derrumbarse antes?”Por último “Un reloj. Una pelota. Un café” muestra el dolor de una familia y sus pequeños sueños encarnados en objetos silenciosos.

Creo que cada libro de cuentos (cada libro, en general) propone un especial paisaje y experiencia de lectura. Hay libros que inundan, libros que queman, libros como internarse en la selva, como un paseo en barco entre glaciares. La composición de la sal tiene la presencia de una montaña, cuyos paisajes van cambiando en el ascenso y el descenso y que, al llegar a la cima, nos deja conmovidos y deslumbrados.