Archivos Mensuales: enero 2014

A veces siempre

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ImageCuestión de Perspectiva, de la escritora uruguaya Natalia Mardero, forma parte de la colección de e-books Absurdia y Suburbia de Suburbano ediciones. Son solo cuatro cuentos y WOW. Una empieza a leer y ya la sorpresa y la maravilla no se acaban.

El primero, “Cuestión de perspectiva” es de esos cuentos que llevaría bien dobladito en la billetera. O en un bolsillo cerca del corazón. Un salvavidas para los días malos. Una belleza de historia, breve y fulminante. Comienza con “Cuando me paraliza el miedo, cuando pienso que lo nuestro no puede ser, que es demasiado complicado, me alejo. Me elevo. Sobre las azoteas del barrio veo gente que viene y va, un auto estacionado en doble fila, el perro del vecino oliendo el viejo árbol de la cuadra. ¿Me sigue pareciendo difícil? Entonces subo un poco más”.

El cuento sólo sigue por un par de párrafos más (precisos, perfectos) para llegar a un final que conmueve en su belleza (y que hace que una quiera tatuarse este cuento en el antebrazo para poder mirarlo cada vez que haga falta.)

“El Recepcionista”, el segundo relato, nos sumerge en la vida de un hombre que trabaja de recepcionista y que se entretiene, y asume como un deber de suma importancia, el anotar las características de todos quienes pasan por el hotel en unas pequeñas tarjetitas. Nuevamente, el comienzo es simple y genial a la vez: “El recepcionista del hotel tiene cara de recepcionista. Una cara que si vuelve a encontrar, no se recuerda de ningún lado”.

Algunas de las cosas que anota este recepcionista: “Gordito yanqui con gorrito de Louisiana y olor a chivo. Lo primero que preguntó es si hablaba inglés, y lo segundo, un lugar para comprar whisky. Viaja solo, está desesperado por hablar. Entusiasta de más, de los que se te acodan al mostrador”.

La labor del recepcionista es noble (“Quiere dejar constancia de todo, antes de olvidarlos por completo, antes de que desaparezcan y no vuelvan más”), pero el hombre no deja de sorprenderse de que ya nada lo sorprenda.Hasta que llega una extraña pasajera. (Y ya nos les cuento más).

“Sábado”, el tercer relato, es otro chispazo breve. La instantánea de la adorada rutina de sábado de una mujer (“El único día que puedo esconderme bajo la manta, bicicletear descalza sobre el colchón y templar el cuerpo con temperatura uterina”) en la que se entretiene repasando curiosas fantasías eróticas.

Por último, en “El chalecito”, cuento que cierra la colección, una niña debe mudarse junto a sus padres a la casa de una tía soltera. La niña debe compartir el cuarto con la tía y por las noches juegan a hablar por horas de horas con la luz apagada (“Creo que cuando se apagaba la luz jugábamos un poco, yo a ser inquisidora y profunda, y ella a contestarme como si fuese una estrella de cine en una entrevista.”). La niña es curiosa y sus reflexiones están llenas de astucia y belleza, como cuando comenta acerca de la actitud de sus padres previa a la mudanza: “Mis padres sabían que ese momento podía llegar, pero ahora deambulaban por nuestro hogar perdido como si se hubiese muerto alguien.” A esto hay que sumarle la aparición de un hombre misterioso que comienza a deambular por el barrio y, de ahí en más, el cuento toma una fuerza de gigantes.

Cuestión de Perspectiva muestra con un lenguaje preciso y precioso los recovecos de la imaginación y curiosidad humana, así como también expone, con incandescencia, los dobleces y recovecos del corazón: un corazón a veces decepcionado, a veces roto en cien mil pedazos, a veces-siempre dispuesto a elevarse, tal vez, un poco más.

Una maravilla de colección.

Sí leer (Y pronto. Por favor. Gracias)

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ImageNo leer, la colección de ensayos de Alejandro Zambra, comienza con un breve texto sobre las lecturas obligatorias en Chile. La reflexión es brutal: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”. Para agregar, ya llegando al final del texto: “…es un milagro que hayamos sobrevivido a esos profesores, que hicieron todo lo posible para demostrarnos que leer era la cosa más aburrida del mundo.”

Lecturas obligatorias. El término parece sacado de manual de tortura medieval (si todos los castigos fallan: aplíquense lecturas obligatorias). Y de ahí que el título de la colección sea tan pertinente, en el otro extremo de la obligación, o de esas campañas de promoción de la lectura que nunca parecen acertarle al enfoque. Zambra, en sus ensayos, en sus reflexiones, devuelve a la lectura al lugar incómodo que le pertenece, esa maravilla que hace olvidarse de los problemas, ese deleite infinito, sí, pero también esos dolores, esos portazos en la cara, esas ganas de apagar el mundo que trae consigo leer ese párrafo preciso y terrible que cae como un buitre sobre el corazón.

Y, sin embargo, una de las cosas que más anoté en los márgenes de este libro fue “Leer”, y con mayúsculas, y entre signos de exclamación, al lado de los títulos de novelas o poemas que Zambra ofrece al lector como tesoros o minas antipersonales a punto de explotar. 

Leer. Leerlo todo. Con voracidad, con dolor, con fascinación y pausa. (No sé si a eso apuntan estos textos pero sí estoy segura de que lo provocan).En libros que se cargan en maletas de viaje a modo de talismán de protección (“Puedo olvidar mi medicamento favorito o el paño para limpiar los anteojos, pero nunca olvido esas novelas. Pienso que viajar sin ellas sería peligroso.”), o bien en aparatos electrónicos o fotocopias tibias recién salidas de la máquina. Leer libros largos inventándose episodios de gripe, o bien esconderse en ellos a modo de búnker (“A mí me gustan más las novelas largas, esas que reservamos para la primera gripe del año, esas que nos obligan a inventar la primera gripe del año para quedarnos en casa leyendo”), para defender el sistema inmunológico de otras amenazas. Leer como trinchera o como un escudo demasiado frágil. Leer los títulos ridículos de Harold Bloom para decidir no leer todo lo demás. No leer, sí, también, como ejercicio de libertad.

La colección se divide en tres secciones. En la primera se reúnen reflexiones breves sobre leer y apreciaciones fugaces (instantáneas, casi, miniaturas precisas) sobre ciertos autores recurrentes/favoritos. 

Nota aparte: siempre me han molestado las reseñas que no incluyen citas de la obra reseñada. No sé, me parece un acto de curioso egoísmo, supongo. Como decir “encontré este tesoro (o este monstruo), pero YO te voy a contar cómo es en vez de dejarte verlo/escucharlo”. Zambra no hace esto, por cierto, todos sus textos conjuran esas otras voces. Despiertan el apetito. 

Así que, de esa primera parte, dejo dos momentos (al azar, de tantos): “…los mejores libros son los que no sabíamos que queríamos leer”. O, sobre Natalia Ginzburg: “El descubrimiento de un gran escritor de alguna manera modifica todo lo que sabíamos o creíamos saber: sus libros estaban a la espera desde siempre, y es poco o nada lo que podemos decir sobre ellos. Incluso deseamos haberlos leído antes, como si no bastara el momento presente.”

En la segunda parte, los textos se alargan, crecen para dar cabida a análisis más minuciosos (y atentos, deslumbrados) de la poesía de Bolaño, los diarios de Ribeyro o la experiencia de visitar el pueblo natal de Cesare Pavese: “En Santo Stefano los niños aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra suicidio. Los niños saben de antemano que, en este pueblo, como decía Pavese, trabajar cansa.”

Por último, en la tercera parte, los textos se centran en el propio proceso de escritura de Zambra: apuntes en torno a Bonsai, o Formas de volver a casa, o incluso el proceso de adaptación al cine de la primera: “Me gusta pensar que cuando publicamos libros es cuando los hijos se van de la casa: queremos que tengan buena suerte, pero es poco o nada lo que podemos hacer por ellos. Y nos interesa mucho más el libro que estamos escribiendo ahora, el que estamos criando. Aquella tarde, sentado en la cuneta, pensé que en adelante mi novela viviría muy lejos y que quizás iba en camino a convertirse en uno de esos hijos ingratos que no llaman nunca.”

No leer es un libro que, como dice Zambra, “no sabía que quería leer” y que, una vez terminado, no puedo menos que decir, aún con esa incoherencia feliz de la post-lectura: Sí leer. Y pronto. Por favor. Gracias.

“Un padre es una bomba de tiempo”

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ImageEs mi frase favorita de Había una vez un pájaro, pequeño y nuevo libro de Alejandra Costamagna. O “nuevo” y “pequeño”, porque la verdad es que se trata de una reescritura de la primera novela de la autora, En Voz Baja, y de pequeño no tiene nada. Hay un mundo acá adentro; hay una bomba de tiempo que late entre las páginas, esa bomba de tiempo que es un padre, que es el padre de estas historias, pero que es también todo lo que arrastra consigo. El tiempo, la memoria, en estado explosivo. Hacer memoria como salir de paseo por un campo minado.

Había una vez un pájaro se compone de tres relatos: el primero “Nadie nunca se acostumbra” (y parte de la magnífica colección de cuentos de Costamagna, Animales Domésticos), Jani viaja con su padre al otro lado de la cordillera. En el camino cuenta perros y descuenta recuerdos, descubre verdades que tal vez preferiría no saber e intenta aprehender a ese padre que se le escapa por todos los dedos y al que es tan fácil descubrir cuando miente: “Cada vez que miente la llama Ja. El helado de pistacho es muy rico, Ja. Hoy día cualquiera pisa la luna, Ja. Te vas a acostumbrar, Ja. Y el pistacho es asqueroso y la luna es una bola distante y nadie nunca se acostumbra”. El segundo, “Agujas de reloj” cuenta una historia que es una miniatura perfecta, confeccionada con precisión de relojero dentro de lo difuso que pueden ser los sustantivos comunes: un padre visita a una hija. Una madre espera. Una madre se decepciona. Una hija tal vez solo quisiera gritar.  O, en palabras de Costamagna: “Una madre es un retrato en el muro de una casa; un primer plano de familia feliz. Una madre es un reloj, dice un padre.”

Por último, la tercera historia, que le da nombre al volumen, también nos confronta con una dinámica padre-hija hecha de jirones y verdades a medias que quedan doliendo para siempre. Comienza así (de esos comienzos para enmarcarlos, para recitarlos como conjuro): “Mi padre es el protagonista de esta historia, pero mi padre no está. Tengo que ir hacia atrás y raspar mi cabeza con una astilla para que aparezca.”

La protagonista pierde a su padre, primero en la cárcel, luego en versiones encontradas sobre su paradero (“Que nos olvidemos de mi padre. O sea que no, o sea que sí. O sea, que nos hagamos la idea de que anda en un viaje de trabajo.”). Son los años 70 en Chile y las mentiras y los silencios confusos parecen ser la banda sonora por excelencia. Pero la protagonista y su hermana van aprendiendo a escuchar los silencios (“Mi tía, Lucas y mi madre hablan en clave, no perciben – no quieren percibir – que estamos aprendiendo su idioma.”) y la manera de contarlo de la autora es de una belleza simple pero incandescente: “A mi madre le gustaría que fuéramos dóciles, que aceptáramos la partida de nuestro padre como un cambio de estación. Un poco frío al atardecer, cielos parcialmente nublados. Posibles chubascos en la madrugada.”

Había una vez un pájaro (título que sale de un epígrafe de Clarice Lispector) parece traer consigo asociaciones felices de infancia y cuentos de hadas. Sin embargo, el título se va cargando de otros tonos, otras inquietudes, a medida que avanza el volumen, y ya al terminarlo, lo que suena con toda estridencia no es ni “pájaro” ni el “había una vez” (tan seguro en su carácter de fórmula), sino esa insistencia en lo único y efímero del instante: Una vez; un pájaro.

Y un silencio que amenaza con tragárselo todo.

Un libro impresionante.