Una tristeza salvaje

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tapa-matate-altaEn Matate, amor, primera novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, una mujer, su esposo y su hijo viven en una casa perdida en el bosque. Eso, a primera vista. Solo tres figuras en medio de la naturaleza.

Es entonces que aparece el cuarto personaje: la rabia. Leemos: “Nada nos distingue a unos de otros. Yo misma, letrada y graduada universitaria, soy más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par.”

Porque ese es el tono de esta novela, que avanza con la velocidad de la furia, de un odio oscuro e incorrecto.

Volvamos pues, al comienzo. Una mujer, su esposo y su hijo en medio del bosque. Afinemos el ojo, alertemos los oídos. Y ahí llega, como un golpe: una novela que trata de una mujer incómoda en su relación de pareja, asqueada de la rutina e insoportablemente adicta a ella a la vez, enojada por el sexo triste, por esas conversaciones que no son conversaciones, por ese amor que se desgasta. Una novela también sobre ser madre y arrepentirse, no una vez en un momento de crisis, sino a cada paso, a cada llanto, a cada portazo. Una madre que no quiso ser madre, que lo es y ahí está, haciéndolo como puede (y la escuchamos decir:“…pienso en ese animal monstruoso, en ese parásito que es un hijo, en eso de llevar tu corazón con el otro, para siempre.”). Entre ensoñaciones con el vecino o sus intentos de espiar las vidas ocultas de los demás, con un desdén corrosivo por la familia de su marido, especialmente su suegra, que enviuda y no es capaz de encontrarse un espacio propio en esa vida donde ahora hay tanto, tantísimo, lugar (dice la narradora: “Algo como una segunda muerte diaria vivía mi suegra que seguía poniendo en el lavarropas los pantalones sucios de su marido.”)

Esta narradora sin nombre no cuenta: escupe, patalea, grita. Matate, amor es una novela sucia, en la que las ramas de los árboles se meten por todos lados, la luz molesta en la cara y los mosquitos aletean entre los aullidos de un perro que se queja de dolor. Y la familia no puede echar raíces porque el territorio es inhóspito. Porque tal vez la propia palabra familia sea un problema (dice la narradora: “Una familia normal es lo más siniestro.”)

Esta novela trata de una familia y sin embargo no hay nada de hogareño aquí. O sí, si volvemos a la etimología de la palabra y recordamos que hogar y hoguera comparten historia y significado. Matate, amor es una novela que quema. Y que, si se lee junto al resto de la trilogía involuntaria de Harwicz (compuesta por La débil mental y Precoz), desata un incendio que ya no se apaga más. En todas ellas está esa rabia que corre bajo las palabras, y ese deseo que no se logra satisfacer nunca, un deseo que va más allá de la satisfacción sexual, o el goce, que desborda el cuerpo, que desborda el mundo, que es un exceso doloroso e imposible. En Matate, amor, por ejemplo, estas son las reflexiones de la narradora luego de un encuentro algo prohibido: “Cuántas veces el deseo rozó lo insoportable, la boca de un caimán abierta a más no poder. El río me arrastró y fui una rama seca. Pedaleé los veinte kilómetros hasta mi casa queriendo vomitar. Pedaleé y pedaleé sin separarme de su gusto en mi saliva. El deseo me siguió a lo largo de toda la carretera, pegajoso, maloliente y servil. Quiero un tratamiento agresivo con láser para olvidar su mandíbula, para deshacerme de su frente.”. O, en otro momento: “Desear es un caramelo pegado al cuello, al cuero cabelludo, a la yugular.”

En todas ellas la relación madre-hija o madre-hijo forman un núcleo pegajoso, hecho de amor, sí, pero también de sangre, de sudor, de besos y asco. Y frente a eso Harwicz pone la urgencia enorme de contar y de contarse (“Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. A quién.”). Son personajes que se abren hasta romperse, que confiesan lo oscuro, que se revuelcan en una tristeza salvaje. Personajes muchas veces extranjeros, en contextos de violencia, o en la violencia que se esconde tras todo paisaje apacible.

Harwicz no escribe: rasguña.

Y leerla es una experiencia incómoda que sorprende. Porque en esta rabia hay maestría, en este desbarrancarse hay un cuidado con las palabras hasta sacarles todo el filo. Hasta que lo más cotidiano se vuelve cuchillo. Así, en un momento, dice la narradora: “Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra ‘amor’ hasta cuando se detestan; amor, no quiero volverte a ver.”

Leer Matate, amor es zambullirse en la cabeza de una mujer intensa, llena de contradicciones, que ama con violencia, se desborda, y a veces quiere cerrar la puerta y olvidarse del mundo. Que siente asco por lo cotidiano y todo lo que tiene de seguridad y certeza; que reacciona con desesperación frente al aburrimiento (“Hay gente que necesita ver el mar. Yo necesito ver un arma, aunque esté quieta, sucia, descargada.”).

Esta narradora se interpela. Se mira al espejo y no le gusta lo que ve (“Y soy una mujer que se dejó estar y tiene caries y ya no lee. Leé idiota, me digo. Leéte una frase de corrido.”). Fantasea con atravesar un ventanal y cortarse entera y a veces, para entretenerse, se ríe a costa del sufrimiento de sus vecinos. Nos cuenta: “Los días que mi marido sale de viaje pongo un bebé plástico en el asiento trasero del auto, en pleno verano. Me divierte ver la cantidad de vecinos y empleados estatales que se alarman.” El matrimonio se complica, se derrumba, se vuelve a armar; se describe como un vínculo lleno de euforias y miserias. Dice, sobre su marido: “Eso veía de mí. Una mujer que debía calmarse. Volverse una ameba. Irse a un lugar de sábanas y paredes blancas, bajo la lengua, pastillitas, pildoritas, comprimidos.” Y también: “Cuando mi marido se va de viaje, a cada segundo de silencio le sigue una horda de demonios colándose por mi cerebro.”

Ariana Harwicz es, a mi juicio, una de las voces más impresionantes de la literatura latinoamericana actual. En sus historias la anécdota suele ser simple, girar claustrofóbicamente en torno a un par de personajes, siempre con el mismo resultado: hundirse hasta el fondo del deseo, dejar el corazón a la intemperie y aullar bien fuerte, esperando la llegada de los lobos.

(Reseña originalmente publicada en Punto y Coma (Perú) en julio 2017)

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