Archivos Mensuales: diciembre 2013

La coreografía de la violencia

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ImageLa fila india, la más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ortuño, es a la vez perturbadora y dolorosa. Recuerda un poco a la brutalidad de 2666 de Bolaño, en la parte de los crímenes, y a la violencia y reflexión sobre la frontera que se encuentra en Norte, la buenísima novela de Edmundo Paz Soldán. Sólo que en La Fila India el cruce de fronteras que verdaderamente se teme y queda marcado en el cuerpo de los personajes en infinitas violaciones, mutilaciones y excesos, es el cruce previo. No el de México a Estados Unidos con sus coyotes, su cruce siempre peligroso y tantas veces retratado en películas y novelas, sino el de diferentes países de Centroamérica a México (“Una vez allá, felicidades. Respira hondo: el horror ya corre por cuenta de los gringos.”)Un terrero que, al menos para mí, era desconocido y que Ortuño retrata con una fiereza que deja al lector atormentado y alerta (“Lloramos a nuestros muertos mientras asesinamos y arrojamos a las zanjas a legiones de extranjeros y lo hacemos sin despeinarnos ni parpadear. Un país de víctimas con fauces y garras de tigre”.)

La novela entrecruza tres historias, que se refractan en muchas más. La de la Negra, una mujer que viaja con su hija a Santa Rita, lugar en el que se han dado bestiales ataques de violencia contra los centroamericanos de paso (llegando a quemarlos con fuego mientras las autoridades andan, convenientemente, de posadas); la historia de Yein, una de las inmigrantes que sobrevivió a la masacre, aunque sobrevivir sea mucho decir, y la historia de la pareja de la Negra, un profesor que parece de lo más aburrido, cuyo único defecto parece ser el machismo y un creerse más de lo que es, hasta que ________, hasta que _____________.  Todo esto, con interrupciones de partes oficiales de la Conami que, en un lenguaje formulaico, frío, se manifiesta indignada frente a la violencia y promete proteger a las víctimas y ayudar a la repatriación de sus restos (“La Comisión Nacional de Migración (Conami) Delegación Santa Rita expresa su más enérgico repudio a la agresión en contra de migrantes originarios de diversos países centroamericanos…”)A medida que avanza la historia, a medida que nos enfrentamos, casi leyendo con los dedos cubriéndonos parcialmente los ojos,  a los horrores, a la hipocresía, al desastre, estos partes oficiales van adquiriendo tintes cada vez más perversos, y el horror lo desborda todo. En un momento la Negra comenta: “Debía rescatarnos de la máquina de picar carne que era la ciudad. El país entero”. O, más tarde: “Los jueces, me dijo la abogada, estaban dispuestos a creer cualquier cosa que les contara alguien que proviniera de las diversas masacres simultáneas que llamábamos México”.

La fila india, como su nombre lo indica, lleva al lector despacio y ordenadamente por un territorio en el que no alcanza a ver muy bien lo que lo espera. Sólo vemos lo que está inmediatamente frente a nuestros ojos, lo que nos protege y oculta del horror que hay unos pasos más adelante, lo que, a su vez, no nos permite estar nunca preparados para lo que viene. El recurso parece también aludir a la docilidad y “avance” de la memoria en situaciones de tragedia, una memoria que también va en fila india, avanzando siempre sin mirar atrás, con una docilidad aterradora (“Pero quién recuerda la anterior matanza cuando aparece otra en escena, deslumbrante”.).

Hace un tiempo leí Recursos Humanos, novela con la cual Ortuño quedó finalista del Premio Herralde y que parece destilar odio en cada una de sus páginas, un odio escrito de una forma absolutamente magistral. La Fila India también ofrece un lenguaje sin adornos, de frases breves que despiertan al lector a golpes, propiciando un estado de lectura incómodo, donde sin embargo siempre queda espacio para maravillarse frente a tanto talento.

Un grande, Ortuño.

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Las sílabas infinitas de la locura

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ImageLa primera novela del joven escritor mexicano Daniel Saldaña París es toda una caja de sorpresas. Cada una de sus cuatro secciones lleva a sus lectores por derroteros inesperados. Caemos de una a otra sin saber muy bien cómo ni a dónde terminaremos. Así, de la historia de Rodrigo en la primera parte (titulada “La tercera persona”), un hombre que trabaja en un museo con bastante desencanto y saliéndose de su rutina tibia sólo para tomar té en un café de barrio y coleccionar cada una de las bolsitas que utiliza y que acaba casándose por error con una secretaria que en el fondo desprecia, pasamos a la vida del español Marcel Valente contada en contrapunto con la de su interés académico. Es la segunda parte (titulada “Consideraciones fundamentales en torno a algo”) y descubrimos la vida del español que no es más que un espejo triste de la brillante y desquiciada vida de un artista de vanguardia (Richard Foret) y Bea Langley, el amor de su vida (“Marcelo se identificaba irremediablemente con sus objetos de estudio, como un niño que durante una película no puede evitar hacer ruidos cuando ve explosiones”)

Justo cuando vamos a ponernos cómodos, creyendo que ahora tendremos estos dos personajes como dos carriles que llevan la historia y nuestras imaginaciones, pasamos a la tercera parte (“Los arbustos del orbe”) en la que estos dos personajes (Rodrigo y Marcelo) se cruzan en un pequeño pueblo mexicano y luego a la cuarta (“El futuro del arte”) en que la novela acaba por desquiciarse.

En un momento de la historia se dice que “la palabra locura sólo tiene tres sílabas audibles, y luego una larga serie de sílabas que se despliegan como hacia adentro de esa palabra, y que no se pronuncian pero que laten en ella y que son en cierto sentido aludidas cuando alguien dice ‘locura’, sobre todo si lo dice conscientemente, pensando en las formas múltiples y no siempre simpáticas de la locura, esa palabra de infinitas sílabas.”; y lo cierto es que esta novela se lee como esa tensión entre las sílabas audibles y las infinitas sílabas fantasmas de la locura. Una locura que en esta novela está en el sitio baldío que Rodrigo contempla por la ventana, donde vive una gallina que le llama la atención y mantiene ocupados sus pensamientos, y que en realidad es un bosque o le recuerda a un bosque de su infancia; locura que se dobla en pedacitos para explotar en un grupo de académicos que hacen curiosos experimentos de hipnosis para descubrir el futuro del arte, para así agregarle algo de vida a la gris academia con la violencia de un electroshock, o que se insinúa en la posibilidad de vivir dos vidas, o tantas, en cada una de las investigaciones y ambiciones de los personajes.

El título de la novela viene de un epígrafe de Arthur Cravan: “Sobre los bancos de los parques/ en medio de extrañas víctimas/el poeta viene a sentarse igual que los amputados”, y uno vuelve a él luego del simple y sorpresivo final de la historia. Una historia donde, si bien los eventos son extraordinarios o francamente bizarros,  donde se cuestiona el arte, la realidad y la conexión entre ambos, lo que queda es la imagen de esos personajes (visionarios, escudriñadores, vacíos, desesperados por vivir, decepcionados pero nunca vencidos totalmente)  que vienen a sentarse entre nosotros “igual que los amputados”.

Notable novela.

Una novela para rendirse

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ImageUn tren descarrilado. Buscarse el pulso en la muñeca y sentir la sangre y su tamborileo, su ritmo desbocado. Pocas veces me he encontrado con novelas tan vivas como Ladrilleros de Selva Almada. Una novela con una historia simple (dos hombres, dos familias, enemistadas), donde no hay lugar para descripciones plácidas ni excesivas meditaciones. Donde todo es carne. Todo late. Todo avanza. Y la poesía abunda en la simplicidad de las cosas.

“La vuelta al mundo quedó vacía, sin embargo las sillas siguen balanceándose despacito. Será el aire del amanecer.”

Así comienza Ladrilleros. Yo terminé la novela ayer por la tarde y la frase sigue suspendida en mi cabeza. Esas sillas siguen balanceándose despacito. Y yo creo que ya no se detienen más. 

Trato y quiero contarles el argumento pero no puedo. Porque contarlo es decirlo todo; porque contarlo es también decirles nada. Tal vez baste con mencionar que, con dos familias enemistadas, en un pueblo pequeño, la muerte se asoma en todas las esquinas. Tal vez pueda agregar que hay fantasmas y recuerdos que no se quieren ir.  Que hay amores y relaciones humanas en carne viva, narradas con desesperación contenida; que hay descripciones que te golpean y ya cuesta levantarse. Leer Ladrilleros nos recuerda que leer es una experiencia física, que hay tensión en nuestros dedos, que hay agotamiento en los ojos, que tal vez apretamos los dientes y el cuerpo se siente liviano o pesado como el infierno a medida que vamos avanzando la lectura. 

Con novelas tan impresionantes como ésta, sólo queda rendirse. Yo solo les dejo tres momentos, tres ecos de esta historia, para que ojalá vayan corriendo a leerla:

“Si ella empezó a despedirse de él cuando nació Pajarito, él empezó a despedirse de ella bajo el sol furioso de un mediodía, mientras descansaba sobre la pala, las patas hundidas en el barro, la espalda ardida; los ojos, dos puñaladas de odio.”

“Un día su cuerpo dejará de quedarle chico a tanta furia como siente desde que tiene memoria.”

“Sin embargo, de vez en cuando le agarraba algo adentro que no sabía explicar y pensaba que cuando su hermano naciera, él se iba a morir. Durante esos ratos, sacaba todos los soldados, indios, autitos, todos los juguetes que tenía, y los alineaba en el patio y después se echaba de panza y los miraba uno por uno, como despidiéndose.”

Hay que rendirse con Selva Almada. Leerla toda. Quedar rendida.

Rendirse otra vez.