Archivos Mensuales: agosto 2015

Radio Nettel

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nettelDicen que las ondas de radio siguen circulando aunque no podamos verlas. Son presencias fantasmales como lo son también las voces que se transmiten a través de ella. Así, por ejemplo, podemos escuchar una canción de Frank Sinatra con toda nitidez, aunque el cantante ya lleve muchos años fuera de este mundo. A través de la radio (y también Itunes, Youtube, y formatos varios) dejamos entrar voces de pasados y presentes. La radio como una máquina del tiempo, como una casa embrujada, como una caja de ecos.

En Después del invierno, la más reciente novela de la escritora mexicana Guadalupe Nettel – y que recibió el prestigioso Premio Herralde el 2014 – hay un oído atentísimo a silencios y sonidos. Y una confirmación del dicho de David Foster Wallace de que “toda historia de amor es una historia de fantasmas”.

Tenemos a dos narradores: Claudio (un escritorcubano que vive en Nueva York) y Cecilia (una joven estudiante mexicana que vive en Paris). Claudio mantiene una relación incómoda con una mujer mayor y adinerada, Ruth, y Cecilia va armando un cotidianeidad extraña con su vecino, Tom, que padece una brutal enfermedad. Claudio es un personaje insoportable: cursi hasta el dolor de muelas y con un estilo de vida que raya en la asepsia: cada cosa en su lugar, menos el corazón que no se encuentra por ninguna parte. Dice Claudio: “Todo lo vivo me provoca un horror inexplicable, igual al que algunos sienten frente a un nido de arañas. Lo vivo me amenaza, hay que cuidarlo o se muere. En pocas palabras, roba atención y tiempo y yo no estoy para regalarle eso a nadie”.

Cecilia está algo perdida por la vida (dice de la gente a su alrededor: “Era así de simple: ellos tenían claro lo que hacían en el mundo, yo no. Ellos eran los protagonistas de algo apasionante o estúpido –como puede ser cualquier vida–, yo era la espectadora de una película cuyo inicio no recordaba”)y se dedica a contemplar a las personas que visitan el cementerio que queda frente a su apartamento. Comenta que “En diferentes momentos de mi vida, las tumbas me han protegido”, pues era al cementerio a donde la llevaba a pasear su padre una vez que su madre los abandonara. Para no sentirse tan sola, mantiene siempre la radio encendida “[p]ara saber que, al menos en alguna transmisora, la gente está viva, toma café y charla tranquilamente, hasta las tres de la mañana”. Este gesto molesta a Tom, su vecino, quien la visita para quejarse de los ruidos. Ella, ni se había dado cuenta. Tom apaga la radio y, con ello, apaga todas las voces.Tom le explica: “…los libros acompañan. Encierran los pensamientos y las voces de otras personas que viven o han vivido en este mundo. Todos estos autores tienen en común el hecho de estar enterrados aquí, frente a nosotros. Aunque no los escuches todavía, nos hablan todo el tiempo. No sólo ellos, también los que nunca escribieron nada. Los oirías si no pusieras el radio”)

En el silencio, en lo no dicho, se empieza a construir una relación extraña entre los dos (“Teníamos el pacto tácito de no hacernos preguntas. Sólo sabíamos las cosas que el otro quería contar acerca de sí mismo”).Y, en medio del silencio, la atención de Cecilia por lo que la rodea se intensifica: “Comprendí que era posible descifrar la vida de todos ellos a través de los sonidos que emitían. En un par de semanas logré incluso reconocer la diferencia de las pisadas y la forma en que cada uno cerraba la puerta”.

[Comienza la historia de amor. Llegan los fantasmas].

Tom también siente fascinación por los cementerios: se dedica a visitarlos en todas partes del mundo e incluso compra lugares para ser enterrado eventualmente en alguno de ellos. En un momento de la novela, Tom lleva a Cecilia a recorrer Pére-Lachaise, sin mapa, sin destino preestablecido, y lee el camino improvisado por ella como una tirada del tarot. Claudio, por su parte, está obsesionado con el silencio y la música. En su casa tiene apagado el teléfono, lo que más admira de Ruth son sus labios (en boca cerrada, siempre, sin hablar: “Los labios de Ruth son grandes y carnosos pero no era eso y tampoco el color carmín que los cubría aquella noche lo que inspiró mi comentario, sino esa forma tan rotunda de callar”) pero, a la hora de escuchar música, es un entendido e impone sus gustos musicales sin pensarlo dos veces (“Como en el poema de Baudelaire, la música es a veces para mí una nave que me transporta a lugares que no existen. Caigo, por ejemplo, en el ridículo de imaginar una vida impecable, distinta de la que llevo, sin sus carencias e imperfecciones”). Para él, la música es su refugio frente a la suciedad del mundo, el único espacio íntimo que le interesa cultivar: “Cuando por fin llegué a mi departamento no pude sino refugiarme en la música. Elegí un disco de Stevie Wonder, un autor que muchos pretenciosos menosprecian injustamente. La vida secreta de las plantas era la única vida secreta que me interesaba escuchar esa tarde”.

En un viaje a Paris, Claudio conoce a Cecilia y se enamora de ella. O mejor: la idealiza hasta el extremo. Para acercarse, le envía discos de música (el día que la conoce, pone uno de sus discos en la casa de ella, que luego deja de regalo) con instrucciones precisas de cómo debe escucharlos. Así, cuando le envía Dark Intervals de Keith Jarrett le dice: “Supongo, Cecilia, que a estas alturas ya habrás recibido el sobre. Me decidí a enviártelo porque necesito explicarte algunas cosas y porque sé que no podría decirte nada ni más exacto ni más candorosamente idéntico a lo que esa música dice y espero te diga de mí. Cierra los ojos y escucha «Americana». Cuando llegues a la altura del minuto 2.19, o del 2.56, o del 4.16, o del 5.25, o del 6.11, imagíname a tu lado”.

Cecilia agradece los discos, pero ignora por completo las instrucciones (“Más que rechazo o curiosidad, tantas precisiones me dieron pereza”).

Los dos narradores se encuentran. O tal vez sería más preciso decir que se des-encuentran. Por un rato leemos los capítulos de él y ella, cada uno contando su versión de lo ocurrido y luego todo se desborda. En un momento, ella lo visita en Nueva York y lo primero que le molesta de él son sus sonidos: “No era deliberado, pero tampoco podía dejar de notar, desde el interior de las sábanas, los ruidos de la ducha y la máquina de café, de una manera similar a como escuchaba los de mis vecinos. No los disfrutaba en absoluto”.

(Y no adelanto nada más para no arruinar la lectura de esta novela).

Ambos narradores cargan con fantasmas (Claudio el de una ex novia, Susana; Cecilia el de la ausencia de su madre y luego la presencia/ausencia de Tom que se va en un largo viaje) y son, a su vez, espectros: él porque pareciera vivir la vida queriendo no ensuciarla (“Una de las reglas que me impongo con las mujeres es no saber nada acerca de su vida anterior a mí. Eso las mantiene, a su vez, apartadas de la mía. En pocas palabras, la discreción levanta una barrera de distancia tan necesaria a mis ojos como la higiene más elemental”); ella porque su vida está en espera mientras regresa Tom (“Esperar a alguien, al menos de esa manera, equivale a cancelar la existencia de uno mismo, a hipotecarla por un tiempo condicional, a cambiarla por un absurdo subjuntivo”.)Y, entre tantos espectros, está la música que une destinos, sí, pero por instantes. Una música que, como dijera Joyce de la nieve, cae también “sobre los vivos y los muertos”. La música que, como dice Cecilia, es tal vez la única forma de expresar la muerte: “Me dije que había algo en el hecho de morir que no podía ser expresado con palabras ni en ningún libro del mundo. Probablemente la música fuera el medio más adecuado para hacerlo”.

Vivos, muertos, espectros; ciudades o cementerios…Guadalupe Nettel (¿Radio Nettel?) sintoniza silencios y gemidos, sonidos y murmullos con precisión maestra.

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Chispas antes del silencio

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mundyMe pregunto qué habrá pasado con los ejemplares de Pirotecnia (1936) de Hilda Mundy (sobrenombre de Laura Villanueva Rocabado) cuando decidió dejar de escribir. Si los habrá guardado lejos, fuera de vista, en esa vida que escogió. O si los habrá dejado cerca, si los habrá hojeado de vez en cuando. Dice Edmundo Paz Soldán en el prólogo a la reedición hermosa de Los Libros de la Mujer Rota que, al contrario de lo que suele pensarse de las vanguardias como grupos de escritores en permanente actividad cultural, “[e]n muchos países de América Latina no todo fue tan colectivo; ese es el caso de Bolivia, que tuvo a Hilda Mundy (1912-1982) como su única escritora de vanguardias…”.

Es linda la imagen. Es triste también: la de una mujer sola conjurando sus fuegos artificiales en medio de una ciudad que la atrae y la rechaza a la vez. Como explica Paz Soldán: “Sus sesenta textos en prosa tratan de atrapar el ruido de la urbe en el nuevo siglo”, así como también comenta que “Hilda Mundy acepta el culto moderno de la velocidad, pero prefiere el movimiento más tranquilo del tranvía al desenfrenado del automóvil.”. Tal vez ese es el miedo al que hace alusión el subtítulo de su obra: “ensayo miedoso de literatura ultraísta”. Un miedo que no teme a los críticos sino al aburrimiento que se inserta en el centro de la modernidad como un corazón que late cansado.

El poemario comienza con lo siguiente: “Ofrezco este atentado a la lógica./No tiene lugar ni filiación en el campo bibliográfico:/porque prescinde de la verosimilitud y linda con el absurdo./Alguien me dijo: su libro será un fracaso que hará reír./Y hallé júbilo en la predestinación: al imaginar tres docenas de lectores riendo de las páginas de mi fracaso.”

En Pirotecnia encontramos todos los tonos, todas las texturas. Encontramos risas y lágrimas (nunca fracasos). Desde reflexiones divertidas y livianas como: “Una teoría:/ Las emociones están en relatividad con el peso de las personas.” o sugerencias cargadas de ironía cuando propone que las esposas le pidan cosas a sus maridos mientras están leyendo el periódico porque “Todo parecerá al esposo trivial y pequeño, comparado/con las grandes calamidades que narra el diario favorito; y neutralizado con el olor agradable de las tostadas/del café…”

Hay también instantes de humor y picardía: “Un ocurrente decía que las mujeres metódicas que/’cronometrizan’ sus amores con el tirano reloj se equiparan/ a los frascos de farmacia despachados por fórmulas/médicas, con la instrucción infaltable de una toma/por hora, en la etiqueta al rodete engomado que reza:/AGÍTESE ANTES DE USAR.”

Pero también está, y de forma muy prominente, el temor a la rutina y al aburrimiento como algo que puede carcomerlo todo: “Y pensar que este amor hecho poema, terminó con/un esposo neurasténico, una esposa con la curva de la/maternidad cansada, una estufa y un gato!”. Y también sobre la rutina: “Un principio irrecusable: la continuidad merma la riqueza/ de las sensaciones.” (XXXII)

Parece trivial pero en Pirotecnia el aburrimiento tiene una presencia sombría. Entre tanta velocidad, luces y anonimato, el aburrimiento se desenvuelve como una peste. Así en XXVII, tenemos lo siguiente: “¿Cuándo se mide la inconmensurabilidad de la desgracia?/ En el aburrimiento./¡Debería ensancharse el purgatorio para las almas cansadas!”

Sin embargo, y como chispas de colores de fuego artificial, Mundy propone soluciones al hastío en su poema TRES (que merece ser reproducido en su totalidad):

Para sentir con intensidad plena la vida de ciudad

hay que fugarse de los límites lógicos y de lo pre-establecido,

remozando la sensibilidad con ‘flejes’ nuevos.

Pensad que los suicidios se originan por un alto porcentaje

de aburrimiento, que hay que evitar ‘aseptizando’

de modo conveniente…el espíritu.

Cuando el hastío quiere sobornarme, al punto me

invisto de particularísimas funciones.

Me siento imaginativamente:

Inspector oficial de los viandantes.

Artista delicado de las canchas de foot-ball.

Contralor asiduo de los flirts perrunos.

Visador de residuos.

Representante de las alcantarillas.

Y a renglón seguido, el cansancio huye,

revolucionado, sobrecogido de espanto como un ‘monago’ en deserción de amor…

Pero la hablante no perdona al aburrimiento. Lo acorrala en las esquinas, lo señala con el dedo. En CINCO: “A las tres de la tarde, las vías se visten de un medio/aburrimiento”.En DIECISIETE: “Mi espíritu-buzo “escalafrandado” se inmerge en la/delincuescencia de la noche./ La ciudad arroja a sus aburridos./ Se diría que los aborta a las plazas y calles con la colilla/del cansancio.”(…) “Hombres de dimensión ‘standard’ que acusan los cien centímetros de vida corriente.”

Y el “espíritu escalafrandado” de Mundy se atreve a explorar todos los rincones de la ciudad y las personas que los transitan. Más que la descripción de un espacio, tenemos la descripción de una velocidad que es una belleza nueva y también una violencia nueva. Dice Mundy: “La era maquinista hará del mundo un encantamiento/en hierro.” Y también: “El espectáculo más ‘abracadabrante’ en este siglo del/ automóvil y del amor en oro americano…sería un suicidio/de pasión… con la ridiculez de una carta póstuma”

Su acercamiento a las mujeres en sus poemas tiene mucho de admiración y misterio: “Los escotes de las damas se abren como grandes/interrogantes acerca de lo que viene a continuación.”, aunque a veces tema por su mecanización pues dice que la mujer de ese momento “Tiene el don singularísimo de haber reemplazado al/ corazón con una máquina portátil de calcular…”

Mundy escribió dos libros y decidió guardar silencio (uno es Pirotecnia, el otro es Cosas de fondo. Impresiones de la Guerra del Chaco y otros escritos). Ese silencio que ella siente perfecto porque, como dijera en uno de sus últimos poemas: “callarse es hacer florecer el pensamiento en la ruta de la/Perfección…

Y Pirotecnia es, por cierto, un libro perfecto y luminoso en el que el silencio queda cargado de belleza y sombras, como el silencio que queda después de los fuegos artificiales.

Todos somos monstruos

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gutshotLa expresión es conocida: nadie de cerca es normal. Podríamos agregar también: nada de cerca es normal. Lo supo Julio Cortázar (que hoy cumple años en algún universo paralelo: cumpleaños feliz/te deseamos a ti) cuando en “No se culpe a nadie” hace de la observación minuciosa y tan de cerca del acto (sencillo, cotidiano, ridículo) de ponerse en sweater (ok: pulover) una inminente tragedia. Un cuento que, literalmente, te quita el aire. Cuento no apto para claustrofóbicos.

Lo que hace Amelia Gray en Gutshot (2015) va un paso más allá. Y su atención está en poner una lupa amplificadora en el lado grotesco de las cosas, en hacerle un zoom al grano semi infectado en el rostro de una mujer hermosa, en dejar entrever el olor a basura que apenas esconde una ciudad o situación glamorosa. Sí, son cuentos brillantes. Pero sí, son cuentos que cuesta leer, cuesta digerir. Cuentos que a ratos dan ganas de leer con la mano sobre los ojos, los dedos ligeramente entreabiertos, como cuando estamos frente a escenas terribles en una película de terror que queremos y no queremos ver. Gray muestra la desesperación que se esconde incluso en el enamoramiento más puro y algodonado. Y por eso es necesario aplaudirla y seguirla leyendo. Aunque sus cuentos se queden pesando sobre el corazón.

Comienza el paseo por esta colección/casa embrujada con “In the moment”, cuento de chico conoce a chica, chico y chica se enamoran (o eso queremos creer). Al principio, todo bien: “Her name was Emily, a name she hated, but Mark found it reminded him of reading picture books with a flashlight under the covers of his childhood bed. Emily was the name of a girl hero whose intrepid adventures took her around the world and even underground. It was a far better name, anyway, than Mark, a name that regularly conjured the image of a bucket of black paint thrown against a prison.” Aunque el enamoramiento empieza a alcanzar niveles de estridencia solo del lado de Mark: “Mark felt closer to Emily than he had felt to any other person living or dead since grade school, when he and a group of boys formed a secret society in the woods behind the Dairy Queen”.

Chico quiere a chica se transforma en chico quiere demasiado a chica.Y la forma de mostrarlo de Amelia Gray es oscuramente brillante: “He was quiet, turning over the idea that Emily had a mother. He imagined a whole gloomy family tree, and then imagined taking a chain saw to the tree and sitting on the stump, listening to Fleetwood Mac on a cassette player and waiting for the wood to dry so he could burn it”.

Seguimos. Zoom In.

En “House Heart” una pareja contrata a una mujer para ayudarlos a refrescar su relación. Abrimos la puerta y ahí está ella (“She smelled like a bowl of sugar that had been sprayed with a disinfectant. Even her name sounded processed.”) y el trío que se arma es, por decir lo menos, curioso: ella encerrada en el tubo de ventilación del apartamento y coexistiendo con la pareja como un fantasma aterrado.

Hay más, hay tanto más: Amelia Gray es maestra del cuento corto, a veces de dos páginas. Una Lydia Davis meet Shirley Jackson del relato breve. Con una pizca de Stephen King. Cuentos de fin del mundo, de un parque de diversiones de tema navideño que queda justo al lado de un centro de tiro (y se escapan las balas, y tenemos a aficionados a Santa Claus baleados en pleno brindis con eggnog), de instrucciones zombie (cincuenta) para devorar a tu amante (“when he says goodbye, eat his heart out”), o de una chica que queda embarazada y le cuenta a su novio, quien responde lo siguiente (por favor leer en voz alta): “Here’s the thing though,” he said. “Your folks are dead. And I have a warrant out for my arrest. And you’re forty years old. And I am addicted to getting tattoos. And our air conditioner’s broke. And you are drunk every day. And all I ever want to do is fight and go swimming. And I am addicted to keno. And you are just covered in hair. And I’ve never done a load of laundry in my life. And you are still technically married to my dealer. And I refuse to eat vegetables. And you can’t sleep unless you’re sleeping on the floor. And I am addicted to heroin. And honest to God, you got big tits but you make a shitty muse. And we are in Beaumont.” (El cuento se llama “These are the fables” y usted lo puede leer aquí)

Y más, más, más (ahora con unas gotitas de Millhauser): una serpiente gigante se instala en un pueblo, dividiéndolo en dos; un padre con sus hijos que descubren un corazón enorme de ballena en su casa (pero la madre no está por ninguna parte, y comenta el niño sobre su padre: “He says it’s there because of Mom and I figure when we get it cut down enough she’ll be inside or at least we’ll get some clue about how to find her”). Un concurso en que los dioses, una vez al año, premian a alguien que ha perdido a un ser querido con su regreso. Para decidirlo, la gente tiene que demostrar cuánto le duele esa pérdida (y los excesos son inmensos; y el final es perfecto), o dos mujeres (muy gringas) que se envían cortésmente (y luego ridículamente, brutalmente) tarjetas de agradecimiento.

Zoom in. Zoom in. En cada cortesía, un monstruo; en toda cotidianeidad, un aullido.

Mapas para perderse

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cuatroLeer un libro de cuentos a veces se parece a recorrer una ciudad que no conocemos. Hay más o menos expectativas, se sigue un plan o solo nos dejamos llevar, nos detenemos a tomar una foto (subrayar un párrafo), y a veces nos quedamos más tiempo en ciertos lugares donde nos sentimos, extrañamente, en casa. Cuatro, libro de cuentos del escritor boliviano Rodrigo Hasbún, es una ciudad donde da gusto perderse. Se trata de un libro breve pero preciso, en el que paseamos por secretos de familia no muy bien guardados, por la intensidad fulminante de un amor de adolescentes o la relación de un padre con su hija.

El talento de Hasbún no es sorpresa: ya quedó confirmado como uno de los grandes del cuento con Los días más felices y por estos días los críticos de libros se deshacen en elogios por su más reciente novela, Los Afectos.

Pero si bien no hay sorpresa en el talento, sí hay deleite – y tanto – en la forma en que Hasbún va configurando sus historias. En “La mujer y la niña”, un niño abre la puerta de su casa a los mendigos hasta que llega una mujer en busca de su madre. La mujer resulta ser una empleada de su abuela que habría tenido una hija con su tío, justo antes de morir. La visita le desordena el mundo al narrador, quien siente “como si de pronto algo estuviera fuera de lugar, ellas dos o yo o la casa o la ciudad entera incluso.” Esta aparición frágil en la cotidianeidad de la familia acaba por resolverse desde el silencio. Y el cuento no termina: se deshace en las manos del lector.

En “Syracuse”, el cuento que, en nuestra hipotética ciudad, representaría ese rincón favorito en el que todo está bien aunque estemos algo perdidos en una ciudad extraña, un profesor de literatura se obsesiona con dos de sus estudiantes: Russo y Grace. En su clase, les pide a sus alumnos que escriban un diario en el que lo real se confunda con lo imaginado y, si bien el ejercicio al comienzo ayuda a echar luz sobre las vidas de estos dos jóvenes, finalmente todo se sale fuera de control.

Nos detenemos aquí, sacamos la cámara, tomamos apuntes:

Dice el profesor sobre su estudiante: “Había algo raro en él, una especie de tristeza empantanada, sucia de tanto estarse ahí, o quizá simplemente me gusta recordarlo así ahora, como si ya presintiera desde entonces lo que iba a depararle el semestre.”

Si bien el centro de atención está en la relación amorosa que se establece entre los dos estudiantes (una de malos entendidos y amor incandescente), hay un misterio que rodea al narrador, uno que nunca se resuelve del todo y que deja intuir un pasado de malas decisiones y de fantasmas que lo siguen a donde vaya: “Esa primera semana la había pasado deambulando por la ciudad, postergando indefinidamente el momento de desempacar, el momento de obligarme a pensar que era posible estar de nuevo en el principio de algo, aunque fuera algo a lo que le temiera, así como temía el invierno que tarde o temprano iba a llegar.” Esto es algo que se repite en todos los cuentos de Hasbún, con maestría, un cierto juego con la profundidad de campo que nos lleva a apreciar detalles mientras en el fondo se intuyen tantas vidas, tanta vida: el hermano que apenas se menciona en la primera historia, o la historia del profesor con Kate.

Un último subrayado de este cuento (que subrayaría completo); una última foto, una última mirada al paisaje antes de seguir avanzando: “Es sabido que ese día Grace revisó 67 veces la cuenta de Twitter de Russo y que googleó su nombre 29 veces – por algún tipo de corazonada, conjeturan los más sentimentales -, pero no queda claro qué es lo que esperaba encontrar. En su diario, mientras tanto, se puede leer esto durante las últimas siete páginas: ‘pienso en ti pienso en ti pienso en ti.”

En el tercer cuento de esta colección, “Los nombres”, un padre joven ve a uno de sus amigos perderse por el amor de una mujer muchos años menor. Lo que al principio es una anécdota en el grupo de amigos luego adquiere otra consistencia al encararlo su hija que se ha enterado de la situación y le comenta que la novia tan joven no es nada menos que la hermana de una de sus amigas y la situación le resulta “asquerosa”. La historia se equilibra entre la descripción del grupo de amigos (“los que no sabíamos resignarnos todavía a que la fiesta ya no era la nuestra.”) y el inevitable paso del tiempo y la relación del padre narrador con su hija. Sobre lo primero, las siguientes citas:

“Pasaba algo raro cuando nos juntábamos. La única manera de explicarlo es un poco burda. Se sentía como si nuestra amistad fuera una casa en medio de una geografía inhóspita, y a pesar de que se viera hecha mierda desde afuera, y los vidrios estuvieran sucios y las paredes dañadas, una vez que entrabas te dabas cuenta de que todo permanecía más o menos igual. Ahí seguían los mismos muebles (cambiados de lugar a veces) y los mismos adornos y las mismas fotos”.

Y también: “A partir de cierto momento el pasado reaparece a cada rato, como acusación y condena pero también como consuelo, recordándote que las decisiones más importantes ya han sido tomadas, ya no hay vuelta atrás.”

Pero de la camaradería de amigos y las reflexiones sobre la adultez pasamos a la contemplación del padre a la hija, que solo está con ella algunos días a la semana y la mira y la mira como queriendo llevársela consigo: “Siempre se volteaba para despedirse. Levantaba la mano en el aire y la dejaba quieta un rato y me hacía saber así que pensaba en mí, que al menos en los pasos entre el auto y la casa había pensado en mí, que hubiera preferido quedarse conmigo en lugar de entrar.”

Por último, en “Tanta agua tan lejos de casa” se nos cuenta el paseo de tres amigas que visitan a una cuarta, dueña de un hotel en Chapare. La anécdota, a simple vista trivial, va adquiriendo mayor y mayor consistencia a medida que avanzan las páginas y las imágenes, como el agua, van conectando los destinos, delirios, sueños y traumas de los personajes: las muertes de los hijos de Carmencita – con su esposo Jonás muerto en vida en el trabajo desde entonces (“desde el accidente de los chicos se había acostumbrado demasiado a la tristeza, a perderse fácil por dentro”)– la dependencia de Ro con su esposo, el engaño del marido de Tula, la dueña del hotel y los sueños de quienes trabajan para ella.

La muerte se entromete en estas historias de tantas maneras, el tiempo pasa y pesa para los personajes y nos quedamos exhaustos y fascinados luego de recorrer un mundo complejo. Uno que nos da la ilusión de la familiaridad hasta que un giro, una descripción, un párrafo brillante, nos dejan de frente con la maravilla.

Cuentos que muerden

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la-bella-muerte‘Me ejercito desde hace años en la fabricación de sonrisas”. Son de las primeras palabras que encontramos en La bella muerte, la más reciente colección de cuentos de Natalia Berbelagua. Vienen de la boca de una técnico dental que se dedica a clasificar las sonrisas de los demás mientras persigue a uno de sus vecinos (y guarda mandíbulas con dientes en el borde de su ventana). El vecino la intriga y, al principio, lo conoce solo por sus sonidos: “Conozco todos sus hábitos. El silbido de la tetera que suena sagradamente a las siete de la mañana, el fósforo que rasguña la pólvora para encender el calefont a las siete veinte, el bramido de las cañerías a las siete y media, la puerta del ropero que ruge por la madera hinchada de humedad, los dedos que dan vuelta las páginas del diario cerca de las ocho, la apertura de un sobre cada lunes, sus pasos por el living, el sonido de la cerradura al abrir los tres pestillos que aseguran la entrada.” Seguirlo, eso sí, trae otro descubrimiento. Y sólo vamos en el primer cuento: “El arte de las sonrisas”.

Es un volumen oscuro y, sin embargo, la prosa brilla. En todas las historias se entromete la muerte, en muchas nos toca dar unos cuantos paseos por el cementerio y, sin embargo, la vida vibra, mostrándonos los dientes: la desesperación por vivir, la pasión desbocada, el deseo en combustión.

En “La mala suerte de Gerardo Vian”, un escritor comienza a ser perseguido por un extraño personaje en cada una de sus apariciones públicas; en “La bella muerte” una modelo visita a su novio en la cárcel. Allí se entera de que el chico ya está emparejado con alguien y la venganza es, la verdad, modelo.

En los relatos de Berbelagua la muerte se mezcla con la belleza y también toca la infancia. Como en el cuento “Dos pájaros en la mano y ninguno volando” en el que una niña le deja sus dos jilgueros a su abuelo para que los cuide y se encuentra con dos cuerpos fríos a su regreso. La solución de la chica es bañarlos en colafría y dejarlos junto al resto de sus juguetes. Su reflexión es brutal: “Los insectos carcomieron el pegamento, me arrebataron las plumas, los huesos, los cartílagos. A mis doce años pienso en que cuando sea mayor y me toque morir debieran inyectarme algo para que no se olviden de mí tan fácimente.”

En “La casa nueva”, una mujer desahuciada tiene miedo y, a la vez, se resigna a morir (“Me resisto a morir porque tengo un perro que se quedará solo y una madre que debiera existir antes que yo.”). Mientras la muerte llega, se dedica a visitar las tumbas de otros: “Voy cada semana a ese sector de Santiago. Compro flores para deudos que no son los míos y que nadie visita. Reemplazo las rosas plásticas por crisantemos reales, ayudada de una pala de jardín les extirpo la maleza, con un plumón negro marco las letras ya ilegibles por el paso de la lluvia.”

Es tal vez el cuento más potente de la colección. El que se queda por más tiempo resonando en el cuerpo, también. La mujer reflexiona sobre la muerte: “Hoy mi enfermedad se me figura como una bandada de pájaros negros parecidos a los del cementerio, que confunden mis sesos con migas de pan, lanzadas por un Dios que ya se puso viejo.”. Y también: “Contrario a lo que se podría esperar la enfermedad sigue ahí tan latente como la noche en que todo se vino abajo, hace oídos sordos a las cadenas de oración, a los abrazos sinceros y con mayor razón a los hipócritas, avanza a paso firme, destruyendo la carne, quemándome los huesos, arrastrando con cada huella de vida que encuentra a su paso.”

En otros cuentos la muerte se disfraza de adicción como en “Tragaperras”, o de la muerte en vida de una mujer en un asilo de ancianos (en ‘Madrecitas de los pobres”). A veces, también llega por accidente (en “Cerro Arriba”).Y la brutalidad de la pérdida se describe con escalpelo en “Última cena” (dice la narradora: “…estoy convencida de que a ratos uno encarna todos los dolores del mundo”) en el cual un grupo de gente que ha perdido a un familiar se come la cena que él dejó preparada un poco antes de morir.

En la segunda parte de esta colección se reúnen una suerte de obituarios literarios, en un especial panteón que mezcla a Hans Pozo y Jorge Matute Johns con María Luisa Bombal y Agota Kristof. De esta última resuena su acercamiento frío a la crueldad y la muerte en El Gran Cuaderno, una mirada que también filtra – y con mucha destreza- las narraciones de Berbelagua. Narraciones que muestran los dientes, desafiantes, ladran y, a veces también, muerden.

Caerse del tiempo, aferrarse a las palabras

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grossmanNo sé cuántas veces un libro puede romperte el corazón. Pienso en esto y una voz en mi cabeza responde, algo tímida: todas las veces que sea necesario. Falling out of time, la última novela del escritor israelí David Grossman traducida al inglés, me dejó necesitando un corazón nuevo (mientras el mío descansa,se repara).

Se trata de un libro extraño: una novela que se escribe en diálogos como una obra de teatro, ambientada en un tiempo que no se especifica, en el que un cronista de pueblo, aparentemente obligado por un duque, recorre el lugar buscando historias de duelos de padres que se quedaron de pronto sin hijos. El mismo cronista carga con un dolor parecido -un dolor insportable- por la muerte de su hija.

Un día, uno de los padres, agobiado de vivir el dolor en lo privado de su hogar, decide ponerse a caminar, envolviendo en círculos el pueblo, llamando con su caminata otras historias, otras voces. Y el dolor de la muerte no solo se cae del tiempo, como indica el título de la novela (que parece proponer que el duelo nos quita del tiempo y de la ilusión de un orden cronológico) sino que también o bien, al hacerlo, se cae de la prosa, y entonces solo queda la poesía como forma de ponerlo en palabras. Como exclaman los caminantes: “…poetry/is the language/of my grief”

Este primer caminante, verdadero flautista de Hamelin de los padres dolientes, ya no soporta más. Comenta que lleva “five years on the gallows of grief” y reviviendo/revisitando con su mujer la noche en que le comunicaron la muerte de su hijo. Dice: “For five years/we unspoke/that night.” Al comenzar la novela, somos testigos de la última vez en que se cuentan esa noche y el dolor no tiene orillas: At night people came/bearing news./They walked a long way,/quietly grave,/and perhaps, as they did do,/they stole a taste, a lick./With a child’s wonder/they learned they could hold/death in their mouths/like candy made of poison/to which they are miraculously/immune”

El duelo los aprisiona (de alguna forma, se vuelve al sentido de”duelo” como un “enfrentamiento” , y uno del que alguien no va a salir vivo) y los lleva a cuestionar su futuro, la posibilidad del deseo. Él le dice: How will we crave each other?/When I kiss you,/my tongue will be slashed/by the shards of his name/in your mouth-” Y ella a su vez pregunta: Will I ever again/see you/as you are,/rather than as/he is not?”

Sin embargo, en cuanto él anuncia que saldrá a caminar para encontrarse con su hijo (en un “allá” que no define, que desconoce), ella se niega a acompañarlo, a la vez que teme que algo del duelo se desarme con su partida: “Sometimes, when we are/together, your sorrow/grips my sorrow,/my pain bleeds into yours,/and suddenly the echo of/his mended, whole body/comes from inside us/and then one might briefly imagine-he is here”. Ella describe el duelo como una soledad que nos acerca a la realidad de los enfermos: “Mourning condemns/the living/to the grimmest solitude/much like the loneliness/in which disease/enclothes/the ailing”

El hombre se va y la mujer se queda y se van sumando voces a este coro. La de un maestro que perdió a su familia (‘Whether I come or go,/whether rise or lie-/it is here./When I am alone/or sitting in the square,/or teaching a class-/it is here,/filling me up entirely/until nothing is left and/there is no room,/sometimes, for myself.) y la de un centauro que le cuenta su historia al cronista, quien comenta en su reporte al duque: “It’s like a murmur,”the centaur explains when I pass by his window the next evening: ‘A murmur, or a sort of dry rustle inside your head, and it never stops.”

Cathy Caruth, una académica dedicada a los estudios del trauma, acuñó la famosa frase de que tal vez la única forma de reponerse de un evento traumático, de una pérdida, sea “listening to the other’s wound”, o sea, escuchar la herida del otro (y en un momento, uno de los padres de esta historia se define como: “an unleashed question,/an open shout”). Falling out of time es una verdadera sinfonía de heridas, descritas con una belleza terrible y conmovedora.

Delirios desde el centro de la Tierra

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editorialfurtiva-wordpress-comEn inglés, existe una palabra especial para designar los círculos que se forman al tirar una piedra al agua: ripples. Son las reverberaciones de la caída, los ecos. El increíble señor Galgo, primera novela del escritor chileno Diego Vargas Gaete, se entretiene en estos ripples, en los ecos y ramificaciones que una historia, que una persona, que un malentendido, tienen en el tiempo y, especialmente, en los textos.

Galgo fue muchas cosas y muy distintas. Un escritor que dejó una sola novela, El Parche antes de la herida, que altera la tranquilidad del Colegio Germano de Temuco, sus compañeros y el profesor de Educación Física. Un vecino que lidera salidas a correr que se vuelven masivas y le dan algo de paz y voluntad a habitantes que creen haberlo perdido todo (“Seguro conocen la historia de los tres chanchitos. El caso es que si ellos fueran de Puertas Rojas uno sería ladrón, otro estaría cesante y el más vivo, el de la casa blindada, tendría a una horda de niños vendiendo droga y se habría fumado al lobo hace rato. Nosotros vivimos en un mundo aparte. Somos una burbuja adentro de una pelota bien aporreada.”). Un vecino que hablaba poco y por el que un conserje nostálgico pone una denuncia por presunta desgracia (dice de Galgo: “Algo tenía su voz, una calma como de hamaca…). Un héroe que comanda una expedición de viaje al centro de la tierra y, en un error, le cambia el PH a la Tierra logrando que en ninguna parte se puedan cultivar manzanas excepto en Chile (un Chile bizarro con la capital en Isla de Pascua) y, en cuyo honor, se bautiza un brebaje llamado Galgo Sour (pisco sour más manzanas).

Y es que Galgo desaparece de la historia pero se queda viviendo en las palabras: en expresiones como “me mandé un Galgazo”, o “usted anda más perdido que Galgo”. Y es ese el trabajo de detective que propone esta novela: leer lo que no está en los textos que sí quedaron. Textos mínimos, como una carta a un periódico de pueblo, o la crítica de cine a la película sobre la vida de Galgo, o bien parte de algo mayor, como los testimonios reunidos en A la luz de una sombra: la vida oculta de Antonio Galgo que, se nos dice, se convirtió en todo un Best Seller. Cada texto es una entrada (o una salida) a la vida de Galgo, una ventana que no dice mucho pero que está tan genialmente escrita que al final no importa desentrañar ningún misterio. Es tanto el delirio y el deleite de leerlo que lo único que se quiere es seguir leyendo.

Si bien a otra escala, la novela de Vargas Gaete recuerda a Los Detectives Salvajes, de Bolaño, en su manera de armar a sus protagonistas (Arturo Belano y Ulises Lima) no por descripciones directas de sus actos, o una narración en primera persona, sino que hilvanando testimonios de otros. O, como esos cuadros de Dalí en los cuales ves un paisaje y de pronto, por un ajuste en la mirada, te das cuenta de que hay también allí un rostro. Los textos reunidos en El Increíble señor Galgo son ese paisaje que a veces deja ver un rostro. Un paisaje que, a medida que avanza la lectura, nos importa y deleita tanto como ese rostro. Y así, en su testimonio, Gina Mellado cuenta su teoría conspirativa sobre tantas manzanas en Chile: cree que, tragarse sus pepas, deja las personas con amnesia (“Ahora hay tartas, sopas, vitaminas, puré, cereales, jugos, mermeladas, galletas. Hacen cualquier menjunje con manzanas. Yo ni las pruebo. ¿Quién me asegura que las pepas no producen Alzheimer?) o, en un mensaje encontrado en una botella, en las costas de Nueva Zelanda, un joven escritor que conoció a Galgo (y lo despreció profundamente) cuenta de su naufragio y el destino brutal al que sometió a sus acompañantes de travesía. Leemos aquí: “No pido auxilio ni me interesa que me busquen. Tomen este mensaje como un libro de reclamos flotando en el océano, un grito destemplado, qué sé yo, al fin y al cabo cada uno interpreta lo que se le antoja”. Y también: “El tipejo se llamaba Antonio Galgo y resultó ser un idiota. Era alto y tenía rulos, como Rogelio. Era un vendedor de humo que solo quería publicar su novela, como Rogelio. Un consejo: desconfíen de gente así.”

De Galgo solo tenemos un extracto de su novela (las primeras dos páginas de la novela que tenemos en nuestras manos y son una verdadera maravilla), algunas entradas de sus diarios publicadas previa autorización de la Fundación Galgo y un cuento publicado en una antología cuando joven. En todos ellos se nos muestra a Galgo como un maestro del silencio (dice su novela: “SILENCIO: El silencio me sale innato. Podría competir por Chile. Lograría un puesto destacado.”), alguien para quien escribir es vital e incómodo a la vez. Un traje que le queda muy grande. O muy apretado (“Ya no leo, solo pellizco palabras por aquí y por allá. Llega un momento de la vida en que se debe decidir entre ser un gran lector o un escritor de medio pelo.”).

Leemos en otra de las entradas de su diario:

Ser escritor es flotar en el aire y tener la cara de palo y el corazón de azúcar. (…) Ser escritor es ser un salvavidas en una playa llena de borrachos, un zapatero, un carpintero, un artista marcial o un dentista del siglo diecinueve, pero siempre con mala paga. (…) Dejémonos de bromas: ser escritor es ser nada.”

El increíble señor Galgo es una novela delirante y que se lee a toda carrera. Y si bien el propio Galgo se queja de que “la imaginación es el refugio de los cobardes”, en esta novela la imaginación es un gozo. Tal vez – y aunque nos cueste la memoria – con un poco de sabor a manzana.