Archivos Mensuales: noviembre 2013

WOW

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ImagenAsí, con mayúsculas.

Battleborn es el libro de cuentos más impresionante que he leído en mucho, mucho, tiempo. Y lo escribió una joven escritora norteamericana de 28 años.

Magnífico, genial, punzante, doloroso hasta los gritos, preciso y sorprendente; el mundo de Claire Vaye Watkins es una maravilla de la que se puede esperar todo lo mejor. Y “The archivist” uno de los relatos de esta colección, se ha ganado un lugar en el top 5 de mis cuentos favoritos de la vida.

Wow, wow, wow, déjenme deleitarme en mi entusiasmo de lectora eufórica un segundo más. Viene navidad, este libro es el mejor regalo; para alguien que quiere escribir, esta colección es una escuela genial; editores allá afuera, por favor traduzcan esta obra pronto-pronto.

Y aunque sigo con la boca abierta, me tomo en serio mi condición de escritora de reseñas y les cuento del libro. Battleborn sitúa sus historias en el oeste americano: California, San Francisco, Nevada; paisajes desérticos y acalorados muchos de ellos a donde van a perderse los distintos protagonistas de las historias. Personajes que terminan convertidos en la mano derecha de Charles Manson, que se obsesionan buscando oro, que juegan a ser otros en los casinos de Las Vegas. Y, en medio de historias donde pasa mucho (y que se extienden por años, por distintas generaciones de una familia, por mil y una peripecias) se encuentra la sorpresa perfecta (y dolorosa) de reflexiones que llegan a los huesos, frases que se quedan sobrevolando el corazón como buitres, esperando el momento perfecto de debilidad lectora, para hacerte pedazos. (Y vaya que lo logran varias veces). Como en el cuento “Last thing we need” en el que un hombre comienza a escribirle cartas a otro (de quien ha encontrado un par de posesiones perdidas), desesperado por poner en palabras su historia: “Sometimes a person wants a part of you that’s no good. Sometimes love is a wound that opens and closes, opens and closes, all our lives”.

O en “The Archivist”, mi cuento favorito (y terrible); una chica con el corazón destrozado se imagina el quiebre con su novio como una instalación en un museo, con pequeñas placas junto a los lugares o muebles (la entrada de la casa, la cama) donde ocurrieron las conversaciones terribles; o como miniaturas que repasan su vida juntos: “He is openmouthed, laughing that laugh of laughs. I am thinking, I would do anything to make you laugh. I call it Us at Our Best”. La chica se sumerge en su dolor como en una piscina de la que no quiere salir: “There was no salve for the space he left. If there had been— if science had developed an ointment for heartache or a pill for the lovelorn— I wouldn’t have used it. I wanted pain. I wanted cataclysmic anguish. For that, our old ritual”. La presencia de él en su vida, como un fantasma, como un recuerdo incandescente, es absoluta: “That’s what he did to me: permeated, saturated, submerged me in him”.

Las relaciones de pareja y la relación madre-hija son los principales focos de atención de estas historias. Madres que se van o se quitan la vida; parejas que se desmoronan o decepcionan, o funcionan por brutal inercia, como en el cuento “Graceland”: “After Peter and I have sex there is some smallness in me that wants to turn to him and ask, In your professional estimation as a scientist, how long can a relationship be sustained on pity and anthropomorphism and a postcard on the fridge? But there is such bigness in him that he would say, As long as it takes”.

Podría (y querría) citarles el libro completo. Leerles en voz alta cada uno de los cuentos.  No puedo titular este post de otra forma que “Wow”, porque hace tiempo que no me pasaba esto de leer un libro y querer volverlo a leer inmediatamente una vez terminado. Encontrarse cuentos de este calibre es como agarrar un pedacito de estrella, un meteorito perdido, y sentir esa euforia de querer compartir esta felicidad con todo el mundo.

Y por favor que Claire Vaye Watkins publique pronto algo nuevo. Porque: WOW.

Cuentos para abrir el apetito

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20-40Alguna vez escribí en este blog sobre los e-books de Más Traviesa, colecciones de cuatro cuentos que giran alrededor de un concepto (lo trucho, lo mesiánico, la mala suerte). Estos conjuntos tienen muchas virtudes (además de las literarias): son breves, sirven para conocer el trabajo de escritores hispanoamericanos jóvenes, funcionan perfecto. Hace poco, Sub-urbano ediciones decidió hacer una apuesta similar con su colección 20/40, veinte cuentos (5 e-books) de escritores latinoamericanos menores de 40 años y que vivan en Estados Unidos. Acá no hay tema prefijado, pero el resultado es igual de bueno.

La primera entrega de 20/40 reúne los trabajos de Maximiliano Barrientos (Bolivia), Juan Álvarez (Colombia), Fernanda Trías (Uruguay) y Ezio Neyra (Perú). Todos, por alguna razón, radicados o de paso por Estados Unidos. Cuatro cuentos muy diferentes (distintos temas y enfoques, distintas velocidades y ritmos) que llaman la atención, conmueven y dejan con ganas de más.

En el cuento de Barrientos, “Una vida nueva”, el narrador cuenta de la experiencia de ver a su padre desmoronarse (cuando el primero era un niño de once años) luego de que su madre los abandonara para irse con otro. En un momento, el padre – bastante borracho – lleva a su hijo consigo para buscar a la nueva pareja de su mujer. Un hombre los recibe y les comunica que no ha venido a trabajar, a lo que el niño comenta: “Cuando el mecánico habló, me clavó los ojos. Como si fuera a mí al que tuviera que convencer, como si yo fuera el que tuviera que comportarme como un adulto y no ese hombre de 35 años que era mi padre, el hombre que esa mañana tenía la sangre llena de whisky y la cabeza llena de diablos.” La historia es pequeña, como una miniatura de una experiencia que puede guardarse en el bolsillo, pero que duele con intensidad de cataclismo.

El segundo relato, de Juan Álvarez, “Narcocorrido (viñeta de un género casi logrado”, se nos cuenta la historia (vida promisoria que acaba en tragedia) del cantante de corridos Adan ‘Chalino’ Sánchez. La anécdota y sus ramificaciones en la historia mexicana, se entrelazan con reflexiones acerca del potencial del narcocorrido: “Pero si el bolero es sobre todo una forma de ver el mundo, ‘la manera latina’, que dicen, de encuadrar el amor, el odio, la envidia, la pasión, el desamparo, la soledad, la necesidad de querer, los vicios, los pecados y las virtudes, el corrido es entonces, y apenas y en cambio, una forma cantada de padecerlo todo.”

El tercer relato, de Fernanda Trías, “Bienes Muebles”, es un fragmento de un proyecto más largo y del mismo nombre que fue publicado recientemente por Brutas Editoras (escribí una reseña al respecto aquí). Volví a leerlo en este e-book y fue como volver a casa. Un cuento que habla de las mudanzas que llenan nuestras vidas (mudanzas en tanto cambios de lugar, como cambios de aspecto, de amores, de convicciones), siempre relatado con unas descripciones de una belleza simple que dan ganas de subrayarlas todas. Por ejemplo: “Toco con disimulo el brazo de Ariel. Un escritor-salvavidas. Qué mejor que eso? Ariel siempre huele como si acabara de salir de la pileta. Como si acabara de rescatar a alguien”. O, también: “La Rata siempre hablaba de suicidarse, amenazaba  con eso, pero tampoco iba a hacerlo nunca. Su vida le fascinaba; sentía una verdadera devoción por su sufrimiento.”

Por último, el cuento de Ezio Neyra, “Fueron muchos años adentro”, contrapone una tarde de venta de antigüedades en una feria con los recuerdos de un doloroso tiempo en prisión para el protagonista. Su mujer lo observa trabajar, preocupada: “Las cosas no pueden haber cambiado tanto, piensa la mujer. Pero quizá sí. Quizá no haya marcha atrás”.  De pronto, ambos planos chocan de a golpe con la aparición de un personaje junto a sus hijos.

20-40, colección a cargo del escritor chileno Antonio Díaz Oliva ofrece un panorama interesante, convocando a voces que se empiezan a escuchar con más y más fuerza en el panorama literario. Se trata de cuentos que abren el apetito. Que invitan a seguir leyendo.