Un eco de heridas y fogatas

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estemarImaginen la primera fila de un concierto de rock (o pop). Los saltos, los gritos, la histeria. Imaginen a esas fans que se tatúan las letras de sus canciones favoritas, que pasan horas en foros y redes sociales posteando fotos y comentarios, haciendo crecer ese grito. Ahora imaginen a unos seres que se alimentan de ese fanatismo, que circulan por recitales, que fingen ser humanas mientras conjuran ese delirio del que luego se alimentan.

Imagínenlo, sí, y ya tienen la nueva novela de Mariana Enríquez: Éste es el mar.

En ella, la autora argentina vuelve a uno de los temas de sus siempre geniales cuentos: el del amor fanático, ese capaz de devorar al objeto de su adoración, solo que aquí esa voracidad adquiere ribetes fantásticos.

La protagonista es Helena, alguien que se ve como una adolescente pero en realidad es parte del Enjambre, una entidad que se encarga de circular por recitales de música y potenciar el delirio (que llega incluso al suicidio) de los fans del grupo Fallen, también llamadas “angelinos”. Su misión es generar tal descontrol para así poder ascender al status de Luminosa, algo que le garantizará vivir frente al mar y convertir a un cantante de su elección en leyenda.

El comienzo de la novela atrapa: “Levantó la cabeza para buscar el olor a desesperación que necesitaba. Tenía que hacer un sacrificio. Jamás la verían si no se arriesgaba. ¿Desde cuándo era la mejor del Enjambre?”

Helena elige a su víctima. Una chica algo gordita a la que sus padres no la dejan tatuarse y que dibuja en sus brazos el logo de la banda con marcadores. La narración avanza: “Helena también era una fan pero no era humana. Eso lo sabía y no sabía mucho más porque la vida dentro del Enjambre era frenética y no había tiempo de saber ni de escuchar. Toda su especie vivía en perpetuo movimiento y nunca dormía, como los tiburones. Cada noche iban a gritar a algún show, generalmente en diferentes países.”

Helena logra ir al mar y compartir residencia con quienes hicieron leyendas de Elvis, Kurt Cobain, Sid Vicious o John Lennon. Y entonces empieza el trabajo serio. Como luminosa, Helena debe asegurarse de que James, el vocalista de Fallen se convierta también en estrella. Para ello comienza a trabajar como su asistente y busca diversas formas para contagiarlo. Así, nos enteramos de que: “Ella lo había pensado bastante y había decidido que convertirlo en adicto era aburrido; en cambio, el asma era sexy.”

Y es que las Luminosas deben encargarse de las muertes de antología, de los destinos terribles. Como se lee en la novela, un poco más adelante: “¿Qué hacía John Lennon caminando solo sin un guardaespaldas? ¿Por qué nadie había visto a Jim Morrison después de su muerte, por qué alguien tan famoso estaba en tanta soledad? ¿Por qué nadie había buscado a Kurt Cobain en su propia casa y quiénes eran esos amigos que habían entrado y salido los días anteriores, furtivos y misteriosos? ¿Cómo nadie se dio cuenta de que Brian Jones se ahogaba en la piscina? ¿Por qué nadie supo quién había matado a Nancy y, luego, quién le dio la heroína a Sid? ¿Por qué nadie había acompañado a Elvis la última noche si sabían lo frágil que estaba? Todas las muertes parecían fragmentos de un sueño olvidado, sin una explicación verdadera. Porque la explicación era la presencia de las Luminosas: ellas provocaban ese estado latente, intermedio, suspendido.”

Por culpa de Helena, James va empeorando cada vez más: apenas puede cantar, y sus fans se descontrolan (“A las chicas les encantaba. Era asombroso lo mucho que querían verlo enfermo o muerto, teniendo en cuenta que, se suponía, lo amaban por sobre todas las cosas.”). Y Helena sigue nutriéndose de esa fascinación: “Ese amor bestial le llenaba el cuerpo de fuerza. La banda se quejaba porque las chicas cada noche gritaban más y ya apenas se escuchaba la música. En cada noche de aullidos, Helena sentía que le ardían las puntas de los dedos y tenía miedo de tocar a alguien, se creía capaz de quemar.”

Mariana Enríquez, además de ser una escritora de ficción talentosísima, ha hecho también una importante carrera escribiendo de música para Radar. Incluso, en una entrevista con Leila Guerriero para la revista chilena Dossier, afirmó que ella, cuando escucha una canción perfecta, le parece mejor que cualquier novela. Aquí conviven esos dos mundos. Se unen en el grito y en la forma en que el amor puede acercarse también peligrosamente a la violencia. Solo que, en Este es el mar, la verdadera canción permanece escondida. Está ahí latiendo como un corazón delator, que vibra bajo la anécdota y las descripciones más banales de la gira de Fallen (que, a ratos, pueden parecer excesivas). Nosotros, como lectores, quedamos algo apartados de la figura del cantante; los guardaespaldas que lo rodean también nos impiden el paso. Pero cuando sí podemos acceder a él, cuando al fin nos acercamos a ese misterio, la canción resuena con una fuerza enorme, cambiando todo a su paso.

Y el momento es terrible. Hermoso. Perfecto.

Porque dentro de James se esconde una historia. Porque dentro de James hay un niño que enciende la radio y se aprende canciones de memoria, esperando que su madre regrese. Porque dentro de James hay otras alas y también otros terrores.

Éste es el mar es una novela rara que habla de gritos que nacen del deseo y no del miedo. Gritos que encienden a otros gritos. Gritos que que nunca se apagan. Como se lee en un momento: “…cuando las adolescentes gritan tanto y durante tanto tiempo, el sonido queda en el aire incluso después de que ellas volvieron a sus casas y a sus habitaciones, el aire vibra en una nota aguda, un eco de heridas y fogatas.”

La historia, si bien tiene un pie plantado bien firme en el terreno de lo fantástico, describe con maestría ese amor furioso de los fanáticos, esa colectividad invisible, y ese intento desgarrado de ir a refugiarse en canciones cuando las cosas pegan fuerte: “Donde encontraban un dolor, una rabia, un vacío, una oscuridad, una tiniebla, un horror, lo aliviaban con la imagen de James y cada noche alguien se iba a dormir besando los ojos de James en una foto y salvo otros fans nadie los entendía pero los fans amaban y sobrevivían y vivían más intensamente que la mayoría de los humanos, con excepción de los religiosos. Pero los religiosos solían ser infelices. Y los fans no.”

Mariana Enríquez, en ésta, su más reciente novela, vuelve a deslumbrar y a conmover. Es cierto que tarda un poco en revelar el corazón de su historia, esa canción del fin del verano que tiene el poder de cambiar la superficie de las cosas, pero, cuando lo hace, el mundo tiembla.

Y grita, sí, furioso.

(esta reseña fue publicada originalmente en Paniko en Junio, 2017)

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Sin querer

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losniños

Un día, en un supermercado, a Laura le ofrecen un niño. Una mujer que ayuda a estacionar autos se lo dice, como al pasar (“le tengo al niño”).

Luego esa mujer se desdice, le hace cariño al perro de Laura, y todo sigue como si nada.

Aunque la verdad es que ha cambiado todo.

Así se puede resumir la novela Los niños, de la escritora colombiana Carolina Sanín y que ahora estrena versión en la editorial peruana Estruendomudo.

Se trata de una novela terrible, inquietante, en la que la realidad de los niños de la calle se revela de forma violenta. Esos niños que circulan por Hogares – y la palabra queda como doliendo– esperando que los adopten, esos niños que también son víctimas de la burocracia (y, en un momento se nos cuenta de un hogar que vende un álbum que debe ser completado con las láminas de los niños, todo a un módico precio.) Porque si bien Laura no recibe al niño ofrecido, el destino sí le envía uno a la puerta de su casa. Elvis Fider. O Fidel. Y la mujer intenta, al principio y muy desesperadamente, deshacerse de él: llama a instituciones y hogares, en un gesto que parece lógico pero que deja como con un gusto amargo.

Laura deja a Fidel en uno de esos lugares y luego se arrepiente. Entonces comienza la búsqueda, y comprar regalos, y empezar a pasar tiempo con el niño y dejar que éste lentamente vaya invadiendo su vida, transformando la casa donde vive. Leemos: “En un momento sintió enfado y, en otro, un poco de asco. Le pareció que su casa se apretaba.”

Esta historia tiene fuerza, la anécdota es poderosa y el libro podría haberse mantenido a flote—y de forma sobresaliente—solo con esto. Sin embargo, Sanín lleva la apuesta más lejos y construye a dos personajes complejos, contradictorios, queribles y odiables al mismo tiempo. Porque Laura está llena de manías, como imaginarse una isla a la que lleva todos sus problemas, la gente que odia y los temas que no quiere tratar; porque, si bien tiene su vida asegurada en términos económicos, se dedica a limpiar casas ajenas porque su obsesión por el orden es inmensa (“Pocas labores parecían mejores que la de cuidar una casa y sacarle brillo.”). Sus afectos más importantes están destinados a Brus, su perro galgo, a quien teme que le roben en cualquier momento, para lo cual ha desarrollado una bizarra extrategia: “Cada vez que un extraño le preguntaba cómo se llamaba el perro, Laura respondía algo diferente: Fénix, Brillo, Espina, Cuervo, Colibrí. Creía que llamarlo de distintas maneras lo protegía; que así era menos probable que alguien se lo llevara de la puerta del supermercado o de otra parte.”

Y rodean a Laura también características geniales: como ser la voz que da los anuncios de la hora cuando uno llama por teléfono, o la de los mensajes de espera cuando se hacen llamadas a una oficina. Laura se escucha entregar esos mensajes mientras intenta comunicarse con el mundo. Hace una llamada y le responde su propia voz. Y no solo eso, Laura no es una madre convencida –no le interesan los niños—su historia no es la de alguien que por fin tiene la oportunidad de cumplir su destino, ni alguien víctima de las circunstancias. Laura solo se deja llevar por los enredos de la burocracia e invierte y maneja su cariño por el niño de manera cambiante. Así leemos cosas como: “Laura vio que podía ser el momento de preguntarle a Fidel algo de su historia, algo sobre parientes o canciones. Pero también vio que en realidad no quería saber nada de él que no fuera ella.” Y también:“Se le ocurrió también que con un niño los días podrían tener forma de días: surgirían, avanzarían, se tenderían y volverían a hundirse. El tiempo regresaría al tiempo. El niño y ella irían por ahí, pasando, y el mundo los vería pasar.”

Elvis Fider, o Fidel, también es un personaje difícil. Acá no tenemos un niño inocente en busca de una madre, ni un niño violento que se descargue en Laura por todas las injusticias que le ha tocado vivir. Fidel busca a Laura pero luego desaparece, quiere algo y luego no, demuestra una necesidad inmensa de cariño para después gritar como desesperado que no quiere estar ahí. Y el mundo de Fidel se describe con paciencia, en todos sus recovecos y contradicciones. Las cosas que le llaman la atención, su desesperación por algo tan aparentemente banal como un corte de pelo, o su obsesión, una vez que vive una temporada con Laura, por asegurarse siempre de que todas las puertas estén cerradas (“Le daba la impresión de que la casa se había vuelto más grande. En cada habitación cerrada, en la intimidad de las cosas, podía tener lugar una escena inimaginable.”)

Se trata de dos personajes enormes, esquivos y cambiantes. Que uno, ya cuando termina de leer, no sabe si realmente entiende. Y está bien que así sea. Porque en la vida, probablemente, nunca terminamos de entender las cosas a cabalidad y está mejor asumirse así, incompletos. Inseguros.

Los niños muestra el contacto entre dos seres incompletos y que no saben lo que quieren. No es una fábula de madre e hijo ni tampoco una película de horror. Es una historia incómoda de dos personas que, por casualidad, por error, porque “así se dieron las cosas”, empiezan a vivir juntos su soledad.

Donde el libro desafina es en la dosificación de cierta información y cierto sarcasmo. Como en los informes del servicio de menores, que se hacen eternos y cuyas letras en cursiva para señalar ironías se vuelve un recurso molesto. Lo mismo pasa con una larguísima sesión de Laura con una vidente que, me parece, desvía nuestra atención de lo que importa. Sin embargo, estos descuidos se equilibran con el astuto uso del lenguaje, con juegos como el de la siguiente escena, en la que Laura intenta hacer sus compras mientras repasa su encuentro con la mujer del estacionamiento, antes mencionada: “Cada vez que miraba el papel leía también otra cosa, que no estaba escrita: Aceite. La mujer me ofreció un niño. Quería darme a uno de sus hijos, pero mi reacción la hizo vacilar y, para disimular, quiso hacerme creer que llamaba ‘niño’ a Brus. Cebolla. La mujer no quería deshacerse de su hijo. Si se me ocurrió pensar que quería dármelo, eso se debe a que yo querría recibirlo.”

Los niños es una novela deslumbrante. Una historia rara, de personajes incómodos. Una suerte de Flautista de Hamelin pero sin querer, en los dos sentidos de la expresión: porque no se quiere, porque no hay cariño, y por casualidad.

Por si tal vez.

(Esta reseña fue publicada originalmente en el sitio web peruano Punta y coma en Agosto del 2017. Hoy la recupero para mi blog.)

El regreso de un abismo

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cuerpoUno termina de leer El lugar del cuerpo del escritor boliviano Rodrigo Hasbún y es imprescindible salir a la superficie a buscar aire, y a bocanadas urgentes, luego de una o más horas sumergida en las profundidades de un personaje, Elena, al que le ha pasado mucho y que intenta hacer sentido de sus recuerdos (a veces con la precisión y claridad de la escritura, a veces con las telarañas y trampas que pueden construir las mismas palabras).

“La vida para escribir la vida, aunque no se entienda”, dice ella en un momento.

Y es que la historia se desarrolla, no de forma horizontal, con anécdotas que se suceden unas a otras, que avanzan y se desplazan, sino que de forma vertical: un descender hacia el fondo de los traumas que no queremos ver, en un pozo oscuro, mientras pies y brazos son rozados por presencias y objetos que no alcanzamos a distinguir con claridad (“No había porqué saber los motivos de todo, lo contrario era aún más saludable. Ir con los ojos cubiertos con un pedazo de tela negra. Tropezarse a cada rato, caerse y sangrar. Y ponerse de pie y seguir. Y recordarlo todo por si acaso.”)

Hay bastante de angustia en esta novela. Si bien el tono es reposado, esconde abismos. Rodrigo Hasbún trabaja el lenguaje de tal forma que, en cualquier momento, te explota en la cara; o se abre bajo tus pies haciéndote perder el equilibrio. Así, la vida de Elena se explora a través de distintas instancias: el relato cronológico de su vida (desde la niñez a la vejez); la inclusión de reflexiones en cursivas sobre la novela que está escribiendo o quiere escribir (y quién sabe si no es la misma que tenemos en nuestras manos), una novela sobre una mujer joven que vuelve a empezar; así como también tenemos acceso a entradas de su diario de vida, que quedan doliendo en el cuerpo.

Un ejemplo (un golpe, una cicatriz):

“3 de octubre. Los momentos en los que amamos menos a las personas a las que amamos. Los momentos en los que se nos ocurre que fácilmente podríamos darles la espalda, traicionarlos, olvidarnos de ellos. Los momentos más crueles o dañinos.”

Elena fue abusada por su hermano, durante la infancia. Es algo que sabemos desde el comienzo (son las primeras líneas de esta novela “Se metió en su cama y le hizo cosas que ella no quería.”); aquí no se trata de develar un crimen oculto sino que de ir absorbiendo de a poco sus efectos colaterales, sus repercusiones en el cuerpo, la memoria y, también, la imaginación de la protagonista. El abuso ensucia, ennegreciéndolo todo a su paso, aunque a veces pueda detenerse ese avance con el recurso de la escritura a la que es preciso afirmarse. Como dice Elena en un momento de sus reflexiones literarias:

Pero es escribir o colgarse. Es escribir o cruzar la calle justo cuando pasa el autobús. Es escribir o que el filo de una navaja se abra paso”.

Elena no busca compasión ( “Una mujer de mi edad ya no dice tristeza. Una mujer que ya ha sufrido lo suficiente no dice tristeza.”)– en un momento llega a afirmar que no se arrepiente de nada de lo que ha vivido, sufrido, escrito – pero sí expone su fragilidad, su vulnerabilidad, al lector. Comenta la narradora: “Era necesario que los que eran como ella estuvieran solos. Ellos, monstruos o dioses, debían romperse a solas. Nosotros, escribió en su diario, monstruos o dioses, debemos rompernos a solas, llorar sólo cuando no hay nadie más. Sobre todo después de la infancia. Ahí es bueno que haya gente aún”.

En El Lugar del Cuerpo el recorrido no es de víctima a victimaria, ni del dolor profundo a la altura de miras de un perdón que neutralice todo. Elena se construye como una mujer compleja, intensa, de la que es imposible apartar la mirada. Hay en ella una desesperación por vivir, una desesperación por contar (“El corazón en la mano y todavía late. Meterlo en una licuadora o hacerlo arder”). Y el resto de los personajes se encuentran y desencuentran, se entrelazan y se pierden, y el cuerpo se convierte en ese lugar donde los afectos y el dolor inmenso se dan cita para desafiar a la memoria.

Lo escribí hace ya un tiempo y vuelvo a repetirlo al releer esta novela, que hoy celebra sus diez años con una nueva edicion a manos de El Cuervo: leer a Rodrigo Hasbún es un ajuste de sentidos: acostumbrar los ojos a la oscuridad de sus profundidades, deleitarse con los chispazos del lenguaje en ellas; entrenar al oído para respetar murmullos y aplaudir estridencias.

Para seguir leyendo, siempre.

Ojos que miran al sol de frente

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animales

Para una niña que no es feliz, todos los días son el fin del mundo. O eso parece mostrar, con delicadeza y astucia, esta primera novela de la escritora colombiana Gloria Susana Esquivel. Inés, de seis años, escucha la radio y los rumores, ve la televisión, y todo parece augurar el fin de las cosas (“Pero acá nadie se tomaba en serio los rumores del Apocalipsis, pues había otras urgencias.) Hay profetas y mentiras, hay eclipses y una familia que funciona como un bestiario.

La niña misma busca conectarse con su propia animalidad para sobrevivir a las decepciones, la soledad, incluso la violencia. Así, dice cosas como:“Era Inés planta ornamental. Inés mascota. Inés animal de porcelana, perdida entre los infinitos rincones de la casa y sus silencios.” O, más adelante:“Era Inés pájaro clandestino. Inés estratega, Inés pico de cuervo invencible quien, junto con la fuerza de la pantera, derribaría la puerta prohibida.”

Las heridas de la narradora no vienen del odio sino de ese amor extremo que es a ratos la familia. El epígrafe que abre la novela, de Zacarías, dice: “Si alguien pregunta: ‘¿Qué son estas heridas que traes en el pecho?’, la respuesta será: ‘Son las heridas que me hicieron en la casa de quienes me aman.’” Y quienes la aman aquí son sus abuelos, con quienes vive junto a su madre, su padre que parece ir transformándose en algo distinto con cada visita, y María, la hija de la mujer que se encarga de la limpieza de la casa. Comenta al respecto: “Vivía con mi madre en la casa de los abuelos. Una confusa caja china en donde maté las horas infinitas de la infancia jugando a las escondidas conmigo misma.”

Porque es Inés quien cuenta la historia, desde esa extraña omnisciencia que puede tener una niña invisible que espía por los agujeros de las puertas, que se mueve por la oscuridad en silencio, convirtiéndose así en testigo de pasiones y secretos. Una niña que decide no hablar porque “Desde el momento en el que había aprendido a hablar, también había resuelto ahorrarme la mayor cantidad de conversaciones posibles.”

Hay en esta novela una particular claustrofobia. La niña le teme al mundo allá afuera y recorre y recorre la casa familiar como si fuera un museo: “Reconquisté esos territorios por los que los abuelos rara vez pasaban y que más bien parecían un cementerio de muebles incompletos.” Con cada recorrido, descubre nuevos miedos y violencias: como la escopeta que guarda su abuelo tras una puerta siempre cerrada, o el mismo abuelo, un hombre brusco a quien apoda “la bestia”. Aunque también hay otro miedo que realmente la aterra. En palabras de la narradora: “Lo que más miedo me daba era pensar que, así como cada uno de esos cuartos era una copia deslucida del salón principal, en la casa también existieran distintas copias de mí.”

Pero un día, otra tarde más que parece anunciar el fin del mundo, llega María a la vida de Inés y, con esto, la casa renuncia a su mutismo. Junto a ella Inés aprende un nuevo compañerismo pero también nuevas violencias, sensualidad y envidia. En un momento afirma: “Parecemos la ilustración de un libro de lengua extranjera que quiere enseñar lo que son los opuestos.” Con María practican dar besos en sus manos, intentan derribar la puerta de un armario y luego cuentan sus moretones, así como también juegan a disfrazarse de pájaros, de curiosas criaturas. Dice así: “Cuando nos poníamos esos disfraces éramos otras.” Para pronto agregar: “Junto a ella me sentía poderosa revoloteando libre por la planta baja. Ya no le temía a la casa.”

Frente a esta reconquista de los espacios, esa Inés que va mutando de planta ornamental a pájaro y luego a tiburón martillo y pantera, se opone el mundo de los adultos que nunca logra entender del todo la protagonista. Con una madre que vive con ella en un ambiente tenso e intenta rehacer su vida casi como un accidente, un padre que la adora y decepciona brutalmente al mismo tiempo, y unos abuelos que parecen tener como objetivo minar las confianzas y seguridades de todos a su cargo.

Dos momentos en que Inés describe a sus padres: “Mi padre era un animal noctámbulo y, durante el tiempo que pasé en su casa, tuve que aprender a adaptarme a las extrañas rutinas que hacían que su jornada transcurriera como si estuviera en otro huso horario.” Y también: “Mi madre, convertida en imponente accidente geológico, se mantenía indiferente al curso del agua que bordeaba las líneas de su cuerpo y continuaba entonando canciones de mujeres que prometían no volverse a enamorar o que se quedaban maullando bajo la lluvia.”

Animales del fin del mundo (2017) es una novela de anécdota sencilla en la que la bestialidad de los afectos sale a relucir con cada frase, cada imagen. Una historia que comienza con una protagonista que, en sus propias palabras, “[t]enía seis años y había perdido dos dientes.”, una criatura frágil a punto de quebrarse, para irse transformando, con paciencia y dolor, como todas las transformaciones realmente importantes, en una niña que saca garras, muestra colmillos y puede mirar enrabiada al sol de frente.

Con sumo placer

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unidasHace un par de años leí El Matrimonio, de Marina Mariasch, y quedé deslumbrada. Era una novela mínima, delgadita, que ya en su primera página te recibía con los dientes afilados Se trataba de una escena en la cual nos enterábamos, de todo lo que andaba mal en un matrimonio, por medio de la descripción de la rutina del lavado de ropa. Genia total. Luego leí su poesía y, el año pasado, después de mucho buscar, por fin pude leer Estamos Unidas.

Llevo meses queriendo escribir esta reseña.

Hace un tiempo me pidieron que escribiera una columna recomendando escritoras y hablé de este libro como un libro de cuentos. Luego leí, en entrevistas a la autora y otras reseñas, que se trata de una novela. No me arrepiento de mi etiqueta, en todo caso: si Estamos Unidas es una novela, se trata de una delirante novela en cuentos, en que cada uno de los relatos funciona como una unidad perfecta, un instante, una canción.

Escribo Estamos Unidas y el corrector quiere cambiarme a “Estados Unidos”. Es buena la equivocación y sirve de entrada a este particular libro. Porque Estados Unidos está en todas partes: como un paraíso plástico donde la gente se “brota”, el lugar del consumo y de la proyección de todos los sueños (americanos o no), y también pueblitos donde nieva todo el tiempo o bancos a los que va la abuela de la protagonista a sacar su plata en momentos en que la economía en Argentina no va nada de bien.

Son diez instantáneas en la vida de una familia en derrumbe. Dos hermanas, una madre, un padre que las abandona, y una abuela. Una de las hermanas es la encargada de contar todas las historias con un ojo despiadado, aunque como sin darse cuenta, con un humor que se entremezcla con lo políticamente incorrecto y lo francamente doloroso.

El primero, “Un reloj piromaníaco” abre con un gran comienzo. “¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran? En África hay cementerios de elefantes que solo ellos conocen donde se juntan a morir hasta que sus huesos forman trepadoras gigantes. ¿Habrá un cementerio para los caminos de hierro en espiral? Tal vez el Samba está en Santiago del Estero, las tazas en algún lugar de Itapúai, el barco y el pulpo en Necochea…

Ya eran los 90 pero todavía no lo sabíamos.”

En el cuento se entrelazan las vivencias de la protagonista, sus visitas al parque de diversiones, con las cartas que le envía su hermana desde un pueblito en Estados Unidos, muy cerca de Canadá – el lugar donde David Lynch filmaba Twin Peaks – a donde se ha ido de intercambio.

La anécdota del parque de diversiones sirve para meternos en la cabeza de la narradora. Así, dice de uno de los juegos: “Adentro era todo negro, como el futuro de casi todos nosotros, pero todavía no lo sabíamos, y agitábamos los brazos en el aire como si fuéramos libres.” O también: “Al final, el Laberinto del Terror era eso: encontrarte vos solo con tu propia soledad, tu cuerpo de carne y ropa tres talles más grande o más chica, tu incomodidad, como en la noche cerrada de un campo sin estrellas.”

El cuerpo es una constante fuente de ansiedad, tanto para la protagonista como para su hermana y su madre. En este cuento, por ejemplo, la narradora comenta: “Nos probábamos las ropas de las otras para medirnos el cuerpo. Entrábamos en el cuerpo de las otras. Mi hermana esta perdida en la nieve.” E Incluso, cuando la hermana por fin vuelve, se menciona que llega gorda y por ello no le avisa a sus amigas que regresó hasta que baja de peso vía dieta, ejercicio desesperado y laxantes.

Todo este contraste entre las hermanas es rodeado por la situación económica de argentina, que parece filtrarse entre sus vidas como esa canción que nadie escuchar. Así, oímos lo siguiente:“En Buenos Aires la hiperinflación era una bola gigante que recorría las calles rompiendo las vidrieras, aplastando los autos y las personas.”

El segundo cuento, “Propaganda” ya trae de lleno el tema del abandono y sus efectos en la vida de estas chicas. También en la madre: “Estaba mucho tiempo en el teléfono y tenía el cajón de la mesita de luz con miguitas de pastillas. Eran cuartitos de planetas chatos que se acumulaban en un rincón de la madera. Marte para la guerra, Venus para el amor, Libra para el equilibrio, Géminis para ser otra.” En otro cuento, más adelante, también se vuelve sobre el impacto del divorcio en la madre (“El nombre de un pájaro”): “Se pasaba horas en el teléfono con las amigas hablando mal de papá. Decía cosas terribles que yo había creído que solo pasaban en las novelas malas de canal nueve libertad. No se preocupaba porque no escucháramos, y circulaba al baño o a la cocina con los ojos de mapache.”

Frente a esto, las hermanas salen (“Mi hermana y yo empezamos a salir de noche. Estar en casa era más oscuro que la calle.”), se refugian en relaciones más o menos felices, más o menos plásticas, intentan domar sus cuerpos, aferrándose a la posibilidad del amor o la belleza como un salvavidas. Dice la narradora en un momento: “Un día decidí probar lo de los besos sólo por la emoción de probar. Empecé con un chico del colegio y enseguida noté el efecto químico que provocaba en mi cuerpo, y que el otro no tenía nada que ver con eso.” Y luego: “Lo del amor, falso o no, era una droga potente.”

Otros cuentos ponen el foco en la abuela. Así la describe la narradora en el relato “Atención al fenómeno”: “La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano.” En él, las niñas viajan junto a sus padres y abuela a Estados Unidos a recuperar unas platas guardadas para tiempos de emergencia. Dice la narradora: “Ahí entendí que los Estados Unidos eran un parque temático del mundo y que el tema era el entretenimiento. O la distracción, o la comida, o los demás países adentro de ellos, ellos mismos.”.

Hay cuentos que pasan rápido, canciones más livianas en medio de este disco, que sirven para aliviar el peso de momentos más brutales. Como en “Autoconocimiento” en que se muestra el plan de vender drogas en la escuela de dos amigos; o “Artes marciales” en que se cuenta la relación que la protagonista tiene con un compañero nazi llamado Adolfo. En este relato, sin embargo, la anécdota amorosa da pie para reflexiones sobre la política y el consumo como la siguiente: “La política había terminado, se había quedado atrás con su leyenda y su mito de chicos armados y valientes. A nosotros nos tocaba esto, consumir las mieles de la conquista, consumir. Éramos eso, consumistas de pop barato y ni siquiera la marihuana era nuestra porque se la habían fumado nuestros padres.”

El cuento “Mintió” comienza con: “Una temporada de cambio favorable vino con un verano en Brasil.” Lo que sigue son escenas de un verano con el padre y su nueva novia pero otra vez tenemos esa realidad económica que sigue a esta familia por todas partes, la posibilidad de cambio no como algo real, una transformación, sino como los vaivenes de la la economía, las fluctuaciones de ese cambio. O en “Agua de alibour”, también de un comienzo brutal (“Los que se iban eran los padres. La de los nuestros era la primera generación de padres que no había soportado la promesa del matrimonio”) se ven las consecuencias del abandono del padre en términos de dinero: “Las cosas trataban de seguir su curso habitual, las clases de inglés particular y psicoanálisis después del colegio. Pero la profesora y la psicóloga me empezaban a preguntar cuándo les iba a pagar”. El cuento sigue con los intentos de la protagonista por encontrar un trabajo de babysitter que se parezca a los de la tele.

Los dos últimos relatos vuelven al consumo y la atención a la madre, respectivamente. En “Escuela de shopping”, las dos hermanas y el novio de una de ellas, van a un centro comercial a hacer hora mientras esperan viajar a la nieve (su vuelo se ha retrasado). La reflexión es triste, el espacio de consumo se siente hogareño: “Estábamos muy lejos de casa, en un espacio que podía replicarse en cualquier lugar del mundo y hacernos sentir igual.”

Por último, “Las dependencias”, recuerda la cena de las hermanas y la madre en un restaurant japonés en Estados Unidos. Luego, años después, cuando uno parecido se pone en Buenos Aires, las hermanas insisten en ir con la madre sola, como una manera, piensan ellas, de mantener las formas, mantener a la familia unida. Pero no hay caso y el comentario de la narradora parece como arrastrar los pies al tratar de avanzar: “Quería que se arreglara más, que quedara de este lado de la reja. Pero mamá estaba en la bisagra de los 40 dando a entender que había llegado la hora de la siesta. Estaba cansada, o deprimida, un efecto parecido, y estábamos de viaje pero no se brotó. Simplemente se vistió cómoda y fea y salió así a la vereda de la vida, para que todos supieran que ella ya no peleaba ninguna guerra.”

Estamos Unidas es una novela en cuentos brevísima, que se lee con la velocidad de esos juegos de parques de diversiones por los que se pregunta la narradora. Un disco de canciones pop, de colores flúor que alivianan la carga pesada de ciertas historias y sentimientos, de escenas hermosas y una narradora astuta que parece estar siempre buscando algo que no sabe si va a algún día encontrar. La prosa de Marina Mariasch es un deleite, hace que lo cotidiano brille, duela, conmueva y sorprenda.

Un bestiario triste

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hienasAbundan las escenas animales en Hienas (2016), primer libro de cuentos del escritor chileno Eduardo Plaza (1982). Y digo animales y no de animales porque esa animalidad impregna también las interacciones de los personajes humanos. Así como hay gatos torturados por niños y luego lanzados en una bolsa al mar, hienas que devoran a un búfalo que aún está vivo o akitas que se comen a una niña de tres mascadas, también hay madres que acarician a sus hijos “como animales de compañía” o hermanos mayores que toman al menor por el cuello “como si fuera un conejo”.

Eso o mujeres que huyen de sus matrimonios “como perros atropellados” o que imaginan fantasmas de animales e insectos en una casa algo precaria.

Esta conexión se ve también resaltada por los títulos de los relatos que llevan ya sea el nombre de un personaje humano (“Teresa”, “Carolina Fellay”), su mascota (“Mariposa”), o hace alusión a alguno de los animales mencionados en la historia (“Hienas”, “Animales de compañía”).

Se trata de cuentos protagonizados por niños, en su mayoría. Hombres niños, muchas veces, que no tienen trabajo y se dedican a jugar videojuegos; a conversar con una ex en la cocina, dejando en paréntesis la vida del otro lado de la puerta (con una mujer y una hija pequeña).Cuentos de niños invisibles que miran el mundo arder. Niños que dejan de ir a clases y se dedican a deambular por la ciudad contando los pasos que demarcan los límites de sus mundos. Cuentos tristes donde no se asoma casi nunca el humor. Y, cuando llega la risa, es como un desgarro. Animal.

Niños que se equivocan, como el protagonista del cuento “Federici cree ser emperador” que, en un momento, le grita a su tío, que por ser el primero de diez hermanos no pudo terminar cuarto básico, que no sabe leer. Y si bien la cachetada que le dan al protagonista duele, la culpa y la vergüenza duelen mucho más.

Se trata de historias de una tristeza en volumen bajo, una que sigue al lector de relato en relato como uno de los animales de compañía mencionados en el libro. Cuentos que no terminan, se desvanecen, o bien le dan un giro brusco a sus finales, fuera de todas las expectativas.

Cuentos de niños que no saben lo que tienen.

O que lo que más tienen es miedo.

Eduardo Plaza crea mundos precarios, de frases breves. Lo animal llega como interrupción y correlato, como un recuerdo de la violencia que yace siempre agazapada en algún rincon. Como en el cuento “Mariposa” en el que Eni, una niña amiga del narrador, recibe de su padre una caja llena de pastillas que ella guarda para usar en caso de emergencia.

Con detalles precisos, Plaza pinta el paisaje del norte, con sus colores y decepciones. Así, dice de Tongoy, en el cuento “Teresa”:“El ostión, que prometió sacarlos de la pobreza, que pintó sus casas y compró a sus hijos zapatillas nuevas, se marchó dejando las balsas vacías y al pueblo juntando huiros.” O, en el cuento “Mariposa”: “Desde los cerros, la pesquera dejaba escapar el aliento podrido que nos siguió a mamá, a Camila y a mí. Lo llevábamos a todas partes, se quedaba con nosotros y nos abrazaba cuando queríamos dormir.”Y luego: “Se metía por debajo de las puertas, entre las fibras de las cortinas. Lo respirabas por la nariz, llegaba a tus pulmones y salía lentamente por tu boca y los ojos. El recordatorio. Vas a terminar acá, te gritaba ese olor, vas a terminar acá manejando estas máquinas, aprendiendo estas rutinas.”

Esa atención al olor va a ser una constante en estos relatos. Como si los mismos narradores confiaran más en el olfato que en la vista, un giro que también subraya lo animal, lo primitivo. Así, por ejemplo, en el cuento “Federici…” se lee lo siguiente: “En la calle de Avenida Ossandón 60 no había agua potable y tomábamos baños al interior de un estanque azul plástico, a cuyo olor, con los años, me volví deliciosamente adicto. A eso y al cuero gastado de los asientos de los colectivos.” O, en “Hienas”: “Yo le contaba que desde chico tenía una fijación con el olor a combustible. Ella, por el olor del agua del estanque de baño. A ambos nos gustaba el sonido que hacían las piedras al chocar contra el agua antes de hundirse.”

Son ocho cuentos que arman un mundo, que hilvanan una melodía melancólica. En “Teresa” un hombre joven comparte la casa de playa de su novia con la tía de ésta y sus amigas. La convivencia, que podría haber sido solo anecdótida, se enrarece producto de una instancia de violencia que lleva a una escena tristísima de silencio. En “Federici cree ser emperador” un niño recuerda el último almuerzo que compartió con su tío. El niño simula que sabe leer y el tío lo encara para terminar en un diálogo terrible. “Carolina Fellay” es una historia mínima, de una espera en un consultorio de una niña con su abuelo y un narrador que está perdiendo la vista antes de tiempo.

“Hienas”, probablemente el cuento más potente de la colección, cuenta la historia de Miguel Rodewald, un compañero de infancia del narrador quien muere muy joven, dejando a una viuda, Beatriz, de solo veinticinco años. Ambos se acompañan en el dolor. Como dice el narrador:“Conversaba con ella porque era imposible conversar con un muerto.” Sin embargo, la tensión que se va acumulando, con escenas que vuelven insistentemente sobre el pasado, acaban por sacar el cuento de eje, desafiando las expectativas del lector en un final de una belleza conmovedora.

En “Mariposa” tenemos a otro fingidor. El protagonista decide dejar de ir a clases y deambular por la ciudad, contando sus pasos (“Fueron meses de dormir y simular.”) y armando también una trayectoria que habla de decepción y desesperanza. Un mundo donde la tele se escucha clarito y los sueños con interferencia.

“Animales de compañía” es otra historia brevísima, casi una instantánea. Un hermano mayor que un día desaparece. Y el narrador se queda solo en una pieza de dos camas y las sábanas de rayas se sienten como serpientes. Lo mismo pasa con “A ti nadie te obliga” en que un niño prueba su suerte en un partido de fútbol y carga una bolsa de monedas que va tirando al río sin saber su valor.

Por último “Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel” vuelve a un narrador adulto que recuerda una frase común que tenía con su ex: “Con Paula teníamos un dicho en común, una frase que nos gustaba y repetíamos mucho: la armonía es un pacto.” La frase les sirve para reírse de las terapias de pareja, para dejarse notas, armarse y desarmarse, y va a ser esa frase la que los reúna en una conversación de cocina muchos años después.

Hienas es un libro áspero, triste, de relatos que imrpovisan mundos prontos a desvanecerse. Como dice en un momento uno de los narradores: “Supongo que asumía que si ella estaba sola, yo también lo estaba. Después de todo, ambos habíamos tomado esta ciudad prestada. Santiago. Y yo seguía habituado a que los amores y los amigos no tardaban mucho tiempo en desaparecer.”

Realismo brujo

Estándar

temporadaTodo libro impone, en mayor o menor medida, un ritmo de lectura. Si bien la decisión final es del lector, hay historias que conjuran una particular cadencia, a ratos una contemplación lenta, a ratos una narración vertiginosa. Temporada de huracanes (2017), segunda novela de la escritora mexicana Fernanda Melchor (1982), se lee con ritmo de avalancha. Desde sus primeras escenas, que nos muestran a unos niños que se encuentran el cadáver de La Bruja, ya carcomido y como sonriendo en un canal de aguas turbias, la historia adquiere velocidad de derrumbe, hilando puntos de vistas que se entrelazan, sucios, viscosos, llevándoselo todo a su paso.

En este tornado no hay Dorothy. No hay Oz ni el consuelo de que, a veces, no hay lugar como el hogar. Hay un coro de voces, sí, huracanado, de confesiones atolondradas, de plegarias donde la rabia se cruza con el deseo, la vulnerabilidad con el odio más oscuro. Familias que se desmigajan y se pegotean, un cuerpo que llama a otros cuerpos.

Tanto dolor, tanto miedo.

Así nos vamos enterando, en un caleidoscopio angustiado, de los hombres que se llevaron a La Bruja, personaje del pueblo algo misterioso que realizaba fiestas desatadas en su casa (“una construcción tan fea y repelente que a Brando le parecía el caparazón de una tortuga muerta mal sepultada en la tierra”) y ayudaba a las mujeres del lugar, especialmente a las prostitutas, a curarse de distintos males por medio de hechizos y ungüentos. También de los testigos de la escena, de las familias que rodean sus destinos, de las mujeres que se esfuerzan por sobrevivir en un escenario saturado de violencia.

Bajo todo esto hay un miedo profundo a lo desconocido, que está en los demás pero también es sentido por cada uno de los personajes (Luismi, Norma, Brando y tantos más), especialmente en relación con el sexo y el deseo. La Bruja se vuelve, así, ese monstruo que muestra todo lo que hay de horrible en los demás. Los secretos escondidos de los distintos habitantes, las murmuraciones, las formas de evadirse del sufrimiento por medio de las pastillas, el alcohol o la autodestrucción (“Qué chiste le veía el chamaco a esas porquerías era algo que el Munra nunca pudo entender: cómo era posible que alguien quisiera estar así como idiota todo el santo día, con la lemgua pegada al paladar y la mente en blanco como una televisión sin señal…”); familias que son retratadas como bestiales, mujeres que nunca quisieron hijos, mujeres que hacen de madres de otras mujeres, mujeres que se casan con hombres que no aceptan su homosexualidad y no entienden hasta dónde puede llegar el abuso. Pero sobre todo mujeres con una fuerza descomunal, animales en su forma de habitar sus cuerpos, de sentimientos y sensaciones desbordadas, extremas. Feroces.

(Escuchemos a una: “Este mundo es de los vivos, pontificó; y si te apendejas, te aplastan. Así que tienes que exigirle a ese chamaco cabrón que te compre ropa. No te me apendejes, que así son todos los hombres: unos pinches huevones aprovechados a los que hay que andar arreando pa’ que hagan algo de provecho, y lo mismo ese pinche chamaco; o te pones verga o si no el dinero se lo va a gastar en pura droga, y al rato de pendeja te quedas tú manteniéndolo, Clarita.”)

Temporada de huracanes es un libro doloroso. Su prosa golpea, con violencia, insultando a los personajes y salpicando de amargura para todos lados, dando la impresión de un ambiente condenado, sin lugar para ningún tipo de luz, hasta que alcanzamos las últimas páginas en las que algo se puede entrever: un resplador tímido. Y es que la muerte, las muertes, que retrata esta novela, son muertes que no significan el fin de nada. A lo más una pausa, un instante para tomar aire, antes de seguir despeñándose. Como se afirma en un momento: “Dicen que la plaza anda caliente, que ya no tardan en mandar a los marinos a poner orden en la comarca. Dicen que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados, embolsados que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades. Muertos por balaceras y choques de auto y venganzas entre clanes de rancheros; violaciones, suicidios, crimenes pasionales como dicen los periodistas. Como aquel chamaco de doce años que mató a la novia embarazada del padre, por celos, allá en San Pedro Potrillo. O el campesino que mató al hijo aprovechando que andaban de cacería y le dijo a la policía que lo confundió con un tejón, pero ya se sabía desde antes que el viejo quería quedarse con la mujer del hijo y que hasta se entendía a escondidas con ella.”

Una novela que a ratos recuerda esa oscuridad alucinada de David Lynch, un coro delirante de Furias, un cuerpo que desea y se rompe.

Brillante.