Vida boquiabierta

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litvinova.jpg“Las aguas perturbadas de la memoria no se alisarán./Todos los días me iré de mi niñez./Regresaré sucia antes de que anochezca/ y me sentaré a la mesa”. Así comienza “Lienzo de la memoria’, uno de los poemas del libro Siguiente Vitalidad (Libros Tadeys, 2015) de Natalia Litvinova. Un poemario inquietante, que trae imágenes de cuentos de hadas, de princesas que escapan de noche y vuelven con los zapatos – y quién sabe si no los pies – rotos. Que conjuga frambuesas y ardillas con fábricas abandonadas a la orilla del parque y el recuerdo tremendo de la radiación (dice “Un día se inició el olvido”: “Las partículas de tu rostro/comenzaron a desintegrarse./Ahora todos los hombres/te retienen en sus rasgos./ Tus gorros roídos por las polillas/ y los guantes deformes/ por la ausencia de manos.”).

En Siguiente Vitalidad la memoria es una bestia imposible de domar. Que se resiste con arañazos y mordidas o a veces se deja contemplar desde lejos, con admirada belleza. Poemas que traen figuras que se quedan como fantasmas: personajes sin manos y sin guantes, madres obsesionadas por el orden de los objetos en el espacio, un abuelo taciturno que se queda ciego producto del desastre. Como en el poema Chernóbil: “Hay días blancos y días negros, /antes de mi nacimiento un día negro explotó,/ y mi abuelo no vio más colores. Los sobrevivientes/pudieron escribir su nombre en la ceniza y volver/a la oscuridad del hogar”.

Y es que el hogar aquí no es refugio sino una ruina oscura. Una ruina que fascina pues allí el corazón late más fuerte. Como se anuncia en el poema “El misterio de perder”: “Las ruinas me tranquilizan,/enamorada de las casas derrumbadas/y de las paredes con grietas/me escondo donde hay peligro./Es allí donde el corazón da sus latidos más fuertes.”

Siempre he sido fan de los epígrafes, especialmente cuando dan luces sobre lo que está por venir, proyectando raíces, constelaciones. En el caso de Siguiente Vitalidad, todo comienza con unos versos de Anne Michaels que dicen: “Cualquier momento dado-por muy trivial/que sea, por muy ordinario- posee una cierta/contención, está repleto de vida boquiabierta.” Y es exactamente eso lo que tenemos en las manos, esa vida boquiabierta producto de la sorpresa, del entusiasmo, pero también del dolor. Esa vida boquiabierta que es a veces grito y a ratos silencio y mudez. Esa vida boquiabierta que conecta los destinos de humanos, animales y plantas. Como en el poema “Doma”: “¿Qué hacen los hombres de mi pasado,/qué ciudades destruyen? Cuando un caballo sin jinete/atraviesa el campo, veo en su mirada que lo han domado./¿Qué hacen lejos de mí? ¿Y por qué los busco/ en los ojos de los animales?”

Los poemas de Litvinova se acercan al cuerpo con curiosidad y fascinación (“Percibo el olor de mi cuerpo/que desea huir pero se queda”): se detienen en rostros apasionados (“Yo llevo la sangre de las mujeres/ que vuelven a casa enrojecidas/como si ocultaran un amor.”); en cuerpos que van mutando y empequeñeciéndose producto de la enfermedad (“Después de años de planos trazados a la perfección,/mi madre terminó remendando ropa ajena./Un día llegó Juan con su leucemia./Trajo pantalones para achicar. Estaba perdiendo peso./Cada vez que venía, yo me tapaba la boca.”) o la experiencia traumática (“Mi abuelo caminaba arrastrando los pies, fue soldado/ y lo encerraron en un calabozo lleno de barro, los pies/ se le empezaron a pudrir./Mi padre no podía dejar de correr.”).

Siguiente Vitalidad es un conjunto de poemas que deslumbra desde su oscuridad. Que conjura imágenes de belleza perturbadora y que recuerda a las novelas de Agota Kristof, o las películas de Bela Tarr. Hay en ellos una luz rara, una forma distinta de acercarse a las palabras: como puentes, como precipicios, como ese “golpe justo” que “separa el pasado del futuro.”

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Leer al lector

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edmundoEs rara la vida de los libros. La forma en que desaparecen y vuelven a aparecer a veces años, muchos años, después de su primera publicación, con inyecciones de sangre nueva gracias a traducciones, reediciones y reimpresiones. Pienso en el caso de Clarice Lispector y Lucia Berlin el año pasado en Estados Unidos. O lo que está pasando ahora con la novela Stoner.

La literatura como ese fantasma que nunca se va, que siempre vuelve, agitando cadenas. A la vez fantasma del pasado, presente y futuro.

Y el escritor boliviano, Edmundo Paz Soldán, es probablemente uno de los mejores cazafantasmas. Lector brillante, voraz y generoso, deslumbra otra vez en Segundas Oportunidades. Una colección de notas sobre autores (injustamente) olvidados combinadas con ensayos sobre géneros literarios “menores” y su importancia, así como también ensayos personales donde se reflexiona sobre el dolor, el desarraigo y el suicidio.

Leer Segundas Oportunidades es leer al Paz Soldán lector, acompañar su mirada sobre autores y temas, leer su biobibliografía, los libros que lo ayudaron a habitar años difíciles. Es, también, adentrarse al misterio del Paz Soldán escritor y su fascinación con la historia de los suicidas en una pequeña localidad del Upstate New York y también la sombra que se proyecta sobre sus días como profesor en Cornell, la pena de un matrimonio en proceso de disolución y todos los fantasmas que eso invita y trae consigo.

El libro comienza con tres ensayos. En “Mi segunda oportunidad”, nos paseamos por diversas anécdotas personales del autor: desde sus intentos por estudiar para ingeniero, su cambio de opinión y la segunda oportunidad que le dan sus padres, sus deambuleos por Argentina y luego Alabama, adonde llega a estudiar con una beca deportiva; desde sus inicios como escritor anotando historias detectivescas en un cuaderno que luego hacía circular entre sus compañeros de El Bosco, a su encuentro con José Donoso en la Feria del Libro en Buenos Aires, entre otras. Al terminar este ensayo, se nos anticipa el propósito del libro: “Había autores que necesitaban ser rescatados, que merecían una segunda oportunidad como yo la había tenido con mi vida. Quizá yo debía hacer eso en mis clases, en mis artículos, con mis influencias a la hora de escribir”. Para luego agregar: “Estas páginas son eso. Se trata de aquellas opciones que dejamos inicialmente de lado. De amores adolescentes que creíamos olvidados. De libros que no ocupan el lugar central de la discusión, pero quizás son tanto o más relevantes que los sospechosos de siempre.”

El segundo ensayo, “La biblioteca de mi padre”, cuenta las primeras fascinaciones, como lector, de Edmundo Paz Soldán. Las horas de lectura que le daban en la escuela y también el descubrimiento de los libros de Agatha Christie en la biblioteca de su padre. Dice el autor: “Los escritores inventamos nuestra biografía intelectual y nos creamos un linaje en el que solo están las cumbres. Mencionamos entre nuestros mentores a Vargas Llosa, a Naipaul, Woolf, Lispector, y nos olvidamos de esos otros libros ‘menores’ o populares que leímos y que quizás nos influyen de una manera más profunda que los grandes”.

El tercer ensayo, “Salir del túnel”, habla sobre la lectura de autores como Ernesto Sábato o Mario Benedetti y de qué manera lo ayudaron en distintos momentos de su vida. Dice de Sábato: “Abbadón es una novela apocalíptica pero yo la usé como un libro de autoayuda” . Así como también rescata al uruguayo: “Ahora que Benedetti no está, recuerdo que hubo un momento en que me llevé bien con el mundo gracias a sus poemas. Tendemos a valorar descubrimientos literarios de la edad adulta más que los de otras épocas más ingenuas. Pero los gozos de la infancia y la adolescencia no deberían ser desdeñados.” También se refiere a Paul Auster y su recepción en Latinoamérica, a la vez que enfatiza la importancia de las lecturas para acercarse a la propia memoria, al afirmar que “[r]eleer un autor implica releerse a sí mismo”.

A estos primeros ensayos, sigue la sección que le da su nombre al libro, “Segundas Oportunidades”, en la cual encontramos veintidós perfiles de escritores que merecen más atención, nuevas miradas, nuevas lecturas. Desde el escritor y pintor polaco Bruno Schulz (y que Jonathan Safran Foer también rescatara en Tree of Codes), pasando por la maestra del gótico estadounidense Shirley Jackson, la boliviana Hilda Mundy y su vanguardia pirotécnica, el chileno Gómez Morel y su retrato de la marginalidad (del que comenta; “[e]ste era un libro para leerlo con las luces encendidas por toda la casa”) o Emma Reyes y el testimonio de su vida en cartas. Autores a los que Paz Soldán se acerca, a veces, luego de mucho tiempo de tener sus libros en su propia biblioteca (“Faltan muchas maravillas por descubrir en mi propia casa: tiene algo de mágico saber que hay tesoros enterrados en el mismo espacio donde uno pasa la mayor parte de sus días”.).

Seguimos con “In Memoriam”, dedicada, como indica su nombre, a la memoria, vida y muerte, de doce escritores, entre ellos Clarice Lispector, Daniel Sada, Danilo Kîs, Salvador Benesdra, Mario Levrero.

Luego, en “Géneros Sumergidos”, Paz Soldán destaca la importancia de géneros como el cómic, la novela policial ( que, según el autor, “se ha renovado y convertido en la gran novela social del presente”) o la ciencia ficción para dar cuenta de la realidad latinoamericana. Sobre esta última comenta: “La ciencia ficción latinoamericana actúa como la carta robada de Poe: se halla escondida a la vista de todo el mundo.”

Luego vienen “Dos Ensayos”, uno dedicado a Vicente Huidobro (en el que rescata la relación de este autor con las tecnologías y el cine) y otro a Jaime Sáenz (escritor boliviano que le parece imprescindible y del que afirma que “[c]ualquier poema suyo es brillante; cualquiera”).

Y uno termina todas estas secciones con una lista enorme de pendientes. (Y yo deja sembradas cien mil banderitas – y es gracioso que en español le digamos ‘banderitas’ a los post-its, como afirmando pequeñas patrias, y de colores, en las lecturas – y escribo en los márgenes anotaciones como ‘buscar”, “leer”).

Porque leer Segundas Oportunidades es quedar con tarea para la casa.

Pero el libro no termina ahí.

Como las mejores lecturas, ésta nos ofrece, de pronto, un giro inesperado. Una caída a pique en una montaña rusa en la que vamos a oscuras. De pronto, volvemos a los ensayos personales, y unos cargados de dolor y de fantasmas. De la lectura gozosa de autores injustamente tratados, pasamos a la reflexión sobre la pérdida y los distintos niveles del dolor y la desesperación. Las historias que se quieren y no se pueden contar; las historias que están a punto de contarse y las que ya no pueden contarse más.

Todo esto en una sección de nombre “Las Oportunidades”.

En “Regreso a Río Fugitivo”, Paz Soldán se refiere al proceso de escritura de la novela de ese nombre y el impacto que tuvo en su colegio en Bolivia. Pero es en ‘Los Suicidas” donde se abre la caja de los fantasmas. De nuevos fantasmas: ya no los de la literatura sino los de la vida “real”; los fantasmas de los estudiantes suicidas de Cornell (universidad en la que trabaja el autor); los espectros de un matrimonio que se deshace, del cambio en la suerte y el rumbo, de idas y vueltas y de enfrentarse, por primera vez, con el prospecto del suicidio. El ensayo es doloroso. Y así como un lector trae siempre consigo sus fantasmas a todo lo que lee, así también, que tengan un lugar en este libro, que tanto indaga en el acto de lectura, es a la vez honesto y preciso.

Por último, “Ficción y verdad de Martín Ramírez”, ahonda en la fascinación del autor por la figura de este pintor (“En algunas ocasiones, en el vacío de mi casa de recién divorciado, lo veía dibujando con las rodillas apoyadas en el suelo”). Inmigrante ilegal que se dedicó a ayudar a la construcción de vías férreas y que se pasó casi toda la vida dibujando trenes en un manicomio, y sin decir una palabra. Como los buenos personajes y las buenas historias, ésta se va uniendo a otras (como la del “Railroad Killer”) y la literatura de Edmundo Paz Soldán, la nueva novela (que luego será Norte, una novela importante, valiente, inmensa), se convierte en esa lucecita que se ve del otro lado del túnel. Un túnel cuya oscuridad, a diferencia de la retratada por Ramírez, sí se acaba. Y para desembocar en una escritura brillante.

Libro de las horas (pasadas en un tren)

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materialResulta difícil clasificar un libro como Material Rodante de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2015). Un texto que se mueve (que viaja) entre el ensayo, la crónica, la novela. Que recuerda, que me recuerda, a la belleza que es A field guide to getting lost de Rebecca Solnit, pero también, a escritos más raros como los Libros de las horas, de la Edad Media, libros únicos e iluminados, que reunían todo tipo de materiales, para habitar las distintas horas del día. En ellos, el contenido es más religioso que otra cosa, pero hay algo de su espíritu en este material rodante, en este uso de esas horas en tránsito, en las que el narrador/protagonista se niega a dormir y observa y registra todo a su alrededor, para el deleite absoluto del lector. O quizás, la referencia podría ser otra: el Libro de la Almohada, con sus comentarios sobre el día a día, un libro para guardar bajo la almohada también, como el pijama, la prenda preciada del ocio y subversiva frente al quehacer del movimiento cotidiano, como explica el narrador en uno de sus traslados.

Pero, independiente de su clasificación, este es un libro sobre viajar. Sobre viajar entre dos ciudades europeas (de Holanda y Bélgica), en tren, para ir al trabajo. Y la experiencia de ser extranjero. De nunca pertenecer completamente, de deambular entre idiomas que no se manejan del todo. De perderse. De divagar, que es tal vez otra forma de trasladarse, más caótica, en medio de la higiénica y tranquila experiencia de viaje.

Se trata quizás de una etnografía del movimiento, de ese que atraviesa grandes distancias y e se, más pequeño, que se experimenta entre un vagón y otro. Movimiento que es de personas y de objetos: la mochila que casi se deja en uno de los asientos, los piñones que lleva un científico en uno de sus bolsillos y que consiguen que unas cuantas araucarias chilenas se queden de turistas permanentes en Europa. Una historia que va hilvanando anécdotas en su vaivén: desde el aviso de utilidad pública en el que el narrador cuenta en qué estación nadie revisa los boletos, pasando por citas a Walter Benjamin (que comentaba que con el desayuno se acaba el ayuno y comienza un nuevo día), reflexiones sobre el nuevo boom de los jardines comunitarios y esa felicidad tan verde que es a la vez propia, aunque pretenda ir en contra, del capitalismo.

Y como lectora, una se deja llevar, sin importar muy bien el destino, sin atisbar lo que se esconde en las próximas páginas, aunque siempre asomándose con asombro a cada pensamiento/estación. Como aquellos que apuestan por una cierta poética del ocio y/o el aburrimiento: “El aburrimiento merece más luces. Al menos en estos apuntes en donde cada espacio en blanco vale como un bostezo.”, o bien: “Descubro una novela. Una de la vida real.” Para luego afirmar:”Pero sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Maier explora las posibilidades que se esconden también en la falta de movimiento, los días de vacaciones pasados en pijama, una prenda que le parece subversiva pues “…el capitalismo no soporta algo que no sirva para nada.” La excepcionalidad del pijama queda también marcada por su lugar en el espacio doméstico:“Sin ir más lejos, la costumbre de guardar el pijama bajo la almohada y no junto al resto de la ropa, es reveladora y tal vez valga como síntoma de ese vicio que es salir a la calle. El pijama es una mala influencia. Les enrostra a los apóstoles del progreso que todas las torres que construyen no sirven para nada porque luego viene la noche, y la noche se parece mucho a la muerte.”

Junto al ocio y el aburrimiento, Maier también defiende el lugar de la espera, que él define como “un arte engañoso” y también un deporte: “Tal como el póquer y el ajedrez, la espera es un deporte psicológico y de largo aliento. Una gimnasia que requiere un entrenamiento especial y doloroso.”

Otra estación en la que se detiene esta obra es en las reflexiones sobre el viaje y el turismo. Dejo aquí algunas de ellas:

“…descubrí que los viajes esconden sorpresas que nunca tienen mucho que ver con el lugar que ansiamos visitar sino con nuestras propias fantasías”.

“…pero los viajes modernos y planificados, probados por periodistas que aseguran su eficacia, muy pronto aburren de lo excesivamente rápidos, higiénicos y estandarizados.”

“Tal vez el problema es que la industria del turismo, apenas se apoderó de ese gran botín que son los viajes, le extirpó el peligro, la posibilidad de que todo salga mal, la exquisita cuota de misterio que siempre supuso partir hacia un lugar extraño.”

“sobran turistas y falta un leve y elegante toque de miedo.”

En la experiencia de viaje central, que enmarca este libro (el viaje en tren entre dos ciudades europeas), se rescata su carácter repetitivo, rutinario, y los espacios de familiaridad que ofrece: “A la gente se la conoce así, de a poco y sin querer. Todos los martes en el tren que va de Malinas a Roosendal siempre figuran escondidas las mismas personas. Para descubrirlas únicamente basta entrenar el ojo, como cuando uno era chico y jugaba a encontrar a Wally en un suplemento que traía El Mercurio.” Aunque, a veces, estos rostros familiares, sorprendan al aparecérsele al narrador en su vida fuera del tren, al igual que otros rostros, un tanto más peligrosos.

Cada estación trae consigo la sorpresa, la astucia y una erudición que se asoma a la carcajada. También momentos de conmovedora belleza como cuando, en un instante de peligro durante el viaje, el narrador comenta:“A veces todo parece tan frágil que por las noches la abrazo como si fuera un gato de esos que tienen siete vidas.”, o también al referirse a sus amigos: “Nos conocimos como se conoce la gente de veintitantos años: sin saber muy bien cómo, escondiendo inseguridades, deseando no estar solos…”

Y el viaje, el lugar del etxranjero, va de la mano de las lecturas y su reflexión sobre ellas (“Leer en un idioma nuevo o desconocido es parecido a la curiosidad y el pánico que uno tenía cuando era muy chico y se paraba frente a la profesora – Tante Astrid, en mi caso, una muchacha alemana de poco más de veinte años, que hacía clases en Chile mientras buscaba experiencias místicas en el desierto – para leer una frase que escondía un mundo y que hoy suena muy tonta. Ella me enseñó a juntar letras con un silabario y a descifrar la vida. Casa. Perro. Mamá.”). Incluso se postula una ética de la mochila, en la cual los libros están más a gusto que en las bibliotecas (“Podría apostar a que si los libros tuvieran memoria, sus días más felices serían los que pasaron ahí adentro, moviéndose de un lugar a otro, a medio leer, rompiendo la rutina soporífera que los deja muy quietos y exhibiendo su lomo en un estante.”).

Quisiera citar todo de este libro inclasificable. Repetir, uno a uno, sus pasajes, con la alegría de los niños que quieren escuchar sus cuentos favoritos una y otra vez; con la sorpresa de los animales que esperan en el zoológico junto a una de las estaciones de trenes, con la felicidad de quien encuentra por fin a ese Wally diminuto entre la multitud.

Una obra, sin duda,  brillante, y que se descubre “sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Memoria polilla

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chileanelectricLa última novela de la escritora chilena Nona Fernández, Chilean Electric (2015) gira alrededor de una anécdota aparentemente inofensiva: la noche que se ilumina por primera vez la Plaza de Armas de la ciudad de Santiago. Una imagen hermosa, por cierto, hilvanada por las palabras de su abuela. Sin embargo, de la luz apacible que lo inunda todo, haciéndole trampa al tiempo, se desencadena una reflexión astuta, y no falta de chispazos y cotocircuitos, sobre la memoria, la violencia, el dolor y la oscuridad.

(Y los recuerdos se acercan, como polillas, atraídas por la luz, hipnotizadas, aunque arriesguen la vida en ello).

Porque lo cierto es que con nuevas luces, vienen también nuevas oscuridades, nuevas sombras. Y aquello que no se puede ver, a ratos lo atraviesa todo: como la voz de Allende, grabada y regrabada en casettes, y sus discursos transmitidos por malos amplificadores. O la voz de la abuela en una pieza oscura.  Y el mensaje que conjuran sus dedos, nerviosos, en una máquina de escribir invisible.

La luz trae visibilidad y promesas de bondad. Pero también trae vigilancia y control. Estamos acostumbrados a asociar luz con cosas buenas: hablamos de iluminaciones como revelaciones; usamos expresiones como “echar luz” sobre algo para referirnos a la claridad. Pero hay verdad en las sombras, como dijera Paul Celan, y Chilean Electric si bien se concentra en lo luminoso (que puede ser enceguecedor) deja entrar también a las sombras.

Al comienzo, así se describe la llegada de la luz: “La luz era mucho más brillante que la de las lámparas de mecha. Era una luz completa que no dejaba a nadie afuera. Intrusa y sorpresiva, hizo aparecer los rostros de la gente en plena noche. Los santiaguinos nunca se habían visto así.”

Y también: “La gente se acercaba a los faroles y sonreía bajo las ampolletas mirando sus propios cuerpos iluminados, exponiéndolos al resto como quien muestra un traje nuevo.”

Pero de ese primer júbilo luminoso, pasamos a otros registros en los que la luz se vuelve peligrosa: “La luz se expandió como una peste brillante iluminando todo a su alrededor, hipnotizando al público para generar necesidades antes desconocidas, encendiendo más y más ampolletas. El contagio fue tan vertiginoso que la luz ya no parecía buscar satisfacer las demandas de la gente, sino inventarlas para facilitar su uso continuo.”

Es Santiago que se transforma: “La luz entró por las ventanas a las casas, piezas y almohadas de los más afortunados, que quizá desde entonces empezaron a imaginar en sus torcidos sueños una ciudad delimitada por neones, por lucecitas de colores, por focos de seguridad. Una ciudad alerta, siempre encendida, la ciudad insomne.”

El juego de imágenes de Nona Fernández es delicado, preciso, elegante. De la luz en la Plaza de Armas pasamos a las débiles luces de las guirnaldas navideñas que articulan un “morse luminoso”, un circuito de la memoria y sus ficciones, y también al flash de las cámaras fotográficas que sacan fotos a niños en aburridos caballos de palo o bien las de los periodistas que capturan, morbosos, la imagen de un niño golpeado por carabineros y que ha perdido uno de sus ojos (“Un ojo ahorcado en la plaza pública.”). O la luz de las pantallas, en locales de la misma plaza, en las que se transmite un partido de fútbol entre Chile y Perú.

(Luces para iluminar, luces para desorientar).

Y paralelo a estas luces, a esta electricidad de la memoria y sus figuras de la historia nacional y personal, están las voces que se escuchan a oscuras: la de la abuela, en la noche, hablándole a los muertos, o bien contándole historias a la narradora para que se quede dormida; o la voz de Allende o de la propia nieta, que asume el rol de cuentacuentos la última noche que pasa junto a su abuela ya enferma (“Piensa que lo que te voy a contar no es una historia, le dije. Piensa que es una luz suavecita, una ampolleta pequeña de quince watts. Un farolito que espanta los miedos y ayuda a entrar en el sueño. Un espantacucos vigilando tu cama al dormir.”)

(La voz también es faro y salva de los naufragios).

Y la cuenta de la luz (que aparece en esta historia, que habla de desaparecidos, de cortes inminentes, de gastos y consumos) pasa a ser también el cuento de la luz.

Otra lucecita titilante. Como las luciérnagas de las que habla Pasolini, que desaparecen en Italia con la llegada del fascismo.

(Pero en la novela de Fernández lo que tenemos son polillas, que avanzan y que chocan contra ampolletas; que son las teclas algo cojas de la máquina de escribir heredada de la abuela y con la que se escribe la última parte de la novela. Una novela que vuelve a empezar y que se bautiza a sí misma como La Ceremonia de la Luz).

Nona Fernández articula con maestría una ciudad que se enciende desde una plaza que congrega pero también divide. Sus armas son las luces, los chispazos, los cortocircuitos (“Iluminar con la letra la temible oscuridad.”), la brillante lucidez, sí, pero también la espectralidad de la voz y esa memoria que es como una pieza oscura donde resuenan también las sombras.

Ojos que no ven

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Z33__Sangre-en-el-ojo-gComienzo este texto con una mentira o un título que miente: los ojos de Lina Meruane ven mejor que nadie. Pero el dicho sirve para cuestionar verdades, y siempre hay algo de verdad en la mentira. Siempre. Aunque sea una esquina de verdad.

Y aquí esa verdad son dos ojos que no ven. Dos ojos que explotan, que se inundan de sangre, en medio de una fiesta, dejando a Lina, o Lucina, con el mundo en suspenso. Y desde esas primeras líneas que no nos suelta el vértigo de no saber qué va a pasar con esos ojos que si bien dejan de ver nunca dejan de sentir, porque la verdad también es que, cerrados los ojos al mundo, el cuerpo entero se pone en tensión: y la ciudad de Nueva York con sus suciedades y ruidos impacta en el caminar y en los oídos; la relación incómoda con la madre se siente en el tacto de unas manos que descubren que ella le ha hecho su maleta sin pensar en sus necesidades; la ferocidad del amor se queda en los pies que se buscan de noche en una cama fría en Chile, de las espaldas o las caderas que vuelven a habitar el nuevo apartamento en los momentos de intimidad y desborde. Ojos que no ven, cuerpo que siente más que nunca (“Yo no podía distraerme, todo mi ser entero exigía una concentración multiplicada, una dedicación absoluta a la geografía de las cosas”.). Y un lenguaje que acompaña ese despertar y esa sorpresa, que no es nunca ingenua, que siempre se asoma a la violencia, de experimentar las consecuencias de la ceguera: los miedos de dejar de escribir, de convertirse en una carga, de ser otra.

Lucina, Lina, puede perder la vista pero nunca pierde de vista sus preocupaciones, si bien trata de anestesiarlas un poco, escuchando novelas grabadas. Frente al miedo, su vida se convierte a ratos en una caja de sonidos, una habitación de espectros que le recitan historias mientras ella no sabe si pueda (si quiera) volver a escribir. La novela entonces, escrita en capítulos breves y brillantes, sigue el trayecto y ramificaciones de la enfermedad: desde el diagnóstico y la forma en que impacta su nueva relación amorosa con Ignacio (“Pensar en ese médico torcido y refractario diciendo que yo llevaba adentro una bomba de tiempo acelerando su tictac”); la lentitud del tratamiento que siempre pide esperar un poco más, el viaje a Chile que también es tiempo de espera y de reencontrarse con culpas y dolores de antaño (“Hundida en otra silla de ruedas hubiera querido ser un espectro que retorna en secreto a cancelar viejas deudas y en lugar de chocar torpemente con el mundolo atraviesa sin sentirlo”.). La enfermedad también de ser extranjera, y de padecer una enfermedad siendo extranjera, en un país que no es el propio y la vulnerabilidad que eso trae. Son muchos los hilos que maneja esta historia. La forma en que se acerca a la realidad para olfatearla (“Hurgamos entre muebles de madera tersa y salvaje con olor a aves exóticas y a mandriles, a líquenes, a cantos africanos, y se levantan también los olores a maní confitado y a manzanas acarameladas, a pretzels, a bagels recién salidos del horno refrigerándose en nuestras narices”) para recibirla “toda oídos”.

Y es que, con o sin venas que inundan el ojo de sangre, los ojos de la extranjera absorben todo: “Al otro lado de los muros, sobre nuestros cuerpos y también debajo de nuestros pies, se agitaban todos esos gringos acostumbrados a madrugar con los calcetines puestos y los cordones ya anudados. Gringos que con la ropa interior impecable y la cara planchada se sientan cada mañana a desayunar leche fría con cereales.” Ser extranjera trae un primer ajuste en la mirada, a la vez que dejar de ver invita a nuevas oscuridades y rabias: “(Estoy viendo la sangre otra vez, la estoy viendo con mis ojos. (Quiero arrancarte los tuyos, meterlos dentro de los míos para que puedas ver la sangre.)” Porque “tener sangre en el ojo” es mirar la vida desde una esquina rabiosa (en inglés, recientemente tradujeron esta novela como “Seeing Red”) y acá la rabia a ratos lo salpica todo.

Una novela de escritura vertiginosa y afilada, con un final de carcajada monstruosa.

Ojos que brillan en la oscuridad.

Quién dijo miedo

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enriquez

Siempre me ha llamado la atención un momento particular del texto de Sigmund Freud sobre lo siniestro (o unheimlich). Tan dado a tomar ejemplos de la literatura, Freud aquí utiliza también una referencia personal a una situación al parecer bastante anodina: la de perderse en una ciudad que se cree conocida. Freud narra la desesperación de recorrer una y otra vez las calles de una pequeña ciudad italiana, sin poder nunca encontrar su camino. Lo siniestro comienza con la desorientación, el perder de vista las miguitas de pan que marcaban el camino y que fueron devoradas por los pájaros.

Los cuentos de Mariana Enríquez en Las cosas que perdimos en el fuego se asoman todos a lo siniestro. Todos toman de la mano al lector para luego dejarlo abandonado en el medio del bosque. Te das vuelta y ya no hay nadie. Crees que el cuento va por un camino y siempre hay sorpresas, incluso algunas te llevan al grito. Como en el cuento ‘Fin de curso” en el que la narradora nos comenta, con aparente inocencia, e incluso aburrimiento, acerca de una compañera de clases que se llama Marcela y en la que nadie se fija. La descripción es malvada (sobre todo para una que comparte uno de los nombres intercambiables): “Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque uno las ve todos los días em el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre.” Para luego agregar: “ Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija”.

Hay una tranquilidad en la lecura. Vamos a leer sobre esta chica a la que nadie estima. Dos segundos más tarde, sin embargo, la tal Marcela tiene a todas sus compañeritas chillando (y a esta lectora con ganas de cerrar los ojos) al empezar a sacarse una a una las uñas de sus manos.

Mariana Enríquez escribe sus cuentos en la esquina donde la normalidad más aburrida se junta con el horror. Logra que dé escalofríos leer sobre un chico que se encierra en un baño a hablar por chat con una amiga. Nunca dieron tanto miedo los colores.

Se trata de doce cuentos brutales en los que la oscuridad se oculta en la pobreza, en la falta de comunicación, en el desamor. Cuentos de la deformidad y la violencia.

En “El chico sucio” una mujer se queda a vivir en la casa de sus abuelos en una zona de la ciudad que se ha vuelto peligrosa. Dice la narradora: “Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes – especialmente si son delincuentes -, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.”

Frente a su casa, un niño con su madre, mendigan a los transeúntes (“Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerle la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento”). Un día, la madre se ausenta y el chico llega a donde la narradora, quien lo lleva a tomar helado. Un par de párrafos más tarde, el mundo entero se sale de control: desaparece el niño y aparece un niño muerto; la narradora confronta a la madre: “La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química.”

En “La Hostería”, unas niñas buscando venganza se encuentran con el pasado horroroso de una hostería en tiempos de dictadura. En “Los años intoxicados” un grupo de amigas intentan acercarse, por medio de juegos y otros rituales, a los bordes de la muerte. En uno de ellos, las chicas viajan en la parte trasera de una camioneta mientras el novio de una de ellas conduce a toda velocidad: “Nosotras gritábamos y nos caíamos una encima de la otra; era mejor que la montaña rusa y que el alcohol. Despatarradas en la oscuridad, sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último y a veces, cuando el novio de Andrea tenía que parar porque lo detenía alguna luz roja, nos buscábamos en la oscuridad para comprobar si todavía estábamos vivas”. Las ganas de desaparecer también se ven en el dejar de comer: “La falta de comida era buena: nos habíamos prometido comer lo menos posible. Queríamos ser livianas y pálidas como chicas muertas. No queremos dejar huellas en la nieve, decíamos, aunque en nuestra ciudad jamás nevaba.”

En “La Casa de Adela” volvemos a otra casa embrujada. Esta vez, una casa abandonada a la que van a jugar una pareja de hermanos y una amiga de ellos, Adela, quien no tiene un brazo. La casa, que es cáscara, que es máscara, que le cuenta historias a Adela que nadie más puede escuchar, acaba por interrumpir la inocencia de este trío de formas perturbadoras.

“Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo” saca a los monstruos de los espacios privados para sacarlos a pasear por la ciudad. El relato cuenta la historia de un guía turístico que lleva alos visitantes de Buenos Aires en un tour por lugares donde han sido cometidos asesinatos y crímenes. Es el tour más popular de la compañía y el personaje que más fascinación provoca es el Petiso Orejudo: “ Un asesino de niños y animales pequeños. Un asesino que no sabía leer ni sumar, que no distinguía los días de la semana y que guardaba una caja llena de pájaros muertos debajo de su cama.”

El horror se contextualiza, en los cuentos de Enríquez la pobreza, las fluctuaciones de la economía y sus repercusiones en las vidas de las personas son otro fantasma más, y uno bastante poderoso: “se les explicaba a los turistas las condiciones de vida de aquellos inmigrantes recién llegados que escapaban de la pobreza europea: hacinados en inquilinatos húmedos, sucios, ruidosos, promiscuos, sin ventilación. El ambiente ideal para los crímenes del Petiso, porque la incomodidad y el desorden acababan por mandar a los niños a la calle: vivir en aquellas habitaciones era tan insoportable que la gente se la pasaba en la vereda, especialmente los hijos, que correteaban por ahí.”

Y el tour del horror también impregna la vida del protagonista, que vive con su mujer que está obsesionada con la posible muerte de su hijo, otro fantasma: “Pablo caminó hasta la habitación que él mismo había decorado para su hijo antes de que naciera. Estaba tan vacía que le dio frío. La cuna inmóvil estaba oscura. Parecía el cuarto de un chico muerto, conservado intacto para una familia en duelo.”

En “Tela de araña” lo siniestro es la amargura de un matrimonio frío y un viaje tenso hasta Paraguay. En “Fin de curso”, que comenté al comienzo de esta reseña, la chica en la que nadie se fija finalmente saca las garras (literal y dolorosamente).

“Nada de carne sobre nosotras” vuelve al tema de la anorexia, del dejar de comer, solo que esta vez es para que la narradora pueda parecerse más a una calavera (a la que bautiza: Vera) que ha encontrado en la calle y que desordena para siempre la vida con su pareja: “Él no tiene nada que ver con la belleza etérea de los huesos desnudos, él los tiene cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras de tierra sobre los huesos. Esqueletos huecos y bailarines. Nada de carne sobre nosotras.”

En “El patio del vecino” vuelven los fantasmas a una casa que se acaba de alquilar y, como siempre, los fantasmas hacen recuerdos de otros fantasmas, otros recuerdos dolorosos del pasado, causando estragos en una relación de pareja. “Bajo el agua negra” habla del horror de los excesos de la policía en un barrio marginal que queda junto a agua estancada y que produce mutaciones extrañas en los habitantes.

“Verde rojo anaranjado” hace por primera vez alusión a las tecnologías y sus formas de generar nuevos espectros. Marco, el amigo de la protagonista, se va hundiendo en una depresión viscosa hasta que decide encerrarse en un baño y no volver a salir más, teniendo como única forma de contacto la computadora y sus chats. La mujer encuentra un nombre para esto: hikikomori, personas que, en Japón, deciden cerrarse al mundo. Marco se obsesiona por la internet profunda o deep web, aquella donde se contratan asesinos y se da rienda suelta a los deseos más violentos. La mirada sobre la tecnología permite una reflexión sobre los fantasmas y las clasificaciones que hacen de ellos los japoneses. Los fantasmas, en los cuentos de Enríquez, siempre llaman a otros fantasmas.

Por último, “Las cosas que perdimos en el fuego” le da un giro poderoso a las historias de violencia contra las mujeres que han sido quemadas por sus parejas. De a poco, se empieza a formar un grupo que organiza hogueras en las cuales las mujeres se sumergen por voluntad propia, intentando crear así “una belleza nueva”.

Mariana Enríquez es una escritora que deslumbra y desorienta en cuentos que son como cajas chinas, donde una caja es una casa, y una plagada de fantasmas. Es sin duda una belleza nueva, y una que no se pierde en el fuego sino que saca fuerza de él.

Yo digo miedo.

Con altura de montaña

Estándar

la composicion“Así como la sal es capaz de derretir el hielo y diluirse en los mares sin perder su identidad, así como la sal multiplica el ardor de una herida y, quemándola, la sutura de sí y la sana. Así como, en reposo, se expresa irreprochable en un cristal plateado, la sal, pura y venenosa, así se comporta la bella escritura de Magela Baudoin”.

Así introduce la escritora boliviana, Giovanna Rivero, la colección de cuentos de su compatriota Magela Baudoin, La composición de la sal. Una colección a la que me acerqué con expectativas enormes, luego de leer entrevistas a la autora y artículos sobre su obra, después de que su libro de cuentos ganara el prestigioso Premio Iberoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015. La introducción de Rivero se titula “La sal es como el tiempo” y hay algo clave ahí, pues los cuentos de Baudoin ofrecen un acercamiento sutil al tiempo y sus recovecos: son cuentos de esperas, de tiempos de malas decisiones y expectativas, de viajes que no son nunca experiencias triunfales sino quebradizas, vulnerables. Y la experiencia de lectura es una especial también. Un paisaje que se va insinuando despacio, como ir subiendo una montaña, apreciando de a poco los detalles, la vegetación o falta de ella, hasta que de pronto llegas a la cima y entonces la vista es conmovedora. Y la cima en este libro es el cuento que le da el nombre a la colección, un cuento tan breve y preciso en su belleza que dan ganas de leerlo en voz alta, de transcribirlo completo, de traducirlo a todos los idiomas que uno conoce. Un cuento en el cual un hombre ya viejo comienza a llorar por todo. Un hombre que nunca acostumbró a llorar, que ni siquiera lloró la muerte de su hijo, y ahora comienza a inundarse. Dice el narrador: “Llorar no era posible entonces, llorar era como sembrar algas en un mar de sal helado que terminaría ahogándolos, uno a uno, y él no podía permitirlo. Llorar era, estaba seguro, como hundir a su niño en un agua turbia y anclarlo a una roca en lo profundo sólo para poder verlo con los ojos abiertos, allí abajo”.

Su mujer incluso llega a decirle que tiene “ojos de mar” y el narrador los describe entonces con nobleza: “Ambos habían construido en su corazón una fortaleza medieval, adornada de austeridad y de valor, no sin voluntad, no sin amor, no sin culpa y menos sin tristeza. Por eso podían acometer la vida con rigor, pero nunca entregados plenamente al goce. Eran así, un poco tristes, un poco quiméricos, un poco restringidos en su capacidad de recibir”.

Pero para llegar a esa cima pasamos por cinco relatos en los cuales la vida se va desmigajando. Cuentos en los que, como dice Rivero, “la procesión va por dentro”.

En “Amor a primera vista” una joven se enamora de un apartamento en Paris que no puede pagar. Su solución es invitar a su novio a vivir con ella, quien reflexiona: “qué tal si te mudas conmigo? No era una declaración de amor precisamente; no eras tú del tipo que quisiera casarse ni hacer planes; no era ella ni la sombra de una mujer ideal, pero no pudiste decir que no”. A él no le gusta el apartamento (“demasiado posado para ser un lugar habitable”) pero acepta un poco sin saber porqué. Ese será el inicio de una serie de decisiones importantes que el hombre toma por inercia y que ironizan el título, como si el único amor posible fuera el que se la ofrece a los objetos y los espacios.

En “La cinta roja” dos hermanas (Natalia y la narradora) se encuentran en un bar. Natalia está escribiendo sobre un crimen: el asesinato de Rebeca, una reina de pueblo. El cuento entrelaza la tragedia sobre la que hablan todos (“Sólo en una raza como la nuestra era posible esa curiosidad científica, acaso morbosa, con la que podíamos hablar de una violación, de una muerte, y sin perder el apetito (…)”) con un dolor de la narradora que se va insinuando con verdadera elegancia. La narradora se compara con Rebeca: “Es verdad que no era precisamente una niña; lo mío era, en realidad, una adolescencia añiñada de pueblo que yo padecía como una enfermedad.” Pero en sus reflexiones se anuncian chispazos de lo que viene: “Sí, los demonios no se los debo a nadie. No hay más responsable que yo en todo esto.” El cuento es una reflexión potente sobre las distintas sombras de la violencia y la culpa.

En “La chica” un grupo de amigos, en Barcelona, cuestiona las decisiones amorosas de su amigo, Blas, quien decide casarse con una mujer que ellos desaprueban. Es interesante que la describen como alguien que “tiene más mundo que cualquiera en esta mesa”, mientras que de Blas se dice que “no era un tipo experimentado. Para Eda ese era el problema: que Blas no tenía “calle”, que cualquiera podía engañarlo (…)”. La chica lo lleva a la selva amazónica a probar ayahuasca y al regresar a España comienza a padecer de terribles dolores de cabeza que empiezan a afearla a ojos de su marido (“-Tengo un enjambre en la cabeza! – lloraba la chica con Blas. – Un sonido del demonio que va subiendo de volumen, como los bichos de la selva.”). En un momento de disputa, ella le grita y la descripción es deslumbrante: “Traidor!- gimió, sacando toda la lluvia de un huracán, toda el agua de una tormenta, todo el líquido del río de su cuerpo hasta dejarlo en la esterilidad de una sequía que continuó doliéndole en la cabeza”

“Algo para cenar” cambia el tono de los cuentos de pareja a uno íntimo y familiar. Una mujer cuenta la historia de un incidente familiar entre su hermano y su madre. La madre es enfermera y se esfuerza por mantener a sus seis hijos. En una fiesta de fin de año del hospital (“Mami se presentaba con nosotros, aunque seis hijos hacíamos mucho ruido. Seis hijos éramos difíciles de alimentar y de tener a raya”), su único hijo hombre le cuenta a los hijos de los jefes de su madre que ella los golpea. La vergüenza es oscura y pegajosa y parece no limpiarse con nada. Los problemas con el hijo continúan porque “[l]a maldad puede ser infinitamente pura a los once años” y “[s]ólo una madre puede convertir en ternura las maldades de su hijo”.

En “La noche del estreno” un hombre que trabaja en una tintorería, se entretiene jugando con una réplica de un teatro en la que monta la ópera Carmen. Su obsesión por esa obra es enorme sobre todo porque una de las cantantes que trabajara en ella lo besó durante su juventud. Una tarde, llegan a dejar un “frac” para que lo reparen, justo en el tiempo en que vuelve a estrenarse Carmen en Buenos Aires, y el mundo se sale de curso por un momento. El hombre además está obsesionado con cómo viste la gente: “Las vestiduras caracterizaban pues a los cuerpos. Esto es lo que el lavandero creía, consciente él mismo de que su propia vestimenta, cada día más anodina, indescifrable y gris, lo describía.” Y también: “Por esto, le gustaba adivinar la vida de las personas tras sus tenidas.”

Entonces llegamos al sexto cuento, “La composición de la sal” y la vista desde las alturas es sobrecogedora. Un cielo sin nubes, un viento helado que se te mete en los huesos. Aire fresco.

Luego viene el descenso (y no lo digo en sentido peyorativo”. Son ocho cuentos de notas más breves, de miradas fijas en los instantes. En “Moebia” una mujer periodista se interna en la cárcel para encontrar el horror pero también una nueva belleza. En “Gourmet” una pareja logra sobrevivir a un día más en el precario equilibrio de una cena. En “Dragones dormidos” una joven a quien le acaban de romper el corazón se va de viaje con un grupo que va a filmar un documental. El inicio es hermoso: “Aquí las circunstancias próximas a este relato: yo era una chica semi extranjera y triste comenzando un viaje (…) Mi único propósito era desaparecer y si me pagaban, tanto mejor”. En “Un verdadero milagro” una niña que acaba de perder a su madre, va en viaje en bus con su tía y su prima. La situación la alegra pues ella quisiera pertenecer a esa familia. Comenta el narrador: “¡Ay! Si papá supiera que lo que a ella le gustaba no era jugar con Alejandra, sino estar en su apartamento y hacer como si fuera parte de su familia”. Para luego agregar: “A ella le gustaba el volumen de sus risas y que no hubiera eco. Ahora en la casa de Catalina todo tenía eco, especialmente los zapatos de papá.” El viaje en bus (como casi todos los viajes en esta colección) no es un viaje fácil y uno llega al final del relato con un nudo de angustia.

“Sueño vertical” es una exploración en el tema del espacio y las formas de habitar, todo desde la observación de una ventana. En “Borrasca” una abuela intenta acercarse a su nieta con el regalo de un libro (Cumbres Borrascosas) y las historias que lo rodean. “Sonata de verano porteño” vuelve a las relaciones de pareja en estado de tensión y penumbra: una mujer, que ha sobrevivido a un cáncer, viaja a Buenos Aires para hacer un curso de escritura y huir por un tiempo de su novia, Elene. Sus reflexiones son brutales: “Quizás sea mejor convencerme de la verdad: vine para ‘terminar’ de sanar, dice Elene. Pero, ¿quién puede sanar sin derrumbarse antes?”Por último “Un reloj. Una pelota. Un café” muestra el dolor de una familia y sus pequeños sueños encarnados en objetos silenciosos.

Creo que cada libro de cuentos (cada libro, en general) propone un especial paisaje y experiencia de lectura. Hay libros que inundan, libros que queman, libros como internarse en la selva, como un paseo en barco entre glaciares. La composición de la sal tiene la presencia de una montaña, cuyos paisajes van cambiando en el ascenso y el descenso y que, al llegar a la cima, nos deja conmovidos y deslumbrados.