Ojos que miran al sol de frente

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Para una niña que no es feliz, todos los días son el fin del mundo. O eso parece mostrar, con delicadeza y astucia, esta primera novela de la escritora colombiana Gloria Susana Esquivel. Inés, de seis años, escucha la radio y los rumores, ve la televisión, y todo parece augurar el fin de las cosas (“Pero acá nadie se tomaba en serio los rumores del Apocalipsis, pues había otras urgencias.) Hay profetas y mentiras, hay eclipses y una familia que funciona como un bestiario.

La niña misma busca conectarse con su propia animalidad para sobrevivir a las decepciones, la soledad, incluso la violencia. Así, dice cosas como:“Era Inés planta ornamental. Inés mascota. Inés animal de porcelana, perdida entre los infinitos rincones de la casa y sus silencios.” O, más adelante:“Era Inés pájaro clandestino. Inés estratega, Inés pico de cuervo invencible quien, junto con la fuerza de la pantera, derribaría la puerta prohibida.”

Las heridas de la narradora no vienen del odio sino de ese amor extremo que es a ratos la familia. El epígrafe que abre la novela, de Zacarías, dice: “Si alguien pregunta: ‘¿Qué son estas heridas que traes en el pecho?’, la respuesta será: ‘Son las heridas que me hicieron en la casa de quienes me aman.’” Y quienes la aman aquí son sus abuelos, con quienes vive junto a su madre, su padre que parece ir transformándose en algo distinto con cada visita, y María, la hija de la mujer que se encarga de la limpieza de la casa. Comenta al respecto: “Vivía con mi madre en la casa de los abuelos. Una confusa caja china en donde maté las horas infinitas de la infancia jugando a las escondidas conmigo misma.”

Porque es Inés quien cuenta la historia, desde esa extraña omnisciencia que puede tener una niña invisible que espía por los agujeros de las puertas, que se mueve por la oscuridad en silencio, convirtiéndose así en testigo de pasiones y secretos. Una niña que decide no hablar porque “Desde el momento en el que había aprendido a hablar, también había resuelto ahorrarme la mayor cantidad de conversaciones posibles.”

Hay en esta novela una particular claustrofobia. La niña le teme al mundo allá afuera y recorre y recorre la casa familiar como si fuera un museo: “Reconquisté esos territorios por los que los abuelos rara vez pasaban y que más bien parecían un cementerio de muebles incompletos.” Con cada recorrido, descubre nuevos miedos y violencias: como la escopeta que guarda su abuelo tras una puerta siempre cerrada, o el mismo abuelo, un hombre brusco a quien apoda “la bestia”. Aunque también hay otro miedo que realmente la aterra. En palabras de la narradora: “Lo que más miedo me daba era pensar que, así como cada uno de esos cuartos era una copia deslucida del salón principal, en la casa también existieran distintas copias de mí.”

Pero un día, otra tarde más que parece anunciar el fin del mundo, llega María a la vida de Inés y, con esto, la casa renuncia a su mutismo. Junto a ella Inés aprende un nuevo compañerismo pero también nuevas violencias, sensualidad y envidia. En un momento afirma: “Parecemos la ilustración de un libro de lengua extranjera que quiere enseñar lo que son los opuestos.” Con María practican dar besos en sus manos, intentan derribar la puerta de un armario y luego cuentan sus moretones, así como también juegan a disfrazarse de pájaros, de curiosas criaturas. Dice así: “Cuando nos poníamos esos disfraces éramos otras.” Para pronto agregar: “Junto a ella me sentía poderosa revoloteando libre por la planta baja. Ya no le temía a la casa.”

Frente a esta reconquista de los espacios, esa Inés que va mutando de planta ornamental a pájaro y luego a tiburón martillo y pantera, se opone el mundo de los adultos que nunca logra entender del todo la protagonista. Con una madre que vive con ella en un ambiente tenso e intenta rehacer su vida casi como un accidente, un padre que la adora y decepciona brutalmente al mismo tiempo, y unos abuelos que parecen tener como objetivo minar las confianzas y seguridades de todos a su cargo.

Dos momentos en que Inés describe a sus padres: “Mi padre era un animal noctámbulo y, durante el tiempo que pasé en su casa, tuve que aprender a adaptarme a las extrañas rutinas que hacían que su jornada transcurriera como si estuviera en otro huso horario.” Y también: “Mi madre, convertida en imponente accidente geológico, se mantenía indiferente al curso del agua que bordeaba las líneas de su cuerpo y continuaba entonando canciones de mujeres que prometían no volverse a enamorar o que se quedaban maullando bajo la lluvia.”

Animales del fin del mundo (2017) es una novela de anécdota sencilla en la que la bestialidad de los afectos sale a relucir con cada frase, cada imagen. Una historia que comienza con una protagonista que, en sus propias palabras, “[t]enía seis años y había perdido dos dientes.”, una criatura frágil a punto de quebrarse, para irse transformando, con paciencia y dolor, como todas las transformaciones realmente importantes, en una niña que saca garras, muestra colmillos y puede mirar enrabiada al sol de frente.

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