Con sumo placer

Estándar

unidasHace un par de años leí El Matrimonio, de Marina Mariasch, y quedé deslumbrada. Era una novela mínima, delgadita, que ya en su primera página te recibía con los dientes afilados Se trataba de una escena en la cual nos enterábamos, de todo lo que andaba mal en un matrimonio, por medio de la descripción de la rutina del lavado de ropa. Genia total. Luego leí su poesía y, el año pasado, después de mucho buscar, por fin pude leer Estamos Unidas.

Llevo meses queriendo escribir esta reseña.

Hace un tiempo me pidieron que escribiera una columna recomendando escritoras y hablé de este libro como un libro de cuentos. Luego leí, en entrevistas a la autora y otras reseñas, que se trata de una novela. No me arrepiento de mi etiqueta, en todo caso: si Estamos Unidas es una novela, se trata de una delirante novela en cuentos, en que cada uno de los relatos funciona como una unidad perfecta, un instante, una canción.

Escribo Estamos Unidas y el corrector quiere cambiarme a “Estados Unidos”. Es buena la equivocación y sirve de entrada a este particular libro. Porque Estados Unidos está en todas partes: como un paraíso plástico donde la gente se “brota”, el lugar del consumo y de la proyección de todos los sueños (americanos o no), y también pueblitos donde nieva todo el tiempo o bancos a los que va la abuela de la protagonista a sacar su plata en momentos en que la economía en Argentina no va nada de bien.

Son diez instantáneas en la vida de una familia en derrumbe. Dos hermanas, una madre, un padre que las abandona, y una abuela. Una de las hermanas es la encargada de contar todas las historias con un ojo despiadado, aunque como sin darse cuenta, con un humor que se entremezcla con lo políticamente incorrecto y lo francamente doloroso.

El primero, “Un reloj piromaníaco” abre con un gran comienzo. “¿A dónde van los esqueletos de las montañas rusas cuando los parques de diversiones cierran? En África hay cementerios de elefantes que solo ellos conocen donde se juntan a morir hasta que sus huesos forman trepadoras gigantes. ¿Habrá un cementerio para los caminos de hierro en espiral? Tal vez el Samba está en Santiago del Estero, las tazas en algún lugar de Itapúai, el barco y el pulpo en Necochea…

Ya eran los 90 pero todavía no lo sabíamos.”

En el cuento se entrelazan las vivencias de la protagonista, sus visitas al parque de diversiones, con las cartas que le envía su hermana desde un pueblito en Estados Unidos, muy cerca de Canadá – el lugar donde David Lynch filmaba Twin Peaks – a donde se ha ido de intercambio.

La anécdota del parque de diversiones sirve para meternos en la cabeza de la narradora. Así, dice de uno de los juegos: “Adentro era todo negro, como el futuro de casi todos nosotros, pero todavía no lo sabíamos, y agitábamos los brazos en el aire como si fuéramos libres.” O también: “Al final, el Laberinto del Terror era eso: encontrarte vos solo con tu propia soledad, tu cuerpo de carne y ropa tres talles más grande o más chica, tu incomodidad, como en la noche cerrada de un campo sin estrellas.”

El cuerpo es una constante fuente de ansiedad, tanto para la protagonista como para su hermana y su madre. En este cuento, por ejemplo, la narradora comenta: “Nos probábamos las ropas de las otras para medirnos el cuerpo. Entrábamos en el cuerpo de las otras. Mi hermana esta perdida en la nieve.” E Incluso, cuando la hermana por fin vuelve, se menciona que llega gorda y por ello no le avisa a sus amigas que regresó hasta que baja de peso vía dieta, ejercicio desesperado y laxantes.

Todo este contraste entre las hermanas es rodeado por la situación económica de argentina, que parece filtrarse entre sus vidas como esa canción que nadie escuchar. Así, oímos lo siguiente:“En Buenos Aires la hiperinflación era una bola gigante que recorría las calles rompiendo las vidrieras, aplastando los autos y las personas.”

El segundo cuento, “Propaganda” ya trae de lleno el tema del abandono y sus efectos en la vida de estas chicas. También en la madre: “Estaba mucho tiempo en el teléfono y tenía el cajón de la mesita de luz con miguitas de pastillas. Eran cuartitos de planetas chatos que se acumulaban en un rincón de la madera. Marte para la guerra, Venus para el amor, Libra para el equilibrio, Géminis para ser otra.” En otro cuento, más adelante, también se vuelve sobre el impacto del divorcio en la madre (“El nombre de un pájaro”): “Se pasaba horas en el teléfono con las amigas hablando mal de papá. Decía cosas terribles que yo había creído que solo pasaban en las novelas malas de canal nueve libertad. No se preocupaba porque no escucháramos, y circulaba al baño o a la cocina con los ojos de mapache.”

Frente a esto, las hermanas salen (“Mi hermana y yo empezamos a salir de noche. Estar en casa era más oscuro que la calle.”), se refugian en relaciones más o menos felices, más o menos plásticas, intentan domar sus cuerpos, aferrándose a la posibilidad del amor o la belleza como un salvavidas. Dice la narradora en un momento: “Un día decidí probar lo de los besos sólo por la emoción de probar. Empecé con un chico del colegio y enseguida noté el efecto químico que provocaba en mi cuerpo, y que el otro no tenía nada que ver con eso.” Y luego: “Lo del amor, falso o no, era una droga potente.”

Otros cuentos ponen el foco en la abuela. Así la describe la narradora en el relato “Atención al fenómeno”: “La abuela hablaba de plata en una lengua milenaria de Europa central que había llegado por los judíos al continente americano.” En él, las niñas viajan junto a sus padres y abuela a Estados Unidos a recuperar unas platas guardadas para tiempos de emergencia. Dice la narradora: “Ahí entendí que los Estados Unidos eran un parque temático del mundo y que el tema era el entretenimiento. O la distracción, o la comida, o los demás países adentro de ellos, ellos mismos.”.

Hay cuentos que pasan rápido, canciones más livianas en medio de este disco, que sirven para aliviar el peso de momentos más brutales. Como en “Autoconocimiento” en que se muestra el plan de vender drogas en la escuela de dos amigos; o “Artes marciales” en que se cuenta la relación que la protagonista tiene con un compañero nazi llamado Adolfo. En este relato, sin embargo, la anécdota amorosa da pie para reflexiones sobre la política y el consumo como la siguiente: “La política había terminado, se había quedado atrás con su leyenda y su mito de chicos armados y valientes. A nosotros nos tocaba esto, consumir las mieles de la conquista, consumir. Éramos eso, consumistas de pop barato y ni siquiera la marihuana era nuestra porque se la habían fumado nuestros padres.”

El cuento “Mintió” comienza con: “Una temporada de cambio favorable vino con un verano en Brasil.” Lo que sigue son escenas de un verano con el padre y su nueva novia pero otra vez tenemos esa realidad económica que sigue a esta familia por todas partes, la posibilidad de cambio no como algo real, una transformación, sino como los vaivenes de la la economía, las fluctuaciones de ese cambio. O en “Agua de alibour”, también de un comienzo brutal (“Los que se iban eran los padres. La de los nuestros era la primera generación de padres que no había soportado la promesa del matrimonio”) se ven las consecuencias del abandono del padre en términos de dinero: “Las cosas trataban de seguir su curso habitual, las clases de inglés particular y psicoanálisis después del colegio. Pero la profesora y la psicóloga me empezaban a preguntar cuándo les iba a pagar”. El cuento sigue con los intentos de la protagonista por encontrar un trabajo de babysitter que se parezca a los de la tele.

Los dos últimos relatos vuelven al consumo y la atención a la madre, respectivamente. En “Escuela de shopping”, las dos hermanas y el novio de una de ellas, van a un centro comercial a hacer hora mientras esperan viajar a la nieve (su vuelo se ha retrasado). La reflexión es triste, el espacio de consumo se siente hogareño: “Estábamos muy lejos de casa, en un espacio que podía replicarse en cualquier lugar del mundo y hacernos sentir igual.”

Por último, “Las dependencias”, recuerda la cena de las hermanas y la madre en un restaurant japonés en Estados Unidos. Luego, años después, cuando uno parecido se pone en Buenos Aires, las hermanas insisten en ir con la madre sola, como una manera, piensan ellas, de mantener las formas, mantener a la familia unida. Pero no hay caso y el comentario de la narradora parece como arrastrar los pies al tratar de avanzar: “Quería que se arreglara más, que quedara de este lado de la reja. Pero mamá estaba en la bisagra de los 40 dando a entender que había llegado la hora de la siesta. Estaba cansada, o deprimida, un efecto parecido, y estábamos de viaje pero no se brotó. Simplemente se vistió cómoda y fea y salió así a la vereda de la vida, para que todos supieran que ella ya no peleaba ninguna guerra.”

Estamos Unidas es una novela en cuentos brevísima, que se lee con la velocidad de esos juegos de parques de diversiones por los que se pregunta la narradora. Un disco de canciones pop, de colores flúor que alivianan la carga pesada de ciertas historias y sentimientos, de escenas hermosas y una narradora astuta que parece estar siempre buscando algo que no sabe si va a algún día encontrar. La prosa de Marina Mariasch es un deleite, hace que lo cotidiano brille, duela, conmueva y sorprenda.

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