Un bestiario triste

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hienasAbundan las escenas animales en Hienas (2016), primer libro de cuentos del escritor chileno Eduardo Plaza (1982). Y digo animales y no de animales porque esa animalidad impregna también las interacciones de los personajes humanos. Así como hay gatos torturados por niños y luego lanzados en una bolsa al mar, hienas que devoran a un búfalo que aún está vivo o akitas que se comen a una niña de tres mascadas, también hay madres que acarician a sus hijos “como animales de compañía” o hermanos mayores que toman al menor por el cuello “como si fuera un conejo”.

Eso o mujeres que huyen de sus matrimonios “como perros atropellados” o que imaginan fantasmas de animales e insectos en una casa algo precaria.

Esta conexión se ve también resaltada por los títulos de los relatos que llevan ya sea el nombre de un personaje humano (“Teresa”, “Carolina Fellay”), su mascota (“Mariposa”), o hace alusión a alguno de los animales mencionados en la historia (“Hienas”, “Animales de compañía”).

Se trata de cuentos protagonizados por niños, en su mayoría. Hombres niños, muchas veces, que no tienen trabajo y se dedican a jugar videojuegos; a conversar con una ex en la cocina, dejando en paréntesis la vida del otro lado de la puerta (con una mujer y una hija pequeña).Cuentos de niños invisibles que miran el mundo arder. Niños que dejan de ir a clases y se dedican a deambular por la ciudad contando los pasos que demarcan los límites de sus mundos. Cuentos tristes donde no se asoma casi nunca el humor. Y, cuando llega la risa, es como un desgarro. Animal.

Niños que se equivocan, como el protagonista del cuento “Federici cree ser emperador” que, en un momento, le grita a su tío, que por ser el primero de diez hermanos no pudo terminar cuarto básico, que no sabe leer. Y si bien la cachetada que le dan al protagonista duele, la culpa y la vergüenza duelen mucho más.

Se trata de historias de una tristeza en volumen bajo, una que sigue al lector de relato en relato como uno de los animales de compañía mencionados en el libro. Cuentos que no terminan, se desvanecen, o bien le dan un giro brusco a sus finales, fuera de todas las expectativas.

Cuentos de niños que no saben lo que tienen.

O que lo que más tienen es miedo.

Eduardo Plaza crea mundos precarios, de frases breves. Lo animal llega como interrupción y correlato, como un recuerdo de la violencia que yace siempre agazapada en algún rincon. Como en el cuento “Mariposa” en el que Eni, una niña amiga del narrador, recibe de su padre una caja llena de pastillas que ella guarda para usar en caso de emergencia.

Con detalles precisos, Plaza pinta el paisaje del norte, con sus colores y decepciones. Así, dice de Tongoy, en el cuento “Teresa”:“El ostión, que prometió sacarlos de la pobreza, que pintó sus casas y compró a sus hijos zapatillas nuevas, se marchó dejando las balsas vacías y al pueblo juntando huiros.” O, en el cuento “Mariposa”: “Desde los cerros, la pesquera dejaba escapar el aliento podrido que nos siguió a mamá, a Camila y a mí. Lo llevábamos a todas partes, se quedaba con nosotros y nos abrazaba cuando queríamos dormir.”Y luego: “Se metía por debajo de las puertas, entre las fibras de las cortinas. Lo respirabas por la nariz, llegaba a tus pulmones y salía lentamente por tu boca y los ojos. El recordatorio. Vas a terminar acá, te gritaba ese olor, vas a terminar acá manejando estas máquinas, aprendiendo estas rutinas.”

Esa atención al olor va a ser una constante en estos relatos. Como si los mismos narradores confiaran más en el olfato que en la vista, un giro que también subraya lo animal, lo primitivo. Así, por ejemplo, en el cuento “Federici…” se lee lo siguiente: “En la calle de Avenida Ossandón 60 no había agua potable y tomábamos baños al interior de un estanque azul plástico, a cuyo olor, con los años, me volví deliciosamente adicto. A eso y al cuero gastado de los asientos de los colectivos.” O, en “Hienas”: “Yo le contaba que desde chico tenía una fijación con el olor a combustible. Ella, por el olor del agua del estanque de baño. A ambos nos gustaba el sonido que hacían las piedras al chocar contra el agua antes de hundirse.”

Son ocho cuentos que arman un mundo, que hilvanan una melodía melancólica. En “Teresa” un hombre joven comparte la casa de playa de su novia con la tía de ésta y sus amigas. La convivencia, que podría haber sido solo anecdótida, se enrarece producto de una instancia de violencia que lleva a una escena tristísima de silencio. En “Federici cree ser emperador” un niño recuerda el último almuerzo que compartió con su tío. El niño simula que sabe leer y el tío lo encara para terminar en un diálogo terrible. “Carolina Fellay” es una historia mínima, de una espera en un consultorio de una niña con su abuelo y un narrador que está perdiendo la vista antes de tiempo.

“Hienas”, probablemente el cuento más potente de la colección, cuenta la historia de Miguel Rodewald, un compañero de infancia del narrador quien muere muy joven, dejando a una viuda, Beatriz, de solo veinticinco años. Ambos se acompañan en el dolor. Como dice el narrador:“Conversaba con ella porque era imposible conversar con un muerto.” Sin embargo, la tensión que se va acumulando, con escenas que vuelven insistentemente sobre el pasado, acaban por sacar el cuento de eje, desafiando las expectativas del lector en un final de una belleza conmovedora.

En “Mariposa” tenemos a otro fingidor. El protagonista decide dejar de ir a clases y deambular por la ciudad, contando sus pasos (“Fueron meses de dormir y simular.”) y armando también una trayectoria que habla de decepción y desesperanza. Un mundo donde la tele se escucha clarito y los sueños con interferencia.

“Animales de compañía” es otra historia brevísima, casi una instantánea. Un hermano mayor que un día desaparece. Y el narrador se queda solo en una pieza de dos camas y las sábanas de rayas se sienten como serpientes. Lo mismo pasa con “A ti nadie te obliga” en que un niño prueba su suerte en un partido de fútbol y carga una bolsa de monedas que va tirando al río sin saber su valor.

Por último “Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel” vuelve a un narrador adulto que recuerda una frase común que tenía con su ex: “Con Paula teníamos un dicho en común, una frase que nos gustaba y repetíamos mucho: la armonía es un pacto.” La frase les sirve para reírse de las terapias de pareja, para dejarse notas, armarse y desarmarse, y va a ser esa frase la que los reúna en una conversación de cocina muchos años después.

Hienas es un libro áspero, triste, de relatos que imrpovisan mundos prontos a desvanecerse. Como dice en un momento uno de los narradores: “Supongo que asumía que si ella estaba sola, yo también lo estaba. Después de todo, ambos habíamos tomado esta ciudad prestada. Santiago. Y yo seguía habituado a que los amores y los amigos no tardaban mucho tiempo en desaparecer.”

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