Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?

Estándar

humo

Hubo un tiempo en que traté de reescribir Pedro Páramo, de Juan Rulfo, usando banderitas post-it. Todos los días, antes de ponerme a trabajar en mi tesis, me sentaba en el suelo y empezaba a formar las letras.

Vine a Comala

porque me dijeron

que acá vivía mi Padre.

Luego de formar las palabras, venía la foto.

Un tal Pedro Páramo.

Debo reconocer que no llegué muy lejos, apenas un par de páginas. Luego, claro, había que escribir esa tesis. A veces dejaba las frases en el suelo durante todo el día y pasaba frente a ellas camino a la cocina y de vuelta al futón en el que trabajaba (nunca he sido muy amiga de los escritorios). Pero siempre se quedó conmigo la idea de que ese libro obligaba a lecturas distintas. O, en realidad, la idea de que los libros favoritos siempre exigen diferentes formas de habitarlos. En mi caso, nunca me bastó con solo leer Pedro Páramo. Vinieron las banderitas, sí, pero luego, cada vez que me ha tocado enseñarlo en clases, ha vuelto esa sensación. Así, he hecho que mis alumnos escuchen una grabación de las primeras páginas, con la luz apagada, y entonces llegue Juan Preciado a ellos, primero, como voz. En una novela sobre murmullos y confesiones terribles, empezar por el sonido. También, los he hecho transcribir los primeros párrafos. Que sientan lo que es poner sobre la página cada una de esas palabras. Que no sea solo la vista, o el oído, poner a trabajar las manos.

A veces les recito las primeras dos páginas, que me sé de memoria. Y a veces me quedan mirando como a una loca.

Por eso, leer Había mucha neblina o humo o no sé qué se siente tan familiar. Porque en él, en el estudio minucioso y creativo de Cristina Rivera Garza sobre la vida y obra de Juan Rulfo, se encuentra ese deseo de superar la lectura o bien de devolver la lectura al cuerpo y el deseo al trabajo académico. Como dice en una de sus primeras páginas: “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”.

Y también: “Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti.”

En el libro de Cristina Rivera Garza, Rulfo y su literatura se lleva al cuerpo, se lleva en el cuerpo. La autora recorre los lugares en los que vivió y trabajó Rulfo y con eso ensaya una forma de leer distinta (“…cuanto más sondeaba la topografía y tentaba los relieves de este sólido celeste, más entendía que los libros crean lazos de reciprocidad con el mundo que sólo pueden confirmarse en o a través del cuerpo”), una tarea que la escritora mexicana ya había comenzado antes, en su blog, Mi Rulfo mío de mí, en el que intervino la obra del escritor mexicano, con colores, con tachaduras.

Rivera Garza recupera al Juan Rulfo que viene antes, durante y después de la escritura. Un Rulfo mientras. Que escribe mientras se gana la vida, mientras su país, México, va cambiando y se asume como moderno. Que saca fotos y trabaja vendiendo neumáticos. Que sube cerros, que se mueve. Un Rulfo en movimiento. Porque, como comenta la autora: “Hay escritores que se sientan y hay escritores que caminan. Rulfo era de los segundos. Todos leen, de preferencia vorazmente, pero no todos leen el mundo con el cuerpo. Mejor dicho: con los pies. Hacerlo, darle valor a esa parte del cuerpo que perdió la batalla contra el prestigio de la mano, el intelecto y la posición erguida, nunca fue, como no sigue siendo, una elección arbitraria o inocente.”

Como propusiera alguna vez Ricardo Piglia, Rivera Garza intenta aquí una historia material de la literatura, de Rulfo. Ver de qué forma las condiciones materiales afectan la obra rulfiana porque, como comenta ella, “[e]n efecto, entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida.”O, como afirma en otro momento: “Lo que pasa es que yo trabajo, había dicho Rulfo, casi sin pensarlo, cuando trató de explicar cómo fue concibiendo y estructurando su obra. Tal vez en esa respuesta impensada, en esa respuesta casi automática, haya más verdad de la que hemos estado dispuestos a conceder.”

Y Juan Rulfo hizo y fue muchas cosas. Fue vendedor, fotógrafo. Fue turista y ayudó al turismo (“estuvo a cargo de reunir el material necesario para crear una de las primeras guías turísticas de carreteras del país.”); preocupado de ver y mostrar. De ayudar a mostrar (“Se trataba de publicaciones hechas no sólo para apoyar material e ideológicamente la construcción de carreteras, sino también, acaso sobre todo, para producir la idea misma de una nación.”). De acercarse también a la realidad indígena (“Lejos de detenerse en consideraciones esencialistas que tanto han privilegiado el ‘alma’ de los pueblos originarios o la diferencia inmanente del indígena, Rulfo se concentró en sus procesos de trabajo, especialmente el trabajo colectivo, también conocido como tequio, en tanto ‘formidable modo de producción’ y modo ‘solidario y orgánico’ de producir comunidad.”). Rulfo se fascinó con la idea del tequio, de los mixes, la idea del trabajo como algo que conecta a los humanos con la tierra y sus procesos.

Y frente a esta insistencia en la materialidad de Rivera Garza, también está el ojo experto, el oído atento, a la obra de Rulfo, especialmente Pedro Páramo. La autora se acerca a esta novela con atención pero también con intención creativa. Llega a habitarla y a abrir ventanas, para que circule el aire, para que vuelvan a oírse los murmullos. Como comenta en un momento: “El lector tendrá que oír los ecos de los idos justo de la misma manera en que atraviesan el cuerpo de Juan Preciado. El lector de Pedro Páramo tendrá que ser, en este sentido, también y, sobre todo, su personaje más sentido.”

Juan Rulfo nace en una pequeña localidad de Jalisco, queda huérfano y se va a vivir a la Ciudad de México. Y dice Rivera Garza: “Los textos rulfianos son, por decirlo así, urbanos. O mejor aún: los textos rulfianos son, sobre todo, textos en proceso de migración. Van como alma que lleva el diablo sobre las recién fundadas carreteras. Avanzan a una velocidad portentosa, así es. Escudriñan el territorio mientras lo fundan.” Y, un poco más adelante: “No por nada la primera frase de aquel texto fundacional incluye una indicación de movimiento y una indicación de procedencia. Vine. De un allá a un aquí. Vine a importa más que vine de. Los migrantes sabemos eso.”

Textos en proceso de migración sí, pero también textos con el corazón roto o a punto de romperse. Como afirma también la autora: “Toda historia es una historia de amor. Y toda historia de amor es, sobre todo, un amor a la historia. Pedro Páramo, la muy leída y muy interpretada novela que Juan Rulfo publicó en 1955, es una historia de amor: una historia rota y un amor no correspondido. Mejor decir: un amor no correspondido y una historia en forma de una interrupción.”

Y luego: “Una historia de amor imposible precisa de una enunciación imposible.”

Cristina Rivera Garza se detiene en todos los ecos. Como la forma en que Rulfo apuesta, tal vez, por una forma distinta de representar el género: “Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo no sólo consigue cuestionar cualquier entendimiento fijo o sedentario de lo que es la identidad en general, sino que también trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género.”

Estamos ya acostumbrados al concepto de escritura creativa (algo que siempre me ha llamado un poco la atención: ¿no es acaso toda escritura creativa?) y sus programas académicos. El libro de Cristina Rivera Garza trae consigo la propuesta de una lectura creativa, de una lectura o investigación académica creativa: encontrar temas nuevos para investigar, en lugar de recorrer los caminos de siempre; abrir nuevas ventanas, imaginar, sí, y con todos los sentidos. En sus palabras: “Tengo que confesarlo ya: mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto. Nada más; nada menos. Pero la lectura, como se sabe, es una relación horizontal y abierta, Aún más: la lectura es una relación de producción y no una de consumo. La lectura es imaginación, ciertamente, o no es. O no será.”

Dice Cristina Rivera Garza que “Rulfo se refirió varias veces a Pedro Páramo como ‘una novela de fantasmas que toma vida y después la vuelve a perder.” Y que “[s]u legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos.” Había mucha neblina o humo o no sé qué da nuevas vidas a un texto inmenso, da claves a misterios y propone otros nuevos. Termina con un capítulo escrito en mixe, un momento para sentirnos también, como lectores, extranjeros atentos al murmullo de una realidad extraña. Es un trabajo astuto y hermoso, que le devuelve al acto de lectura su capacidad de imaginar y cambiar las cosas, justo cuando ya pronto se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo.

Y, así, seguiremos viniendo a Comala.

Y vendremos “porque nos dijeron”.

Vendremos para ya no irnos más.

( “Y si eso no es amor, ¿entonces qué es?”)

vine-a-comala

De mis tiempos de locura doctoral.

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