Síndrome Wakefield

Estándar

la-desaparicionEn uno de mis cuentos favoritos de la vida, “Wakefield”, de Nathaniel Hawthorne, un hombre decide perderse. Se trata de una desaparición simple: removerse de su vida, de su mujer de muchos años, para vivir a solo un par de cuadras de su casa. Wakefield, así, puede observar su vida desde afuera: la vida de lo que se desarma y de lo que se queda. Sin embargo, luego de muchos años, se decide a volver. El narrador lo deja en el momento en que abre la puerta de su casa, con la sonrisa de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero, por ese gesto, nos dice, por ese simple movimiento, Wakefield arriesga volverse un exiliado del universo.

En La Desaparición del paisaje, del escritor boliviano Maximiliano Barrientos, tenemos algo replicado el gesto de Wakefield solo que aquí se encuentra cargado por la presencia de la muerte. Vítor, el protagonista, se va a Estados Unidos por diez años, dejando atrás a Laura, su novia de entonces y a su padre que muere en el intertanto (y él ni siquiera entonces regresa). Cuando lo hace, el peso del pasado le pega de golpe en el rostro, un pasado que no se deja domar y que se queda guardado, en primera instancia, en los objetos.

Todo puede pasar pero los objetos quedan parece decirnos la novela de Barrientos; son los objetos los testigos de un pasado que los personajes humanos prefieren guardar en silencio. Así, por ejemplo, empieza la segunda parte de la historia: “Abracé a María y miré las sillas del living y me di cuenta de que fue en una de ésas: allí encontró muerto a mi padre una mañana de 2003.” Y la memoria se vuelve un inventario: “Su ropa y las botellas quedaron. Los zapatos que usó, las billeteras, los encendedores, la máquina con la que se afeitaba. Cosas que podían ser amontonadas, coleccionadas, metidas en un baúl. Lo mismo sucedió cuando mi madre murió en 1989, cuando yo tenía nueve y Fabia seis.”

Frente a esta memoria en objetos se opone una insistencia en lo sonoro como un repositorio de una memoria evanescente, espectral (“En el bar sonaban viejas canciones de los 80, canciones que cuando llegamos a ellas ya eran viejas, pertenecían a otra generación, pero las hicimos nuestras, las adoptamos como himnos de una guerra sosa que cada quien peleó a solas” (…) como si el bar, como si Santa Cruz entera, fuera un museo de canciones que en otra parte, en las ciudades de verdad, ya no escuchaba nadie.”) e incluso la madre es descrita como un sonido (“Mi madre muerta es bulla”) y un paisaje siempre a punto de desaparecer. De alguna forma, la insistencia en lo sonoro habla de otro tipo de presencia: una capaz de atravesar espacios y tiempos; voces del pasado que sobreviven en canciones que no cambian

El regreso a Santa Cruz trae consigo el reencuentro con el mejor amigo de la juventud, Alberto, y la reparación de un trauma (ambos fueron testigos de la violación de una compañera de escuela); así como también la oportunidad de retomar una relación con un viejo amor (con el que solo se quiere presente y nunca futuro).

Pero Vítor también es tajante para hablar de aquellos que se quedaron. Dice: “Se habían convertido en adultos, tenían heridas psicológicas, hipotecas, disfunciones sexuales, amantes dispersas, una mujer que producía hijos, un esposo que se ausentaba por viajes y llamaba tarde en la noche cuando se sentía culpable luego de cogerse a una puta cara. Todos estaban atontados por la bulla y el alcohol y la retórica de la pertenencia.” Aunque los que se van también están cargados de fantasmas, según el narrador: “En los lugares que estuve conocí a hombres que también se habían ido. Abandonaron a sus mujeres, a sus hijos. A veces, cuando estaban borrachos, sacaban viejas fotografías y las asentaban en la barra y contaban historias” (…) “La luz de los reflectores borraba las facciones de los jugadores y por momentos parecían fantasmas, siluetas hechas de electricidad y humo.”

Hay vidas invisibles que se tejen en el espacio de lo que no pasó. Y esos son otros fantasmas que quedan doliendo. Como los celos de Joaquín, el marido de Laura que, una vez enterado de la infidelidad de ella con Vítor, le da una golpiza a este último: “De pronto, Joaquín se mostró como lo que de verdad era, un sujeto triste, enamorado de una mujer inalcanzable en muchos sentidos, una mujer que arrastraba una soledad vieja. Me miraba como si quisiera encontrar lo que hubo antes entre Laura y yo, no sólo en aquellas semanas en las que nos convertimos en amantes, sino qué pasó cuando fuimos cortejos en el colegio, antes de que él la hubiera conocido, antes de que yo cometiera la locura de irme a Estados Unidos. Como si esa vida que yo tuve con su mujer siguiera en alguna parte, invisible, convertida en una música silenciosa que lo excluía. Como si con la golpiza que me habían dado pudiera erradicarla de mi cerebro para siempre”

Como el Juan Preciado de Rulfo, el protagonista de La desaparición del paisaje vive atormentado por los murmullos. Como si pertenecer – a un país, a la familia, a una pareja– fuera sintonizar una antena para llegar a esa canción que tal vez, sólo tal vez, pueda traer la tranquilidad. A Vítor, claro, no lo matan los murmullos. Aunque está cerca. Y Maximiliano Barrientos indaga con precisión y enorme belleza en todos los recovecos de ese rumor que parece repetir, una y otra vez, la misma imposibilidad del regreso.

La memoria como esa música que nunca se va.

 

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