Libro de las horas (pasadas en un tren)

Estándar

materialResulta difícil clasificar un libro como Material Rodante de Gonzalo Maier (Editorial Minúscula, 2015). Un texto que se mueve (que viaja) entre el ensayo, la crónica, la novela. Que recuerda, que me recuerda, a la belleza que es A field guide to getting lost de Rebecca Solnit, pero también, a escritos más raros como los Libros de las horas, de la Edad Media, libros únicos e iluminados, que reunían todo tipo de materiales, para habitar las distintas horas del día. En ellos, el contenido es más religioso que otra cosa, pero hay algo de su espíritu en este material rodante, en este uso de esas horas en tránsito, en las que el narrador/protagonista se niega a dormir y observa y registra todo a su alrededor, para el deleite absoluto del lector. O quizás, la referencia podría ser otra: el Libro de la Almohada, con sus comentarios sobre el día a día, un libro para guardar bajo la almohada también, como el pijama, la prenda preciada del ocio y subversiva frente al quehacer del movimiento cotidiano, como explica el narrador en uno de sus traslados.

Pero, independiente de su clasificación, este es un libro sobre viajar. Sobre viajar entre dos ciudades europeas (de Holanda y Bélgica), en tren, para ir al trabajo. Y la experiencia de ser extranjero. De nunca pertenecer completamente, de deambular entre idiomas que no se manejan del todo. De perderse. De divagar, que es tal vez otra forma de trasladarse, más caótica, en medio de la higiénica y tranquila experiencia de viaje.

Se trata quizás de una etnografía del movimiento, de ese que atraviesa grandes distancias y e se, más pequeño, que se experimenta entre un vagón y otro. Movimiento que es de personas y de objetos: la mochila que casi se deja en uno de los asientos, los piñones que lleva un científico en uno de sus bolsillos y que consiguen que unas cuantas araucarias chilenas se queden de turistas permanentes en Europa. Una historia que va hilvanando anécdotas en su vaivén: desde el aviso de utilidad pública en el que el narrador cuenta en qué estación nadie revisa los boletos, pasando por citas a Walter Benjamin (que comentaba que con el desayuno se acaba el ayuno y comienza un nuevo día), reflexiones sobre el nuevo boom de los jardines comunitarios y esa felicidad tan verde que es a la vez propia, aunque pretenda ir en contra, del capitalismo.

Y como lectora, una se deja llevar, sin importar muy bien el destino, sin atisbar lo que se esconde en las próximas páginas, aunque siempre asomándose con asombro a cada pensamiento/estación. Como aquellos que apuestan por una cierta poética del ocio y/o el aburrimiento: “El aburrimiento merece más luces. Al menos en estos apuntes en donde cada espacio en blanco vale como un bostezo.”, o bien: “Descubro una novela. Una de la vida real.” Para luego afirmar:”Pero sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Maier explora las posibilidades que se esconden también en la falta de movimiento, los días de vacaciones pasados en pijama, una prenda que le parece subversiva pues “…el capitalismo no soporta algo que no sirva para nada.” La excepcionalidad del pijama queda también marcada por su lugar en el espacio doméstico:“Sin ir más lejos, la costumbre de guardar el pijama bajo la almohada y no junto al resto de la ropa, es reveladora y tal vez valga como síntoma de ese vicio que es salir a la calle. El pijama es una mala influencia. Les enrostra a los apóstoles del progreso que todas las torres que construyen no sirven para nada porque luego viene la noche, y la noche se parece mucho a la muerte.”

Junto al ocio y el aburrimiento, Maier también defiende el lugar de la espera, que él define como “un arte engañoso” y también un deporte: “Tal como el póquer y el ajedrez, la espera es un deporte psicológico y de largo aliento. Una gimnasia que requiere un entrenamiento especial y doloroso.”

Otra estación en la que se detiene esta obra es en las reflexiones sobre el viaje y el turismo. Dejo aquí algunas de ellas:

“…descubrí que los viajes esconden sorpresas que nunca tienen mucho que ver con el lugar que ansiamos visitar sino con nuestras propias fantasías”.

“…pero los viajes modernos y planificados, probados por periodistas que aseguran su eficacia, muy pronto aburren de lo excesivamente rápidos, higiénicos y estandarizados.”

“Tal vez el problema es que la industria del turismo, apenas se apoderó de ese gran botín que son los viajes, le extirpó el peligro, la posibilidad de que todo salga mal, la exquisita cuota de misterio que siempre supuso partir hacia un lugar extraño.”

“sobran turistas y falta un leve y elegante toque de miedo.”

En la experiencia de viaje central, que enmarca este libro (el viaje en tren entre dos ciudades europeas), se rescata su carácter repetitivo, rutinario, y los espacios de familiaridad que ofrece: “A la gente se la conoce así, de a poco y sin querer. Todos los martes en el tren que va de Malinas a Roosendal siempre figuran escondidas las mismas personas. Para descubrirlas únicamente basta entrenar el ojo, como cuando uno era chico y jugaba a encontrar a Wally en un suplemento que traía El Mercurio.” Aunque, a veces, estos rostros familiares, sorprendan al aparecérsele al narrador en su vida fuera del tren, al igual que otros rostros, un tanto más peligrosos.

Cada estación trae consigo la sorpresa, la astucia y una erudición que se asoma a la carcajada. También momentos de conmovedora belleza como cuando, en un instante de peligro durante el viaje, el narrador comenta:“A veces todo parece tan frágil que por las noches la abrazo como si fuera un gato de esos que tienen siete vidas.”, o también al referirse a sus amigos: “Nos conocimos como se conoce la gente de veintitantos años: sin saber muy bien cómo, escondiendo inseguridades, deseando no estar solos…”

Y el viaje, el lugar del etxranjero, va de la mano de las lecturas y su reflexión sobre ellas (“Leer en un idioma nuevo o desconocido es parecido a la curiosidad y el pánico que uno tenía cuando era muy chico y se paraba frente a la profesora – Tante Astrid, en mi caso, una muchacha alemana de poco más de veinte años, que hacía clases en Chile mientras buscaba experiencias místicas en el desierto – para leer una frase que escondía un mundo y que hoy suena muy tonta. Ella me enseñó a juntar letras con un silabario y a descifrar la vida. Casa. Perro. Mamá.”). Incluso se postula una ética de la mochila, en la cual los libros están más a gusto que en las bibliotecas (“Podría apostar a que si los libros tuvieran memoria, sus días más felices serían los que pasaron ahí adentro, moviéndose de un lugar a otro, a medio leer, rompiendo la rutina soporífera que los deja muy quietos y exhibiendo su lomo en un estante.”).

Quisiera citar todo de este libro inclasificable. Repetir, uno a uno, sus pasajes, con la alegría de los niños que quieren escuchar sus cuentos favoritos una y otra vez; con la sorpresa de los animales que esperan en el zoológico junto a una de las estaciones de trenes, con la felicidad de quien encuentra por fin a ese Wally diminuto entre la multitud.

Una obra, sin duda,  brillante, y que se descubre “sin querer, por supuesto, que es como se descubren las cosas importantes.”

Anuncios

Un comentario »

  1. quisiera yo también mostrar advertir del peligro inminente o que vean la belleza indudable, pero tú eres la que previó el enigma, que leyó los espacios vacíos de las escrituras, que vio como los barcos que van al despeñadero embriagos jurando felicidad, y este gozo del que ve es intransferible y por mucho que quieras que otros vean …..

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s