Memoria polilla

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chileanelectricLa última novela de la escritora chilena Nona Fernández, Chilean Electric (2015) gira alrededor de una anécdota aparentemente inofensiva: la noche que se ilumina por primera vez la Plaza de Armas de la ciudad de Santiago. Una imagen hermosa, por cierto, hilvanada por las palabras de su abuela. Sin embargo, de la luz apacible que lo inunda todo, haciéndole trampa al tiempo, se desencadena una reflexión astuta, y no falta de chispazos y cotocircuitos, sobre la memoria, la violencia, el dolor y la oscuridad.

(Y los recuerdos se acercan, como polillas, atraídas por la luz, hipnotizadas, aunque arriesguen la vida en ello).

Porque lo cierto es que con nuevas luces, vienen también nuevas oscuridades, nuevas sombras. Y aquello que no se puede ver, a ratos lo atraviesa todo: como la voz de Allende, grabada y regrabada en casettes, y sus discursos transmitidos por malos amplificadores. O la voz de la abuela en una pieza oscura.  Y el mensaje que conjuran sus dedos, nerviosos, en una máquina de escribir invisible.

La luz trae visibilidad y promesas de bondad. Pero también trae vigilancia y control. Estamos acostumbrados a asociar luz con cosas buenas: hablamos de iluminaciones como revelaciones; usamos expresiones como “echar luz” sobre algo para referirnos a la claridad. Pero hay verdad en las sombras, como dijera Paul Celan, y Chilean Electric si bien se concentra en lo luminoso (que puede ser enceguecedor) deja entrar también a las sombras.

Al comienzo, así se describe la llegada de la luz: “La luz era mucho más brillante que la de las lámparas de mecha. Era una luz completa que no dejaba a nadie afuera. Intrusa y sorpresiva, hizo aparecer los rostros de la gente en plena noche. Los santiaguinos nunca se habían visto así.”

Y también: “La gente se acercaba a los faroles y sonreía bajo las ampolletas mirando sus propios cuerpos iluminados, exponiéndolos al resto como quien muestra un traje nuevo.”

Pero de ese primer júbilo luminoso, pasamos a otros registros en los que la luz se vuelve peligrosa: “La luz se expandió como una peste brillante iluminando todo a su alrededor, hipnotizando al público para generar necesidades antes desconocidas, encendiendo más y más ampolletas. El contagio fue tan vertiginoso que la luz ya no parecía buscar satisfacer las demandas de la gente, sino inventarlas para facilitar su uso continuo.”

Es Santiago que se transforma: “La luz entró por las ventanas a las casas, piezas y almohadas de los más afortunados, que quizá desde entonces empezaron a imaginar en sus torcidos sueños una ciudad delimitada por neones, por lucecitas de colores, por focos de seguridad. Una ciudad alerta, siempre encendida, la ciudad insomne.”

El juego de imágenes de Nona Fernández es delicado, preciso, elegante. De la luz en la Plaza de Armas pasamos a las débiles luces de las guirnaldas navideñas que articulan un “morse luminoso”, un circuito de la memoria y sus ficciones, y también al flash de las cámaras fotográficas que sacan fotos a niños en aburridos caballos de palo o bien las de los periodistas que capturan, morbosos, la imagen de un niño golpeado por carabineros y que ha perdido uno de sus ojos (“Un ojo ahorcado en la plaza pública.”). O la luz de las pantallas, en locales de la misma plaza, en las que se transmite un partido de fútbol entre Chile y Perú.

(Luces para iluminar, luces para desorientar).

Y paralelo a estas luces, a esta electricidad de la memoria y sus figuras de la historia nacional y personal, están las voces que se escuchan a oscuras: la de la abuela, en la noche, hablándole a los muertos, o bien contándole historias a la narradora para que se quede dormida; o la voz de Allende o de la propia nieta, que asume el rol de cuentacuentos la última noche que pasa junto a su abuela ya enferma (“Piensa que lo que te voy a contar no es una historia, le dije. Piensa que es una luz suavecita, una ampolleta pequeña de quince watts. Un farolito que espanta los miedos y ayuda a entrar en el sueño. Un espantacucos vigilando tu cama al dormir.”)

(La voz también es faro y salva de los naufragios).

Y la cuenta de la luz (que aparece en esta historia, que habla de desaparecidos, de cortes inminentes, de gastos y consumos) pasa a ser también el cuento de la luz.

Otra lucecita titilante. Como las luciérnagas de las que habla Pasolini, que desaparecen en Italia con la llegada del fascismo.

(Pero en la novela de Fernández lo que tenemos son polillas, que avanzan y que chocan contra ampolletas; que son las teclas algo cojas de la máquina de escribir heredada de la abuela y con la que se escribe la última parte de la novela. Una novela que vuelve a empezar y que se bautiza a sí misma como La Ceremonia de la Luz).

Nona Fernández articula con maestría una ciudad que se enciende desde una plaza que congrega pero también divide. Sus armas son las luces, los chispazos, los cortocircuitos (“Iluminar con la letra la temible oscuridad.”), la brillante lucidez, sí, pero también la espectralidad de la voz y esa memoria que es como una pieza oscura donde resuenan también las sombras.

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