Quién dijo miedo

Estándar

enriquez

Siempre me ha llamado la atención un momento particular del texto de Sigmund Freud sobre lo siniestro (o unheimlich). Tan dado a tomar ejemplos de la literatura, Freud aquí utiliza también una referencia personal a una situación al parecer bastante anodina: la de perderse en una ciudad que se cree conocida. Freud narra la desesperación de recorrer una y otra vez las calles de una pequeña ciudad italiana, sin poder nunca encontrar su camino. Lo siniestro comienza con la desorientación, el perder de vista las miguitas de pan que marcaban el camino y que fueron devoradas por los pájaros.

Los cuentos de Mariana Enríquez en Las cosas que perdimos en el fuego se asoman todos a lo siniestro. Todos toman de la mano al lector para luego dejarlo abandonado en el medio del bosque. Te das vuelta y ya no hay nadie. Crees que el cuento va por un camino y siempre hay sorpresas, incluso algunas te llevan al grito. Como en el cuento ‘Fin de curso” en el que la narradora nos comenta, con aparente inocencia, e incluso aburrimiento, acerca de una compañera de clases que se llama Marcela y en la que nadie se fija. La descripción es malvada (sobre todo para una que comparte uno de los nombres intercambiables): “Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque uno las ve todos los días em el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre.” Para luego agregar: “ Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija”.

Hay una tranquilidad en la lecura. Vamos a leer sobre esta chica a la que nadie estima. Dos segundos más tarde, sin embargo, la tal Marcela tiene a todas sus compañeritas chillando (y a esta lectora con ganas de cerrar los ojos) al empezar a sacarse una a una las uñas de sus manos.

Mariana Enríquez escribe sus cuentos en la esquina donde la normalidad más aburrida se junta con el horror. Logra que dé escalofríos leer sobre un chico que se encierra en un baño a hablar por chat con una amiga. Nunca dieron tanto miedo los colores.

Se trata de doce cuentos brutales en los que la oscuridad se oculta en la pobreza, en la falta de comunicación, en el desamor. Cuentos de la deformidad y la violencia.

En “El chico sucio” una mujer se queda a vivir en la casa de sus abuelos en una zona de la ciudad que se ha vuelto peligrosa. Dice la narradora: “Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes – especialmente si son delincuentes -, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.”

Frente a su casa, un niño con su madre, mendigan a los transeúntes (“Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerle la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento”). Un día, la madre se ausenta y el chico llega a donde la narradora, quien lo lleva a tomar helado. Un par de párrafos más tarde, el mundo entero se sale de control: desaparece el niño y aparece un niño muerto; la narradora confronta a la madre: “La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química.”

En “La Hostería”, unas niñas buscando venganza se encuentran con el pasado horroroso de una hostería en tiempos de dictadura. En “Los años intoxicados” un grupo de amigas intentan acercarse, por medio de juegos y otros rituales, a los bordes de la muerte. En uno de ellos, las chicas viajan en la parte trasera de una camioneta mientras el novio de una de ellas conduce a toda velocidad: “Nosotras gritábamos y nos caíamos una encima de la otra; era mejor que la montaña rusa y que el alcohol. Despatarradas en la oscuridad, sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último y a veces, cuando el novio de Andrea tenía que parar porque lo detenía alguna luz roja, nos buscábamos en la oscuridad para comprobar si todavía estábamos vivas”. Las ganas de desaparecer también se ven en el dejar de comer: “La falta de comida era buena: nos habíamos prometido comer lo menos posible. Queríamos ser livianas y pálidas como chicas muertas. No queremos dejar huellas en la nieve, decíamos, aunque en nuestra ciudad jamás nevaba.”

En “La Casa de Adela” volvemos a otra casa embrujada. Esta vez, una casa abandonada a la que van a jugar una pareja de hermanos y una amiga de ellos, Adela, quien no tiene un brazo. La casa, que es cáscara, que es máscara, que le cuenta historias a Adela que nadie más puede escuchar, acaba por interrumpir la inocencia de este trío de formas perturbadoras.

“Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo” saca a los monstruos de los espacios privados para sacarlos a pasear por la ciudad. El relato cuenta la historia de un guía turístico que lleva alos visitantes de Buenos Aires en un tour por lugares donde han sido cometidos asesinatos y crímenes. Es el tour más popular de la compañía y el personaje que más fascinación provoca es el Petiso Orejudo: “ Un asesino de niños y animales pequeños. Un asesino que no sabía leer ni sumar, que no distinguía los días de la semana y que guardaba una caja llena de pájaros muertos debajo de su cama.”

El horror se contextualiza, en los cuentos de Enríquez la pobreza, las fluctuaciones de la economía y sus repercusiones en las vidas de las personas son otro fantasma más, y uno bastante poderoso: “se les explicaba a los turistas las condiciones de vida de aquellos inmigrantes recién llegados que escapaban de la pobreza europea: hacinados en inquilinatos húmedos, sucios, ruidosos, promiscuos, sin ventilación. El ambiente ideal para los crímenes del Petiso, porque la incomodidad y el desorden acababan por mandar a los niños a la calle: vivir en aquellas habitaciones era tan insoportable que la gente se la pasaba en la vereda, especialmente los hijos, que correteaban por ahí.”

Y el tour del horror también impregna la vida del protagonista, que vive con su mujer que está obsesionada con la posible muerte de su hijo, otro fantasma: “Pablo caminó hasta la habitación que él mismo había decorado para su hijo antes de que naciera. Estaba tan vacía que le dio frío. La cuna inmóvil estaba oscura. Parecía el cuarto de un chico muerto, conservado intacto para una familia en duelo.”

En “Tela de araña” lo siniestro es la amargura de un matrimonio frío y un viaje tenso hasta Paraguay. En “Fin de curso”, que comenté al comienzo de esta reseña, la chica en la que nadie se fija finalmente saca las garras (literal y dolorosamente).

“Nada de carne sobre nosotras” vuelve al tema de la anorexia, del dejar de comer, solo que esta vez es para que la narradora pueda parecerse más a una calavera (a la que bautiza: Vera) que ha encontrado en la calle y que desordena para siempre la vida con su pareja: “Él no tiene nada que ver con la belleza etérea de los huesos desnudos, él los tiene cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras de tierra sobre los huesos. Esqueletos huecos y bailarines. Nada de carne sobre nosotras.”

En “El patio del vecino” vuelven los fantasmas a una casa que se acaba de alquilar y, como siempre, los fantasmas hacen recuerdos de otros fantasmas, otros recuerdos dolorosos del pasado, causando estragos en una relación de pareja. “Bajo el agua negra” habla del horror de los excesos de la policía en un barrio marginal que queda junto a agua estancada y que produce mutaciones extrañas en los habitantes.

“Verde rojo anaranjado” hace por primera vez alusión a las tecnologías y sus formas de generar nuevos espectros. Marco, el amigo de la protagonista, se va hundiendo en una depresión viscosa hasta que decide encerrarse en un baño y no volver a salir más, teniendo como única forma de contacto la computadora y sus chats. La mujer encuentra un nombre para esto: hikikomori, personas que, en Japón, deciden cerrarse al mundo. Marco se obsesiona por la internet profunda o deep web, aquella donde se contratan asesinos y se da rienda suelta a los deseos más violentos. La mirada sobre la tecnología permite una reflexión sobre los fantasmas y las clasificaciones que hacen de ellos los japoneses. Los fantasmas, en los cuentos de Enríquez, siempre llaman a otros fantasmas.

Por último, “Las cosas que perdimos en el fuego” le da un giro poderoso a las historias de violencia contra las mujeres que han sido quemadas por sus parejas. De a poco, se empieza a formar un grupo que organiza hogueras en las cuales las mujeres se sumergen por voluntad propia, intentando crear así “una belleza nueva”.

Mariana Enríquez es una escritora que deslumbra y desorienta en cuentos que son como cajas chinas, donde una caja es una casa, y una plagada de fantasmas. Es sin duda una belleza nueva, y una que no se pierde en el fuego sino que saca fuerza de él.

Yo digo miedo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s