El aparente orden de las cosas

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siete-casas-vacias-samanta-schweblin-L-FwaMG_Leer a Samantha Schweblin siempre implica un riesgo. No porque sus libros sean malos (todo lo contrario) sino porque su paleta de escritora siempre va de lo curioso a lo siniestro, de la ansiedad a la asfixia, de lo raro a la angustia. Adentrarse en sus cuentos (o en su única y reciente novela Distancia de rescate) es ir perdiendo el aire de a poco, es sentir la claustrofobia que se esconde hasta en los espacios más inofensivos y cotidianos, es salir a perderse y ver cómo los pájaros se van comiendo esas miguitas que dejamos para señalar el camino de vuelta. Porque leer a Schweblin es comenzar un camino y desembocar en un lugar completamente inesperado, es dejarse engañar por palabras simples que, pacientemente, diligentemente, van tejiendo laberintos.

En Siete casas vacías, su más reciente colección de cuentos (y ganadora del prestigioso Premio Ribera del Duero), encontramos trayectos breves pero llenos de sombras. Personajes que se aferran al orden de las cosas (de la disposición de los objetos en el espacio, de la coreografía conocida de una rutina, de las frases enumeradas en una lista que se guarda entre la ropa) como si eso pudiera, de alguna forma, mantener a los demonios a raya. Demonios como la mala memoria, como una conversación difícil, como sentir, como lo hace uno de los personajes, el pequeño espacio que ocupamos en el mundo.

Las casas vacías de Schweblin están todo menos vacías: se rebalsan de ansiedad, se impregnan de malas decisiones o pasados difíciles, se infectan de cosas no dichas. Así, por ejemplo, en “Nada de todo esto” una madre lleva a su hija en auto a “mirar casas”. El auto se empantana en el barro y madre e hija terminan dentro de una casa desconocida. “Desde que tengo memoria hemos salido a mirar casas, hemos sacado de estos jardines flores y macetas inapropiadas. Cambiado regadores de lugar, enderezado buzones de correo, recolectado adornos demasiado pesados para el césped.” La rutina esconde un dolor y un anhelo que se va dejando entrever entre las palabras y la descripción de la relación familiar. En un momento la hija se pregunta, mirando a su madre en el suelo: “Mi madre está acostada boca abajo sobre la alfombra, en medio del cuarto matrimonial. (…) Los brazos y las piernas están abiertos y separados, y por un momento me pregunto si habrá alguna otra manera de abrazar cosas tan descomunalmente grandes como una casa, si será eso lo que mi madre intenta hacer.”

En “Mis padres y mis hijos” una pareja separada negocia el tiempo que pasan sus hijos con ellos. La mujer lleva a los niños a la casa del ex marido y allí encuentra que los padres de éste, los abuelos, se pasean completamente desnudos. Una anécdota sencilla que, sin embargo, empieza a aumentar y aumentar en proporciones, pasando del ridículo al horror y dejando un gusto amargo en la boca. En “Pasa siempre en esta casa”, una mujer cuenta cómo su vecina siempre tira la ropa de su hijo muerto en su patio y cómo, cada vez, su marido debe ir a recogerla. La mujer se acostumbra a este orden extraño de las cosas, es un vaivén que le permite pensar en sus propias pérdidas y la relación con su hijo (“Pienso que las cosas suceden siempre en el mismo orden, incluso las más insólitas, y lo pienso como si lo hiciera en voz alta, de un modo ordenado que requiere la búsqueda de cada palabra.”)

El cuarto cuento de la colección, “La respiración cavernaria” es casi una novela breve y muestra la vida de Lola, una mujer mayor que desea morir y está obsesionada con una lista que lleva a todas partes (“La lista era parte de un plan: Lola sospechaba que su vida había sido demasiado larga, tan simple y tan liviana que ahora carecía del peso suficiente para desaparecer.”). La descripción de la cotidianeidad con su marido, las compras del supermercado, los productos, van develando lentamente un trasfondo mayor y más doloroso: “A veces él compraba chocolatada, venía en polvo para preparar con leche, como la que tomaba su hijo antes de enfermarse. El hijo que había tenido no había llegado a pasar la altura de las alacenas.” La lista de Lola cautiva la atención, ver qué escribe y qué borra va moviendo los hilos de su vida y lo que se genera es un relato de una asfixia terrible.

En “Cuarenta centímetros cuadrados”, la simple petición de ir a comprar aspirinas hace que la vida de la protagonista se salga de curso. De pronto, todo es hostil en una ciudad que no se reconoce todavía como propia. La mujer se sienta en una parada de colectivos y reflexiona: “Un tiempo indefinido se cumplía de un modo cíclico, el colectivo llegaba y se iba, la parada quedaba vacía, y se volvía a llenar. La gente que esperaba cargaba siempre con algo. Llevaban sus cosas en bolsos, en carteras, bajo el brazo, colgando de las manos, apoyadas en el piso entre los pies. Ellos estaban ahí para cuidar de sus cosas, y a cambio sus cosas los sostenían.”

El sexto relato, “Un hombre sin suerte” se escapa un poco del tono y atmósfera del resto de las historias. Es también el cuento ganador del concurso Juan Rulfo y, en él, una niña que acompaña a sus padres al hospital (es su cumpleaños pero su hermana, para llamar la atención, se ha tomado una taza entera de lavandina) y debe sacarse los calzones para que así su padre los use de bandera para que el resto de los autos los dejen pasar. Otra vez lo que hay es un detalle mínimo que va haciendo vibrar las paredes que contienen esta historia hasta desembocar en un final absolutamente genial.

Por último, en “Salir”, la coversación de una pareja (de esas terribles y ominosas, con nubes negras y relámpagos a la vista) se ve interrumpida por un breve paréntesis. Así, piensa la protagonista: “Espera a que sea yo la que diga lo que hay que decir. Y porque siento que sabe lo que tengo que decir, ya no puedo decirlo.”

Siete casas vacías es un verdadero vecindario de tensiones y murmullos, de secretos que no se quieren decir y dolores que no se pueden enfrentar. Historias donde lo cotidiano se lleva a sus límites y la sonrisa puede dar paso al aullido.

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