A todas partes

Estándar

la-ciudad-invencible-fernanda-trias-ref8092Hace unos años leí una versión de La Ciudad Invencible de la escritora uruguaya Fernanda Trías. En ese tiempo se llamaba Bienes Muebles y era parte de un libro pequeñito sobre Buenos Aires que cabía en la palma de mi mano. Ahora lo releo en un libro amarillo y de letra grande (Demipage, 2014), pero el asombro y el deleite sigue siendo el mismo.

Hay algo que tiene la novela de Trías que parece obvio pero que no es tan fácil de encontrar en la realidad: un narrador (una narradora, en este caso) al que seguiríamos a todas partes. Una voz que va articulando una peculiar coreografía de la memoria, que nos deja pasear tranquilos a ratos y, en otros, nos remece de pronto.

Ni la memoria ni la ciudad son un territorio estable en esta historia. Ambas se entrelazan como una trampa, como una geografía que va dejando ver pedacitos de historia y de dolor y que dejan al lector como hipnotizado. Insisto: a esta voz, la seguimos a donde sea. No es necesario que nos revele verdades inmensas ni grandes tragedias, o quizá toda tragedia es enorme si es que sumerge tu mundo del modo que lo hacen las circunstancias que rodean a la protagonista. Porque de sus reflexiones se desprende un ojo atento a vibraciones sutiles, a detalles que nadie más ve.

(Así comienza la novela: “Ya no es mi cumpleaños. Las primeras horas de la nueva edad se deshacen, caen como la lluvia de papel picado que ahora tiro por la ventana.”)

La protagonista y narradora es uruguaya pero está en Buenos Aires, la ciudad de su abuela (“Cuatro mudanzas, una separación, una muerte. Así me recibió la ciudad de mi abuela.”). Allí tiene una historia de amor terrible con alguien a quien ella apoda la Rata y que quiere que abandone la ciudad. Y así, al principio, Buenos Aires se convierte en la ciudad del miedo (“…el miedo era esa costra negra que se acumula entre los azulejos del baño, era la mugre endurecida dentro de mí, mis propias articulaciones, de modo que no podía vivir sin él, pero anquilosada como estaba, tampoco podía moverme.”). Pero no solo eso: Buenos Aires es también la ciudad donde se entera de la muerte de su padre. (Comenta la narradora: “Cuando tomamos Corrientes estoy segura de que nunca volveré a esta ciudad, porque cuando regrese habré visto el cuerpo de mi padre sin vida y ya no seré yo sino otra quien regrese a Buenos Aires.”) Y la protagonista se decide a habitar la ciudad a su manera, definiendo lugares prohibidos y zonas bondadosas (“Siete cuadras en total; ‘el triángulo del bien’, lo llamaba. Todo lo que quedara fuera de él me generaba una inquietud solapada, un temor tenso y frágil como un sonido.”), porque, como asegura en un momento: “Estar en Buenos Aires era mi forma de resistencia; debía conquistar esta geografía, encontrar mis propias razones para irme o para quedarme.”

Hay quienes dicen que hay tantas versiones de una ciudad como personas que la habitan, que la recorren, y esto es cierto en la novela de Trías, si bien ella lo lleva incluso más lejos: la ciudad es un mapa de afectos, de momentos, de decisiones. De caídas por las escaleras, de viajes en taxi, de caminatas por calles tranquilas. Buenos Aires es infinita e invencible y de esto no se extrae una sensación de fracaso sino, por el contrario, de gozo que no se acaba nunca, porque nada se acaba nunca. O, como comenta la narradora: “Todo coexiste. La cronología es artificial, solo determinada por la emoción. Cuando resbalé por la escalera del bar, incluso antes de partirme el labio, ya estaba resbalando por la escalera de La Boca – las mismas botas, los mismos escalones de madera gastada – el día en que mi padre murió.”

Buenos Aires son los amigos que la ayudan y aconsejan (como Marita, su amiga puertorriqueña y con una pierna falsa, con la que se dedican a espiar las azoteas de los demás, o Ariel que “siempre huele como si acabara de salir de la pileta. Como si acabara de rescatar a alguien.” ); son las fiestas para olvidarse de todo (“Dentro de nuestro reflejo, como órganos en fuego, brillan las luces de los edificios: las luces son bengalas, explosiones en el corazón y la cabeza (en el hígado), una guerra del tiempo – de la ciudad invencible – contra nosotros.”); son sus trabajos ocasionales como traductora (“Así pasó el invierno y empezó la primavera. Entre documentales sobre huertas orgánicas en Quebec, volcanes, torpedos de la segunda guerra mundial, la masacre de los perros inuit y presos heroicos que lograban escaparse de una cárcel de alta seguridad con un alfiler de gancho.”) o sus intentos por no delatarse como extranjera (“Importante no decir ‘contigo’. Si digo ‘contigo’ me delato; debo decir ‘con vos’. Debo decir ‘colectivo’, ‘facturas’, ‘ripio’, ‘expensas’, ‘zapatillas’, ‘obra social’, ‘estar lista’ (y bajo ninguna circunstancia ‘estar pronta’); debo decir ‘birome’.). Y, entre los chispazos de esta ciudad efervescente, caleidoscópica, incesante, aparecen de pronto esas reflexiones que llegan como un mazazo, que hacen de esta novela una historia inmensa: “No sé cómo se cierra un círculo. Ojalá fuera tan fácil como anudar las dos puntas de una cuerda (pero cuánto tardé, de niña, en aprender a hacer un nudo).” Para más adelante agregar: “¿Por qué se habla de cerrar círculos o etapas como quien cierra un frasco de mermelada? Estamos abiertos; todo sigue abierto, en perpetuo riesgo de infección.”

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