La luz en todas las grietas

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antitierra VTEn uno de los poemas de Antitierra de Valeria Tentoni, aparece un epígrafe de Leonard Cohen que dice: “There is a crack, a crack in everything/ that’s how the light gets in”. La frase resume a la perfección la lectura de este poemario: tanta luz, pero a la vez, tantas cosas que se rompen. Porque en Antitierra las casas se inundan, el granizo destruye los huertos, las plantas y las espinan mueren; hay gatos que vienen para luego desaparecer para siempre; hay objetos cotidianos que ya no funcionan más. Hay también personas que se acercan a la muerte, para después esquivarla, hay relaciones que no andan, hay preguntas que no se dicen. Hay un corazón que late, por cierto, y es de una belleza eléctrica. O, como dice uno de los poemas: “Mi corazón es una máquina de expectativas/que se atasca de noche. Un soldado que vuelve a casa/ después de equivocar los himnos.” Y también: “el corazón es un animal que habita otro animal”.

En los poemas de Tentoni todo está conectado. De las plantas que se marchitan, a los insectos estrellados contra el cristal; de las parejas que sobreviven apenas y los productos que se mantienen en perfecto estado en la heladera, como una broma cruel (“Adentro de la heladera siempre es de día./ Las cosas que están ahí no se quejan, no le piden a ningún dios/ que apague la luz. Esperan su turno./ Algunas se vencen, pero se quedan igual./ Me gustaría ser la botella de Coca-cola/ que cargo con agua de la canilla. Algo que acepta su destino/sin escándalos”).Tentoni construye en su poemario un invernadero en el cual estudiar no las hojas ni las ramas, tampoco las flores, sino las raíces que nos unen a todas las cosas. Las raíces, algo oscuras, que alimentan una pérdida y se enroscan en un paisaje de ciudad. Así, por ejemplo, dicen los primeros versos con los que nos encontramos:“Ahora que estoy por irme/ al fin/funcionan los semáforos (…)”

En Antitierra, conviven imágenes de ciudad y animales. Si el corazón, como dice la hablante, es un “animal que late en otro animal”, las relaciones de pareja también se definen en esos términos: “Yo me saco esto que traigo/ y te lo dejo/ como dejan algunos perros/pájaros muertos en la puerta de sus dueños.// Con inocencia/y con exceso”. Y también: “Tuvimos peces. Se murieron/panza arriba, inflamados/de alimento. Eran tres y eran siniestros./Todos los peces son siniestros.// No confío en nadie que no pueda cerrar los ojos”. En otros poemas, conviven animales y máquinas: “Le pregunto cuánto me quiere/ y le pido que lo cuente en kilos de alfalfa, en jaulas de/leones, en latas de duraznos en almíbar// La cantidad es una trituradora de oficina/ que convierte las palabras/en cintas de papel/ en las que ya no puede leerse nada/de lo que se dijo antes/ como si fuera cierto”.

En el poemario de Valeria Tentoni, pasamos de reflexiones sobre el amor a escenas de la vida cotidiana. Escenas en las cuales la hablante se detiene en almuerzos familiares donde, comenta, “(…) Somos muchos, pero por alguna magia pretérita/ no nos chocamos.”, o explora sus recuerdos como jugadora de hockey: “Entre todas/ me ponían el equipo de goma eva, sucio y salado,/ajustaban acá y allá las tiras del disfraz, el casco gigante/ con olor a vaca muerta./ Y me dejaban ahí, sola, en el fondo del fondo.// De la bronca, dejaba pasar los goles.// Todos y cada uno de los goles del equipo contrario”.

Hay novelas completas en esas imágenes. Los versos de Tentoni son semillas pequeñas donde se esconde el mundo. Un mundo donde se insiste en las cosas que no pasan: en los poemas que no se escriben, en las palabras que no se dicen, en todo lo que no funciona. Sin embargo, más que desesperanza, lo que se escucha con más nitidez en esta voz es la furia: furia que es deseo por vivir, aunque eso lleve a hacerse pedazos (“Quiero reventarme/contra el futuro/como un insecto de esos/que se convierten en estrellas en la ruta/sobre el cielo polarizado/de un parabrisas ajeno”); furia que es la rabia de a veces no poder soportar el día a día y sus pequeños rituales de cortesía: “Deberían darme un premio/por no pulverizarme automáticamente/ cuando algún conocido se me cruza/en la calle (…)”Y, más adelante en el mismo poema:“claro que deberían/darme un premio/por aguantar tan bien/al animal/horrible/que tironea y quiere salir de/mí cuando me preguntan/como si nada/ cómo estás?”

De mis favoritos, son los momentos de una belleza simple, tranquila. Como cuando dice:”En la cuadra en la que vivo/cuanto más de cinco limoneros/desde mi balcón.//Quisiera hacer un solo color/con todo eso.//O una pregunta perfecta”.O cuando compara el sonido de su felicidad con la de un afilador: “Tengo un cantito/sin palabras/para cuando estoy muy contenta// Me acabo de dar cuenta:/ es muy parecido/ al turirurirurí/del afilador que pasa”

La inocencia y el exceso se acompañan en estos poemas en los que el lenguaje desfila como cantando. A ratos por lo bajo, a ratos a los gritos. En un puñado de versos puede concentrarse la espera, la expectativa: “Un corazón italiano como el mío/no puede menos que servir/en el plato/mucho más de lo que se puede comer/sin empacharse”.Para luego agregar: “Ahora estás mirando ese plato/de frente/ con los cubiertos limpios/sobre una servilleta blanca.”

Tres subrayados más, en un poemario que enmarcaría completo, que me gustaría aprender y recitar de memoria:

Este es mi año nuevo:/no te necesito, diciembre. Hice todo bien,/hice todo mal./La felicidad es una cosa muy precisa/ que no hace tanto ruido como pensábamos.

Y, en el mismo poema:

Hay una foto de Pizarnik en mi cocina, ella mira las hornallas./ Me gusta echarle la culpa/de todo lo que se me quema (…)”

Por última, otra reflexión magnífica de animal eléctronico, del bestiario de todo lo que nos duele: EL AMOR ES UN TORO MECÁNICO DEL QUE NADIE SE BAJA CON ELEGANCIA. /Una atracción de feria/ abandonada,/ desafiando la intemperie. Y es que, en los poemas de Tentoni, y probablemente en la vida misma, el amor es una planta que se muere a pesar de todos los cuidados.

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