Chispas antes del silencio

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mundyMe pregunto qué habrá pasado con los ejemplares de Pirotecnia (1936) de Hilda Mundy (sobrenombre de Laura Villanueva Rocabado) cuando decidió dejar de escribir. Si los habrá guardado lejos, fuera de vista, en esa vida que escogió. O si los habrá dejado cerca, si los habrá hojeado de vez en cuando. Dice Edmundo Paz Soldán en el prólogo a la reedición hermosa de Los Libros de la Mujer Rota que, al contrario de lo que suele pensarse de las vanguardias como grupos de escritores en permanente actividad cultural, “[e]n muchos países de América Latina no todo fue tan colectivo; ese es el caso de Bolivia, que tuvo a Hilda Mundy (1912-1982) como su única escritora de vanguardias…”.

Es linda la imagen. Es triste también: la de una mujer sola conjurando sus fuegos artificiales en medio de una ciudad que la atrae y la rechaza a la vez. Como explica Paz Soldán: “Sus sesenta textos en prosa tratan de atrapar el ruido de la urbe en el nuevo siglo”, así como también comenta que “Hilda Mundy acepta el culto moderno de la velocidad, pero prefiere el movimiento más tranquilo del tranvía al desenfrenado del automóvil.”. Tal vez ese es el miedo al que hace alusión el subtítulo de su obra: “ensayo miedoso de literatura ultraísta”. Un miedo que no teme a los críticos sino al aburrimiento que se inserta en el centro de la modernidad como un corazón que late cansado.

El poemario comienza con lo siguiente: “Ofrezco este atentado a la lógica./No tiene lugar ni filiación en el campo bibliográfico:/porque prescinde de la verosimilitud y linda con el absurdo./Alguien me dijo: su libro será un fracaso que hará reír./Y hallé júbilo en la predestinación: al imaginar tres docenas de lectores riendo de las páginas de mi fracaso.”

En Pirotecnia encontramos todos los tonos, todas las texturas. Encontramos risas y lágrimas (nunca fracasos). Desde reflexiones divertidas y livianas como: “Una teoría:/ Las emociones están en relatividad con el peso de las personas.” o sugerencias cargadas de ironía cuando propone que las esposas le pidan cosas a sus maridos mientras están leyendo el periódico porque “Todo parecerá al esposo trivial y pequeño, comparado/con las grandes calamidades que narra el diario favorito; y neutralizado con el olor agradable de las tostadas/del café…”

Hay también instantes de humor y picardía: “Un ocurrente decía que las mujeres metódicas que/’cronometrizan’ sus amores con el tirano reloj se equiparan/ a los frascos de farmacia despachados por fórmulas/médicas, con la instrucción infaltable de una toma/por hora, en la etiqueta al rodete engomado que reza:/AGÍTESE ANTES DE USAR.”

Pero también está, y de forma muy prominente, el temor a la rutina y al aburrimiento como algo que puede carcomerlo todo: “Y pensar que este amor hecho poema, terminó con/un esposo neurasténico, una esposa con la curva de la/maternidad cansada, una estufa y un gato!”. Y también sobre la rutina: “Un principio irrecusable: la continuidad merma la riqueza/ de las sensaciones.” (XXXII)

Parece trivial pero en Pirotecnia el aburrimiento tiene una presencia sombría. Entre tanta velocidad, luces y anonimato, el aburrimiento se desenvuelve como una peste. Así en XXVII, tenemos lo siguiente: “¿Cuándo se mide la inconmensurabilidad de la desgracia?/ En el aburrimiento./¡Debería ensancharse el purgatorio para las almas cansadas!”

Sin embargo, y como chispas de colores de fuego artificial, Mundy propone soluciones al hastío en su poema TRES (que merece ser reproducido en su totalidad):

Para sentir con intensidad plena la vida de ciudad

hay que fugarse de los límites lógicos y de lo pre-establecido,

remozando la sensibilidad con ‘flejes’ nuevos.

Pensad que los suicidios se originan por un alto porcentaje

de aburrimiento, que hay que evitar ‘aseptizando’

de modo conveniente…el espíritu.

Cuando el hastío quiere sobornarme, al punto me

invisto de particularísimas funciones.

Me siento imaginativamente:

Inspector oficial de los viandantes.

Artista delicado de las canchas de foot-ball.

Contralor asiduo de los flirts perrunos.

Visador de residuos.

Representante de las alcantarillas.

Y a renglón seguido, el cansancio huye,

revolucionado, sobrecogido de espanto como un ‘monago’ en deserción de amor…

Pero la hablante no perdona al aburrimiento. Lo acorrala en las esquinas, lo señala con el dedo. En CINCO: “A las tres de la tarde, las vías se visten de un medio/aburrimiento”.En DIECISIETE: “Mi espíritu-buzo “escalafrandado” se inmerge en la/delincuescencia de la noche./ La ciudad arroja a sus aburridos./ Se diría que los aborta a las plazas y calles con la colilla/del cansancio.”(…) “Hombres de dimensión ‘standard’ que acusan los cien centímetros de vida corriente.”

Y el “espíritu escalafrandado” de Mundy se atreve a explorar todos los rincones de la ciudad y las personas que los transitan. Más que la descripción de un espacio, tenemos la descripción de una velocidad que es una belleza nueva y también una violencia nueva. Dice Mundy: “La era maquinista hará del mundo un encantamiento/en hierro.” Y también: “El espectáculo más ‘abracadabrante’ en este siglo del/ automóvil y del amor en oro americano…sería un suicidio/de pasión… con la ridiculez de una carta póstuma”

Su acercamiento a las mujeres en sus poemas tiene mucho de admiración y misterio: “Los escotes de las damas se abren como grandes/interrogantes acerca de lo que viene a continuación.”, aunque a veces tema por su mecanización pues dice que la mujer de ese momento “Tiene el don singularísimo de haber reemplazado al/ corazón con una máquina portátil de calcular…”

Mundy escribió dos libros y decidió guardar silencio (uno es Pirotecnia, el otro es Cosas de fondo. Impresiones de la Guerra del Chaco y otros escritos). Ese silencio que ella siente perfecto porque, como dijera en uno de sus últimos poemas: “callarse es hacer florecer el pensamiento en la ruta de la/Perfección…

Y Pirotecnia es, por cierto, un libro perfecto y luminoso en el que el silencio queda cargado de belleza y sombras, como el silencio que queda después de los fuegos artificiales.

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