Todos somos monstruos

Estándar

gutshotLa expresión es conocida: nadie de cerca es normal. Podríamos agregar también: nada de cerca es normal. Lo supo Julio Cortázar (que hoy cumple años en algún universo paralelo: cumpleaños feliz/te deseamos a ti) cuando en “No se culpe a nadie” hace de la observación minuciosa y tan de cerca del acto (sencillo, cotidiano, ridículo) de ponerse en sweater (ok: pulover) una inminente tragedia. Un cuento que, literalmente, te quita el aire. Cuento no apto para claustrofóbicos.

Lo que hace Amelia Gray en Gutshot (2015) va un paso más allá. Y su atención está en poner una lupa amplificadora en el lado grotesco de las cosas, en hacerle un zoom al grano semi infectado en el rostro de una mujer hermosa, en dejar entrever el olor a basura que apenas esconde una ciudad o situación glamorosa. Sí, son cuentos brillantes. Pero sí, son cuentos que cuesta leer, cuesta digerir. Cuentos que a ratos dan ganas de leer con la mano sobre los ojos, los dedos ligeramente entreabiertos, como cuando estamos frente a escenas terribles en una película de terror que queremos y no queremos ver. Gray muestra la desesperación que se esconde incluso en el enamoramiento más puro y algodonado. Y por eso es necesario aplaudirla y seguirla leyendo. Aunque sus cuentos se queden pesando sobre el corazón.

Comienza el paseo por esta colección/casa embrujada con “In the moment”, cuento de chico conoce a chica, chico y chica se enamoran (o eso queremos creer). Al principio, todo bien: “Her name was Emily, a name she hated, but Mark found it reminded him of reading picture books with a flashlight under the covers of his childhood bed. Emily was the name of a girl hero whose intrepid adventures took her around the world and even underground. It was a far better name, anyway, than Mark, a name that regularly conjured the image of a bucket of black paint thrown against a prison.” Aunque el enamoramiento empieza a alcanzar niveles de estridencia solo del lado de Mark: “Mark felt closer to Emily than he had felt to any other person living or dead since grade school, when he and a group of boys formed a secret society in the woods behind the Dairy Queen”.

Chico quiere a chica se transforma en chico quiere demasiado a chica.Y la forma de mostrarlo de Amelia Gray es oscuramente brillante: “He was quiet, turning over the idea that Emily had a mother. He imagined a whole gloomy family tree, and then imagined taking a chain saw to the tree and sitting on the stump, listening to Fleetwood Mac on a cassette player and waiting for the wood to dry so he could burn it”.

Seguimos. Zoom In.

En “House Heart” una pareja contrata a una mujer para ayudarlos a refrescar su relación. Abrimos la puerta y ahí está ella (“She smelled like a bowl of sugar that had been sprayed with a disinfectant. Even her name sounded processed.”) y el trío que se arma es, por decir lo menos, curioso: ella encerrada en el tubo de ventilación del apartamento y coexistiendo con la pareja como un fantasma aterrado.

Hay más, hay tanto más: Amelia Gray es maestra del cuento corto, a veces de dos páginas. Una Lydia Davis meet Shirley Jackson del relato breve. Con una pizca de Stephen King. Cuentos de fin del mundo, de un parque de diversiones de tema navideño que queda justo al lado de un centro de tiro (y se escapan las balas, y tenemos a aficionados a Santa Claus baleados en pleno brindis con eggnog), de instrucciones zombie (cincuenta) para devorar a tu amante (“when he says goodbye, eat his heart out”), o de una chica que queda embarazada y le cuenta a su novio, quien responde lo siguiente (por favor leer en voz alta): “Here’s the thing though,” he said. “Your folks are dead. And I have a warrant out for my arrest. And you’re forty years old. And I am addicted to getting tattoos. And our air conditioner’s broke. And you are drunk every day. And all I ever want to do is fight and go swimming. And I am addicted to keno. And you are just covered in hair. And I’ve never done a load of laundry in my life. And you are still technically married to my dealer. And I refuse to eat vegetables. And you can’t sleep unless you’re sleeping on the floor. And I am addicted to heroin. And honest to God, you got big tits but you make a shitty muse. And we are in Beaumont.” (El cuento se llama “These are the fables” y usted lo puede leer aquí)

Y más, más, más (ahora con unas gotitas de Millhauser): una serpiente gigante se instala en un pueblo, dividiéndolo en dos; un padre con sus hijos que descubren un corazón enorme de ballena en su casa (pero la madre no está por ninguna parte, y comenta el niño sobre su padre: “He says it’s there because of Mom and I figure when we get it cut down enough she’ll be inside or at least we’ll get some clue about how to find her”). Un concurso en que los dioses, una vez al año, premian a alguien que ha perdido a un ser querido con su regreso. Para decidirlo, la gente tiene que demostrar cuánto le duele esa pérdida (y los excesos son inmensos; y el final es perfecto), o dos mujeres (muy gringas) que se envían cortésmente (y luego ridículamente, brutalmente) tarjetas de agradecimiento.

Zoom in. Zoom in. En cada cortesía, un monstruo; en toda cotidianeidad, un aullido.

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