Mapas para perderse

Estándar

cuatroLeer un libro de cuentos a veces se parece a recorrer una ciudad que no conocemos. Hay más o menos expectativas, se sigue un plan o solo nos dejamos llevar, nos detenemos a tomar una foto (subrayar un párrafo), y a veces nos quedamos más tiempo en ciertos lugares donde nos sentimos, extrañamente, en casa. Cuatro, libro de cuentos del escritor boliviano Rodrigo Hasbún, es una ciudad donde da gusto perderse. Se trata de un libro breve pero preciso, en el que paseamos por secretos de familia no muy bien guardados, por la intensidad fulminante de un amor de adolescentes o la relación de un padre con su hija.

El talento de Hasbún no es sorpresa: ya quedó confirmado como uno de los grandes del cuento con Los días más felices y por estos días los críticos de libros se deshacen en elogios por su más reciente novela, Los Afectos.

Pero si bien no hay sorpresa en el talento, sí hay deleite – y tanto – en la forma en que Hasbún va configurando sus historias. En “La mujer y la niña”, un niño abre la puerta de su casa a los mendigos hasta que llega una mujer en busca de su madre. La mujer resulta ser una empleada de su abuela que habría tenido una hija con su tío, justo antes de morir. La visita le desordena el mundo al narrador, quien siente “como si de pronto algo estuviera fuera de lugar, ellas dos o yo o la casa o la ciudad entera incluso.” Esta aparición frágil en la cotidianeidad de la familia acaba por resolverse desde el silencio. Y el cuento no termina: se deshace en las manos del lector.

En “Syracuse”, el cuento que, en nuestra hipotética ciudad, representaría ese rincón favorito en el que todo está bien aunque estemos algo perdidos en una ciudad extraña, un profesor de literatura se obsesiona con dos de sus estudiantes: Russo y Grace. En su clase, les pide a sus alumnos que escriban un diario en el que lo real se confunda con lo imaginado y, si bien el ejercicio al comienzo ayuda a echar luz sobre las vidas de estos dos jóvenes, finalmente todo se sale fuera de control.

Nos detenemos aquí, sacamos la cámara, tomamos apuntes:

Dice el profesor sobre su estudiante: “Había algo raro en él, una especie de tristeza empantanada, sucia de tanto estarse ahí, o quizá simplemente me gusta recordarlo así ahora, como si ya presintiera desde entonces lo que iba a depararle el semestre.”

Si bien el centro de atención está en la relación amorosa que se establece entre los dos estudiantes (una de malos entendidos y amor incandescente), hay un misterio que rodea al narrador, uno que nunca se resuelve del todo y que deja intuir un pasado de malas decisiones y de fantasmas que lo siguen a donde vaya: “Esa primera semana la había pasado deambulando por la ciudad, postergando indefinidamente el momento de desempacar, el momento de obligarme a pensar que era posible estar de nuevo en el principio de algo, aunque fuera algo a lo que le temiera, así como temía el invierno que tarde o temprano iba a llegar.” Esto es algo que se repite en todos los cuentos de Hasbún, con maestría, un cierto juego con la profundidad de campo que nos lleva a apreciar detalles mientras en el fondo se intuyen tantas vidas, tanta vida: el hermano que apenas se menciona en la primera historia, o la historia del profesor con Kate.

Un último subrayado de este cuento (que subrayaría completo); una última foto, una última mirada al paisaje antes de seguir avanzando: “Es sabido que ese día Grace revisó 67 veces la cuenta de Twitter de Russo y que googleó su nombre 29 veces – por algún tipo de corazonada, conjeturan los más sentimentales -, pero no queda claro qué es lo que esperaba encontrar. En su diario, mientras tanto, se puede leer esto durante las últimas siete páginas: ‘pienso en ti pienso en ti pienso en ti.”

En el tercer cuento de esta colección, “Los nombres”, un padre joven ve a uno de sus amigos perderse por el amor de una mujer muchos años menor. Lo que al principio es una anécdota en el grupo de amigos luego adquiere otra consistencia al encararlo su hija que se ha enterado de la situación y le comenta que la novia tan joven no es nada menos que la hermana de una de sus amigas y la situación le resulta “asquerosa”. La historia se equilibra entre la descripción del grupo de amigos (“los que no sabíamos resignarnos todavía a que la fiesta ya no era la nuestra.”) y el inevitable paso del tiempo y la relación del padre narrador con su hija. Sobre lo primero, las siguientes citas:

“Pasaba algo raro cuando nos juntábamos. La única manera de explicarlo es un poco burda. Se sentía como si nuestra amistad fuera una casa en medio de una geografía inhóspita, y a pesar de que se viera hecha mierda desde afuera, y los vidrios estuvieran sucios y las paredes dañadas, una vez que entrabas te dabas cuenta de que todo permanecía más o menos igual. Ahí seguían los mismos muebles (cambiados de lugar a veces) y los mismos adornos y las mismas fotos”.

Y también: “A partir de cierto momento el pasado reaparece a cada rato, como acusación y condena pero también como consuelo, recordándote que las decisiones más importantes ya han sido tomadas, ya no hay vuelta atrás.”

Pero de la camaradería de amigos y las reflexiones sobre la adultez pasamos a la contemplación del padre a la hija, que solo está con ella algunos días a la semana y la mira y la mira como queriendo llevársela consigo: “Siempre se volteaba para despedirse. Levantaba la mano en el aire y la dejaba quieta un rato y me hacía saber así que pensaba en mí, que al menos en los pasos entre el auto y la casa había pensado en mí, que hubiera preferido quedarse conmigo en lugar de entrar.”

Por último, en “Tanta agua tan lejos de casa” se nos cuenta el paseo de tres amigas que visitan a una cuarta, dueña de un hotel en Chapare. La anécdota, a simple vista trivial, va adquiriendo mayor y mayor consistencia a medida que avanzan las páginas y las imágenes, como el agua, van conectando los destinos, delirios, sueños y traumas de los personajes: las muertes de los hijos de Carmencita – con su esposo Jonás muerto en vida en el trabajo desde entonces (“desde el accidente de los chicos se había acostumbrado demasiado a la tristeza, a perderse fácil por dentro”)– la dependencia de Ro con su esposo, el engaño del marido de Tula, la dueña del hotel y los sueños de quienes trabajan para ella.

La muerte se entromete en estas historias de tantas maneras, el tiempo pasa y pesa para los personajes y nos quedamos exhaustos y fascinados luego de recorrer un mundo complejo. Uno que nos da la ilusión de la familiaridad hasta que un giro, una descripción, un párrafo brillante, nos dejan de frente con la maravilla.

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