Cuentos que muerden

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la-bella-muerte‘Me ejercito desde hace años en la fabricación de sonrisas”. Son de las primeras palabras que encontramos en La bella muerte, la más reciente colección de cuentos de Natalia Berbelagua. Vienen de la boca de una técnico dental que se dedica a clasificar las sonrisas de los demás mientras persigue a uno de sus vecinos (y guarda mandíbulas con dientes en el borde de su ventana). El vecino la intriga y, al principio, lo conoce solo por sus sonidos: “Conozco todos sus hábitos. El silbido de la tetera que suena sagradamente a las siete de la mañana, el fósforo que rasguña la pólvora para encender el calefont a las siete veinte, el bramido de las cañerías a las siete y media, la puerta del ropero que ruge por la madera hinchada de humedad, los dedos que dan vuelta las páginas del diario cerca de las ocho, la apertura de un sobre cada lunes, sus pasos por el living, el sonido de la cerradura al abrir los tres pestillos que aseguran la entrada.” Seguirlo, eso sí, trae otro descubrimiento. Y sólo vamos en el primer cuento: “El arte de las sonrisas”.

Es un volumen oscuro y, sin embargo, la prosa brilla. En todas las historias se entromete la muerte, en muchas nos toca dar unos cuantos paseos por el cementerio y, sin embargo, la vida vibra, mostrándonos los dientes: la desesperación por vivir, la pasión desbocada, el deseo en combustión.

En “La mala suerte de Gerardo Vian”, un escritor comienza a ser perseguido por un extraño personaje en cada una de sus apariciones públicas; en “La bella muerte” una modelo visita a su novio en la cárcel. Allí se entera de que el chico ya está emparejado con alguien y la venganza es, la verdad, modelo.

En los relatos de Berbelagua la muerte se mezcla con la belleza y también toca la infancia. Como en el cuento “Dos pájaros en la mano y ninguno volando” en el que una niña le deja sus dos jilgueros a su abuelo para que los cuide y se encuentra con dos cuerpos fríos a su regreso. La solución de la chica es bañarlos en colafría y dejarlos junto al resto de sus juguetes. Su reflexión es brutal: “Los insectos carcomieron el pegamento, me arrebataron las plumas, los huesos, los cartílagos. A mis doce años pienso en que cuando sea mayor y me toque morir debieran inyectarme algo para que no se olviden de mí tan fácimente.”

En “La casa nueva”, una mujer desahuciada tiene miedo y, a la vez, se resigna a morir (“Me resisto a morir porque tengo un perro que se quedará solo y una madre que debiera existir antes que yo.”). Mientras la muerte llega, se dedica a visitar las tumbas de otros: “Voy cada semana a ese sector de Santiago. Compro flores para deudos que no son los míos y que nadie visita. Reemplazo las rosas plásticas por crisantemos reales, ayudada de una pala de jardín les extirpo la maleza, con un plumón negro marco las letras ya ilegibles por el paso de la lluvia.”

Es tal vez el cuento más potente de la colección. El que se queda por más tiempo resonando en el cuerpo, también. La mujer reflexiona sobre la muerte: “Hoy mi enfermedad se me figura como una bandada de pájaros negros parecidos a los del cementerio, que confunden mis sesos con migas de pan, lanzadas por un Dios que ya se puso viejo.”. Y también: “Contrario a lo que se podría esperar la enfermedad sigue ahí tan latente como la noche en que todo se vino abajo, hace oídos sordos a las cadenas de oración, a los abrazos sinceros y con mayor razón a los hipócritas, avanza a paso firme, destruyendo la carne, quemándome los huesos, arrastrando con cada huella de vida que encuentra a su paso.”

En otros cuentos la muerte se disfraza de adicción como en “Tragaperras”, o de la muerte en vida de una mujer en un asilo de ancianos (en ‘Madrecitas de los pobres”). A veces, también llega por accidente (en “Cerro Arriba”).Y la brutalidad de la pérdida se describe con escalpelo en “Última cena” (dice la narradora: “…estoy convencida de que a ratos uno encarna todos los dolores del mundo”) en el cual un grupo de gente que ha perdido a un familiar se come la cena que él dejó preparada un poco antes de morir.

En la segunda parte de esta colección se reúnen una suerte de obituarios literarios, en un especial panteón que mezcla a Hans Pozo y Jorge Matute Johns con María Luisa Bombal y Agota Kristof. De esta última resuena su acercamiento frío a la crueldad y la muerte en El Gran Cuaderno, una mirada que también filtra – y con mucha destreza- las narraciones de Berbelagua. Narraciones que muestran los dientes, desafiantes, ladran y, a veces también, muerden.

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