Delirios desde el centro de la Tierra

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editorialfurtiva-wordpress-comEn inglés, existe una palabra especial para designar los círculos que se forman al tirar una piedra al agua: ripples. Son las reverberaciones de la caída, los ecos. El increíble señor Galgo, primera novela del escritor chileno Diego Vargas Gaete, se entretiene en estos ripples, en los ecos y ramificaciones que una historia, que una persona, que un malentendido, tienen en el tiempo y, especialmente, en los textos.

Galgo fue muchas cosas y muy distintas. Un escritor que dejó una sola novela, El Parche antes de la herida, que altera la tranquilidad del Colegio Germano de Temuco, sus compañeros y el profesor de Educación Física. Un vecino que lidera salidas a correr que se vuelven masivas y le dan algo de paz y voluntad a habitantes que creen haberlo perdido todo (“Seguro conocen la historia de los tres chanchitos. El caso es que si ellos fueran de Puertas Rojas uno sería ladrón, otro estaría cesante y el más vivo, el de la casa blindada, tendría a una horda de niños vendiendo droga y se habría fumado al lobo hace rato. Nosotros vivimos en un mundo aparte. Somos una burbuja adentro de una pelota bien aporreada.”). Un vecino que hablaba poco y por el que un conserje nostálgico pone una denuncia por presunta desgracia (dice de Galgo: “Algo tenía su voz, una calma como de hamaca…). Un héroe que comanda una expedición de viaje al centro de la tierra y, en un error, le cambia el PH a la Tierra logrando que en ninguna parte se puedan cultivar manzanas excepto en Chile (un Chile bizarro con la capital en Isla de Pascua) y, en cuyo honor, se bautiza un brebaje llamado Galgo Sour (pisco sour más manzanas).

Y es que Galgo desaparece de la historia pero se queda viviendo en las palabras: en expresiones como “me mandé un Galgazo”, o “usted anda más perdido que Galgo”. Y es ese el trabajo de detective que propone esta novela: leer lo que no está en los textos que sí quedaron. Textos mínimos, como una carta a un periódico de pueblo, o la crítica de cine a la película sobre la vida de Galgo, o bien parte de algo mayor, como los testimonios reunidos en A la luz de una sombra: la vida oculta de Antonio Galgo que, se nos dice, se convirtió en todo un Best Seller. Cada texto es una entrada (o una salida) a la vida de Galgo, una ventana que no dice mucho pero que está tan genialmente escrita que al final no importa desentrañar ningún misterio. Es tanto el delirio y el deleite de leerlo que lo único que se quiere es seguir leyendo.

Si bien a otra escala, la novela de Vargas Gaete recuerda a Los Detectives Salvajes, de Bolaño, en su manera de armar a sus protagonistas (Arturo Belano y Ulises Lima) no por descripciones directas de sus actos, o una narración en primera persona, sino que hilvanando testimonios de otros. O, como esos cuadros de Dalí en los cuales ves un paisaje y de pronto, por un ajuste en la mirada, te das cuenta de que hay también allí un rostro. Los textos reunidos en El Increíble señor Galgo son ese paisaje que a veces deja ver un rostro. Un paisaje que, a medida que avanza la lectura, nos importa y deleita tanto como ese rostro. Y así, en su testimonio, Gina Mellado cuenta su teoría conspirativa sobre tantas manzanas en Chile: cree que, tragarse sus pepas, deja las personas con amnesia (“Ahora hay tartas, sopas, vitaminas, puré, cereales, jugos, mermeladas, galletas. Hacen cualquier menjunje con manzanas. Yo ni las pruebo. ¿Quién me asegura que las pepas no producen Alzheimer?) o, en un mensaje encontrado en una botella, en las costas de Nueva Zelanda, un joven escritor que conoció a Galgo (y lo despreció profundamente) cuenta de su naufragio y el destino brutal al que sometió a sus acompañantes de travesía. Leemos aquí: “No pido auxilio ni me interesa que me busquen. Tomen este mensaje como un libro de reclamos flotando en el océano, un grito destemplado, qué sé yo, al fin y al cabo cada uno interpreta lo que se le antoja”. Y también: “El tipejo se llamaba Antonio Galgo y resultó ser un idiota. Era alto y tenía rulos, como Rogelio. Era un vendedor de humo que solo quería publicar su novela, como Rogelio. Un consejo: desconfíen de gente así.”

De Galgo solo tenemos un extracto de su novela (las primeras dos páginas de la novela que tenemos en nuestras manos y son una verdadera maravilla), algunas entradas de sus diarios publicadas previa autorización de la Fundación Galgo y un cuento publicado en una antología cuando joven. En todos ellos se nos muestra a Galgo como un maestro del silencio (dice su novela: “SILENCIO: El silencio me sale innato. Podría competir por Chile. Lograría un puesto destacado.”), alguien para quien escribir es vital e incómodo a la vez. Un traje que le queda muy grande. O muy apretado (“Ya no leo, solo pellizco palabras por aquí y por allá. Llega un momento de la vida en que se debe decidir entre ser un gran lector o un escritor de medio pelo.”).

Leemos en otra de las entradas de su diario:

Ser escritor es flotar en el aire y tener la cara de palo y el corazón de azúcar. (…) Ser escritor es ser un salvavidas en una playa llena de borrachos, un zapatero, un carpintero, un artista marcial o un dentista del siglo diecinueve, pero siempre con mala paga. (…) Dejémonos de bromas: ser escritor es ser nada.”

El increíble señor Galgo es una novela delirante y que se lee a toda carrera. Y si bien el propio Galgo se queja de que “la imaginación es el refugio de los cobardes”, en esta novela la imaginación es un gozo. Tal vez – y aunque nos cueste la memoria – con un poco de sabor a manzana.

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