El otro tiempo

Estándar

la foto-61Las cosas se resquebrajan y se pierden en otro tiempo. No el de los relojes, ni el de las cuatro estaciones. El tiempo del desamor es un tiempo fantasma, que transcurre y se estanca a la vez, en el cual todas las cosas que no ocurrieron quedan pesando sobre las que sí. O esa es la sensación que queda sobrevolando luego de leer La Otra Ciudad, brevísima novela de Catalina Infante, en la cual, en dieciocho fragmentos, se configura (y vuelve a romperse) el siempre frágil rompecabezas que es una relación de pareja.

Son fragmentos que hablan de visitas a una casa compartida en la que van quedando cosas de las que es necesario deshacerse (“Revisé las cajas que tiraste. Están llenas de mis cosas y de todo lo que tenga que ver conmigo”). Y cada visita trae consigo recuerdos (“-Tú en el sofá cama que compré para invitados que nunca fueron”, “-Tú reprochándome que quieres ser padre para luego quedarte dormido durante mi respuesta, que es dulce pero tiene tanto de rabia.”) y sensaciones (“El barro en mis zapatos de ciudad. El frío de ese baño al salir de la ducha.”).

Ninguno de los personajes tiene nombre: ni la narradora, ni su pareja, ni el perro, ni las gallinas. Como si el dolor se hubiese llevado todos los nombres, o tal vez los volviera innecesarios. Y así dejar una historia se convierte en un volver a los sustantivos comunes: casa, perro, cama. Y, con ello, desarmarse.

Las palabras de Infante van decantando de a poco, en cada fragmento se esboza una nueva sombra del pasado. Algo que pasa y pesa. Más fantasmas.

En el fragmento XII, por ejemplo, tenemos lo siguiente:

En el escritorio del computador hay un texto que dice:’Duermes. Eres un cerro que surge de pronto de la planicie de esta cama. Quiero hablarte pero tú duermes, roncas, y justo quiero hablarte ahora. Cuando despiertes será demasiado tarde, querrás ver un poco las noticias, tomar desayuno e irte a trabajar. Y luego ya no nos veremos en todo el día y para entonces ya olvidaré eso tan importante que tengo que decirte, decirte ahora, algo urgente que necesito hablar y no puede esperar. Pero si despiertas qué hago, no puedo simplemente esperar que abras los ojos y decirte quiero irme, no se puede hacer eso, y además que tampoco es eso lo que quiero decir. Buenos días, cómo dormiste, quiero volver a la otra ciudad’.

No sabemos si él leyó ese texto alguna vez. Solo sabemos que existió y, la imagen de esta pareja – que no se habla, que se resiente, que tiene miedo, todo a la vez – en la cama mientras ese verdadero grito descansa en el computador, unos metros más allá, es brutalmente sobrecogedora (y, me parece, resume a la perfección la sutil complejidad con la que se va tejiendo esta historia).

Una historia común y única a la vez, como la edición de Imbunche, que a través de timbres y serigrafías, vuelve a La Otra Ciudad un objeto para atesorar (y leer mil veces).

La Otra Ciudad

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