Todo lo que nos salva

Estándar

portada-nunca-sabre-lo-que-entiendoMe confieso cleptómana en mis lecturas. Nada me hace más feliz, al leer, que llevarme una frase, un párrafo, de recuerdo. Soy de las que anotan citas en libretas, que tuitean las líneas de novelas y cuentos que no me atrevo – pero fantaseo, y mucho- con tatuarme. No todos los libros me permiten esta felicidad. Hay novelas preciosas, brillantes, que se construyen como una arquitectura precisa pero que no permite llevarse nada. Historias que funcionan, y funcionan demencialmente bien, pero que no tienen ni una sola frase que valga la pena subrayar. No es grave esto, por cierto. O no lo es para todos los lectores. Para lectoras cleptómanas como yo, sin embargo, que leen con los ojos y un lápiz siempre a mano, es una pena.

Nunca sabré lo que entiendo, la más reciente novela de la escritora peruana Katya Adaui, es de una generosidad infinita. La leo y releo con felicidad golosa, como si alguien me dejara en una librería y dijera: toma todo lo que quieras. Y así fue que me adentré en la historia de una mujer compleja, con una imaginación llena de recovecos y acantilados, que hace un viaje en tren que la aleja – y para siempre, o esa es su convicción – de la vida que ha llevado hasta el momento. La protagonista fue feliz, tuvo una relación plena con Tomás, hasta que llegó el plan de los hijos y luego la imposibilidad de este. Dos creadores que no pueden crear, así lo siente ella. Sus comentarios, al respecto son brutales: “Un hijo que se desea y que nunca nacerá también está muerto.” El fracaso a la vez le pesa y la impulsa. Comenta: “Busco un deseo. El deseo es movimiento puro.” Y como lectores la acompañamos, nos sentamos cerca y la vemos observar por la ventana, inventarse historias sobre su compañero de asiento, hablar con la madre cuya presencia la persigue (“No, madre, los viajes jamás enferman. Debilitan, como las guerras, como las mudanzas.”). Hay muchas preguntas – de la protagonista, de nosotros, como lectores – y muchas de ellas se quedan sin respuesta. El viaje es la pregunta. El viaje no es respuesta. Y tampoco hay posibilidad de volver atrás porque, como explica la narradora, “Hay lugares adonde no se puede volver ni siquiera volviendo” (mi frase amuleto, mi souvenir de cleptómana).

El viaje pone sus recuerdos en vaivén: pasamos de su infancia y la madre, la pena por la muerte de su padre en un accidente, a reflexiones sobre su abuela europea, obligada a cavar tumbas durante la Segunda Guerra Mundial. Los dolores de su familia se reflejan unos en otros, se entretejen y enredan, también. Tomás, en cambio, en los recuerdos de su mujer, figura como un arquitecto que puede también guardar su duelo en el espacio. Dice la protagonista: “Sin duda, los arquitectos más inspirados se construyen casas interiores donde hacerse fuertes. Tomás es fuerte. Esconden sus tristezas en los cuartos del depósito. Allí almacenan cajas y cintas de embalaje. Son previsores para los cambios; planifican una habitación sobrante para resguardarse a sí mismos.”

Nunca sabré lo que entiendo tiene 66 páginas pero en ellas se esconde el mundo. Un mundo que en medio de dolores y culpas deja entrever chispazos de una belleza que encandila y que propone, como Scherezade, el ejercicio de contar historias como única forma de salvarnos. O, en palabras de la propia novela: “Somos animales narrativos. Cada vez que no podemos contar algo, inventamos una historia.”

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