La geografía de la lengua y los multisabores del duelo

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umamiUmami es la primera novela de la escritora mexicana Laia Jufresa y es también el quinto sabor, un sabor difícil de clasificar, a veces dulce, a veces salado (dice uno de los personajes: “Umami es el quinto sabor que perciben nuestras papilas gustativas; hay dulce, salado, amargo, ácido, ésos son los cuatro que todos conocemos, y luego está el umami, es más o menos reciente que los occidentales lo conozcamos, cosa de un siglo, es una palabra japonesa, significa delicioso”.).Y es ciertamente el sentido del gusto el que más abunda en esta historia, no solo porque uno de los personajes, Alfonso, se dedica a estudiar los sabores en la cocina hispanoamericana sino que todo en esta novela se degusta, se paladea, se devora (un ejemplo: “Alrededor de la alberca hay racimos de niñas platicando, como uvas que hablan”.).Las palabras adquieren nuevas consistencias, como cuando Marina, una artista joven que llega a una de las casas de la comunidad, comienza a inventar colores que funden sensaciones: colores como el néctrico (el negro eléctrico de las ciudades), el griste (gris triste), el blansible (el blanco de lo posible), el resentirrojo o el rostra ( que “es el rosa clarito que queda abajo de una costra que te arrancas”). Todo reunido en una comunidad de casas diseñada por Alfonso y que sigue el esquema de la lengua y los lugares en los que se perciben los distintos sabores: y así tenemos Casa Dulce, Casa Amargo, Casa Salado, etc.

Son todas historias marcadas por un duelo y ausencia que se explora de una forma viva. La muerte de la mujer de Alfonso, el accidente de Luz (hermana de Ana, también bautizada “Agatha Christie” por Alfonso, hija de una familia de gringos músicos), la desaparición de la madre de Pina, la ausencia explota e impregna, se esparce, por todas las reflexiones. Una pena que se siente con el cuerpo entero, que queda molestando en los dedos, duele en la cabeza, se enmaraña en los insomnios, inunda todas las experiencias cotidianas. O, como explica una de las narradoras: “Desde que Luz se ahogó, hay algo siempre ahogándose en la casa”.

Frente a esto la alternativa es no quedarse quietos: los personajes de Umami buscan proyectos, Ana, la niña que pierde a su hermana, se obsesiona con cultivar una milpa, a pesar de los suelos contaminados del DF, Marina se obsesiona con aprender inglés “para entender las canciones que ya canta” y Alfonso, viudo de Noelia Vargas Vargas, cuida de dos muñecas como hijas, a pesar de lo que nadie pueda opinar. La vida sigue, y es terrible que siga, y es importante que siga. Todo al mismo tiempo.

Mención aparte merecen las reflexiones de algunos personajes sobre la traducción y el inglés que son una verdadera belleza: “Traducir simplifica, esquematiza: algo que parecía complejo baja a ser, simplemente, un dibujito. Esta ley de gravedad de lo bilingüe le confirma a Marina su sospecha de siempre: los gringos son como un dibujo en plumón”. Y también: “Papá entiende inglés pero lo pronuncia fatal. Según él, por principio hay que desconfiar de un idioma en el que libre se dice igual que gratis”. El inglés abunda como una presencia incómoda frente a lo mexicano, no realmente nociva, jamás verdaderamente feliz. México queda a ratos retratado como un país donde abunda la gente “que ve la tele gringa cuando regresa de trabajar para sacarse a México de encima, como en una versión siglo xxi del manual de Carreño: “Apéese de su México antes de pasar al comedor”.

La lengua pronuncia, degusta, canta y traduce en esta novela.

Leerla es una delicia.

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