La vida privada de las formas

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FacsímilHace un tiempo leí un libro de antropología de Hirokazu Miyazaki, Arbitraging Japan, en el cual se estudiaba la vida y los sueños de un grupo de altos ejecutivos japoneses. El estudio era interesante, se detenía, por ejemplo, en las bibliotecas de estos personajes (qué tipos de libros compraban/leían y porqué, tratando de improvisar una suerte de “biobibliografía”) pero el momento más impresionante era cuando se contaban los efectos de la crisis financiera del 2008 en sus vidas. Además de lo tal vez esperable (caída en las drogas y el alcohol, incluso la adhesión a una secta y la obsesión por las abducciones y los ovnis), uno de los ejecutivos se dedicaba a repensar y reflexionar sobre su vida usando planillas excel, presentaciones powerpoint y elaborando planes de negocio. No un diario de vida, no emails o cartas catárticas: planes de negocio. Era la única forma en que sabía poner las cosas por escrito, los únicos formatos con los que se sentía cómodo.

Fácsimil (Hueders, 2014) de Alejandro Zambra, también se encarga de estirar las formas, de llenarlas con contenidos insospechados. Haciendo uso del formato clásico de la Prueba de Aptitud Académica chilena (la parte verbal), va reflexionando acerca de la educación en Chile, los tiempos de la dictadura, la relación padre-hijo y los límites del lenguaje, y, al hacerlo, muestra la vida privada de un formato, las maneras en que una forma puede deformar la realidad e, incluso, mentir. Porque hay mucho de tristeza y resignación en esa falta de alternativas de una prueba de alternativas. Hay una violencia sutil y extraña en determinar un término excluido o eliminar una oración por “innecesaria” (determinar qué pertenece y qué no, a quién cerrarle la puerta, a quién borrar). La forma de preguntar anticipa respuestas que le quitan al lenguaje toda su belleza y lo convierten en una máquina de una eficacia gris. De un lenguaje que no dice nada. Entonces Zambra, en Facsímil, le devuelve la curiosidad al formato, la posibilidad de juego, de belleza y también de dolor. Y, por primera vez, el formato está vivo (it’s alive, it’s alive!).

En uno de los poemas de Kingdom Animalia, Aracelis Girmay escribe “I want to know what to do/ with the dead things we carry.” Ella se refiere a células muertas, a pelos y a historias acabadas, pero la reflexión resuena como un encantamiento mientras releo Facsímil. Porque arrastramos formas y formatos que no funcionan, que no explican nada, que no demuestran ninguna “aptitud”. Que vienen cargados de historias de muerte y que diseccionan todo con un ojo clínico que sabe excluir y seleccionar pero que jamás sabe leer. O, como comenta un profesor en uno de los textos de “Comprensión de lectura”: “a ustedes no los educaron, los entrenaron.”

termino excluidoFacsímil es un curioso artefacto, una forma desbordada, a ratos más cerca de la poesía, a ratos deleitándose en el fragmento o la narrativa breve. Un artefacto que juega con, y reflexiona sobre, el tiempo: el tiempo y la eficacia que toma contestar una prueba como ésta (siempre, y otra vez con un guiño a la violencia, “contra” el tiempo), el tiempo que se demora en salir una ley en Chile (“…Chile es una inmensa sala de espera y vamos a morir esperando el número”), los recovecos del éxito o el fracaso de dos hermanos, o bien la posibilidad de inventar un control remoto para que un hijo pueda, tal vez, perdonar a su padre al acelerar o, al menos, enmudecer, muchos de los sinsabores de su relación.

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