El universo en una esquina

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bronerDani Shapiro, en Still Writing -una de esas guías para escritores en las que una cae a veces – cuenta que, para empezar a escribir algo, es importante comenzar por una esquina, un rincón. Como en los puzzles. Encontrar esas piezas de bordes estrictos y desde allí adentrarse en el mundo del puzzle: con sus lagos y sus reflejos, sus edificios y sombras. Los cuentos de Abundancia de Cielo, de la escritora argentino-venezolana Martina Broner hacen algo parecido y distinto a la vez: si bien ofrecen un rinconcito de vida, una mirada de esquina, en ella se concentra todo el universo.

Se trata de trece cuentos, la mayoría muy breves, en los que cada palabra queda latiendo. En uno, “En el banquito del Jardín Botánico”, el narrador -un joven con un padre enfermo y que tiene como un bolsillito de felicidad el encuentro con una chica en un vagón de metro – comenta sobre su madre: “Pero a mamá siempre le confortaron los excesos, por eso en casa había dos de todo, para que nunca faltara nada: dos frascos de Mendicrim, dos paquetes de yerba, dos sifones en la mesa, dos hijos infelices.”(13) [No sé ustedes, pero yo leo una frase como esa y le pongo una nota mental de Do Not Disturb a la puerta de mi día y ahí me quedo leyendo hasta que termino].

Son cuentos de momentos, de instantes. En “Cuidados Personales” presenciamos la cotidianeidad de Belén, que trabaja depilando a mujeres. En “Abundancia de Cielo”, Carla y Felipe vuelven encontrarse, sin saber muy bien porqué, después de dos años sin verse. La reflexión es triste: “La distancia es una cosa curiosa. Felipe pensaba eso mientras manejaba hacia el pueblo de Carla. La distancia permite que las cosas terminen sin un final.” Y los personajes de Broner se mueven, a veces con facilidad, a veces con torpeza, por esos espacios sin final: atrapados en relaciones incómodas o con una confesión importante en la punta de la lengua, aterrados y fascinados a la vez por la posibilidad de la muerte, aprovechando de construir mundos y mentiras con la ayuda de la tecnología (en “Milú en la nieve”, el personaje principal deambula por distintos lugares de Nueva York sin estar (ni sentirse) nunca en casa, llamando a sus padres por Skype, preocupándose eso sí de recrear siempre el mismo escenario de fondo: “Cuesta mentirles. Pero peor sería que se preocuparan. Prefiero que piensen que sigo en Jersey, que sigo estudiando inglés.”).

Martina Broner conjura mundos con destreza. Su abundancia de cielo es también la abundancia del silencio de todo lo que no se dice, de la desesperación que puede esconderse en la conversación tensa dentro de un auto, o en las caminatas nocturnas por una ciudad que se odia con el alma.

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