Cuentos para habitar

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la olaUno se va a vivir, por temporadas más o menos largas, a los libros que lee. Uno se acurruca en frases, se arropa con descripciones, se sienta a tomar una taza de té a la sombra de algún diálogo. En un libro de cuentos, por muy maravilloso que sea, siempre tenemos – o yo, al menos tengo- una actitud de Ricitos de Oro, buscando la cama apropiada que nos abrigue perfectamente, la silla que nos contenga, la sopa que nos reconforte (o tal vez nos despierte, quemándonos la lengua).

(Un buen libro de cuentos nos invita a habitarlo).

En La Ola, nueva colección de cuentos de la escritora boliviana Liliana Colanzi, esto me pasó con “El Ojo”, “La Ola” y “Vacaciones Permanentes”: cuentos para quedarse a vivir, para explorar con asombro o franco terror, relatos para deslumbrarse. En el primero, una chica “que no sabe desobedecer” sufre las continuas invasiones de su madre en su mundo privado (“Quería graduarse con honores para después postular a un doctorado en el extranjero y así alejarse para siempre de la estricta vigilancia de su madre, de su Ojo que lo abarcaba todo.” (41)). En “La Ola” el pueblo de Ithaca, en Estados Unidos, es visto por la protagonista como siendo devorado por una ola que tiene a los estudiantes saltando de los puentes o abrazándose a los frascos de pastillas, mientras ella lidia con sus propios demonios. Comenta la narradora: “La Ola llegaba siempre de la misma manera: sin anunciarse. Las parejas se peleaban, los psicópatas esperaban en los callejones, los estudiantes más jovenes se dejaban arrastrar por las voces que les susurraban espirales en los oídos. ¿Qué les dirían? No estarás nunca a la altura de este lugar. Serás la vergüenza de tu familia. Ese tipo de cosas. La ciudad estaba poseída por una vibración extraña.” (105). “La Ola” es una maravilla de cajas chinas o muñecas rusas, una historia que guarda muchas historias, de aparecidos, de venganzas, de infancia.

En “Vacaciones Permanentes” una joven se va con su mejor amigo de vacaciones a su propia ciudad. Se registran en un hotel y pasan así un par de días (“Se acostaban en la misma cama, de espaldas y un poco avergonzados, como un matrimonio viejo.” (50)).Pero Analía tiene un secreto y estará en él tratar de encontrar una solución.

El resto de los cuentos también brilla en medio de estas tres geniales estaciones de lectura. “Alfredito” cuenta la historia de la muerte de un amigo de la narradora, un niño que se aparece a una de sus compañeras asegurando que va a volver y generando expectativa entre sus amigos: “La muerte de Alfredito nos daba un aire de suspenso y algo parecido al entusiasmo, como si esperáramos la sorpresa en una fiesta de cumpleaños. Había algo chocante y raro en estar reunidos un día de semana a esa hora, vestidos como para una fiesta, rodeados de adultos y crucifijos, y por causa de Alfredito.”(17)

En “Retrato de Familia”, un fotógrafo intenta sacar una foto familiar antes de que muera la matriarca, mientras, como lectores, nos vemos enfrentados a un entrecruzamiento de voces que hablan de la maldad de esta madre (que amarraba las manos de su hijo para que no se tocara por las noches) y un nieto cargado de resentimiento. En “Meteorito” nuevamente un personaje enfermo trae consigo profecías de regreso y fin de mundo, mientras el protagonista trata de pasar sus noches de insomnio distrayéndose en maniobras de limpieza. “Eso sí, su mujer no sabía de sus vagabundeos nocturnos, de las noches en que la energía mala era tan intensa que empezaba a barrer el piso o se tiraba a hacer lagartijas en el suelo hasta que el alba lo encontraba con el corazón enloquecido.” (72)

En “Banbury Road” volvemos al personaje de Analía, quien ahora trabaja en un restaurante y se siente incómoda en su vida, como vistiendo una talla menos de la que le corresponde (“No se puede dejar todo de un día para otro, contesta bruscamente, y su propia vehemencia la toma por sorpresa. ¿Qué es todo?, dice el rubio, pero ella no lo entiende. ¿Qué es todo lo que tienes que dejar?, repite. Ella se sonroja y no sabe qué decir.” (90)). Junto a ella está su novio Paul, quien no se atreve a hacer preguntas porque “tiene miedo de escarbar, de enterarse de detalles que podrían hacer trizas la imagen de esa Analía, su Analía, la única que conoce y quiere conocer.” (96)

El talento (inmenso) de Colanzi está en ese ojo que, a diferencia del que da nombre a uno de sus relatos, observa la vida con inteligencia y gentileza a la vez, no dejándose engañar por apariencias sino que desnudando a sus personajes de a poco, con curiosidad y confianza, mostrando a ratos sus luces, a ratos sus sombras y miedos. Se trata de personajes complejos, de historias que exploran el lugar de lo siniestro en lo cotidiano y los chispazos de belleza presentes en la rebeldía y la locura, o bien personajes enfermos y otros que se sienten “fallados” o como poseídos por una energía mala (dice la protagonista de “La Ola”: “Sin embargo, algo malo debió habérseme metido esa noche, porque desde entonces comencé a sentir que mi cuerpo no estaba bien plantado sobre la tierra.” (114)). Padres y madres que o bien están ausentes y no preguntan nada o se convierten en un Ojo tóxico que todo lo ve e invade. Un ojo que examina dinámicas familiares venenosas, que entiende el poder de las expectativas y del pasado en personajes que van a los tumbos pero que se caen para levantarse una y otra vez. Con las rodillas más o menos ensangrentadas.

Una ola avasalladora.

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