Decisiones tomadas en un zoológico

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Captura de pantalla 2014-07-28 a la(s) 20.49.28Una mujer se sienta en la banca de un zoológico para tomar decisiones. Es lo que siempre hace: correr a refugiarse entre las jaulas de los animales como una forma de combatir lo que ella llama su “resaca existencial” (“….siempre vengo acá cuando veo que todo se desencaja y que no hay quien lo entienda”.). En esta oportunidad, la decisión involucra dejar su ciudad, Buenos Aires, para irse con su pareja a Entre Ríos. Por un lado, dejar la ciudad la complica, por otro, ya casi no puede dormir por las noches pues una pareja de vecinos se dedica a tener sexo todos los días, puntualmente, a las tres de la mañana. La ida al zoológico se convierte entonces no solo en una oportunidad para pensar sino también para dormir. En realidad, para la narradora, todo últimamente se ha vuelto una oportunidad para dormir. Y así comienza esta novela: “Últimamente duermo cuando y donde puedo: veinticinco minutos en un viaje en subte, hora y cuarto en un colectivo; cuarenta minutos en la mesa esquinera de un bar…”

Desubicados, novela de la argentina María Sonia Cristoff recientemente publicada por la editorial Laurel explora esa sensación de estar incómodo en el propio lugar (sea la casa, la ciudad, o la propia vida), de sentirse en el lugar equivocado o, al menos, cuestionárselo, con la brújula que apunta a todas partes o ninguna. O que, en el caso de la protagonista, al menos, cada cierto tiempo, apunta hacia el zoológico. Desubicados también como un insulto, alguien que desborda su lugar, que se sale de sus casillas, que no sabe estar/mantenerse en su lugar (como los vecinos que, con su intimidad tan puntual están al borde de enloquecer a la narradora) o como los mismos animales del zoológico, tan fuera de lugar, fuera de hábitat, en sus jaulas en medio de la ciudad.

La novela es breve y avanza con ritmo apacible. Si bien las reflexiones de la narradora son intensas, profundas y se van degustando de a poco, no faltan en ellas también los chispazos de violencia, como esos tigres o leones que un día, de improviso, reciben la mano de sus guardianes con un mordisco. El mundo de los animales (como la historia de la protagonista) no es un mundo para la contemplación tranquila (por mucho que la novela evoque esa imagen con la narradora muy sentadita en su banca), es un mundo que duele, en el que la erudición literaria (con referencias a Coetzee, Kafka, Highsmith y  algunos relatos de otros escritores sobre animales) da paso a las reflexiones punzantes o imágenes francamente brutales (¿bestiales?) de ciervos con los cráneos destrozados de tanto azotarse de desesperación producto del ruido de la vida de ciudad al que no están acostumbrados.

El mundo animal (y las instituciones que los contienen y estudian)sirve también como fuente de imágenes para las reflexiones de la narradora. Así describe el momento en que ella, su pareja, y un ingeniero (al que le piden soluciones para disminuir el ruido) esperan que comiencen los gemidos de las tres de la mañana: “De pronto nos vi a los tres ahí, como esos fotógrafos subvencionados por la National Geographic que tienen que pasarse días y días detrás de un árbol esperando el momento exacto en que el cocodrilo abre la boca para comerse al antílope que justo fue a tomar agua.”

Mientras baraja sus opciones y piensa en la decisión por tomar, la narradora se pasea por teorías del calentamiento global e inundaciones; el desajuste que hay entre los animales retratados en los dibujos animados y su referente real (ella queda traumatizada por lo poco que se parecen los demonios de Tasmania al Taz de los dibujos), la falta de autenticidad de la experiencia turística (en la que ya es imposible conectarse con los lugares: otra dislocación/desubicación) y la relación que otras personas mantienen con los animales. En un momento, repite las palabras de un cuidador acerca de las jirafas:

“Ellas lo miran a uno desde debajo de esas pestañas y esa mirada, me dice sin exagerar, le alcanza a uno para soportar después tanta canallada que anda suelta por el mundo. Basta acurrucarse bajo esas pestañas para verlo todo menos áspero.”

Desubicados es una novela breve, de reflexiones y lenguaje preciso que se degusta en cada capítulo, que no apunta a grandes revelaciones sino que explora y contempla lo cotidiano con paciencia, aunque siempre esperando capturar ese mordisco, ese zarpazo, que nos despierte.

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