Canciones para escuchar mientras todo se consume

Estándar

fotos-tuyas-cuando-empiezas-a-envejecer1En un momento de “Los adioses” el narrador, desde una nota al pie que desarma o desnuda el relato central, se pregunta qué canciones elegiría su amante escuchar en el momento en que todo se consume. Son notas al pie corrosivas, que van mordiendo la historia, poniendo de manifiesto el dolor brutal – mezclado con euforia, con desencanto, con incerteza – de una pareja. Notas al pie como el “corazón delator” de Poe, que hacen vibrar cada una de las palabras, que nos inquietan, que nos desarman.

Los cinco cuentos que componen el genial volumen Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer – y qué grandioso título, por Dios – no se olvidan fácilmente. Se quedan ahí sobrevolando, acompañando, doliendo. Como esas canciones que se escuchan una vez y ya no se olvidan más. Esas canciones a las que volvemos siempre para que nos ordenen el mundo (o bien lo rompan de una buena vez y de un mazazo).

Son cinco relatos que se degustan lento, que resuenan unos con otros, que están narrados con una precisión para aplaudirla de pie, que toman recursos del cine, el video o las fotografías para contar las soledades de sus personajes que, tal vez, si por un momento, pudieran verse desde afuera, tal vez harían las cosas de otra manera.

Así, por ejemplo, en “Primeras canciones” (una belleza de historia, de esas que habría que poner en exhibición en un improbable Museo del Cuento), dos chicos, Claudia y Saúl, son presentados al lector como desde el ojo de una cámara. Dice: “Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño.” La cámara de seguridad, con su punto fijo, con su mirada desde las alturas, vaticina dolores, pero también permite observar el paso del tiempo y jugar con sus texturas:“Adelanta las partes devastadoras porque esta clase de videos sirve para demostrar que las vidas se hacen pedazos a diferentes velocidades. Que las personas que amamos dejan de ser jóvenes. Se quedan calladas en el teléfono y besan a otros y les cortan el pelo y les dicen que son felices en momentos de euforia, mientras bailan en una discoteca, mientras caminan de vuelta a casa.” El narrador se pasea por las vidas de los personajes como una cinta que puede adelantarse, retrocederse o fijarse a destajo, mientras los protagonistas de la misma sólo pueden dejarse llevar por un tiempo que no conocen, por el que se deslizan como perdidos. Saúl escribe canciones y, para él, “La canción trata de vidas que transcurren en lugares de paso, vidas compartidas con personas a las que no se quiere de veras.”

Y es cosa de cambiar la palabra canción por “estos cuentos” y tenemos una descripción perfecta de este libro que habla de esos espacios transitorios, de esas relaciones que no llevan a ninguna parte, de todos esos errores que se ven tan claro a solo unos pasos de distancia.

En “Suerte” somos testigos de otra relación que se difumina, se evapora. Nada terrible, ningún fin de mundo, solo el tránsito, el cambio hacia otra cosa. Dolores intensos que luego ya no duelen más. En “Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer” se nos cuenta la historia de Ingrid, una chica a la que le cuesta lidiar con la enfermedad y muerte de su padre y que decide cambiar de nombre y, con ello, de pasado, de historia, para tratar de salir adelante. La historia la cuenta un amigo de la muchacha, alguien que logra ver detrás de esa máscara y detrás de todas esas sonrisas falsas con la que ella aparece en cada una de sus fotografías.

En “Los adioses”, un hombre escribe un cuento basado en su tortuosa relación con una mujer casada (“Raquel es una infancia que dura segundos, que se hace pedazos de a poco. Un montón de hermosas imágenes que se derriten. Películas en mi cabeza a las que alguien prende fuego.”) a la vez que complica nuestra lectura de él por medio de dolorosas notas a pie de página ( “La ficción como una casa poco sólida, una casa que cualquier viento puede derrumbar.”).

Por último, en “Las Horas”, Raquel, la mujer protagonista del cuento anterior, cuenta la historia de un día de celebración. Lo cuenta desde la estabilidad de un matrimonio con alguien que no la conoce, con un hijo en camino y una hija que cada vez más va construyendo su mundo propio lejos de ella. Todo con el “soundtrack” de Las Horas como la novela que lee Raquel y que hace contrapunto, tensiona, el relato. El libro queda sobre una silla de playa pero, al igual que las notas al pie antes mencionadas, su sola presencia sirve para hacer temblar el cuento, para sentir ese corazón palpitando en los oídos.

Los cuentos de Maximiliano Barrientos son canciones inquietantes de las que no se sale indemne. Canciones para cambiar la temperatura de los días o para arropar una mala noche. Canciones que no se pueden dejar de escuchar (o que, citando uno de los cuentos del volumen: “Entran y salen de la vida de otras personas a distintas velocidades produciendo todo tipo de heridas, pero ahora están donde deberían estar.”).

Anuncios

Un comentario »

  1. Pingback: Canciones para escuchar mientras todo se consume

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s