La infancia atravesada

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La edad del perro.jpg“Estoy sobre el techo de mi casa, en cuclillas, trabajando junto a mi abuelo, que martilla arrodillado. Es un lugar oscuro y transparente, cubierto por nubes rojas y negras. Aparte de eso, no pasa nada. Las historias suelen ocurrir en las casas, no sobre ellas.” Así comienza La edad del perro, primera novela del poeta chileno Leonardo Sanhueza: con un niño junto a su abuelo, en un techo, tratando de repararlo para así no quedar tan expuestos. Y sin embargo esta novela es todo menos protección y resguardo: la infancia del protagonista (que escribe desde el futuro refugiándose en una perspectiva de niño, diciendo: “[s]ólo sé que ese niño soy yo y que me necesita para recordarme”) es una infancia vivida a la intemperie, a merced de los elementos y la historia con mayúsculas, una infancia donde el techo y las paredes de la casa no parecen nunca cerrarse del todo, dejando pasar la lluvia, las ratas, los ladrones (“Todas las casas a punto de colapsar, sus fundaciones roídas, sus paredes, sus techos, todo convertido en cartón, en papel comido.”). Recuerdos vulnerables de un tiempo vulnerable en que lo único que piensa el narrador es en el fin del mundo, el año dos mil, en que todo será arrasado por una lluvia de estrellas.

Y reparar el techo es intentar lo imposible, intentar proteger lo improtegible, cuidar los recuerdos de un pasado triste y contradictorio: con un padre que no está presente, un abuelo, carabinero en retiro, que cumple el rol de padre (y que a ratos parece un “vikingo invulnerable” y, en otros, alguien a punto de quebrarse) una abuela obsesionada por el Apocalipsis y que teje y teje como forma de poner el mundo en orden, una madre que trabaja en lo que se puede.

Si bien nos movemos entre el pasado, el presente y el futuro del narrador, la sensación es de un presente continuo y frágil en los años 80, una cotidianeidad amenazada en la que reinan las versiones encontradas y los silencios. Así, comenta el narrador:“Dice mi mamá que uno nunca sabe bien cómo son las cosas. Lo único seguro es que estamos en pleno invierno.”

Y, sobre ese presente, o bien, atravesando ese presente, está el fantasma del padre, alguien en una posición incómoda, o, como cuenta el narrador:“Pero mi recuerdo no está ahí, sino en una foto mental, una sola: la imagen congelada de mi papá asomado en la puerta sin que se sepa si está entrando o saliendo, si saluda o se despide para siempre.”. El niño, de nueve años, la edad del perro que da el título al libro, guarda como máximo tesoro una maleta llena de libros que el padre extrajera del allanamiento de la editorial Quimantú, libros misteriosos para un episodio misterioso en el que no se sabe qué participación tuvo el padre (más silencios, más versiones encontradas)(“También me recordaron a esos libros que, en las películas de detectives o de misterio, sirven para guardar pistolas o pócimas letales; libros que no son libros, sino cajas para esconder el último recurso.”).

La historia va avanzando despacio como el relato de una cotidianeidad observada, en Temuco, como la historia de un niño que pareciera no crecer sino ir perdiéndose cada vez más en su interior, en sus reflexiones, como si la imaginación fuera el único territorio posible de proteger y el verdadero fin de mundo no fuera más que esa imposibilidad de acabarse, esa urgencia de seguir avanzando, a pesar de todo. Aún a pesar de todo.

Una belleza de novela.

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