El inventario de una espera

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cuadernoHace poco leí en El Mercurio una reseña de Fernando Iwasaki a Cuaderno Ideal de Brenda Lozano. En ella, se refería a la novela como una especialmente diseñada para los amantes de los lápices, los cuadernos, la papelería. No necesité más elogio – aunque en la crítica de Iwasaki quedan dudas de si el comentario iba con aplausos o ceño fruncido – y corrí a por ella. Y, la verdad, Cuaderno Ideal es tanto pero tantísimo más. Si bien está el elogio a los cuadernos y demases – que se agradece, que es una mirada fresca, una deliciosa atención al detalle – la escritura de Lozano, la historia de la espera, es una que se engolosina y refugia en los cambios de escala y en la materialidad de las palabras.

La protagonista espera a Jonás que debe volver desde el fondo de su particular ballena (la tristeza por la muerte de su madre, en busca de cuyo recuerdo viaja a España) y su cuaderno se convierte en la más perfecta sala de espera. Desde allí, entrelaza reflexiones sobre la literatura, con episodios cotidianos extraños, como el encuentro con enanos, o el ser despertada de un accidente mortal con una canción de Shakira.

Durante la espera, la narradora salta de un pensamiento a otro, a veces sin mucha conexión. Una escritura a chispazos que, la mayoría de las veces, brillan incandescentes: “Leí las intersecciones de las calles como si fueran galletas chinas”, o, dos de mis favoritos: “Cuando niña pensaba que el sacapuntas eléctrico era lo que me separaba de la vida adulta. Entre el sacapuntas de plástico azul y el sacapuntas eléctrico —en la oficina de mi padre o en el escritorio de la maestra— estaba la distancia entre la infancia y la vida adulta”; y “…la gente que no lee cree que leer es un descanso.”

Hay frases que se repiten y que, a cada vuelta, van adquiriendo nuevas profundidades: “No busco respuestas, me gustan más las preguntas.” o “Es más importante desconocerse que conocerse.” La comparación con Penélope es evidente (la narradora comenta cómo el mundo se divide entre quienes prefieren la Odisea y quiénes la Iliada), pero, en el caso de Lozano, más que lo que se teje, pareciera importar lo que se desteje y deshace: las certezas, la escritura que se desmigaja en fragmentos, los recuerdos que se concentran cada vez en lo más pequeño pues, como dice la narradora: “Algo mínimo puede cambiar el rumbo de cualquier historia.” y “Todas las historias son mar profundo y charco a la vez”, todo con el soundtrack de “Wild is the wind” como atmósfera a ratos frágil, a ratos pantanosa.

Cuaderno Ideal reflexiona sobre la espera como un cambio de escala, un proceso en el que los objetos más diminutos (un lápiz, un cuaderno) adquieren proporciones y sombras insospechadas; en que mirarse de afuera se vuelve todo un viaje (“La tercera persona a veces es un lugar al que hay que viajar.”) y un “modo de verbalizar la cicatriz”. Una mirada que sorprende y conmueve; que no apuesta a grandes revelaciones sino al continuo arme y desarme de la belleza que se esconde en lo cotidiano.

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