El único final feliz para una historia de amor es un accidente

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el unico finalCuando uno se encuentra con un título tan genial como éste, no puede ni intentar buscar uno nuevo para titular la reseña. Sobre todo, cuando también la novela es absoluta y deliciosamente delirante. De esas novelas que te dan ganas de ir en peregrinación a la casa del autor para darle las gracias. Un delirio perfecto. Una novela caleidoscopio donde cada cosa cambia con solo un movimiento. Elementos que se repiten y transforman en cada variación. Gloriosa.

El título viene del comentario de uno de los personajes: ” el único final feliz para una historia de amor es un accidente”. Para luego agregar: sin sobrevivientes.

(Aplausos para J.P.Cuenca)

La historia trata de la vigilancia pero, sobre todo, las formas de mirar y de mirarse. De qué manera al mirar hacemos ficción, querámoslo o no. El ojo no solo decodifica algo que está allá afuera; el ojo modifica, el ojo cuenta historias. Shunsuke, luego de terminar con su novia Misako, se enamora/fascina/obsesiona con una camarera extranjera: Iulana Romiszowska (obsesionada a su vez porque alguien pueda pronunciar bien su nombre y de quien se dice: “Siguiendo las líneas de su cuerpo, hay un contorno plateado, como si la mujer que va a suceder a Misako estuviese despegada del mundo.”). Este romance será vigilado y grabado por el periscopio de un curioso submarino, comandado por el padre de Shunsuke, Atsuo Okuda, quien ya ha grabado cada uno de los gestos y experiencias de su hijo en el pasado. Okuda, como personaje, es también un mundo, una galaxia: muerta su esposa, construye a Yoshiko, una muñeca perfecta y de tamaño real para que la remplace (guardando sus cenizas en ella) y corte con rigor experto los peces globo (o fugu, pez brutalmente venenoso) que a él le gusta comer (dice Shunsuke sobre su padre: “A él le gustaba el fugu porque es el único pez que cierra los ojos cuando es cortado vivo.”). Okuda es también un poeta galardonado que decide retirarse del mundo y dedicarse a mirar a todos (mientras su muñeca Yoshiko lo mira a él, mientras su hijo tantas veces desvía la mirada). Todo esto rodeado por una Tokio irreal (“El infierno de Tokio llega a todas partes”; y también: “la ciudad asimétrica que carga en sí misma todas las otras ciudades y ninguna de ellas.”)), de luces e invisibilidades, donde el tiempo parece repetirse una y otra vez, y donde incluso los lugares se vuelven una ficción más: un local que imita un Dunkin Donuts, trenes de metro que invocan el desastre.

Dice Shumsuke: “Eso es lo que aprendí durante toda la vida con mi padre, el señor Atsuo Okuda: a mirar. Mirar y ser invisible.” Para eso, se inventa identidades (un nombre y una vida nueva para cada mujer con la que está) y desconfía de todo. “Para mí, una foto familiar es una aberración. No tengo fotos de nadie en mi casa. Nunca guardé fotos de ningún ser humano.” Y, si bien puede parecer fría a ratos, la historia parece propulsada por un deseo incandescente que consume a los personajes a pesar de sus exteriores engañosamente apáticos. En un momento, Iulana comenta (o el narrador comenta sobre ella):” Hay una gran diferencia entre desear algo y poder desear algo.” Los personajes de El único final están como incendiados o, más precisamente, pasan de un estado de congelamiento casi criogénico al incendio, la catástrofe y la destrucción (“Lo que ella cree sentir por la bailarina Kazumi está a medio camino entre la admiración de una niña por su hermana mayor y un deseo de posesión total.”)

En medio de tanto delirio, uno de los mejores momentos, es el de la descripción de los fugu o peces globos, su manera distanciada de procesar la vida y su capacidad inocente de matar al menos treinta personas cada uno con su veneno (“En los intervalos de su intermitente existencia, que se repiten cientos de miles de veces por día, el fugu no es ninguna cosa. Ni siquiera es instinto. Él no busca nada – él no tendría, al menos, nada que confesar-. Es cuando más envidio al fugu”).  Y la relación entre Shunsuke y Iulana es diseccionada con la misma pericia con la que se buscan y reconocen los venenos del fugu: “La pareja gana intimidad. Pasamos a tratarnos, en días pares, como si fuésemos nuestros padres: yo el de ella, el diplomático melómano; y ella mi madre, tímida y muerta.” Es tal la obsesión de él con ella que usa guantes plásticos para que no se vaya el aroma de Iulana de sus dedos (“Protejo mis manos porque entre la carne de mis dedos y mis uñas hay una batalla silenciosa entre las partículas de Iulana Romiszowska y las del planeta Tierra”).

El único final feliz para una historia de amor es un accidente (y sin sobrevivientes) es un delirio que lleva las posibilidades de la ficción al límite. Una novela sobre observar que se observa a sí misma, que se explora, a ratos desactivando bombas, a ratos dejando una que otra olvidada por ahí para que exploten en el medio de la lectura. En tan solo 149 páginas conjura galaxias y constelaciones, un universo urbano lleno de luces y cuchillos.

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