El mes más cruel

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Ando con ElioImagent revoloteándome la cabeza. Se me aparecieron sus imágenes de la Tierra Baldía mientras leía a Pron la semana pasada
y ahora recuerdo aquello del mes más cruel (que para él era Abril, el tiempo de las primaveras que no llegan) mientras me pierdo en el mundo de Romina Paula en Agosto. Me pierdo y me muero un poco en él, la verdad. Agosto es de esas novelas en las que sientes que alguien te saca el corazón (y de una manera bien gore, de videojuegos casi), lo pone sobre una mesa y lo va rompiendo de a pedacitos. Y no es tanto por la historia (
de por sí triste: una chica va al sur de Argentina a esparcir las cenizas de una amiga muerta junto a su familia, en el viaje se encuentra con el ex novio que ahora está casado y tiene hijos) sino por la forma de contarla: con una honestidad brutal, con descripciones/confesiones que bordean el desasosiego y una como resignación cansada y venenosa.

“Ramiro dice que cada vez que hay algún problema, por más pequeño que sea, en lugar de pensar como resolverlo, me quiero ir”, dice la narradora casi al comienzo. El viaje al sur le permite evadir los conflictos con Manuel, su pareja, pero la pone de frente con tantos otros que quedaron guardados en sus barrios de infancia y juventud (dice: “Quiero poder soltar Buenos Aires para ver qué me pasa allá”). Ella le habla a su amiga muerta y, como tal, habla con una confianza infinita (“mi vida no es lo que se dice heroica”, o: “Hoy no quería ponerme mi ropa, hoy quería usar ropa de otra persona, otra cosa. “)

La protagonista de Agosto está perdida y va diseccionando ese estado, a ratos con pausa, a ratos con furia. En un momento, el ex novio se despide con un “Cuidate” y la reacción es brutal: “Cuidate, me dice, ¿qué mierda significa eso? Ni siquiera un nos vemos o un qué bueno verte o te veo por ahí o siquiera un nos vemos o por lo menos un che, prefiero que no nos veamos, no, cuidate me dice y a mí en ese momento me resulta igual de ofensivo que si me estuviera diciendo matate. Es eso lo que escucho, matate.”

Y también: “Ahora mi vida allá en Buenos Aires me da pánico. Manuel, la facultad, el trabajo, Bogotá: no veo para qué. Puedo cambiar el canal, siento que podría hacerlo y dejar todo atrás, como una película sin final, en cable, que no acaparó la atención lo suficiente como para querer conocer el desenlace. El problema es que en los otros canales tampoco están dando gran cosa, pero por lo menos son otros, hay potencialidad, todavía existe la posibilidad de que algo suceda.”

Agosto es una novela que explota esos dolores agudos que se esconden en todos los pliegues de lo cotidiano: en una inflexión de voz, en ropa que ya no queremos vestir porque está cargada de recuerdos, en esos monstruos que se esconden en todos los corazones: 

“Decirle, mirá Manuel, yo a vos te adoro y de verdad que te quiero mucho mucho y a lo mejor hasta esta cosa tan cálida y hogareña que me hacés sentir, que me ofrecés, sea el amor, podría ser, eso no lo puedo saber, cómo podría saberlo? Pero bueno, hay esta otra cosa también de la que quería hablarte, una cosa otra que tenía oculta, que estaba ocultando, una que casi estaba encerrada en un armario, en una bolsa de arpillera, sanguinolienta, como un bulto que se mueve, que se agita, que se convulsiona en ambientes, en mono ambientes saturados y de colores grasientos, rojo oscuro, verde oscuro, bordó, así, así como eso, oscuro y misterioso, mortecino, denso, tengo yo cosas adentro que se mueven. Y cuando les presto un poco de atención se convulsionan y despiertan y piden justicia, piden que se las recuerde.”

Agosto es el mes más cruel. Una novela de la que no se sale intacta.

 

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